DEMASIADO APRETADO de Kinky Fielding

DEMASIADO APRETADO de Kinky Fielding

A compartir, a compartir! Que me borran los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura.Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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En estas páginas traviesas, descubrirás un montón de historias eróticas calientes y prohibidas que harán que tu noche se estremezca una y otra vez.
Mime su mente sucia con cada cuento fértil, garantizado para hacer que su corazón lata y sus manos vaguen …

¿A quién no le encanta hablar sucio y qué habla más sucio que un orgasmo? Un orgasmo exige atención. Pregúntale a cualquiera. La puta de la esquina de la calle. El chico del bar sonriéndote. La vibración de un vagón de tren que hace que te muevas contra la rugosa tela del asiento.

Con un millón de voces, un orgasmo desata nuestras lenguas, provocando los deseos que en compañía de cortesía nos daría demasiada vergüenza revelar. O de los que nunca supimos. Antes de casarnos, mi esposo y yo solíamos tener mucho sexo telefónico. Toneladas de cosas. Usamos palabras como juguetes sexuales; palabras sucias, palabras sucias. Nuestras fantasías simplemente se desbocaron.
Nada de este «te amo» o «te extraño».
No.
Quería escuchar las formas más sucias posibles en las que él me deseaba, y él quería saber todas las cosas sucias que yo quería hacerle a cambio.
Comienza de manera bastante inocente. «¿Qué llevas puesto?» La respuesta a la cual, «Ese sostén negro y bragas que me compraste en Roma», fue una mentira. «¿Medias?» «Sí, medias», decía, tratando de quitarme los pantalones de jogging con una mano.
Entonces, si alguna vez ha tenido sexo telefónico, conocerá el poder de las palabras; palabras sucias, a veces desagradables. Palabras de las que, la mayoría de las veces, rehuirías si estuviéramos juntos en la misma habitación.

Pero en una línea telefónica, a altas horas de la noche, no hay claridad de pensamiento. Sin filtro de vergüenza.

Pero eso fue hace unos años. Ahora, tengo un marido que ronca en la gentil dicha del sueño posorgásmico. Un hombre que a veces, cuando mis sueños eróticos rompen mi letargo nocturno, me marcho. El aire frío baña mi cuerpo desnudo y me voy a mi habitación.
Escribo en una habitación del ático. Lejos de las miradas indiscretas y, a veces, de los oídos indiscretos. ¿Te gustaría unirte a mí…?

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