Enredados: Multimillonarios por casualidad 2 de J. S. Scott

Enredados: Multimillonarios por casualidad 2 de J. S. Scott

A compartir, a compartir! Que me borran los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura.Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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Enredados de J. S. Scott pdf

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No hay nada más rico que una segunda oportunidad en el caluroso segundo libro de la serie Multimillonarios Accidentales del autor más vendido del New York Times, J.S. Scott.

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Aiden Sinclair era un pescador comercial antes de que de repente entrara en su herencia multimillonaria, no es que se esté quejando. Ser un Sinclair tiene sus ventajas. Pero las cosas eran más simples antes que el dinero. Puede haber sido muy pobre, pero amaba su trabajo y tenía la intención de regresar siempre del mar a su novia, Skye Weston, para que pudieran avanzar hacia algo más permanente. O al menos ese había sido el plan. . . hasta que regresó de un viaje de pesca de dos meses para descubrir que ella se había mudado y se estaba casando con otra persona. Rasgó su mundo aparte.

Ahora Skye está de vuelta en la ciudad después de casi una década. Es una madre soltera y tan hermosa como siempre. Sin embargo, por alguna extraña razón, ella parece odiarlo, cuando debería ser Aiden quien no quiere tener nada que ver con la mujer que lo dejó. Desafortunadamente, más de nueve años de separación no ha hecho nada para poner un freno a su química candente cuando están juntos. Pero incluso si esos sentimientos son reales, Skye ha estado guardando secretos. La verdad del pasado está a punto de salir a la luz, y hay mucho más en juego que el corazón de Aiden.

Serie Completa Multimillonarios por casualidad de J. S. Scott

  1. Entrampada
  2. Enredados
  3. Enamorada
  4. Encantada
  5. Querida

BiografĂ­a de la autora J.S. Scott

J.S. Scott, prolífica autora de novelas románticas eróticas, es una de las escritoras con más éxito del género y ha ocupado los primeros puestos en las listas de libros más vendidos de The New York Times y USA Today. Aunque disfruta con la lectura de todo tipo de literatura, a la hora de escribir se inclina por su temática favorita: historias eróticas de romance, tanto contemporáneas como de ambientación paranormal. En la mayoría de sus novelas el protagonista es un macho alfa y todas tienen un final feliz, seguramente porque la autora no concibe terminarlas de otra manera. Vive en las hermosas Montañas Rocosas con su esposo y sus dos pastores alemanes muy mimados.

Entre sus obras destaca la serie «Los Sinclair»…

»JSScott

Enredados (Multimillonarios por casualidad nÂş 2)

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PRĂ“LOGO
Skye
HACE NUEVE AÑOS…
—Te quiero —le murmuré a Aiden Sinclair mientras me abrazaba con fuerza contra su cuerpo en otro adiós que me partía el corazón.
El hecho de que acabara de pronunciar aquellas palabras probablemente me sorprendió más a mí de lo que estas sorprendieron a Aiden. Después de todo, le había dado mi virginidad durante el verano que habíamos pasado juntos, así que debía saber que me hacía sentir cosas que yo nunca había experimentado. Él era una parte de mí misma que siempre me había faltado. Simplemente, yo no lo supe hasta que empezó a mirarme como si fuera suya, como si nuestro lugar estuviera junto al otro.
No soy romántica. En absoluto. Quizás solo tenía dieciocho años, pero había tenido que crecer pronto y mi vida distaba mucho de ser un cuento de hadas. La única excepción era el tiempo que había pasado con Aiden durante aquel mágico verano que ahora llegaba a su fin.
A regañadientes, solté el fuerte abrazo en torno a su cuello mientras él retrocedía. Pero la recompensa fue ver el rostro del hombre al que amaba más que de lo que nunca había querido a nadie. Sus preciosos ojos azules me estudiaron mientras decía con voz grave:
—Te echaré de menos, corazón. Pero estaré de vuelta en poco más de ocho semanas. ¿Estarás bien?
Durante un momento me sentí decepcionada de que él no me dijera que también me amaba. Puede que fuera demasiado pronto para él. No es que yo no quisiera oír las palabras ahora, pero solo llevábamos un par de meses saliendo. Le lancé una pequeña sonrisa.
—Por supuesto. ¿Te da miedo que no te espere? Si es así, tengo que decirte que me has echado a perder para cualquier otro hombre.
Aiden y yo bromeábamos así. Habíamos empezado el verano como amigos. Su hermana Jade, mi mejor amiga, había partido pronto para ir a la universidad, justo después de nuestra graduación del instituto. Y, sí, había estado viendo a Aiden, pero estaba segura de que él se compadecía de mí cuando su hermana se marchó y pasaba el rato conmigo porque yo extrañaba muchísimo a Jade. Ya al principio del verano estaba presente la loca atracción que sentíamos el uno por el otro, pero él no había actuado al respecto hasta recientemente.
—Ten cuidado —exigió.
Yo asentí. Aiden conocía mi entorno. Y no era ningún secreto en Citrus Beach que mi madre era excéntrica, lo cual era un eufemismo para decir que a veces estaba loca de atar.
—Estaré bien —le aseguré. Aiden era sobreprotector, pero resultaba agradable porque nunca había tenido a nadie que se preocupara por mí o por mi seguridad. Era… reconfortante. Me hacía sentir segura—. Empiezo las clases en un par de días.
A diferencia de la hermana pequeña de Aiden, yo no había conseguido una beca increíble para una universidad de prestigio, así que me había conformado con asistir a nuestra universidad local para estudiar el primer ciclo. Pero estaba contenta con eso. No era superdotada como Jade y no aspiraba a grandes alturas para mi futuro. Solo quería un trabajo que me gustara para poder alejarme de una vez de la lunática de mi madre. Y sabía que necesitaba una educación o una profesión para separarme de ella y de la locura que había en casa. El sur de California no era un lugar barato para vivir, así que conseguir un trabajo decente con un buen sueldo era indispensable.
—Ojalá tu madre te pagara por dejarte el trasero trabajando en su restaurante —refunfuñó Aiden.
Yo cambié de postura y me recosté contra su cuerpo macizo. Estábamos despidiéndonos en el parque local y habíamos tomado todo un banco para nosotros. Como era muy temprano por la mañana, no había mucha gente en el lugar público. No había nadie a la vista.
Sus brazos me rodearon desde atrás y yo solté un suspiro de alegría mientras con la cabeza apoyada contra su pecho, deseando que no tuviera que irse a un trabajo de pesca comercial de ocho semanas en los próximos quince minutos. Pero sabía que lo hacía por su familia. Aún tenía un hermano y hermanas menores a quienes mantener.
Nunca habĂ­a conocido a un hombre que trabajara tan duro como lo hacĂ­a Aiden por su familia. Tal vez esa fuera en parte la razĂłn por la que me habĂ­a enamorado de Ă©l hasta los huesos.
Finalmente, le respondĂ­.
—En su cabeza, mi madre me paga. Me alimenta y me deja vivir en su casa.
—Eso es una gilipollez —farfulló—. Eres su puñetera hija, no su esclava.
—Solo tengo que lidiar con ello durante un par de años —le expliqué pacientemente—. En cuanto termine Enfermería, podré ir a vivir por mi cuenta. No es problema, Aiden. De verdad, no lo es.
Había lidiado con mi madre toda mi vida. Podía aguantar un par de años más. Solo tenía que seguir pensando en el futuro en lugar de pensar en cuánto necesitaba salir de la ciudad de los locos. No tenía muchas alternativas.
Sí, había trabajado durante años en el decadente café de mi madre, pero como no era empleada, técnicamente no tenía experiencia laboral. Lo que necesitaba era una educación. Aunque pudiera conseguir un trabajo de camarera que pagara, no podría mantenerme con ese sueldo ni ir a la universidad para encontrar un trabajo que me sacara de una vez por todas de casa de mi madre. Mientras viviera allí, me vería obligada a seguir siendo su mano de obra gratuita. Pero ese era un medio para un fin mucho más feliz si finalmente conseguía liberarme.
—Cariño, si no fuera tan pobre…
—Para —lo interrumpí—. No soy tu responsabilidad, Aiden.
Dios sabía que ya tenía demasiadas tal como estaba. Él y sus dos hermanos mayores, Noah y Seth, habían mantenido unida a su familia y habían criado a sus tres hermanos pequeños. Para mí, era un héroe que había dejado a un lado sus propias necesidades por su familia durante años. No quería que se menospreciase. «Nunca». Ser pobre no era algo de lo que debiera avergonzarse. Mantener unida a la familia Sinclair a pesar del hecho de que no tenían mucho dinero debería enorgullecerlo.
Aiden y yo habíamos crecido pobres. Quizás por eso era por lo que nos entendíamos tan bien.
—Quiero que seas mi responsabilidad, corazón. Quiero que seas mía —dijo en un tono grave y peligroso que siempre hacía que me derritiera—. Sé que probablemente eres demasiado joven para mí, pero he renunciado a resistirme a eso.
Había una diferencia de edad de seis años entre nosotros, pero no era algo de lo que nunca nos hubiéramos percatado realmente. Yo estaba casi segura de que ambos éramos almas viejas y habíamos actuados como adultos desde que teníamos memoria.
—Soy tuya —le dije—. Pero eso no significa que tengas que mantenerme. Mi corazón es tuyo.
Me volví y apoyé la palma sobre la barba incipiente en su mandíbula, intentando que entendiera que nunca quería ser una carga para él. Ya había sacrificado mucho. Yo solo quería estar con él.
Ver el conflicto en sus hermosĂ­simos ojos azules me llegĂł al alma.
—Más vale que tu corazón sea mío, porque no voy a dejarte escapar —refunfuñó finalmente a medida que su cabeza se abatía para capturar mi boca.
La sensación de sus bonitos, ardientes y sedosos labios sobre los míos hizo que mi cuerpo prendiera en llamas. Como de costumbre, empezaba con un chispazo eléctrico entre los muslos que, en cuestión de segundos, se convertía en vivas llamas.
Yo quería reivindicar a aquel hombre como mío ahora mismo. Quería saber que siempre estaría conmigo. Quería mucho más que solo un intenso romance estival. Pero sabía que tendría que esperar. La familia de Aiden siempre sería lo primero hasta que todos se hubieran criado y formado. Pero yo lo amaba por su lealtad a su familia y por su motivación para ver a todos sus hermanos independizados. Así que estaba sobradamente dispuesta a aplastar mis instintos hasta que él estuviera libre de aquellas obligaciones. Aiden merecía la pena. Yo no pensaba marcharme a ninguna parte. Y también quería aún muchas cosas para mi futuro.
Mis manos empuñaron su cabello oscuro, maravillosamente espeso y áspero mientras él mordisqueaba mis labios para después volver a reivindicar mi boca.
El corazĂłn me latĂ­a desbocado cuando finalmente Ă©l retrocediĂł y me sonriĂł de oreja a oreja.
—Ocho semanas parecen mucho tiempo ahora mismo, cariño.
Dios, me encantaba esa expresiĂłn traviesa y pĂ­cara en su rostro.
Yo asentĂ­.
—Voy a echarte muchísimo de menos —dije con sinceridad.
Él apoyó su frente contra la mía.
—Yo también te echaré de menos, corazón. Cuídate. —Se puso en pie y me ayudó a levantarme—. Tengo que irme. Piensa en mí mientras esté fuera. Vaya si yo estaré pensando en ti. Quiero darte algo antes de irme.
Yo lo miré con curiosidad.
—¿Qué? Creía que ya me lo diste anoche —bromeé.
Él me lanzó una mirada de advertencia mientras se llevaba la mano al bolsillo de sus pantalones.
—No me lo recuerdes, o volveré a dártelo otra vez.
Como si fuera a importarme que me arrastrara a un lugar privado y nos despidiéramos con nuestros cuerpos una vez más. Sinceramente, lo anhelaba. Pero sabía que él tenía que llegar a San Diego a tiempo.
—Quiero que tengas esto —dijo mientras me deslizaba algo sobre la cabeza—. Mi madre no tenía muchas joyas, pero todos recibimos algo cuando murió. Solo es una piedra de ojo de tigre rojo. Pero quiero que la guardes.
Nuestros ojos se encontraron y el corazón me dio saltos de alegría en el pecho al percatarme de que estaba regalándome algo que le había pertenecido a su madre fallecida años atrás. Algo precioso para él.
Raras veces lloraba, pero se me saltaron las lágrimas y una gota se escapó y cayó por mi mejilla. Agarré la pequeña piedra que colgaba de mi cuello en una delicada cadena.
—Nunca he tenido una joya —dije con el corazón hecho un nudo en la garganta.
—Te sienta bien —dijo él con un guiño.
Me arrojé en sus brazos y pegué mi cuerpo contra el suyo, con todas las emociones tormentosas que estaba experimentando a flor de piel. No quería que se marchara. Quería mantener nuestros cuerpos unidos y seguir explorando las intensas emociones que Aiden siempre suscitaba en mí. Y quería seguir sintiéndome tan atesorada y segura como me había sentido durante la mayor parte del verano. Pero finalmente lo solté porque sabía que debía hacerlo.
—Vete —insistí mientras mi corazón gritaba que se quedase—. Gracias por el regalo. Lo mantendré a salvo.
Él me besó una vez más y luego plantó un beso en mi frente.
—No vemos pronto, corazón.
—Ten cuidado —dije mientras este giraba y emprendía su camino hacia su camioneta.
—¡Siempre! —bramó en respuesta—. Tengo mucho por lo que volver a casa.
Yo me sequé las lágrimas que empezaban a caer con más fuerza a medida que veía desaparecer su figura cada vez más distante.
«A casa. Pronto volverá a casa. Ocho semanas no son tanto tiempo, ¿verdad?».
Me dejé caer en el banco, las piernas temblorosas, y me percaté de que me aferraba con todas mis fuerzas a la piedra que me había regalado Aiden. Había dejado atrás, conmigo, algo que era importante para él. Aquello bastaba para hacerme creer que volvería.
Metí la pequeña piedra de ojo de tigre rojo bajo mi camiseta y luego volví a ponerme en pie. Tenía que irme a casa o me llevaría una regañina de mi madre.
No le había hablado de mi relación con Aiden porque sabía que nunca la aprobaría. Nunca le había gustado nadie de la familia Sinclair, a pesar de que Jade había sido mi mejor amiga durante años.
Era curioso que la opiniĂłn de mi madre ya no me importara demasiado. ConocĂ­a a Aiden. Nuestras almas estaban conectadas. Lo sentĂ­a. Lo amaba. Y eso era lo Ăşnico que importaba.
Empecé a correr hacia mi casa, con una sonrisa tonta en la cara porque sentía contra la piel la piedra que me había regalado mientras me dirigía de vuelta a mi hogar.
 
CAPĂŤTULO 1
Skye
EN EL PRESENTE…
Se me cayĂł el alma a los pies al percatarme de que solo habĂ­a un asiento disponible en la mesa de la cena.
«Eso es lo que me pasa por llegar tarde. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!».
Todas las sillas estaban ocupadas excepto la que estaba a su lado.
«Aiden Sinclair».
El hombre al que había estado intentando evitar desde que regresé permanentemente a Citrus Beach, California, con mi hija, Maya. Él era mi espinita clavada. Era lo único que detestaba de mudarme de vuelta a casa después de casi una década fuera. Era peligroso. Y nunca me permitía olvidar eso ni por un momento.
Suspiré resignada al echar un vistazo a la enorme mesa, como si de pronto fuera a ver otro asiento vacío.
«No va a pasar», pensé. Nunca había sido muy oportuna ni afortunada, así que, ¿por qué habría de cambiar eso ahora?
—Ven a sentarte al lado de Aiden, Skye —pidió mi mejor amiga, Jade Sinclair desde su lugar junto a su prometido multimillonario, Eli Stone.
Jade y Eli eran la razón por la que estaba allí. La única razón. Faltaban dos semanas para la ceremonia de su boda y aquella era una reunión improvisada para todos los implicados en la planificación de los festejos o incluidos en el cortejo nupcial. La casa de Eli en Citrus Beach era el sitio lógico para encontrarnos puesto que era más grande que la de Jade.
Sinceramente, casi todos los presentes se apellidaban Sinclair, excepto el prometido de Jade, la madre de Eli y la gemela de Jade, Brooke, puesto que ahora estaba casada con Liam Sullivan, y yo.
Yo seguía siendo Skye Weston, aunque había estado casada y me había divorciado. Me había vuelto a cambiar el apellido por mi apellido de soltera poco después de que mi marido fuera encarcelado de por vida.
Volví a echar un vistazo alrededor de la mesa, maravillada de que una familia pudiera ocupar tanto espacio. Yo era la única hija de una madre soltera, así que la familia Sinclair era muy diferente de la mía. Yo había sido hija única, una niña solitaria. Incluso ahora, mi hija era realmente todo lo que tenía.
¿Cómo podía no ocupar mucho espacio una familia de ese tamaño? Jade tenía cuatro hermanos y una hermana gemela. Sus hermanastros, primos y otros cuantos familiares ni siquiera habían llegado aún de la Costa Este y el gran comedor ya estaba lleno.
Empecé a abrirme camino lentamente por la mesa, con renuencia, después de lanzarle una sonrisa falsa a Jade. No quería que supiera que sentarme junto a Aiden sería una tortura para mí.
—Siento llegar tarde —dije lo bastante alto para que mi voz le llegara a mi mejor amiga—. Me retrasé en el restaurante.
¿Cuándo no me retrasaba el trabajo en el Weston Café? Había dedicado cada momento disponible y hasta mi último centavo en hacer que el pequeño restaurante que heredé de mi madre fallecida diera beneficios. Lo único más importante que el trabajo era mi hija, Maya.
Finalmente aposenté mi trasero y sonreí a Seth, otro de los hermanos mayores de Jade, que estaba sentado a mi izquierda. Evité totalmente mirar hacia mi derecha, ya que estaba resuelta a ignorar a Aiden.
—¿Qué tal estás, Skye? —inquirió Seth con cortesía.
—Bien —mentí.
«Estaría mucho mejor si no me hubiera visto obligada a sentarme al lado de Aiden».
Me odiaba a mí misma por el hecho de ser capaz de sentir la presencia de Aiden y porque solo una ráfaga de su perfume masculino hiciera que mi cuerpo se despertara de repente tras una larga ausencia de toda clase de deseo.
«No puedo mostrar ninguna reacción. No puedo», me dije.
Sopesé momentáneamente preguntarle a Seth si quería cambiarme el sitio, pero sabía que parecería infantil. Lo último que quería era que Aiden supiera que me perturbaba.
Faltaban exactamente dos semanas para la boda de Jade y Eli, y no sería la única vez en que Aiden y yo tendríamos que estar muy cerca el uno del otro. Pero solo era una quincena. En general, me las había arreglado para mantenerme alejada de su compañía desde que volví a Citrus Beach hacía un año… hasta hoy.
—Pareces agotada —comentó Aiden bruscamente—. Pero hueles a limón fresco. ¿Cómo es posible?
Me castigué en silencio por el escalofrío que se deslizó por mi columna al oír el sonido de la sensual voz de barítono de Aiden. De mala gana, volví la cabeza hacia él.
—El especial de hoy era la tarta suprema de limón —espeté.
Era bochornoso no haber tenido tiempo para ir a casa a ducharme, quitarme el olor a cĂ­tricos de la piel y cambiarme los pantalones y la camiseta con los que habĂ­a trabajado todo el dĂ­a. Pero ya se me habĂ­a hecho tarde para llegar allĂ­.
—No era una crítica —respondió con voz grave—. Hueles bien. La tarta de limón es mi preferida.
—Lo sé —dije automáticamente; después sentí deseos de darme una patada en el trasero por recordarlo.
Mi breve relación con Aiden había terminado hacía casi una década. ¿No debería haber olvidado todos esos detalles sin importancia?
—Algún día tendrás que explicarme por qué me odias tanto —dijo Aiden en voz baja acercándose a mi oído.
Yo miré alrededor de la mesa. Estaban teniendo lugar muchas conversaciones y estar en una mesa compuesta principalmente por los Sinclair era ensordecedor. Nadie estaba prestándonos la más mínima atención.
Sinceramente, tenĂ­a muchas razones para odiar a Aiden.
—Sabes perfectamente por qué —le repliqué con aspereza—. No vayamos por ahí ahora mismo, ¿vale?
TenĂ­a que calmarme. Necesitaba mantener el control. No podĂ­a permitir que Aiden Sinclair sacudiera la fachada de frialdad que tanto esfuerzo me habĂ­a costado adquirir.
—Necesito ir por ahí —me contradijo él en un tono calmado exasperante—. Han pasado más de nueve años, Skye. Tuvimos un rollo de verano fantástico. Sí, no terminó bien. Pero se acabó hace mucho tiempo.
Estaban circulando platos repletos de comida por toda la mesa, pero yo los pasé sin servirme demasiado en el plato. Sentía náuseas solo por estar tan cerca de Aiden. Me ponía nerviosa. Pero me veía obligada a hablar con él para evitar ser visiblemente grosera.
«Me niego a decepcionar a Jade. No puedo», me dije.
Se acercaba el dĂ­a de la boda de mi mejor amiga. Jade era muy feliz. Yo podĂ­a sufrir lo que tuviera que aguantar para no montar una escena.
Llevaba casi un año de vuelta en Citrus Beach. Afortunadamente, había evitado acercarme a Aiden, en general, al menos. Sí, habíamos tenido unos cuantos encuentros, pero yo siempre había podido alejarme.
Ahora, estaba prisionera. O bien me obligaba a hablar con Ă©l, o bien estropeaba la cena. No era una elecciĂłn difĂ­cil, ya que la felicidad de Jade era importante para mĂ­.
—Ha pasado mucho tiempo —convine con una voz que sonó malhumorada a mis propios oídos—. Vamos a dejarlo. Podemos ser cordiales.
«Mentirosa. Soy una mentirosa».
Cordial tampoco era un semblante que le funcionara muy bien a Aiden, incluso ahora. No era la clase de hombre que da conversaciĂłn por cortesĂ­a.
En realidad, no había mantenido una auténtica conversación con Aiden desde que se marchó a finales de verano hacía más de nueve años para un contrato de pesca comercial de ocho semanas. Quizás ya debería habérseme pasado el enfado, pero no era así. Y resultaba muy duro fingir que lo que había pasado ya no importaba. Probablemente, no debería ser capaz de ponerme nerviosa, pero había muchas razones por las que lo hacía.
—Tienes que comer algo. —Aiden sirvió una enorme pila de puré de patata en mi plato sin preguntar y luego lo cubrió de salsa.
Yo lo fulminé con la mirada.
—No quería tanto.
Él se encogió de hombros.
—Es tu favorito. Y no tienes prácticamente nada en el plato.
Yo había abierto la boca para decir algo más, pero la cerré rápidamente. ¿Cómo era posible que se acordara de que podía alimentarme a base de puré de patatas?
—No tengo mucha hambre —respondí. En realidad, tenía el estómago revuelto.
Empecé a comer, esperando que me calmase el estómago, pero no pude evitar observar a Aiden por el rabillo del ojo mientras este devoraba una enorme montaña de comida que había acumulado en su propio plato.
Aiden Sinclair no siempre había sido un multimillonario como ahora. De hecho, la familia Sinclair de California siempre había sido increíblemente pobre, al igual que mi madre y yo cuando yo era más pequeña.
Aiden y yo siempre habíamos compartido un vínculo porque ninguno de nosotros había tenido dinero nunca. Pero, Dios, cómo había cambiado la fortuna de Aiden desde la última vez que hablamos hacía nueve años. Había heredado una riqueza descomunal. Él y todos sus hermanos, incluida mi mejor amiga, Jade. Por otro lado, yo no lo había hecho.
Durante la mayor parte de su vida adulta, Aiden habĂ­a sido pescador comercial. HabĂ­a pasado largos periodos de tiempo en el mar, quemando tantas calorĂ­as que apenas lograba conservar las suficientes para mantener su constituciĂłn increĂ­blemente musculosa. Por lo visto, seguĂ­a compensando todas esas calorĂ­as perdidas. GesticulĂł con la cabeza hacia mi plato.
—Come —dijo, haciendo que sonara como una orden en lugar de una petición.
Lo ignoré y, en lugar de eso, alcancé una de las muchas botellas de vino colocadas sobre la mesa, llenándome la copa casi hasta el borde antes de beberme la mitad de un trago.
«Puedo hacer esto. Solo es una cena. Puedo ignorar a Aiden. No tengo que reaccionar», me recordé.
Ataqué la montaña de puré de patata, consciente de que cuanto antes terminara, antes podría disculparme. Por desgracia, Seth estaba enfrascado en otra conversación, así que no podía hablar con él. Así que opté por ocuparme en comer un poco.
Aiden guardĂł silencio hasta que hubo limpiado su plato.
—El café tiene mejor aspecto —dijo en tono informal una vez que hubo colocado el tenedor en el plato vacío.
Yo empujé hacia delante mi comida a medio comer. Había terminado.
—Gracias —respondí tensa—. Necesitaba algunas mejoras.
Yo misma había hecho un montón del lavado de cara del edificio. Estaba bastante anticuado, así que había estado pintando y decorándolo yo misma. Mi madre había descuidado todo durante años antes de su repentina muerte de un ataque al corazón. Yo no sabía lo mal que estaban las cosas en realidad hasta que me mudé desde San Diego a Citrus Beach para hacerme cargo del café después de que ella falleciera.
—¿Tuviste que hacerlo todo sola? Te ves muy cansada. —La atención de Aiden estaba centrada en mí de pronto.
Yo inspiré hondo.
—No había dinero en la herencia de mi madre para hacerlo. Así que, sí, tuve que ahorrar todo lo posible en las reparaciones y mejoras.
No pensaba contarle a Aiden que apenas había raspado la superficie. El edificio que albergaba el restaurante era viejo y necesitaba mucho más que pintura.
—¿No estabas casada con un tipo rico?
Mi exmarido, Marco, era un hombre rico… hasta que él y toda su familia mafiosa terminaron en la cárcel de por vida.
—Estamos divorciados —dije bruscamente—. Y los criminales no suelen poder quedarse el dinero que le robaron a otras personas.
—Entonces, quizás no deberías haberte fugado con él desde un principio. Eras demasiado joven para casarte. Solo tenías dieciocho años. —Su voz era áspera.
—No me quedaba alternativa. Lo sabes —le dije con amargura.
Toda la ira acumulada que había albergado hacia Aiden empezó a agitarse en mi interior y yo no tenía ni idea de cómo apisonarla. Durante muchos meses, lo había evitado, intentado ignorar cuánto resentía el hecho de que nunca hubiera dado un paso al frente para hablar de lo sucedido hacía tantos años.
—Tenías muchas opciones —argumentó él—. Tenías planes para ir a la universidad. Pero te lavaste las manos y huiste con un tipo que tenía dinero mientras yo estaba fuera en un contrato largo. Joder, ni siquiera esperaste lo suficiente para que volviera y despedirte.
—Sabes lo que pasó. —Odiaba el hecho de que la devastación que había sentido entonces se reflejara en mi voz.
«Tengo que mantener la calma. No muestre emociones», me repetí.
Él enroscó su mano grande en torno a mi brazo, lo cual me obligó a mirarlo. La sorpresa en su rostro me dejó atónita.
Aiden siempre había sido toscamente atractivo. Siempre había tenido la piel curtida, incluso cuando era más joven. Y siempre tenía una sombra de barba porque el vello negro crecía más rápido de lo que él se afeitaba. El hombre pasaba mucho tiempo a la intemperie. Pero con su pelo oscuro, sensuales ojos azules y cuerpo macizo y musculoso, era una buena apariencia en él. Físicamente era guapísimo. Por desgracia, su carácter no era tan fantástico como su aspecto.
—No tengo ni la más remota idea de qué paso —dijo con voz ronca—. Volví el día después de que te marcharas a San Diego con un hombre que tenía mucho más que ofrecerte que yo. No tardé mucho en darme cuenta de que no querías vivir pobre con un chico como yo.
A mĂ­ no me importaba una mierda su situaciĂłn econĂłmica. Me importaba Aiden por aquel entonces, rico o no. AsĂ­ que me enojĂł que me pintara como una especie de cazafortunas.
ÂżCĂłmo podĂ­a pensar que no lo querĂ­a, con dinero o sin Ă©l? ÂżCĂłmo? Le habĂ­a dicho que lo amaba, a pesar de que Ă©l nunca me repitiĂł las palabras a mĂ­.
—Mi madre me obligó a casarme con Marco —dije, con el corazón batiéndome en el pecho mientras intentaba explicar algo de lo que él ya era consciente—. Quería que vinieras por mí, pero nunca lo hiciste.
«¡Maldita sea! No quiero tener esta conversación ahora mismo. No tiene sentido», pensé.
Sus ojos escudriñaron los míos.
—¿Cómo podía obligarte a hacerlo?
«Como si no supiera cómo consiguió ventaja mi madre», pensé airada.
—Si no me casaba con él, ya no tendría un lugar donde vivir.
—Podrías haber vivido con nosotros.
Tragué un nudo en la garganta al reconocer la sinceridad en su voz.
«¿Por qué actúa como si no entendiera nada de lo ocurrido?», me pregunté atónita. Lo poco que había comido me revolvió el estómago en cuanto la realidad me cayó como un cubo de agua fría. «¿Es posible que realmente no lo sepa?».
SacudĂ­ la cabeza lentamente.
—No podía vivir con vosotros. Ya teníais bastantes bocas que alimentar.
Aiden, Seth y el hermano mayor de ambos, Noah, trabajaban para criar a Jade, Brooke y Owen, sus hermanos pequeños. Y nunca hubo suficiente dinero. Pero, que Dios me ayude, si hubiera sabido que quería que viviera con ellos, habría hecho cualquier cosa que pudiera para ayudar.
—Habría encontrado una solución —dijo en tono gutural.
Yo zafé mi brazo de su agarre, en pánico, y entonces me puse en pie.
—Tengo que irme —le dije.
Mi hija estaba con una niñera, pero esa no era la razón por la que de pronto sentía que no podía respirar, como si tuviera que tomar el aire antes de desmayarme. Me bombardeaban los recuerdos, y ninguno de ellos era bueno. Necesitaba un poco de tiempo y un lugar tranquilo para calmarme. Tenía que lidiar con el hecho de que quizás mi realidad acababa de ponerse patas arriba.
«No lo sabe. Por eso es por lo que Aiden nunca ha venido a hablar conmigo. Por eso nunca he tenido noticias suyas», pensé conmocionada.
Tomé mi bolso mientras respiraba con dificultad, el corazón golpeándome la pared torácica tan fuerte que apenas llegué al exterior.
«No lo sabe. No lo sabe». Si lo sabía, merecía un premio de la Academia por su actuación.
Mi respiración era agitada y errática cuando salí corriendo por la puerta de la casa de Eli y me dejé caer contra ella, incrédula, después de cerrarla a mi espalda. De repente caí en la cuenta de lo que nunca me había parecido evidente sobre Aiden.
No sabía por qué estaba enfadada. No sabía que le había explicado todo en una sentida carta que nunca recibió respuesta. No sabía que me destrozó marcharme con otro. Aiden Sinclair estaba confuso acerca de por qué me había marchado de Citrus Beach. No tenía ni idea de que estaba embarazada de su hija cuando me fui.
 
CAPĂŤTULO 2
Aiden
—¿Se puede saber qué ha pasado? —preguntó Seth deslizándose en la silla que Skye acababa de dejar libre en una salida dramática—. Skye parecía molesta.
Yo me encogí de hombros. Llevaba casi un año intentando no preguntarme qué se le pasaba por su bonita cabeza rubia a Skye Weston, pero nunca lo había conseguido del todo.
—No tengo ni puta idea.
Detestaba el hecho de que siguiera siendo tan guapa como cuando tenía dieciocho años. Sus grandes y expresivos ojos verdes aún me hacían desear escalar montañas para darle cualquier cosa que quisiera.
Joder, debería haber superado esas emociones hacía años, después de que me dejara por un tipo rico.
El resto de mi familia se distrajo momentáneamente por la manera tan abrupta en que se marchó Skye, pero habían vuelto a sus conversaciones. Yo no podía olvidar su marcha tan fácilmente.
—¿Qué ha dicho? —insistió Seth.
—Parece creer que yo debería saber por qué demonios se marchó. ¿Cómo iba a saberlo? Salió disparada con un rico y dejó atrás mi pobre trasero. Fin de la historia.
Yo me quedé destrozado por cómo se fugó con un hombre acaudalado y se olvidó de nosotros tan fácilmente. Quizás éramos jóvenes, pero Skye y yo habíamos conectado de una manera que yo nunca había experimentado y que nunca había vuelto a encontrar. Ni de lejos.
Cuando volvió a Citrus Beach después de que su madre muriera años después, yo seguía enojado por que me hubiera dejado tan fácilmente. Dios sabía que nunca la había olvidado, pero estaba dispuesto a enterrar el hacha ya que había pasado tanto tiempo. Era la amiga de mi hermana Jade.
Pero me sorprendiĂł descubrir que no querĂ­a ni verme, como si yo hubiera hecho algo mal.
—Quizás dejó una carta o algo así —sugirió Seth incómodo.
La voz de mi hermano sonaba mucho más vacilante de lo habitual y, como sonaba tan culpable, volví la cabeza para mirarlo. Seth y yo estábamos unidos. Muy unidos. Habíamos crecido juntos y solo nos llevábamos un año. Así que yo conocía aquella mirada.

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