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El amor del jefe (Trilogía «Héctor» nº 3) de Hugo Sanz

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***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

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Una noticia inesperada que la lleva al otro lado del mundo, un corazón que vuelve a latir y mil sensaciones por experimentar.

Las lágrimas de Vania se transforman en sonrisas cuando siente que todas las piezas de ese puzle llamado vida pueden encajar una vez más.

Para ello, habrá de iniciar una maravillosa aventura en la que llevará consigo a una compañera de viaje desconocida para ella hasta ese momento; la confianza. Una confianza que antaño le faltó al no sentirse el amor del jefe.

¿Todo o nada? La apuesta no es tan sencilla como a priori parece, dado que del resultado de ese misterioso viaje depende su futura felicidad.

Quienes la quieren la alientan, pues saben que la joven ha llegado a un punto que posiblemente sea de no retorno. Hasta Marta, que tampoco pasa por un buen momento sentimental, termina por soltar a su querida amiga de la mano.

En Madrid, la despiden con el mejor de los deseos y con la promesa de prontas noticias. Un aeropuerto, un vuelo y miles de preguntas por contestar, ¿logrará Vania las ansiadas respuestas? ¿Podrán las heridas del pasado cicatrizar en el presente? ¿Imperará por fin la cordura en una trama calificable como “de locos”?

No te quedes con las ganas de vibrar con el final de una trilogía que tiene al amor, a la pasión, al erotismo, a la risa, al llanto, a la sensibilidad y a muchas, muchas sorpresas como hilo conductor de una historia que te cautivará de principio a fin.

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El amor del jefe

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Capítulo 1
 
Me quedé tan paralizada que casi me caigo de espaldas, ¿cómo era posible que Héctor estuviera vivo?
—No, no puede ser, tiene que tratarse de una broma, ¿quién eres? Tienes su voz, no lo niego, pero Héctor está muerto.
—No, Vania, no estoy muerto.
—Es que yo no esperaba que tú, que tú ya nunca…
—Nunca es una palabra muy grande, ¿no eras tú quien decía eso?
Tuve que rendirme a la más dulce de las evidencias, porque era Héctor quien estaba al otro lado del teléfono.
—Héctor, sí, yo lo decía, no puedo creer que estés vivo.
—Lo estoy Vania, pero escúchame porque lo que voy a decirte es muy importante. No se lo puedes contar a nadie de la empresa, esto no puede llegar a oídos de Paloma ni de Amelia. Solo quiero que se lo digas a mi padre hasta que yo solucione todo lo que tengo que solucionar.
—Héctor, yo no entiendo nada, es que no entiendo nada.
¿Cómo decirle a ese hombre que su padre había fallecido en lo que ahora yo veía como su falso funeral? No sabía a lo que estaba jugando, lo cierto es que no lo sabía, pero algo me decía que no era hora de pensar sino, por una vez, de seguir los impulsos de mi corazón sin mayores miramientos.
—Vania, confía en mí. Tú solo confía en mí, por favor.
Recordé aquella vez que le dije que no, que no confiaba en él, con ocasión de la firma de mi contrato para ser la cara de la publicidad de la empresa. No le volvería a hacer pasar por esa pena. No, nunca más…
—Vale, pues dime qué quieres que haga.
—Quiero que cojas el primer avión que salga hacia Méjico D.F. No puedo hacerte una transferencia ahora, sería demasiado peligroso y podría dejar rastro, pero necesito que compres ese pasaje.
—No hay problema por la cuestión del dinero, todavía no he tocado los veinte mil euros.
—Genial, compra ese pasaje. Yo te estoy llamando desde un teléfono público. Me haré con un móvil de prepago y estaremos en contacto a través de él, ¿vale?
Solté el teléfono y me senté en la mesa, con las manos en la cabeza.
—Hija, ¿qué ha pasado ahora? ¿Más problemas? Se te ha quedado una mala cara impresionante.
—No, papá, no es eso. Es que…
—¿Qué, Vania? Mira que no ganamos para sustos, hija.
—Papá, mamá, Marta, Tony, sé que lo que os voy a decir parece una locura, pero Héctor está vivo y me voy a reunir con él en Méjico.
—¿Héctor está vivo? —A Marta solo le faltó que los ojos le dieran vueltas solos, como en los dibujitos animados.
—Sí, no me preguntes cómo, cuándo ni por qué, no sé nada más que eso. Pero también tengo la certeza de que es el amor de mi vida y de que me necesita.
—Vania, hija, ¿tú estás segura de que ese hombre no es peligroso? A mí no me gusta ni un pelo nada de lo que está pasando.
—Y lo entiendo mamá, pero todo esto debe tener alguna explicación.
—Eso espero, Vania, porque si se le ocurre hacerte daño, si por tu culpa a ti o a la niña os pasa…
—Papá, Héctor no me hará daño, ahora sé que no, confía en mí. Ya no soy una niña.
—Vania tiene razón, aquí el majara de la familia siempre he sido yo. Si ella dice que tenemos que confiar en su palabra, tenemos que hacerlo. Eso sí, hermana, si tienes algún problema…
—Ya lo sé, que le das ensalada de puños, te lo he escuchado decir muchas veces de otras personas, Tony.
—Qué bien me conoces.
Sin más, cogí mi móvil y miré vuelos. Esa misma tarde salía uno hacia Méjico D.F. y lo compré, pese a que estaba a precio de oro. Mi padre me llevó al aeropuerto y Marta se ofreció a acompañarnos.
Tony se quedó con mi madre, quien me despidió muy preocupada y hasta la tensión se le bajó a la mujer. Desde que estaba embarazada de Martita, podía entenderla mejor.
Camino del aeropuerto, Marta me daba la mano, como tantas y tantas veces en su vida.
—Cariño, parece que al final a alguien le va a salir bien, y no va a ser a mí—murmuró en el asiento de atrás.
—Pero eso es porque la vida te tiene reservado un guapo, que a ti un feo no te pega ni con cola.
—Me conformo con que te salga bien a ti con el guapo. No sabes lo que te lo deseo.
—Ya lo sé, cariño. Yo todavía estoy en shock. Sin duda que ha sido el mejor regalo de Reyes de mi vida. Te digo una cosa, no sé lo que habrá detrás de todo esto, pero voy a luchar por él.
—Es que si no lo hicieras sería para matarte a pellizcos, cariño, ¿no te ha vuelto a llamar?
—De momento no y no tengo ni dónde localizarle. Oye, Marta, tú me has escuchado hablar con él, ¿verdad?
—Hombre, claro, ¿es que lo dudas?
—Sí, que en determinados momentos creo que a ver si me lo he inventado.
—Ya, es que es chocante a tope; te llama cuando se supone que está muerto, no tiene teléfono, te debe localizar él, te pide que vayas a buscarlo al otro lado del mundo… Es la pera limonera.
—Pues entonces resulta que la pera es buena para el corazón.
—Sí, ¿no? Lo supongo.
—Sí, cariño mío, porque lo tengo a rebosar de alegría.
Ya en el aeropuerto me despedí de ambos con total entusiasmo mezclado con miedo.
—Hija, llámanos en cuanto sepas algo. Tienes que entender que nos quedamos muertos, Vania.
—Lo sé, papá. Y no te preocupes que lo haré, prométeme tú que estaréis bien.
—Si tú estás bien, nosotros también. Y cuida mucho de mi nieta, ¿eh? Aquí estaremos esperando tus noticias.
—Y de mi ahijada, cuida mucho de mi ahijada, cariño, que también te llevas una partecita de mi corazón.
Capítulo 2
 
Tenía un buen puñado de horas por delante y el corazón en un puño. Según vi que quedaba Madrid atrás sentí que una nueva vida comenzaba, que la más maravillosa de las oportunidades se abría ante mí.
¿Qué habría sucedido en ese accidente? ¿Por qué Héctor no habría dado señales de vida antes? Y lo que era todavía más importante, ¿cómo reuniría el valor para decirle que su padre había muerto?
En honor a la verdad, por delante me quedaban dos noticias por darle; el fallecimiento de su padre y el nacimiento de su hija, porque Martita era su hija y tanto que lo era…
Al poco del avión despegar, y una vez que se estabilizó, noté que el que no lograba estabilizarse era mi estómago. Después de unas semanas de mayor tranquilidad, las náuseas volvieron a poseerme en ese momento como si fuera “La niña del exorcista”.
No sabía ni por dónde saltar para ir al baño, por lo que aquella amable pareja que había a mi lado no dudó en dejarme paso para que no regara literalmente a todo el que tenía a mi lado.
Efectivamente, llegué tan a lo justo que casi araño la taza del wáter, con la que mi cara competía en blancura. Cuando hube echado hasta la bilis, traté de incorporarme, comprobando que el baño daba demasiadas vueltas para mi gusto.
Una de las azafatas, que era un amor, llamó a la puerta.
—Disculpe, ¿se encuentra usted bien?
—No, me estoy muriendo o eso creo.
—¿Sería tan amable de abrirme la puerta? Quizás pueda ayudarla.
—Sí, mujer, sí. Quédate con la mitad de estas náuseas y me habrás hecho el favor de mi vida. Ese y el de tutearme, que me estoy sintiendo muy mayor.
Sonreía cuando le abrí la puerta.
—Pobre, te he visto salir corriendo y he venido a ver qué tal estabas. Me llamo Leticia, ¿y tú?
—Yo me llamo Vania y esta chiquitina de aquí dentro es Martita, una pequeña revolucionaria dispuesta a darme el viaje.
—¿Estás nerviosa por algo? Te noto como un pelín…
—Como un pelín histérica, puedes decirlo sin miedo. Mira, en mi vida he volado sola y menos todavía hasta mucho más allá del quinto pino, como está Méjico. Además, estoy embarazada, llevo muchos días durmiendo lo mínimo y comiendo todavía menos. En definitiva, me siento como si me acabara de pasar una manada de rinocerontes por lo alto de la cabeza, ¿sabes?
—Lo veo, lo veo. ¿Vuelas por algún motivo importante?
—No lo sabes tú bien, aunque en realidad ni sé el motivo. O sea, es que esto es un lío total, pero un lío de esos que no podría colar ni como el guion de una serie de ciencia ficción. Esto es la madre de todos los líos y yo, que ya estaba bien de las náuseas, no voy a poder dejar de potar a lo grande en todo el viaje…
—Mira, vamos a hacer una cosa para que te sientas mejor.
—Supongo que será abrir la puerta y tirarme. Sería lo más lógico, os vais a ahorrar muchos problemas, háblalo con el comandante.
—El comandante se llama Rubén y es el tío más campechano del mundo. Además, tiene tres niños, no creo que vea muy viable la solución que nos estás dando.
—Es que yo no sé ni siquiera para qué estoy volando a Méjico. Bueno, si lo sé, para reunirme con el padre de mi hija que es el amor de mi vida. Eso sí, escucha, que él no sabe que lo es porque yo le dije que no lo era. Y, es más, él se iba a casar con la Barbie ensiliconada, que tú no la conoces, pero que si la vieras venir sabrías de quien te hablo.
—Mujer, palabra que me he perdido. Vaya lío y sí, sí que es hasta difícil de creer.
—Pues entonces no te cuento la de los últimos días, porque esto es como la Biblia, chica, es una especie de dogma de fe, porque hasta hay un resucitado.
—Jesús, qué lío. Mira, haremos una cosa, hablaré con el comandante porque en primera clase hay sitios libres y yo creo que, dadas las circunstancias, vas a estar allí más cómoda.
—Oye, pero a ver qué pasa, no me vayan a querer soplar una cantidad indecente por viajar allí.
—No, mujer, te lo estamos ofreciendo nosotros y el cambio correría por cuenta de la compañía. Es para que te puedas tumbar en los sillones e ir más a gustito.
—Lo de la comodidad lo veo, no te voy a mentir. Pero que, si no, con tal de que tiréis una colchoneta hinchable de esas en el pasillo, me apaño.
—Tú déjalo de mi cuenta que esta compañía tiene mucho glamur como para que acabes con tu barriguita por el suelo, a ti te vamos a llevar como una reina.
—Vale, mola, ¿te espero aquí?
—Eso depende, ¿tienes más náuseas?
—Ni te cuento.
—Entonces sí, porfa.
Eché de nuevo la más grande y luego me fui con Leticia a la primera clase donde comprobé eso de que hay más vidas, pero son más caras.
Entré saludando con la manita y con unas ganas locas de cerrar los ojos y no abrirlos más hasta que aterrizáramos en nuestro destino. Los últimos días no podían estar siendo más azarosos y esta última parte ya era totalmente surrealista.
—Tienes que beber mucho líquido para no deshidratarte, Vania, has vomitado mucho y eso es importante.
—He vomitado como una posesa, eso es verdad, Leticia, ¡qué bochorno!
—Bochorno ninguno. Por lo que me cuentas, estás en medio del episodio más intenso de tu vida, así que ahora a beber y luego a dormir.
—Lo que son las cosas, eso es lo mismito que le decía yo a mi amiga Marta cuando nos íbamos de botellón, ¡qué tiempos!
Le hice caso, me tomé el zumo de piña que me ofreció y traté de descansar un poco. Así pasé las primeras horas del viaje, en las siguientes me ataqué más de los nervios y en las últimas, literalmente, estaba al borde del colapso.
No he corrido más en vida por ningún sitio que por aquel aeropuerto. Una vez que bajé del avión, leí el mensaje de Héctor de que ya estaba allí esperándome, por lo que hasta un maletazo le di sin querer a una viejecilla que a punto estuvo de comer suelo.
—Perdone, señora, lo siento muchísimo—le dije mientras la sostenía en el aire con la ilusión de que conservara los piños….

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