El masajista novela

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***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura.Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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Amor prohibido
Apego ambivalente
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Hombre sĂşper poderoso
Buenazo

CapĂ­tulo 1 Belleza de primera

  • Me llamaba Vicente Nogal y era masajista. Trabajaba en una casa club de primera, y mi especialidad era hacer que mis clientes se sintieran como en las nubes, lo que prácticamente se conseguĂ­a dándoles un orgasmo. Sin embargo, mis habilidades eran más que eso…
  • Llevaba medio mes trabajando en Casa Pegaso, pero nunca conseguĂ­a clientes femeninos. No era porque tuviera pocas habilidades, sino porque era un masajista masculino sano en lugar de un masajista masculino ciego.
  • Sin embargo, creĂ­a que los factores psicolĂłgicos influĂ­an en su elecciĂłn, ya que un masajista ciego tambiĂ©n podĂ­a excitarse si entraba en contacto con las partes Ă­ntimas de sus clientes. La Ăşnica diferencia entre ambos era que un masajista ciego no podĂ­a ver la apariencia del cliente, aunque aparentemente sĂ­ podĂ­a captar su belleza fĂ­sica a travĂ©s del sentido del tacto.
  • Me asignaron un mentor durante el primer mes de mi empleo, ya que era un novato y todo eso. Mi Maestro era un anciano llamado Adolfo que poseĂ­a una singularidad en sus tĂ©cnicas, por lo que tenĂ­a muchos clientes, lo que debo decir que era algo que anhelaba.
  • —Vicente, tengo que atender a mis otros clientes, asĂ­ que dejarĂ© a Romina Ciruelo bajo tu cuidado. Es una de nuestras principales clientas, asĂ­ que será mejor que pongas tu mejor actitud y te abstengas de hacer cualquier barbaridad. —El Maestro Adolfo hablaba en serio, asĂ­ que no me atrevĂ­ a actuar de forma descuidada delante de Ă©l. Era temperamental, por lo que no hablaba mucho con Ă©l fuera del entrenamiento. AsentĂ­ con toda seriedad para indicar que me tomarĂ­a sus palabras al pie de la letra.
  • Romina frecuentaba nuestra casa club. Lo Ăşnico que sabĂ­a de ella era que era una belleza exquisita que visitaba la sede del club en suRolls-Royce. Nos cruzábamos de manera constante, pero nunca tuvimos la oportunidad de hablar. Aquel dĂ­a llevaba un traje de oficina, y un par de medias de color carne envolvĂ­an sus largas piernas. En sus pies habĂ­a un par de tacones de marca, y su cara tenĂ­a forma ovalada, en la que habĂ­a un par de ojos seductores.
  • —Por favor sĂ­game, Señorita Romina. No la decepcionarĂ©. —EsperĂ© su reacciĂłn despuĂ©s de haber dicho esto, pues nuestros clientes habituales rara vez designaban masajistas jĂłvenes, ya que se requerĂ­a tiempo y experiencia para que los masajistas adquirieran control sobre la fuerza que ponĂ­an en sus movimientos.
  • —Muy bien, el Maestro Adolfo me hablĂł de usted. —Dio una breve respuesta mientras entraba en la sala privada. GuardĂ© su bolso antes de poner una mĂşsica suave que ayudara a los clientes a relajarse. Luego ajustĂ© el aire acondicionado a la temperatura adecuada mientras esperaba que Romina se cambiara de ropa. No les ayudaba a cambiarse de ropa a menos que me lo pidieran, ya que querĂ­a mantenerme alejado de problemas.
  • —Señorita Romina, Âżle gustarĂ­a seguir con su rutina habitual, o quizás le gustarĂ­a probar mi servicio especial? —Hice hincapiĂ© en esto Ăşltimo. Aunque no la conocĂ­a bien, el Maestro Adolfo me dijo que no tenĂ­a hijos, a pesar de que ya se acercaba a los cuarenta años, y eso causaba fricciones en la relaciĂłn con su marido. Sin embargo, decidĂ­ darle una oportunidad, ya que sabĂ­a que los deseos sexuales de las mujeres alcanzan su punto máximo alrededor de los cuarenta años, y ella era mi primera clienta.
  • —Je, je… ÂżPor quĂ© tenĂ­a conocimiento de este servicio «especial»? —me preguntĂł ella con insistencia.
  • Me excitĂł verla salir del probador sin más ropa que una toalla. Su fĂ­sico era tan perfecto como podĂ­a ser, y era increĂ­ble que una mujer de mediana edad pudiera parecer una adolescente. Aunque todavĂ­a no le habĂ­a puesto las manos encima, pude ver que tenĂ­a una piel suave y delicada mientras estaba de pie bajo la iluminaciĂłn de la sala. Su madurez, unida a su aspecto juvenil, podĂ­a tocar la fibra sensible de cualquier hombre.
  • —¿QuĂ© es lo que miras? Vamos a probar tu servicio especial. —Romina se extendiĂł en la cĂłmoda cama mientras yo estaba indeciso sobre mi siguiente movimiento. RecordĂ© que el Maestro Adolfo me habĂ­a dicho que no hiciera nada escandaloso, pero se me exigirĂ­a hacer todo tipo de movimientos escandalosos si iba a prestar mi servicio especial.
  • —Señorita Romina, Âżpor quĂ© no nos limitamos al servicio usual? —preguntĂ©.
  • —¿Por quĂ© ese repentino cambio de opiniĂłn? ÂżTienes miedo de que no te pague, o tienes otra cosa en mente? —El tono de la Señorita Romina sonĂł duro de repente. Ser la escolta del rey era una tarea peligrosa, y las mujeres eran soberanas a su manera que cambiaban muy fácil de actitud.
  • Me expliquĂ© en seguida al notar su disgusto:
  • —Señorita Romina, mis tĂ©cnicas podrĂ­an parecer bastante Ă­ntimas y podrĂ­an ofenderla, pero nunca tuve la intenciĂłn de cruzar la lĂ­nea. —SudĂ© mucho al decir eso, ya que sabĂ­a muy bien el poder que tenĂ­a, pues podĂ­a hacerme perder mi trabajo con facilidad si asĂ­ lo deseaba.
  • —¿Oh? ÂżQuĂ© tan Ă­ntimo serĂ­a? Estás despertando mi interĂ©s.
  • —PodrĂ­a darle el máximo placer. —BajĂ© la cabeza y evitĂ© el contacto visual con ella, pues no querĂ­a arriesgarme a irritarla.
  • —Ja, ja, ja… Se me antoja aĂşn más despuĂ©s de oĂ­r lo que dijiste, y lo quiero probar. Habrá consecuencias en caso de que no cumplas con el placer que prometiste.
  • No tuve otra opciĂłn más que proceder ante su amenaza. En realidad, era una situaciĂłn preferible, ya que la Señorita Romina podrĂ­a traerme más clientes a travĂ©s de su influencia si lograba complacerla.
  • —Señorita Romina, por favor, sea considerada si es que me paso de la raya.
  • ComencĂ© a trabajar tan pronto como la Señorita Romina asintiĂł para dar su consentimiento mientras estaba acostada en la cama. EmpecĂ© a frotar las palmas de las manos para calentarlas, y extendĂ­ la mano para masajear su cuello. SentĂ­ que su cuerpo se estremecĂ­a en cuanto puse las manos en su cuello, y saboreĂ© la sensaciĂłn de su suave piel bajo mis palmas. Estaba en lo cierto al suponer que tenĂ­a la piel de una adolescente.
  • BajĂ© la mano por su cuerpo. Se suponĂ­a que deberĂ­a pedirle que se quitara la toalla, pero no me atrevĂ­ a pedirlo, asĂ­ que solo pude trabajar mientras la tenĂ­a puesta. EmpecĂ© por el puntoVG-14, y la Señorita Romina gimiĂł cuando lleguĂ© al puntoBG-30.

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