La bestia de las Highlands de Andrea Adrich

La bestia de las Highlands de Andrea Adrich

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La bestia de las Highlands de Andrea Adrich pdf

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Autora con más de 300.000 ejemplares vendidos en Amazon.

LA BESTIA DE LAS HIGHLANDS es un libro independiente y autoconclusivo. Forma parte de una serie titulada «CICATRICES», cuyo único punto de conexión entre las diferentes historias son las cicatrices físicas que posee alguno de sus dos protagonistas. Los otros libros que componen esta serie son UN CORAZÓN PARA BRUCE SANDERS y EL REGRESO DE LOGAN MONT BLANC.

SINOPSIS:

Él era una bestia sin posibilidad de redención.

Christos Blair lo tenía todo: belleza, dinero, éxito, mujeres… El que fuera en su día el chico malo de Londres vivía la vida como le daba la gana, sin atenerse a normas o escrúpulos, hasta que un terrible accidente de coche le desfiguró parte del cuerpo y de la cara.
Después de aquello se refugió entre las sombras de un castillo en un remoto rincón de las Highlands, aislado del mundo y alejado de lo que fue, y no permite que nadie lo vea.
Martina es una española que unos meses atrás se fue a vivir a Londres con sus amigas. Ahora se ve avocada a trasladarse a las Tierras Altas escocesas a trabajar para Christos Blair.
Pero nada había preparado a Martina para enfrentarse al que llaman «la bestia de las Highlands», un hombre atormentado por su pasado; oscuro, hosco, duro, gruñón, y tan sombrío como atractivo. Un hombre cuya voz profunda y rasposa se le mete en el fondo de los huesos hasta hacerla vibrar…
Tampoco Christos estaba preparado para enfrentarse a ella. Una chica que se presenta en su castillo con una maleta verde lima, dispuesta a rescatarlo de sí mismo, aunque él afirme que es una bestia sin posibilidad de redención. ¿Podrá finalmente Martina salvarlo de su oscuridad y devolverle el sentido de la vida?
Esta es una de esas historias de amor en la que los finales felices no solo se encuentran al lado de los príncipes azules, a veces se encuentran al lado de «la bestia».

Andrea Adrich es autora independiente por elección propia. A día de hoy ha vendido más de 300.000 ejemplares de sus libros, que están siendo traducidos a italiano por la editorial Delrai Edizioni y reeditados por la editorial Zafiro del Grupo Planeta. Puedes encontrar cualquiera de sus novelas en Amazon y seguirla en Facebook para conocer los protagonistas, los detalles y las fechas de publicación de sus próximas novelas.

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La bestia de las Highlands

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PRĂ“LOGO
Christos Blair se inclinó sobre el mármol negro de la mesa del lujoso reservado, acercó la nariz a la raya de cocaína que se acababa de preparar y tapándose una de las fosas nasales se la esnifó con tanta naturalidad que daba miedo. Frunció la nariz un par de veces y después se la frotó repetidamente con los dedos, para quitarse el resto del posible polvo que pudiera haberse quedado en la piel.
Pocas cosas eran mejor que un buen chute de aquello, pensaba siempre que se colocaba, que era muy a menudo. Te ponĂ­a a tono en un momento. Te hacĂ­a volar.
Enderezó la espalda, alzó el rostro y lanzó un vistazo al reservado. Todos sus amigos estaban bebiendo, fumando, colocándose o liándose con alguien en alguno de los rincones. La escena era poco menos que una bacanal romana de excesos.
Christos sonrió. Otra noche que no había desperdiciado. La estaba aprovechando bien en esa fiesta a la que había acudido en el último momento. Porque lo que no se planeaba acababa siendo lo que mejor salía. Era una extraña ley del universo.
—¿Cómo vas? —le preguntó Ashley, el ligue con el que Christos se había encaprichado los últimos meses, aunque él no era de serle fiel a nada ni a nadie, excepto a la juerga.
—A tope —respondió.
Ashley se sentĂł a horcajadas encima de Ă©l, se inclinĂł y comenzĂł a besarle el cuello. Christos le agarrĂł las nalgas, se las apretĂł y la atrajo hacia sĂ­ para frotar su polla ya endurecida contra la pelvis de Ashley.
—Ya veo que estás a tope… —murmuró ella en sus labios al notar la dura erección.
Christos sonrió con malicia, le cogió la cara entre las grandes manos y después de besarla apasionadamente, le repasó el labio de abajo con la lengua y se lo mordió.
Ashley gruñó al sentir los dientes de Christos clavados en la carne. Introdujo las manos por debajo de su carísima camiseta de Gucci y hundió las uñas en sus anchos hombros. Deslizó los dedos hacia abajo para arañarlo.
—¡Joder! —masculló Christos, arqueando la espalda.
Ashley rio, perversa.
Con Christos Blair el sexo era así: animal, salvaje, feroz, sexy… Siempre había mordiscos, arañazos, azotes… Siempre había fuego y diversión. Por eso todas querían estar con él, por eso todas morían por pasar una noche con él, y no eran pocas las que lo habían conseguido, porque Christos era un playboy nato, con un currículum de aventuras amorosas interminable y un atractivo como pocos hombres en el mundo. Era guapo a rabiar.
Cada noche acudĂ­a a los lugares de moda londinenses y allĂ­ se relacionaba con los de su clase, gente rica, influyente y ociosa que lo Ăşnico que hacĂ­a era divertirse. Para Christos Blair la vida se reducĂ­a a sexo, drogas, alcohol y fiesta.
Se incorporó del sofá de cuero negro y tomó la mano de Ashley para ayudarla a levantarse.
—Vamos a mi casa —le susurró—. Esta gente se escandalizaría si viera todo lo que voy a hacerte.
Ashley echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, satisfecha. Christos cogió la copa de whisky de la mesa y dio un trago hasta terminársela.
—Listo —farfulló.
Tiró de Ashley por el reservado y ella lo siguió con el cuerpo a punto de derretirse. Solo imaginarse la noche tan fantástica que iba a pasar en la mansión de Christos hacía que la sangre le corriera caliente por las venas. La lujuria sería la única protagonista, aparte de sus cuerpos y algunas rayitas de cocaína.
Cuando salieron de Koko, una discoteca ubicada en un histórico y glamuroso teatro victoriano en Camden High Street, ninguno pensó que quizá, con todo el alcohol y la cocaína que llevaban encima, no era buena idea coger el coche. Pero Christos vivía al límite y eso de las normas no iba con él. Así que se subieron a su Porche Panamera negro y pusieron rumbo a la mansión que tenía a las afueras de Londres.
Ashley se colocó el cinturón de seguridad, pero Christos ni siquiera hizo el amago de abrochárselo. Dio al botón de contacto, arrancó el motor del deportivo y salió zumbando del aparcamiento, haciendo un derrape que no se vería ni en una competición de Drift.
La música sonaba a todo volumen. Ashley cantaba a pleno pulmón, borracha y colocada, y Christos hundió el pie en el acelerador más de lo que sería conveniente y permitían las normas viales. El cuentakilómetros se puso enseguida en los ciento noventa por hora.
MirĂł a Ashley con una sonrisa.
—¿Por qué no empiezas haciéndome una mamada? —le sugirió con lascivia.
Ashley le devolvió la sonrisa. Sería un placer. Christos aceleró un poco más, hasta los doscientos diez kilómetros por hora.
Ashley se inclinaba hacia él cuando todo se precipitó de un modo caótico y que nadie podría explicar, excepto el alcohol y las drogas. Christos dio un brusco volantazo al ver que se le echaba encima un tráiler. El coche hizo un trompo en mitad de la carretera. Christos frenó, pero no pudo evitar chocar con un lado del enorme camión. Una nube de chispas saltó por los aires cuando los metales de ambos vehículos se rozaron.
Ashley gritó histérica mientras su cuerpo y el de Christos se zarandeaban con fuerza de un lado a otro, sin poder hacer nada para remediarlo. El coche, descontrolado, se estrelló contra la enorme columna de hormigón de un puente. Por la fuerza del impacto, el cuerpo de Christos rompió la luna delantera y salió despedido con violencia treinta metros, como si no fuera más que un muñeco de trapo. Los cristales le cortaron parte del rostro y el fortísimo golpe contra el asfalto hizo el resto, quemándole el lado izquierdo del cuerpo. La piel y la carne se desgarraron profundamente, convirtiéndose en jirones que dejaban al descubierto los huesos en algunas partes.
Antes de desvanecerse, Christos Blair fue consciente de cómo se le rompían los huesos de la cara con el suelo. Sintió cómo crujían al golpearse y cómo un dolor lacerante e insoportable recorría todo su cuerpo. Después todo se volvió frío, oscuridad y silencio.
El sonido de una ambulancia se oyĂł a lo lejos.
Seis años después
CAPĂŤTULO 1
—¿Escocia? —preguntó Martina con el ceño ligeramente fruncido, por si no había oído bien.
—Las Altas Tierras escocesas —matizó la chica rubia y de porte elegante que se encontraba detrás del enorme escritorio.
A Martina, Escocia le sonaba a un lugar lleno de valles glaciales, lagos enormes, montañas solitarias, antiguas ruinas de fortalezas desperdigadas a lo largo del inhóspito paisaje y a haggis, un plato típico escocés preparado a base de corazón, hígado y pulmones de oveja, que solo pensar en él le ponía mal estómago.
Sin tener en cuenta Edimburgo o Glasgow, Escocia era una tierra desolada y vacĂ­a situada casi en el culo del mundo (que me perdonen los escoceses). Nada remotamente que ver con Londres, donde llevaba unos meses viviendo con sus amigas, Alba y Blanca. Desde luego que no tenĂ­an nada que ver. Absolutamente nada.
SuspirĂł quedamente.
La chica atisbĂł un cambio de expresiĂłn en su rostro y siguiĂł hablando, en un intento por explicar la situaciĂłn.
—Desde que tuvo el accidente, mi hermano no se deja ver —dijo—. Su rostro y su cuerpo están marcados por unas terribles cicatrices y vive recluido en una propiedad que tiene en la costa oeste de Escocia, como si el mundo no existiera.
—Comprendo… —murmuró Martina.
Y en ese instante entendió por qué el sueldo era tan alto y también por qué nadie duraba más de una semana en el puesto de trabajo.
La chica echĂł el torso hacia adelante y apoyĂł los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos de las manos por delante de su pecho.
—Christos tiene un carácter… difícil, señorita Ferrer —dijo—. No voy a mentirle. Sería una estupidez por mi parte hacerlo cuando lo va a conocer. Es reservado, hosco y malhumorado, pero confío en que usted sepa llevarlo.
«Menuda descripción», se dijo Martina para sus adentros.
Todos aquellos calificativos se resumían en que su hermano era intratable (y lo era). Pues quizá no debería confiar tanto en que ella no fuera a correr la misma suerte que las anteriores asistentes, que habían caído como moscas, pensó después con pesimismo.
Ăšltimamente no daba una.
Martina alzó la cabeza y miró a Penélope Blair. Alcanzó a advertir en el fondo de su mirada verde pálido un matiz que no supo interpretar, como si supiera algo que ella ignorara, o como si estuviera tramando algo. Después pensó que debían ser imaginaciones suyas.
Martina no tenía ni idea de quién era Christos Blair, pero Blanca, una de las amigas que había ido a Londres con ella, junto a Alba, le había hablado de él cuando le comentó la oferta de trabajo de la que le habían llamado. El tipo había sido un playboy de la noche londinense, un niño malcriado, caprichoso y forrado de pasta. Un chico malo que había vivido como había querido, sin normas, sin reglas y casi sin escrúpulos, y que había tenido un accidente de coche que le había desfigurado la cara. Desde que tuvo lugar aquella tragedia, Christos Blair se había recluido como un ermitaño en una vieja fortificación escocesa, apartado de todo y de todos, sin contacto con el mundo exterior. No se le había vuelto a ver desde entonces y jamás había vuelto a mostrarse en público.
Pero que Christos Blair tuviera el peor carácter del mundo o que viviera en el quinto coño no iba a hacer que Martina rechazara el empleo. No podía permitírselo. Llevaba un par de meses sin trabajo y había que pagar facturas y demás gastos. Londres no era una ciudad barata, precisamente.
—Tengo buenas referencias de usted, señorita Ferrer —continuó hablando Penélope Blair—, y creo que sería una buena candidata para ser la asistente personal de mi hermano.
Lo que a Martina le animaba a aceptar el puesto es que el sueldo era muy elevado y que le permitiría ahorrar lo suficiente como para emprender una nueva vida. Sería un trabajo temporal, por supuesto. Ella era fotógrafa. Había estudiado Diseño Gráfico y un Grado Superior de Fotografía y no dejaba de formarse continuamente para mejorar sus capacidades artísticas, porque era algo que la apasionaba y entre sus sueños estaba convertirse en una fotógrafa de reconocimiento.
CogiĂł aire.
—Espero cumplir sus expectativas, señora Blair —dijo, aceptando de ese modo el trabajo que le ofrecía.
Penélope Blair esbozó una amplia sonrisa que dejaba a la vista unos dientes blancos y perfectamente rectos. Era una mujer muy guapa, con apariencia de modelo de revista y una sofisticación innata.
—Estoy segura de que las cumplirá —contestó, y de nuevo apareció en la expresión de sus ojos ese atisbo de lo que Martina había visto antes y que seguía sin poder interpretar—. Pásese mañana por la mañana por aquí para firmar el contrato —indicó.
Martina asintiĂł inclinando la cabeza.
—Perfecto —dijo—. Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Cogió el bolso, que lo había dejado en la silla de al lado, se lo colgó al hombro y dándose media vuelta salió del despacho de Penélope Blair con un nuevo trabajo.
—¿En Escocia? ¿El trabajo es en Escocia? —le preguntó Alba, y lo había hecho en el mismo tono en que Martina se lo había preguntado a Penélope Blair. Incluso Alba también había fruncido ligeramente el ceño como ella, algo desconcertada.
—Sí, Escocia —repitió Martina, vertiendo el sobre de azúcar en su café—. El país de las gaitas, las faldas de cuadros, las montañas verdes, el haggis…
Después de la entrevista había quedado con Blanca y Alba en Naan Staap, una cafetería muy mona emplazada en Plashet Grove para comentar qué tal le había ido. A las tres les encantaba ese lugar porque estaba decorado con tonos chillones y letreros en neón. Tenía sofás almohadillados en color verde lima, mesas naranjas y las paredes eran enormes murales amarillos con el colorido retrato de personajes célebres, como el de Audrey Hepburn. Iban habitualmente allí porque además de la explosión de color para la vista, los dueños eran encantadores.
—¿Y vas a aceptar el trabajo? —le preguntó Blanca, sentada frente a ella.
—Ya lo he aceptado —dijo Martina, alzando los hombros—. Pagan muy bien y bueno… no deja de ser una experiencia nueva, o como eso me lo quiero tomar, como una experiencia nueva.
—Qué echada para adelante eres siempre, jodía —comentó Alba con orgullo.
—Espero no estar de vuelta la semana que viene —dijo Martina—. Penélope Blair me ha dicho que su hermano tiene un carácter un tanto difícil, y tiene que ser cierto a juzgar por lo poco que le duran las asistentes.
—Perdona que te diga esto, pero es normal. ¿A quién narices se le ocurre irse a vivir a mitad de la nada? —lanzó al aire Blanca.
—Pues a Christos Blair —respondió Martina, después de dar un sorbo de café.
PermaneciĂł aferrada con las dos manos a la taza.
—Menuda pieza debía ser —apuntó Blanca—. Se le conocía en todo el país por las juergas que se corría y por todas las tías a las que se llevaba a la cama.
—¿Y ahora está encerrado en un castillo en Escocia? —curioseó Alba.
—Su hermana me ha dicho que el accidente le dejó cicatrices en el cuerpo y en la cara y que desde entonces no ve a nadie —dijo Martina.
—Joder, qué vida más triste, ¿no? Sin salir, sin socializar… —comentó Blanca.
—Triste y lúgubre… —señaló Alba con gesto sombrío—. Vivir en un castillo, solo, en una tierra donde no hay nada… ni nadie… No sé, Martina, ¿no te da un poco de grima?
Martina la mirĂł con la cabeza ladeada y expresiĂłn de pocos amigos en la cara.
—Eso, Alba, tú anímame —le dijo en tono irónico.
Alba chasqueĂł la lengua cuando se dio cuenta de que habĂ­a metido la pata.
—Lo siento. No quiero darte mal rollo… —repuso.
—Pues menos mal —dijo Martina.
—Lo que quería decir… es que… bueno, es raro que un tío como él viva como un ermitaño en mitad de la montaña, dejado de la mano de Dios…
Blanca fulminĂł a Alba con la mirada.
—Alba, cariño, ¿por qué mejor no te callas? —le aconsejó—. Lo estás empeorando.
Alba levantĂł las manos en actitud de rendiciĂłn.
—Vale, me callo. Es verdad que lo estoy empeorando.
—Tal vez no he debido aceptar el trabajo —comentó Martina, que por momentos dudaba de haber tomado la decisión correcta.
Si era sincera consigo misma, tenía que admitir que ella también había pensado lo mismo que Alba y que sentía cierto recelo ante las circunstancias que rodeaban el empleo. Después la cabeza le daba la vuelta y se decía que Christos Blair no era la única persona que después de haber pasado por una tragedia como la que había pasado, decidía aislarse en el lugar más remoto de la Tierra y no querer saber nada del mundo. Ella lo haría si pudiera. Se bajaría de la vida un tiempo, para tomarse un descanso de eso que llaman vivir. Su existencia últimamente era un desastre.
Unos meses atrás había viajado al Reino Unido desde su Asturias natal para ver qué suerte corría profesionalmente en Londres, pero ahora estaba sin trabajo y con el corazón roto. La relación con su novio había sido un chasco. Óscar solo la quería por su «cara bonita», como un trofeo a exhibir delante de la gente, pero que la hacía sentir insignificante como persona. Martina había llegado a la conclusión de que era un imán para los tontos, porque no había corrido con mejor suerte en sus anteriores relaciones.
—Joder, me voy a ir donde Cristo perdió la zapatilla —añadió—. A un lugar situado a mil kilómetros de… ninguna parte.
Blanca y Alba rieron.
—No seas tonta, Martina. Es trabajo y eso es lo que importa —habló Blanca—. Además, podremos vernos el día que tengas libre. Tú tienes coche y nosotras con el de Alba nos apañamos para quedar en un punto intermedio y pasar un ratito de risas juntas.
Martina se animĂł pensando en esa posibilidad. No era el fin del mundo.
—¿Sabéis una cosa?
—¿Qué? —dijeron Blanca y Alba al mismo tiempo.
—Que creo que me va a venir bien. —Sus amigas la miraban con curiosidad—. Sí, para olvidarme de todo —prosiguió Martina—. Estos últimos meses han sido un caos para mí, entre perder el trabajo y la ruptura con Óscar…
—Yo creo que tienes razón —intervino Alba.
—Me va a venir bien apartarme un tiempo del mundo y, aunque no ha sido deliberado, voy a aprovechar la ocasión para reorganizar mis pensamientos y ver cuáles son mis prioridades.
—Vale, pero no te aísles para siempre en el castillo del Conde Drácula, que te queremos de vuelta aquí —bromeó Blanca.
Martina rio.
—Tranquila, que vais a tener Martina para rato. Además, os voy a quemar el WhatsApp a mensajes todos los días. Preparaos… —les avisó.
—Sí, por favor… Cuéntanos cómo es Escocia, cómo es el castillo y sobre todo cómo es Christos Blair —dijo Alba.
CAPĂŤTULO 2
Al día siguiente Martina se presentó en el despacho de Penélope Blair con su mejor sonrisa. Había pensado detenidamente en lo que había hablado con las chicas la tarde anterior en el Naan Snaap, y se iba a tomar aquel trabajo en la costa oeste de Escocia como un impasse para poner en orden su cabeza. Un paréntesis para reorganizar su vida y volver después al ataque.
—Me alegra verla de nuevo, señorita Ferrer —le dio la bienvenida la hermana de Christos Blair cuando se sentó en una de las sillas que había frente a su escritorio.
Martina tuvo la impresión de que la señora Blair había pensado que finalmente no iba a presentarse, pero ella no era una malqueda ni una irresponsable. Si había aceptado ya el empleo, no iba a echarse para atrás. No era así. Era cierto que estaba en horas bajas de ánimo por todo lo que tenía encima, pero tal y como le decían Blanca y Alba, era muy echada para adelante. En eso se notaba que era española. Tenía tesón y mucho carácter.
—Igualmente —contestó, poniendo el bolso encima de las piernas.
Penélope arrastró una carpeta negra por encima de la mesa hasta colocarla delante de Martina.
—Este es el contrato. Por favor, léalo y si tiene alguna duda, consúltemela sin problema. Veo que domina el inglés perfectamente, pero puede que algún término jurídico le cree confusión.
—Gracias —le agradeció Martina sin dejar de sonreír.
Tomó la carpeta, la abrió y leyó detenidamente cada una de las cláusulas del contrato. No difería mucho de un contrato tipo. Aparte, Penélope Blair le fue comentando los puntos más relevantes.
—Tendrá libre un día y medio a la semana, de acuerdo con la disposición de mi hermano. Se alojará en el propio castillo, por lo que no es necesario que busque casa en el pueblo que hay al lado ni que haga desplazamientos innecesarios…
Penélope se quedó en silencio y Martina levantó la cabeza para ver qué sucedía.
—Señorita Ferrer… —comenzó a hablar nuevamente en un tono más serio.
—Dígame.
Penélope la miró directamente a los ojos.
—No se amedrante ante mi hermano. —Martina se quedó atónita con aquella afirmación—. Christos no está de acuerdo con que contrate a alguien que lo ayude, así que va a tratar por todos los medios de que se vaya, y créame que va a poner todo su empeño. Lo ha conseguido con todas las asistentes anteriores y estoy segura de que lo va a intentar con usted. Pero recuerde, y recuérdeselo a él si es necesario —matizó sin titubear—, que soy yo quien le paga y yo quien la ha contratado.
Martina asintió con la cabeza de forma mecánica, porque se había quedado de piedra, mientras se preguntaba si Christos Blair era tan terrible como estaba dando a entender su hermana y todas las asistentes que habían desistido y se habían largado dejando el puesto vacante.
—Lo tendré en cuenta —dijo.
Penélope alargó el brazo para coger un papelito de un taco de notas que había sobre el escritorio y con un bolígrafo apuntó su número de teléfono.
—Este es mi móvil. Llámeme si tiene cualquier problema con él —dijo.
—Vale —masculló Martina, al tiempo que cogía el papel que le tendía y lo guardaba en el bolso.
Después Penélope Blair le tendió otra carpeta de solapas negras, como la del contrato.
—Y estas son una serie de normas que pone Christos para trabajar con él —dijo.
Martina había entrado en el despacho de Penélope Blair con una sonrisa, pero después de despedirse de ella con un cordial apretón de manos, salía acojonada. Tenía los ovarios puestos de corbata. Iba a vivir sola en un castillo en mitad de la nada con un tipo que de verdad parecía el Conde Drácula, aunque Blanca lo hubiera dicho de broma.
«¡Genial!», se dijo a sí misma en tono sarcástico.
En ese momento se cuestionó dónde se estaba metiendo o, mejor dicho, dónde coño se había metido, porque ya no tenía escapatoria. Había firmado un contrato y ahora sí estaba vinculada a ese trabajo y de alguna manera a… Christos Blair. De repente sintió una punzada de aprensión. Solo esperaba que no la mordiera.
Llegó al piso que compartía con Blanca y Alba a las afueras de Londres y terminó de meter en las maletas que descansaban sobre la cama las últimas cosas que le quedaban. Aunque dejó algunos enseres en la habitación, no se olvidó de su cámara fotográfica, por supuesto.
Aquel aparato, algo viejo ya por el uso (y porque también tenía sus añitos), era como una especie de apéndice de sus manos, una prolongación de su cuerpo. No había lugar al que Martina no fuese sin llevarse su apreciadísima cámara. En todo veía una bella instantánea, ya fuera un paisaje urbano o un paraje natural. Evidentemente alguna fotografía sacaría de Escocia.
Vio la carpeta que le había dado Penélope Blair antes de salir de su despacho y que había dejado sobre el escritorio. No había leído cuáles eran las condiciones de Christos y casi se le olvidaba meter la carpeta en la maleta.
Se sentĂł en el escritorio, la abriĂł y comenzĂł a leer lo que contenĂ­a el folio. Aquello tenĂ­a que ser una broma.
Eran un conjunto de normas que no podĂ­a saltarse si querĂ­a mantener el puesto de trabajo.
No podĂ­a mirar a Christos, ni tocarlo, ni entrar en su habitaciĂłn. No podĂ­a ir al ala sur del castillo, ni pasear por la noche por la casa y nada de espejos en la decoraciĂłn. No se le permitĂ­a colgar ninguno en ninguna pared de la fortaleza.
Martina dio gracias de que al menos le permitiera tener el que al parecer había en el cuarto de baño de la que sería su habitación. Si no se veía peinándose en el reflejo de alguna cazuela de acero.
—Está loco —susurró.
Tanto encierro y tanta soledad lo habĂ­an trastornado, pensĂł.
Aquellas normas le recordaban esas leyendas urbanas (y no tan urbanas) que hablaban sobre los caprichos y exigencias absurdas de las divas y divos de la canción. Como que Madonna pide siempre 25 cajas de agua de Kabbalah en sus giras, que es la única agua que bebe y que se gasta la friolera de 10.000 dólares al mes en esa agua porque supuestamente tiene poderes curativos o no sé qué… Que Jennifer López se tiene que alojar en una habitación decorada totalmente en blanco, con flores aromáticas y otras cuantas chorradas más. O que Lenny Kravitz exige 24 toallas de tamaño grande.
Estupideces de ricos, pensaba Martina.
Y allí estaba Christos Blair, imponiéndole una lista de condiciones como si fuera en divo del espectáculo. ¿Y qué otra cosa podía hacer ella aparte de cumplirlas?
SuspirĂł.
Cuando terminĂł de leer las normas, saliĂł con la carpeta al salĂłn, donde estaban Alba y Blanca.
—Christos Blair está loco. Me ha impuesto una serie de condiciones de divo de la canción que tengo que cumplir si no quiero que me despida.
—¿Qué condiciones? —Blanca fue la primera en hablar.
—No puedo mirarle a la cara, ni tocarlo, ni entrar en su habitación, ni poner espejos en las paredes, ni ir por el ala sur del castillo… —enumeró, mirando la lista.
—A lo mejor es ahí donde guarda los cadáveres de las anteriores asistentes —dijo Alba.
Martina alzĂł los ojos y la mirĂł por encima del papel.
—¿Por qué eres siempre tan gore? ¿Te pasó algo de pequeña que Blanca y yo desconocemos? —le preguntó Martina con media sonrisa dibujada en los labios.
Alba rio.
—Es que según lo has dicho me ha recordado a una de esas películas de miedo en la que se emparedan los cadáveres en los muros de una de las habitaciones en las que la protagonista tiene prohibido entrar —dijo.
—Alba, estás fatal de la cabeza —intervino Blanca.
—Estás peor que Christos Blair —bromeó Martina.
—Es verdad, estoy fatal. Pero me lo voy a hacer mirar, tranquilas —dijo Alba.
—Claro, y tienes que cumplirlas… —comentó Blanca, retomando el tema.
—Sí, porque si no, me larga. Lo deja muy claro en el contrato —respondió Martina.
No importaba cuántas condiciones le impusiera, Martina necesitaba aquel trabajo por media docena de motivos e iba a conservarlo a como diera lugar.
—No se anda con tonterías —dijo Alba.
—No —contestó Martina. Se pasó la mano por el pelo—. Joder, me da que ese tío es de armas tomar.
—Tiene pinta —repuso Blanca.
Martina no dejaba de darle vueltas a qué tipo de persona se iba a encontrar. Ella era dura de pelar, pero Penélope Blair le había dicho que su hermano iba a encontrar la manera de hacerla renunciar. ¿Lo conseguiría?
—Llámanos cuando llegues —dijo Alba, ya en la calle, después de haberla ayudado a meter el equipaje en el maletero de su pequeño Opel Corsa rojo, un coche que tenía más años que la cámara de fotos.
—Y coméntanos cómo es aquello y… cómo es Christos Blair —añadió Blanca con interés.
Martina puso los ojos en blanco. Casi era palpable la curiosidad que sus amigas sentían por el señor Blair.
—Y no vayas por el ala sur —le recordó Alba en tono de mofa.
—Os lo estáis pasando en grande a mi costa, ¿verdad? —comentó Martina, al ver la guasa que tenían sus amigas.
Alba le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí en un gesto cariñoso.
—No, cielo, pero es que hay que reconocer que Christos Blair se las trae.
Martina se mordisqueĂł el labio.
—Os llamaré cuando llegue, no os preocupéis —dijo.
TenĂ­a un largo camino por delante y querĂ­a salir ya.
—Cuídate mucho —le dijeron Alba y Blanca.
—Y vosotras.
Martina se despidió de ellas con un beso en las mejillas y un cariñoso abrazo (también se coló alguna que otra lagrimilla) y finalmente, sin pensarlo demasiado, se subió al coche, arrancó el motor y puso rumbo a Escocia.
Tenía unas cuantas horas de viaje por delante, pero no le importaba. Le gustaba conducir, así que no suponía un problema. Atravesar Reino Unido de punta a punta en coche no dejaba de ser también una aventura.
Señaló en el GPS los lugares en los que iba a parar para estirar las piernas y tomarse un descanso y un café y se preparó a conciencia una playlist con sus canciones favoritas. Una buena sesión de funk siempre era bienvenida y le proporcionaba un chute de energía. Ir acompañada durante el viaje de Maceo Parker, Prince, Jamiroquai o James Brown era poco menos que tocar el cielo con las manos.
Cogió la M6 y fue dejando atrás un Londres gris y con un cielo plomizo de finales de septiembre.
A mitad de la tarde el paisaje se transformó en un vasto manto de color verde esmeralda. Una cadena de colinas se alzaba al fondo bajo un cielo azul pálido. Martina no pudo por menos que proferir una exclamación de asombro. Había visto centenares de fotos de Escocia, pero absolutamente ninguna le hacía justicia. Aquellos paisajes eran indescriptibles. Una belleza elevada a la máxima expresión.
Supo con certeza qué iba a hacer los días que tuviera libre. Recorrería esas tierras y plasmaría en miles de fotos su fascinante belleza.
Siguió las indicaciones que le dictaba el GPS y se desvió por la A863. Bordeó la costa oeste hasta llegar a un pequeño pueblo pesquero.
Se adentrĂł con su Opel Corsa en las calles empedradas y observĂł con la boca abierta sus casas antiguas pintadas de colores tierra, la cruz de la iglesia, el mercado y lo que parecĂ­an las ruinas de una antigua abadĂ­a. Fue imposible no traer a su memoria la serie de Outlander, porque tenĂ­a la sensaciĂłn de que eran los mismos escenarios en los que habĂ­an estado sus protagonistas.
Quizá hubiera sido el ritmo energizante del funk de su playlist o la maravillosa belleza del lugar, pero se sentía con las pilas a tope, dispuesta a comerse el mundo. Sin embargo, no veía un castillo o fortaleza por ninguna parte. Cabía la posibilidad de que el GPS la hubiera llevado a otro sitio distinto y que se hubiera perdido.
Siempre le quedaba preguntar a alguien, como a la vieja usanza, como se habĂ­a hecho toda la vida antes de que existieran los GPS.
Detuvo el coche en una pequeña plazoleta de piedras grises revestidas de verde musgo y bajó la ventanilla. Se dirigió a dos hombres mayores de aspecto rural que estaban arreglando una furgoneta.
—Perdonen… —comenzó en un perfecto inglés. Los hombres levantaron el rostro hacia ella—, ¿podrían decirme si está por aquí el castillo de Christos Blair? —dijo.
Los hombres cruzaron una mirada que Martina no supo cĂłmo tomarse, pero que no auguraba nada bueno.
—¿Se refiere al castillo de «la bestia de las Highlands»? —le preguntó uno de ellos. Un tipo con el pelo y la barba canosas, la piel blanca y las mejillas enrojecidas por el aire y la humedad.
Martina tragĂł saliva.
CAPĂŤTULO 3
—¿La bestia de las Highlands? —repitió, sin evitar poner cara de turbación, porque no estaba segura de haber escuchado bien.
—Sí, «la bestia de las Highlands» —ratificó el hombre. El otro se limitaba a asentir—. Es así como llaman a Christos Blair.
Naturalmente Martina no iba a ponerse a discutir con ellos (aunque tendría unas cuantas cosas que decirles), pero le hubiera gustado preguntarles si no era un apelativo un tanto excesivo. ¿Tan desfigurado estaba como para llamarle «bestia»? ¿Tan malo era? La gente podía ser muy cruel a veces.
SuspirĂł.
—Sí, supongo que es ese castillo el que estoy buscando —contestó.
Los hombres volvieron a mirarse entre ellos. ¿Qué demonios les pasaba?
—Señorita… ¿está segura de que va al castillo de «la bestia de las Highlands»? —El hombre del pelo y la barba canosas volvió a hablar.
Y dale con llamarle «bestia», pensó Martina. ¿Por qué se dirigían a ella en ese tono condescendiente? ¿Cómo si fuera una pobre campesina que fuera a enfrentarse al temible señor de las Highlands? En el fondo, Christos Blair solo era un hombre de carne y hueso, no un monstruo. Cualquiera diría que ordenaba ahorcar todos los días a tres personas en la plaza del pueblo. Martina desconocía que los escoceses fueran tan exagerados.
—Sí, estoy segura —respondió con firmeza y algo cansada de las insinuaciones de los dos lugareños.
El hombre que habĂ­a tomado la voz cantante estirĂł el brazo hacia su derecha.
—Siga todo recto por esa calle de ahí —señaló con el dedo índice—. El castillo de Christos Blair está a un kilómetro más o menos. No tiene pérdida. Lo verá en cuanto deje atrás el pueblo.
—Gracias —les agradeció Martina.
Al menos no se habĂ­a perdido.
SubiĂł la ventanilla y se puso de nuevo en marcha. Instintivamente mirĂł por el espejo interior del coche. Los hombres observaban cĂłmo se alejaba y lo hacĂ­an igual que si se dirigiera al patĂ­bulo.
¿Qué demonios le pasaba a aquella gente?
Negó para sí con la cabeza y dirigió la vista al frente. No quería empezar su primer día de trabajo cayéndose en una cuneta y teniendo que ir alguien a rescatarla. No era algo que le fuera a hacer gracia al señor Blair.
Cuando desaparecieron las casas de piedra y saliĂł del pueblo, apareciĂł una fortificaciĂłn a lo lejos, al final de un largo camino de arena.
Martina abriĂł la boca. El castillo estaba enclavado en lo alto de un promontorio. Era una edificaciĂłn grande y sobria, con un exterior sencillo, que le trajo a la cabeza las historias inspiradas en la Edad Media que tanto le gustaba leer.
TenĂ­a una torre en forma hexagonal a cada lado, decenas de ventanales y la piedra con la que estaba construido era de color ocre y tenĂ­a grabados siglos de abolengo.
A medida que avanzaba por la empinada vereda no pudo evitar estremecerse. Aunque era un edificio fascinante, y eso era indiscutible —parecía sacado de una novela del medievo—, el aspecto general era triste y sombrío, como si le faltara vida. Las enredaderas y la wisteria lila que trepaban por algunas partes de la fachada suavizaba un poco esa sensación, pero aún todo Martina sintió cierta melancolía.
La colina sobre la que se levantaba estaba alfombrada de una hierba verde brillante debido a la humedad del lugar. El castillo se recortaba contra un cielo teñido de matices azules y grises. Martina podía jurar que nunca había visto un paisaje tan bonito, a pesar del aspecto plomizo del día.
Algunos rayos de sol bañaban a lo lejos los valles y las colinas, como si dejara caer en ellos un pálido velo amarillento.
Avanzó ascendiendo por el camino. Algunos árboles bordeaban el sendero aquí y allí. Al otro lado podían verse las centelleantes aguas del mar de las Hébridas. Las vistas eran impresionantes.
Imposible no contener la respiración cuando accedió a la entrada y estuvo frente a la enorme construcción. Aparcó el pequeño coche a un lado, en una zona que había asfaltada de cemento. Paró el motor y se bajó.
Se quedĂł mirando lo que tenĂ­a ante sĂ­, atĂłnita.
Todo estaba en silencio. Solo se oía el sonido de la naturaleza. Algunos pájaros que revoloteaban por el cielo y el fuuuuu del viento al mover las ramas de los árboles. La soledad impregnaba cada rincón.
AbriĂł el maletero, sacĂł una de las maletas (una verde lima) y una bolsa de mano, que colocĂł encima, y se dirigiĂł al portĂłn pintado de negro.
Martina se preguntó, mientras sus ojos recorrían la silueta de las torres y las almenas, cómo la recibiría Christos Blair. ¿Sería «la bestia de las Highlands» que decían los lugareños que era? ¿Sabría que llegaba ese día? Esperaba que su hermana le hubiera avisado, sino probablemente se comería un marrón.
SubiĂł los cuatro escalones de piedra del pĂłrtico tirando de las maletas. A los lados habĂ­a dos enormes maceteros redondos con las plantas secas y totalmente muertas.
«Todo es alegría aquí», pensó irónicamente Martina.
Antes de llamar lanzĂł un Ăşltimo vistazo al camino por el que habĂ­a llegado. Le parecĂ­a largo y sombrĂ­o, y a cientos de millas de cualquier resquicio de civilizaciĂłn, aunque no era asĂ­ porque el pueblo estaba a poco menos de un kilĂłmetro.
VolviĂł los ojos hacia la puerta. Si Christos Blair querĂ­a que nadie lo visitase, tener una aldaba de bronce en forma de cabeza de lo que parecĂ­a un carnero desde luego ayudaba.
«Qué cosa más fea», se dijo Martina.
IntentĂł imaginarse el castillo con flores en las macetas y resplandeciente bajo el sol brillante de verano, pero no lo consiguiĂł, y ella tenĂ­a mucha imaginaciĂłn.
Respiró profundamente, estiró la mano, levantó la cabeza de carnero —o de lo que fuera— y golpeó dos veces la puerta. El ruido seco y metálico despertó una cadena de ecos que le provocó un escalofrío. Cada vez se sentía más inquieta.
«¿Dónde diablos me he metido?», pensó, cuando una repentina ráfaga de viento húmedo que soplaba desde el mar removió en espiral un montón de hojas muertas detrás de ella.
Se preguntĂł si durante el camino no habrĂ­a hecho un viaje en el tiempo y habrĂ­a retrocedido unos cuantos siglos, porque nada allĂ­ indicaba que estuvieran en el siglo XXI.
Lanzó un vistazo al cielo. Estaba cada vez más oscuro. El sol se ocultaba tras las nubes, que proyectaban sombras amenazadoras sobre el castillo.
Se hubiera ido de allí pitando. Dios sabe que sí, pero una vocecita interior le decía que ya era demasiado tarde para dar la vuelta y regresar a la seguridad de Londres y, además, no era de las que se desanimaba a las primeras de cambio.
Se sobresaltó cuando de pronto escuchó un sonido tenue que duró varios segundos, como el que producen las puertas de los bloques de los pisos de las ciudades cuando las abren con el portero automático.
No todo es rudimentario, pensĂł asombrada Martina, al tiempo que empujaba el portĂłn y lo abrĂ­a. Al menos aquella tecnologĂ­a la metĂ­a otra vez en la era moderna.
EntrĂł en el castillo y cerrĂł la puerta tras ella. AvanzĂł unos pasos con cautela y se encontrĂł ante una magnĂ­fica escalera que subĂ­a hasta el primer piso.
Todo estaba envuelto en una oscuridad aterciopelada, salvo por unos apliques encendidos en algunas paredes que irradiaban una pálida luz.
—¿Hola? —lanzó al aire.
ParecĂ­a la entrada a una mansiĂłn encantada de una pelĂ­cula de miedo. Si Alba lo hubiera visto se hubiera inventado alguna de sus macabras historias. El propio escenario la llevĂł a preguntar, igual que en los films de terror:
—¿Hay alguien?
Se sobresaltĂł cuando una sombra apareciĂł en mitad de la escalera que se abrĂ­a en forma de media luna en el centro del enorme vestĂ­bulo. TragĂł saliva.
—¿Señor Blair? —preguntó, tratando de que los ojos se le adaptaran a la penumbra.
—¿Quién iba a ser si no? —dijo una voz profunda y algo rasposa.
Martina sintió algo extraño en el cuerpo cuando lo oyó, como si resonara en su interior. No le pasó desapercibido el matiz sarcástico que había en la pregunta de Christos Blair. Empezaban bien.
—Hola, soy Martina…
—… Ferrer —la cortó Christos con sequedad—. Mi hermana me ha hablado de usted, señorita Ferrer. Según parece va a ser mi nueva asistente —dijo con poca amabilidad.
—Sí, su hermana me ha dicho…
—Su habitación está a la izquierda al fondo. Espero que se sienta… cómoda —dijo Christos sin más, con indisimulada ironía.
Martina trató de verlo, de distinguirlo más allá de las sombras bajo las que se amparaba, pero el resplandor de los apliques solo le permitía atisbar la enorme silueta de su cuerpo en mitad de la escalera.
Tragó saliva. No tenía miedo (aunque quizá no le hubiera faltado razón), pero no pudo evitar sentirse intimidada por el magnetismo que parecía emanar de él.
—¿No va a enseñarme la casa? —le preguntó, sorprendida por su actitud indiferente.
—Por supuesto que no —espetó él.
Christos se girĂł y comenzĂł a subir las escaleras con aire indolente.
—Pero…
Martina intentĂł alzar una protesta, sin embargo Ă©l la cortĂł de raĂ­z.
—Si quiere le doy un mapa y una brújula para que no se pierda.
Martina no sabía qué pensar de aquella actitud tan hostil ni que le había hecho dar por sentado que iba a ser bien recibida.
—Tenemos que hablar, señor Blair… —dijo, intentando retenerlo.
No podía dejarla plantada allí, en mitad de aquella fortaleza sin más.
—No tengo nada más que hablar con usted —respondió Christos con desdén, sin ni siquiera detenerse.
—Necesito que me dĂ© las directrices que quiere que siga… —insistiĂł Martina.
—Pregúnteselas a mi hermana. Es ella quien la ha contratado. —¿Había un asomo de burla en su voz profunda y algo rasposa?
Martina se quedó con la cara a cuadros. Los mismos cuadros de las famosas faldas escocesas. Es decir, con cara de imbécil. Penélope Blair tenía razón. Christos no quería que ella estuviera allí, invadiendo su espacio, e iba a intentar por todos los medios que se fuera, como había hecho con las anteriores asistentes que habían osado poner un pie en su castillo.
Unos segundos después pudo escuchar el ruido que hizo una puerta al cerrarse de golpe.
Martina soltĂł el aire que no se habĂ­a dado cuenta que habĂ­a estado conteniendo y parpadeĂł.
Puede que Christos Blair sí fuera «la bestia de las Highlands» después de todo.
CAPĂŤTULO 4
—¡De puta madre! —farfulló Martina con ironía en mitad del vestíbulo, dejando caer los hombros.
Christos Blair no se lo iba a poner fácil. Ni siquiera le había permitido verlo. Se había mantenido convenientemente oculto en las sombras del vestíbulo.
AlzĂł la vista. Sobre su cabeza se elevaba un techo abovedado lleno de frescos que nada tenĂ­an que envidiar a la Capilla Sixtina. Y aunque algunas partes estaban descoloridas, era una maravilla. La tenue luz dotaba de un encanto especial las pinturas grabadas en Ă©l.
Tras unos segundos que permaneció observándolas, tomó aire y agarró el equipaje para llevarlo a la habitación. Subió las escaleras, con balaustrada de piedra y revestida de una elegante alfombra verde oscura, y enfiló la galería de la izquierda siguiendo las indicaciones de Christos, justamente la contraria a la que se había dirigido él, que se había adentrado en la de la derecha.
Christos atravesó el despacho a zancadas, se sentó en el sillón giratorio y descargó un fuerte puñetazo en el reposabrazos mientras su cara mostraba una expresión irritada. Estaba enfadado. Muy enfadado. Martina Ferrer era endiabladamente guapa. Castaña, con el pelo largo, la nariz recta y respingona y unos enormes ojos de color miel que destacaban con una expresión cálida en su rostro de piel morena.
¿Cómo se le ocurría a su hermana meterle en el castillo una mujer como ella? ¿Se le había ido la cabeza? ¿Qué pretendía? ¿Volverlo loco?
No la querĂ­a allĂ­. De ninguna manera la querĂ­a allĂ­, bajo el mismo techo. NegĂł reiteradamente con la cabeza mientras apretaba los labios con fuerza. Aquel castillo era su morada, su refugio, su guarida, y no iba a permitir que nadie lo perturbara.
Cogió el móvil de encima de la mesa de un manotazo y llamó a su hermana. No la dejó ni que lo saludara cuando Penélope descolgó el teléfono.
—¡La quiero fuera de aquí! —aseveró Christos con aspereza.
—Veo que ya has conocido a la señorita Ferrer —dijo Penélope con voz tranquila.
—Sí, ya la he conocido, y la quiero fuera de mi casa ya. Busca a otra candidata de inmediato —le ordenó Christos a su hermana.
Penélope suspiró y puso los ojos en blanco. No es que no se esperase la reacción de su hermano, pero normalmente las quejas llegaban pasados unos días después de conocer a la asistente. Con Martina solo habían pasado unos minutos.
—Christos, no tengo tiempo para buscarte otra asistente, y no creo que tú estés dispuesto a entrevistar a posibles candidatas para el puesto —comentó su hermana.
—No me busques a nadie. No me gusta la gente, ya lo sabes, Penélope… Si estoy recluido en este castillo, a kilómetros de Londres, es por mi baja tolerancia a los seres humanos.
Penélope volvió a suspirar. Siempre era lo mismo.
—Christos, no puedes seguir así. Tanta soledad te va a consumir…
—Ese es mi problema —afirmó él con voz fría y cortante.
Lejos de ayudarlo, aquella española iba a aumentar su frustración.
—Por favor, da una oportunidad a la señorita Ferrer. Es perfecta para el puesto —insistió Penélope.
—Me da igual si es perfecta para el puesto o no, no la quiero aquí y punto. Busca a otra persona, Penélope —exigió, y colgó la llamada sin preocuparse de despedirse de ella.
Penélope se retiró el teléfono de la oreja y lo dejó en la mesa cuando vio que Christos le había colgado. No tenía ninguna intención de despedir a Martina. Esa chica no había hecho nada malo… excepto tal vez poner nervioso a su hermano… Por eso la había llamado como un loco exigiendo que la echara, pero no iba a hacerlo. Penélope tenía muchas expectativas puestas en ella.
Martina se internĂł en el ancho pasillo con lentitud, acompañada del eco de sus pasos. Los ojos le bailaban de un lado a otro observando los altos techos abovedados, los cuadros, las alfombras, los tapices iluminados tĂ­midamente por el resplandor de los apliques… La luz y la penumbra jugaban con el contorno de los muebles y con la decoraciĂłn propia de museo de antigĂĽedades que poseĂ­a el lugar. Por lo demás era un castillo oscuro y desprovisto de vida.
Cuando llegĂł a la puerta del fondo, cogiĂł el pomo, lo hizo girar hacia un lado y abriĂł. Se asomĂł con precauciĂłn a la habitaciĂłn, como si esperara encontrarse una jaurĂ­a de perros. Casi gimiĂł de gusto cuando vio el interior. Las pupilas se le dilataron.
Era elegante y enorme, con una amplísima cama con cuatro postes, dosel de brocados y una colcha de varios colores que estaba llena de cojines de aspecto mullido. Los muebles tenían tonalidades grises y el armario era tan grande que cualquiera diría que dentro se encontraba el Reino de Narnia. El papel estaba pintado de un amarillo pálido con elegantes figuras de color negro.
Martina rodĂł la maleta hasta la mitad de la estancia, donde la dejĂł, y se acercĂł al ventanal. DescorriĂł las pesadas cortinas blancas y mirĂł perpleja las vistas.
—Wow… —susurró.
La habitación daba al mar de las Hébridas. El azul del agua contrastaba con las tonalidades grisáceas del cielo, creando un precioso lienzo. Enseguida su creativa mente vio una instantánea en aquel paisaje. Se dirigió al bolso de mano, abrió la cremallera y extrajo la cámara.
Empujó las cortinas a un lado, se colocó el visor en el ojo, enfocó y disparó. Vio cómo había quedado en la pantallita digital y sacó un par de ellas más.
La playa descansaba a unos cuantos metros al final de la ladera de la colina. Las olas iban y venían con una cadencia hipnótica. Hasta ese entonces se había preguntado por qué un hombre como Christos Blair se había aislado en un castillo en mitad de alguna parte de Escocia y en ese momento, contemplando las vistas, lo entendió un poco. Aquello era paz, tranquilidad, sosiego…
Se giró sobre los talones, dejó la cámara encima de la cama y volvió a lanzar un vistazo a la habitación. Parecía la de una princesa, salida de un cuento de hadas.
Martina llegó a la conclusión de que mantener aquel castillo tenía que costarle al señor Blair un ojo de la cara.
Su teléfono sonó. Pestañeó un par de veces y emergió de sus cavilaciones. Seguro que era alguna de las chicas.
No se equivocĂł cuando cogiĂł el mĂłvil y consultĂł la pantalla. Era Blanca. Martina descolgĂł.
—¿No habíamos quedado en que os llamaría yo? —dijo.
—Sí, ya…, pero es que nos mata la curiosidad —contestó Blanca—. ¿Has llegado ya?
Martina rodĂł los ojos por la habitaciĂłn.
—Sí, ya estoy aquí.
—¿Has visto algún hombre vestido con falda de cuadros? —bromeó Blanca.
Martina puso los ojos en blanco y negĂł con la cabeza.
—Todavía no —dijo.
—¿Es un castillo de verdad? ¿Con foso, puente elevadizo y todo eso?
Martina sonriĂł.
—Sí, es un castillo de verdad, pero no tiene foso ni puente elevadizo.
—¡Joder, vas a vivir en un castillo! —se oyó decir a Alba por detrás.
—Ahora mismo estoy en la habitación y es una pasada. Tengo una cama con dosel —comentó Martina, divertida. ¿Cuándo había tenido ella una cama semejante?—. Las vistas dan a una playa y puedo ver el mar de las Hébridas desde la ventana.
—¡Madre mía! —exclamó Blanca.
—Pero el castillo por fuera da un poco de miedo, la verdad. Solo le faltan las gárgolas.
Las chicas se echaron a reĂ­r al otro lado de la lĂ­nea.
—¿Y has visto a Christos Blair? —preguntó Alba con impaciencia en la voz.
—No sĂ© si verlo es la palabra correcta…
—¿Por qué dices eso? —repuso Blanca.
—Porque no se ha dejado ver. Se ha quedado oculto entre las sombras mientras hablábamos. Solo sé que es alto y que tiene los hombros anchos —respondió Martina.
EmpezĂł a pasear por la habitaciĂłn, abriendo los distintos cajones para ver si habĂ­a algo.
—¿Entonces no le has visto el rostro? —habló Alba.
—No.
AbriĂł el cajĂłn superior de la cĂłmoda y lo cerrĂł porque estaba vacĂ­o.
—¿Ni las cicatrices?
—No, y no creo que lo vea. Tengo la sensación de que nunca se va a mostrar a la luz.
—¿Tan desfigurado está? —intervino Blanca.
Martina se encogiĂł de hombros.
—Quizá solo es por vanidad. Acordaos de que era un tío guapo como el pecado y de que se follaba a todo lo que se movía —señaló.
—¿Y cómo ha ido vuestro primer encuentro?
—Fatal. Me ha dejado clarísimo que mi presencia aquí le molesta soberanamente.
—¿Ha sido desagradable? —dijo Alba.
—Desagradable es poco. Christos Blair es grosero, maleducado y gruñón. Ni siquiera se ha dignado a enseñarme el castillo o la habitación en la que me voy a alojar. Me ha dado las indicaciones y me ha dejado ahí plantada en mitad del vestíbulo, a mi suerte. No he conocido en mi vida una persona tan borde como él, y eso que yo conozco a mucha gente.
—No te lo va a poner fácil, ¿eh? —dijo Blanca.
Martina se sentĂł en la cama.
—No, no me lo va a poner fácil —contestó con pesimismo—. Me lo advirtió su hermana y es cierto, Christos va a hacer todo lo posible para que me vaya. Me ve como una intromisión en su guarida. Porque creo que es así como ve este castillo. Vive apartado del mundo, en una fortaleza enclavada en lo alto de una colina como si fuera un señor de la Edad Media. Si os digo la verdad, no me extraña que la gente lo tema. ¿Sabéis que en el pueblo lo apodan la «bestia de las Highlands»?
—Joooder… —masculló Blanca.
—Creí que me había perdido porque no veía el castillo por ninguna parte y pregunté a un par de hombres del pueblo. Se miraron entre ellos y pusieron cara de circunstancia cuando les dije que buscaba el castillo del señor Blair, incluso me preguntaron si estaba segura de que iba al castillo de la «bestia de las Highlands».
—¿Y no te acojona un poco? —preguntó Alba.
—Claro que me acojona. Todo el mundo habla fatal de él, como si fuera un monstruo.
—Es que a lo mejor lo es… —dejó caer Alba con aprensión en la voz.
—No es un monstruo ni una bestia, es solo un hombre que quiere vivir aislado del mundo —afirmó Martina, dejando entrever cierta comprensión en sus palabras—. Pero ¿sabéis una cosa? No voy a dejar que me amedrante. Seguro que las anteriores asistentes que han pasado por aquí le tenían miedo, pero yo no le temo. Me conocéis, no se me intimida con facilidad. Nunca se me ha intimidado con facilidad y Christos Blair no va a ser el primero.
—Yo de mayor quiero ser como tú —dijo Blanca.
Martina se echĂł a reĂ­r.
—No sé qué va a salir de todo esto. Puede que la semana que viene esté de vuelta en Londres.
Y aunque lo dijo en tono de broma era una posibilidad.
—Nosotras te recibiremos con los brazos abiertos.
Las tres rieron.
—Bueno, chicas, os dejo, que quiero bajar al coche a por el resto del equipaje y empezar a organizarme.
—Vale —dijo Blanca.
—Mucho ánimo —oyó gritar a Alba—. ¡Y dale duro a la bestia!
Martina cabeceĂł mientras se le escapaba una risilla.
—Mañana hablamos —se despidió.
—Hasta mañana —dijeron Blanca y Alba.
Colgó y dejó el teléfono encima de la cama, junto a la cámara de fotos.
Cuando saliĂł de la habitaciĂłn para ir al coche a por el resto de las maletas, tuvo la sensaciĂłn de que era la Ăşnica habitante de aquel castillo. No se oĂ­a nada, reinaba un absoluto silencio, y no habĂ­a ni rastro de Christos Blair por ningĂşn lado.
De vuelta con el equipaje se quedĂł mirando un ficus que habĂ­a en una maceta redonda en un rincĂłn del pasillo. Estaba tan seco que se convertirĂ­a en polvo en cuanto lo tocase.
Se dijo que no vendrĂ­an mal algunas plantas nuevas. Las que habĂ­a visto estaban medio muertas. Christos no se molestaba en regarlas. Tampoco vendrĂ­an mal unas flores y un poco de color en la adusta decoraciĂłn; ni abrir las ventanas para que entrara la luz, el aire fresco y para quitar el halo decadente y sombrĂ­o que lo impregnaba todo. Se encargarĂ­a de ello.
CAPĂŤTULO 5
A la mañana siguiente se levantó, se duchó en el cuarto de baño que tenía la habitación y bajó a la planta de abajo para buscar la cocina. La localizó después de dar algunas vueltas por la laberíntica estructura del castillo.
—Esta casa no se acaba nunca —murmuró cuando finalmente logró dar con ella al fondo de un pasillo que emergía a la derecha de la escalinata del vestíbulo.
Era nueva, grande y funcional, y las paredes estaban revestidas de ladrillo caravista que le daban un toque coqueto y rústico. Pero el alma se le cayó a los pies cuando abrió la nevera. Solo le faltaba las telarañas en los rincones. Estaba prácticamente vacía excepto por un par de huevos, un trozo de queso, unas latas de Irn-Bru, un refresco carbonatado característico del país, y un tetra brik de caldo de pollo.
—¿Qué demonios come este hombre? —se preguntó con los brazos en jarra delante de la nevera abierta.
CurioseĂł en algunos armarios para ver si corrĂ­a mejor suerte, pero estaban tan vacĂ­os como la nevera.
Tendría que bajar al pueblo a hacer la compra o se morirían de hambre, y tendría que consultárselo a Christos. Esa era la parte más difícil, dado el mal talante que tenía. Pero se había prometido no amedrentarse ante él.
CerrĂł la nevera, se cuadrĂł de hombros y se dirigiĂł con determinaciĂłn hacia el vestĂ­bulo. HablarĂ­a con Ă©l, lo quisiera o no.
Christos estaba sentado detrás de los tres monitores que formaban el sistema informático desde el que trabajaba a diario. Después del accidente había dejado de gastar y de despilfarrar la fortuna de sus padres a manos llenas y había creado su propia empresa.
Desde aquel entonces había diseñado dos antivirus informáticos y varios sistemas de programación integral que habían tenido un éxito rotundo entre las financieras del Reino Unido y del mundo, porque habían transcendido fronteras, lo que le había hecho ganar una nada desdeñable fortuna propia. Ahora estaba inmerso en la creación de un programa de intranet para el mayor banco del Reino Unido.
Tocaron a la puerta.
—Señor Blair… —La voz de Martina se coló en el despacho.
Christos puso los ojos en blanco.
—Váyase, señorita Ferrer —gruñó.
—No me voy a ir —dijo Martina desde el otro lado de la puerta. Y era toda una declaración de intenciones.
«A mí no vas a asustarme con tus gruñidos», se dijo para sus adentros.
Penélope Blair le había advertido de que su hermano haría todo lo posible para deshacerse de ella.
Christos alzó el rostro por encima de la pantalla del ordenador y miró hacia la puerta con una ceja arqueada. ¿Lo estaba desafiando? ¿La española lo estaba desafiando?
—¿Qué quiere? —le preguntó.
—¿Está haciendo una huelga de hambre? —dijo Martina.
Él hizo con la boca una mueca de extrañeza. ¿Una huelga de hambre? ¿De qué hablaba esa mujer?
—¿Por qué me pregunta que si estoy haciendo una huelga de hambre? —dijo.
—Porque viendo las telarañas que tiene su nevera lo parece —respondió Martina—. No sé usted, pero yo no quiero morir de inanición ni tenerme que comer las uñas para matar el hambre, así que voy a bajar al pueblo a hacer la compra.
Hubo unos segundos de silencio y Martina temió que Christos la estuviera ignorando. Fue así hasta que oyó unos pasos acercándose. Pensaba que iba a abrir la puerta y en cierto modo se estaba preparando para recibir el impacto de verlo, porque mentiría si no dijera que le picaba la curiosidad, pero no fue así.
—Abra el torno y recoja la tarjeta de crédito que le he dejado —dijo Christos de pronto—. Utilícela para los gastos domésticos.
Martina mirĂł a la puerta con incredulidad. ÂżEra una broma?
—¿Cómo dice?
—¿Es dura de oído, señorita Ferrer? —dijo Christos en tono seco—. Abra la puerta que hay a su derecha y coja la tarjeta de crédito que he dejado en el torno. Hasta un niño lo entendería.
Martina bufó, casi escandalizada. No podía hablar en serio. ¿Así es como se iban a comunicar? ¿A través de la puerta y de un torno como el que tenían las monjas de clausura en los conventos? Todo aquello era de lo más surrealista.
—¿No va a salir de ahí para que hablemos y nos tratemos como dos personas civilizadas? —preguntó indignada.
—No, señorita Ferrer, no voy a salir de aquí —contestó Christos con antipatía—. Y ahora coja la jodida tarjeta y váyase.
Martina abrió la portezuela, que era del tamaño de una ventana y giró el torno de madera hasta que apareció un sobre blanco, sin mostrarse acobardada por su tono grave. Lo cogió, levantó la solapa y extrajo la tarjeta.
—Y las gracietas no están incluidas en su contrato —volvió a hablar Christos en el mismo tono áspero.
Martina decidiĂł no responder, ya habĂ­a tensado suficiente la cuerda por ese dĂ­a. No querĂ­a que se rompiera y le diera en las narices.
Mientras sostenía entre los dedos la tarjeta suspiró y dejó caer los hombros, dándose por vencida (de momento). Supo con una terrible claridad que nada sería fácil con Christos Blair. Ese hombre iba a darle muchos dolores de cabeza. Pero decidió tomárselo como un desafío, no era de las que se echaba para atrás.
Volvió a la cocina, hizo una lista de todo lo que necesitaba y subió a la habitación a por el bolso. Después salió del castillo y se dirigió al coche.
—Buenos días —oyó una voz masculina a su espalda.
Martina se giró hacia la voz. Delante de ella había un hombre de unos sesenta años, con el pelo casi blanco en su totalidad, pero de complexión atlética. Vestía un pantalón de pana marrón oscuro, una camisa de leñador y unas botas de agua.
—Buenos días —contestó.
—¿Usted es la nueva asistente del señor Blair? ¿La señorita Ferrer? —le preguntó.
Vaya, al parecer el señor Blair le había hablado a ese hombre de ella.
—Sí —respondió—. Pero llámame Martina —dijo, alargando el brazo hacia él.
—Edward Smith, soy empleado del señor Blair, le ayudo con el mantenimiento del castillo y los establos —se presentó el hombre de modales reposados, estrechándole la mano que le ofrecía Martina.
Al menos alguien allĂ­ era amable, se dijo Martina. SuponĂ­a un soplo de aire fresco.
—Encantada, Edward. —Se negaba a tratar a todo el mundo de «usted». Eso no hacía más que poner distancia entre las personas y ella no era fría ni distante. Le gustaba la gente y socializar.
—No eres de por aquí… —observó el hombre.
Aunque el inglés de Martina era bueno, no era nativo.
—No, soy española —le aclaró ella con una sonrisa en los labios.
—Bonito país.
—Gracias —dijo Martina—. ¿El señor Blair tiene caballos? —le preguntó a Edward al oírle hablar de establos.
—Sí, tres.
—¿Y monta?
—Sí, como ve hay mucho campo aquí —contestó Edward, señalando la explanada que había delante de ellos con el brazo.
Martina asintiĂł con una sonrisa a su comentario. SerĂ­a por campo…
—Un día me gustaría verlos —comentó.
Cuando era niña su padre tenía una yegua y Martina había paseado subida a sus lomos por las verdes praderas de Asturias. Aquella época había sido una de las etapas más bonitas de su vida. Después todo se complicó…
—Pásate cuando quieras. Los establos están en la parte de atrás del castillo. Allí estaré —dijo Edward.
—Gracias. —Martina sacó del bolso las llaves del coche—. Voy al pueblo a hacer la compra —dijo—. A la nevera del señor Blair le falta poco para ser una colonia de arañas.
Edward esbozó una débil sonrisa.
—Antes mi mujer se ocupaba de esas labores, pero desde que murió hace un año, el señor Blair no se preocupa demasiado. Hace la compra a domicilio una vez al mes y poco más.
—Lo siento —expresó Martina, al advertir la nota de dolor que aún había en los ojos azules del hombre cuando nombraba a su esposa.
—Son cosas de la vida —dijo con pesadumbre—. Encontrarás un pequeño supermercado al final del camino, nada más entrar en el pueblo, en la callejuela que sale a la derecha —añadió.
—Te agradezco mucho las indicaciones, así evito tener que estar preguntando a la gente del pueblo —dijo—, y que me miren como si me fueran a ejecutar por decir que voy al castillo del señor Blair —añadió.
—Veo que ya sabes lo que piensan de él…
—Sí, me lo dejaron claro un par de lugareños a los que pregunté dónde estaba el castillo. ¿Por qué tienen tan mala opinión de él?
Edward se encogiĂł de hombros.
—El señor Blair nunca ha bajado al pueblo ni ha querido relacionarse con la gente —contestó.
—Pero si no lo conocen, si no lo han tratado nunca no tienen ningún argumento para afirmar que es la «bestia de las Highlands».
—La gente es muy chismosa, incluso en este remoto pueblo de Escocia hablan… Desde que vino aquí, el señor Blair no ha salido del castillo.
—¿No sale nunca?
Martina no daba crédito a lo que estaba diciendo Edward. ¿Cómo podía vivir un hombre recluido en un castillo en mitad de la nada sin socializar? ¿Sin juntarse con el resto de las personas?
—Solo a correr a la playa y a montar a caballo —respondió el hombre.
«Siempre solo», se dijo Martina para sus adentros.
AlzĂł la cabeza y mirĂł hacia las ventanas del castillo y no pudo evitar sentir pena por Christos Blair y la soledad que se habĂ­a auto impuesto.
—Será mejor que me vaya —dijo—, si no, no me dará tiempo a preparar después algo de comida.
El hombre asintiĂł.
CAPĂŤTULO 6
Con las indicaciones de Edward, Martina encontró el supermercado sin mayores problemas. Dejó el coche aparcado enfrente del pequeño edificio con fachada de piedra gris y se bajó con la lista de la compra en la mano.
No hace falta decir que mientras echaba las cosas en el carro la gente que habĂ­a en los pasillos la miraba como si acabara de bajar de una nave espacial. No la habrĂ­an mirado con tanta curiosidad (e incluso inquietud) si hubiera sido una marciana.
Hasta cierto punto era comprensible, dadas las circunstancias. Era un pueblo pequeño, en el que todos se conocían, y ella era una forastera, y con unos rasgos físicos a años luz de los originarios celtas. Castaña, con los ojos de color miel y la piel morena. Saltaba a la vista que no era escocesa, ni inglesa ni de ninguna de las regiones del Reino Unido.
Aparte de que los dos hombres a los que había preguntado el día anterior ya habrían dado la noticia de que había una inquilina nueva en el castillo de «la bestia de las Highlands», como le llamaban. Lo que Martina dudaba es de si habrían llegado a conocer a sus predecesoras.
SiguiĂł haciendo la compra sin prestar demasiada atenciĂłn a las miradas y a los cuchicheos de unos y de otros. Lo que hablaran de ella o de Christos Blair no era su problema.
Cuando tuvo todo lo que había apuntado en la lista en el carro se dirigió a la caja y pagó. Después metió las bolsas de la compra en el maletero del coche con la ayuda de un repartidor que la atendió amablemente.
Al final la gente habĂ­a tenido la suficiente educaciĂłn como para no hacerle ningĂşn comentario acerca de Christos.
VolviĂł al castillo pasadas las doce y descargĂł las bolsas en la cocina.
Christos había bajado por la escalera del servicio que tenía el castillo y observaba la escena sin ser visto desde el umbral de la puerta que daba a la cocina. La española había comprado suministros para un mes y medio, por lo menos. La mesa y las encimeras estaban llenas de comida. Había un poco de todo: leche, zumo, fruta, carne, pescado, sobres de sopa, legumbres variadas… Incluso había un par de botellas de vino.
Era innegable que era una chica resolutiva y eficiente, y que tenía carácter. No se amedrentaba con facilidad. Las otras asistentes no habían sabido muy bien de qué manera actuar ante la indiferencia de Christos, y solo tuvo que gruñirles unas cuantas veces para que salieran corriendo y renunciaran al puesto. Pero una vocecita le decía que con la señorita Ferrer no lo iba a tener tan fácil. No creía que ella fuera a huir a las primeras de cambio. Tendría que usar toda su artillería para conseguir que se largara del castillo.
Martina entrĂł con las Ăşltimas bolsas y las dejĂł en el Ăşnico hueco libre que quedaba en la mesa. Christos se girĂł al verla y volviĂł a subir las escaleras del servicio hasta su despacho. No toleraba la presencia de Martina en el que consideraba su santuario. Encarnaba algo peligroso que ni siquiera se planteaba.
Mientras ella tarareaba malamente Purple Rain de Prince (porque cantaba fatal), dispuso toda la compra en los armarios y en la nevera.
Sin dejar de destripar la canción sacó medio pollo que había comprado y lo colocó en una bandeja que encontró en un estante. No tenía ni idea de qué comía Christos. Pan y agua, viendo el deplorable estado de la nevera.
No sabía cuáles eran los platos típicos escoceses, aunque había oído hablar del kipper, que era un arenque ahumado. Lo miraría detenidamente en Internet por la noche y lo incluiría en el menú de la semana. Por lo pronto iba a improvisar un pollo a la naranja (ya que lo tendría listo en cuestión de media hora) y rezaría para que el señor Blair no se lo tirara a la cabeza. 
Primero preparó la salsa. Exprimió las naranjas en un bol y añadió ajos picados, vinagre, harina de maíz, azúcar, sal y una pizca de pimienta negra. Lo echó por encima del pollo, al que previamente había cubierto de aceite de oliva, y lo metió en el horno.
Martina tampoco sabía a qué hora comería Christos, pero a la una y cuarto el pollo estaba listo y como sabía que la costumbre en el Reino Unido era comer entre las doce y las dos, preparó todo en una bandeja y se lo subió, convencida, por supuesto, de que no saldría de su despacho para comer como una persona normal y corriente.
Haciendo equilibrio con la bandeja en una mano, con la otra llamĂł a la puerta con un par de toques de nudillos.
—Señor Blair…
—¿Qué quiere, señorita Ferrer? —preguntó con su habitual descortesía.
—Le traigo la comida.
—Déjela en el torno.
Martina resoplĂł. ÂżEs que no iba a salir nunca de su escondrijo?
—¿Es que no va a salir nunca de ahí? —dijo ella.
—No —respondió Christos.
—¿Y si no le dejo la comida en el torno? ¿Qué hará? —lo retó, como una temeraria.
—Entonces mañana usted estará de vuelta en Londres —respondió él tajante.
A pesar del tono que utilizó, había algo siempre tan sensual en su voz que a Martina le recorrió un escalofrío por la espalda, pero decidió ignorarlo. Resopló frustrada. Joder, qué cabezota era ese hombre.
—Creo que no nos vamos a llevar bien —afirmó, abriendo la puerta del torno.
—¿Y cómo creía que nos íbamos a llevar? —comentó Christos con sarcasmo desde el otro lado.
Martina inhalĂł hondo y consiguiĂł morderse los labios para no contestar, porque si lo hacĂ­a probablemente estuviera de vuelta en Londres con Alba y Blanca antes de que finalizara el dĂ­a.
DepositĂł la bandeja con el pollo a la naranja en la base del torno y lo girĂł con un empujĂłn.
—Que le aproveche —dijo, dejando entrever su desconformidad por tener que relacionarse con él de ese modo.
Iba a cerrar la puerta, pero la voz de Christos detuvo su acciĂłn.
—¿Le pasó mi hermana las normas que quiero que cumpla, señorita Ferrer? —le preguntó con su voz profunda.
—Sí, lo hizo —le informó Martina—. ¿Quiere que también lo llame milord?
—Llámeme como desee, pero cúmplalas todas si quiere mantener el trabajo más de una semana —respondió Christos mordaz.
—Las cumpliré —se limitó a decir Martina, y cerró la puerta del torno.
BajĂł a la cocina y puso el lavavajillas con los cacharros que habĂ­a utilizado para hacer el pollo.
No entendía la razón, pero la frustraba que Christos no quisiera salir de su encierro. No tenía nada que ver con el morbo de verle las cicatrices o el estado en el que había quedado después del terrible accidente que tuvo, tenía que ver con el modo en que estaba desaprovechando la vida encerrado entre las cuatro paredes de piedra de un castillo sin más compañía que Edward, que probablemente fuera el único amigo que tuviera.
DeberĂ­a darle igual. Ella solo era una empleada. Estaba allĂ­ como la asistente de Christos. Si no salĂ­a de su despacho era problema de Ă©l no de Martina.
SuspirĂł sonoramente.
Pero es que ella no lo veĂ­a asĂ­.
Christos Blair era todavĂ­a un hombre joven con muchas cosas por hacer. No se le podĂ­a pasar la vida escondido en aquel lugar, apartado del mundo, rechazando todo contacto humano, como si realmente fuera una bestia.
Cuando terminĂł subiĂł a la habitaciĂłn. TodavĂ­a tenĂ­a que sacar algunas cosas de la maleta.
CAPĂŤTULO 7
Horas más tarde, se guardó el móvil en el bolsillo trasero del pantalón vaquero y bajó de nuevo a la cocina. Llenó una jarra con agua y fue regando maceta por maceta, así de paso curioseaba un poco el castillo.
HabĂ­a escudos medievales, tapices, gordas alfombras granates que cubrĂ­an el suelo de piedra, panoplias con espadas, lanzas cruzadas como un aspa en las paredes, telas con escudos de armas, baĂşles y otros tantos utensilios en hierro forjado. A Martina siempre le habĂ­a encantado todo lo que tenĂ­a que ver con la Edad Media. Devoraba cualquier novela cuya trama se desarrollara en esa Ă©poca, y no dejaba de encontrar mucho encanto en todo lo que la rodeaba en esos momentos.
Retiró las plantas que estaban secas y las dejó en el porche trasero que tenía la fortaleza y que daba a un patio por el que se accedía a través de la cocina.
Mientras estaba atareada con las plantas pensó en la forma de que aquella casa (porque no dejaba de ser una casa) tuviera una apariencia más alegre. Recogería flores de los patios y las pondría en los jarrones, colocaría en los pasillos algunos sahumerios con velas aromáticas que había comprado en el supermercado del pueblo.
Christos, que estaba leyendo en una de las salas, la oía ir de un lado a otro canturreando. Maldijo su puta suerte una y otra vez por la jugarreta que su hermana le había hecho enviando a esa española a su casa. Pero no iba a dejar las cosas así. Su campaña personal para que la señorita Ferrer saliera corriendo como habían hecho las anteriores asistentes y desapareciera de su vida seguía en pie. Y él no se rendía fácilmente.
La puerta de la sala se abriĂł.
Martina se quedó de piedra al ver el contorno de la figura de Christos al fondo. No esperaba encontrárselo allí, si no, Dios sabe que no hubiera entrado.
Estaba sentado en un sillĂłn de cuero marrĂłn, con una pierna elegantemente cruzada sobre la otra y un libro en la mano que apoyaba en el regazo.
Lo rodeaba ese halo de misterio y misticismo que le concedían las sombras que siempre lo acompañaban. Solo una pequeña lamparita que emitía una cohibida luz anaranjada rompía la oscuridad a la altura de su torso. No le veía la cara, pero sabía que la estaba mirando, probablemente inspeccionándola como un insecto bajo un microscopio.
—Venía a regar las plantas —dijo. Se revolvió un poco el pelo, nerviosa.
—Riéguelas en otro momento —sonó la voz rasposa de Christos desde la semipenumbra.
—Sí, claro —murmuró Martina—. ¿Y qué… tal está? —le preguntó con su mejor sonrisa, tratando de ser amable. Ser un poco cordial no estaba de más.
—Estaba bien hasta que ha aparecido —respondió Christos con sequedad.
Con Ă©l la amabilidad y la cordialidad no valĂ­an para mucho. De hecho, no valĂ­an para nada.
—No se preocupe, me voy ahora mismo —contestó Martina.
Dio media vuelta con la jarra de agua en la mano y echĂł a andar.
—Deje la puerta cerrada al salir —le ordenó Christos.
Martina bufĂł.
Cuando cerró la puerta, Christos volvió a retomar la lectura como si nada, mientras que Martina se apoyó en ella al otro lado, resoplando. No había conocido nunca un hombre tan intratable como Christos Blair. Entendía perfectamente por qué aquel puesto estaba vacante y porque todas las asistentes se habían ido cagando leches de allí.
CaĂ­a la noche cuando Martina terminĂł de hacer todo. En su peregrinaje por el castillo abriĂł una puerta de doble hoja y mirĂł en su interior. Se fijĂł en los muebles antiguos y en la decoraciĂłn. Era un salĂłn o una sala de estar. En un rincĂłn habĂ­a un enorme piano de cola.
Fue un impuso que no pensĂł el que la llevĂł a entrar en la estancia y a acercarse al piano. PasĂł la mano por el borde con deliberada lentitud. El resplandor de la luna creciente que se colaba por la ventana le arrancaba destellos plateados al barniz de la madera.
Levantó la tapa con cuidado y paseó la yema de los dedos por las suaves teclas. Le hubiera encantado aprender a tocarlo. El piano era su instrumento musical favorito. Incluso alguna vez, siendo niña, había soñado con convertirse en una gran concertista. Sonrió al acordarse, sin poder evitar sentir nostalgia por esos tiempos.
Su dedo Ă­ndice acariciaba una tecla negra cuando percibiĂł que no estaba sola. ApartĂł la mano del piano y se dio la vuelta. Se quedĂł sin respiraciĂłn al ver a Christos en el umbral de la puerta que habĂ­a dejado abierta. Estaba envuelto entre las sombras de la noche y su rostro permanecĂ­a en la penumbra. TenĂ­a un aspecto sombrĂ­o, incluso amenazador.
—No estoy en el ala sur, ¿verdad? —preguntó Martina con cautela, rompiendo el silencio. Había dado tantas vueltas por el castillo que había posibilidades de que se hubiera metido donde no debía.
—Veo que cumple las condiciones que le impuse —habló Christos.
—Qué remedio me queda —se atrevió a replicar Martina—. No quiero darle un motivo para que me despida.
—¿Siempre tiene algo que decir?
Martina sintiĂł que la voz profunda de Christos la envolvĂ­a como una mano grande y fuerte de terciopelo. Joder.
—¿Por qué dice eso?
—Porque parece ser una persona que no se resigna con facilidad.
A Martina no le desagradó que Christos Blair tuviera ese concepto de ella. Así sabía a qué se enfrentaba. No se daba por vencida a la primera.
—¿No cree que todo sería más fácil si dejara que lo viera? —le preguntó.
—No quiero causarle pesadillas, señorita Ferrer —respondió Christos.
MoviĂł la mano izquierda y Martina vio que tenĂ­a puesto un guante de cuero negro en ella. Supuso que era para ocultar las cicatrices.
—No soy una niña, no me asusto fácilmente —contestó categórica.
—No afirme eso con tanta rotundidad. Le aseguro que a los lugareños no les falta razón para decir que soy la «bestia de las Highlands».
—Unas cicatrices no convierten a un hombre en una bestia —dijo Martina.
—¿Y qué lo convierte en una bestia, señorita Ferrer? —le preguntó Christos.
Su voz profunda y algo rasposa hizo que a Martina le temblaran las piernas otra vez. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué le afectaba de esa manera?
—El carácter, la falta de valores, de principios, de escrúpulos… —respondió.
—Si es así, yo soy tan bestia por fuera como por dentro —dijo Christos.
Martina se quedĂł sin palabras ante su afirmaciĂłn. ÂżTan mala persona era Christos Blair?
—Cierre la puerta cuando se vaya —fue lo siguiente que dijo él antes de darse la vuelta y ser engullido por las sombras.
Su embriagador aroma, una mezcla de varias esencias que Martina no supo detectar, permaneció flotando en el aire unos segundos después de desaparecer por el pasillo.
—Vale —musitó a la nada.
Martina se sentía confusa en cierta manera y no sabía por qué. ¿Era Christos Blair quien le producía esa confusión? Había algo tan misterioso como morboso en su forma de actuar y de interactuar con ella. La noche, las sombras por las que se movía siempre, la voz profunda y masculina, la serenidad con la que hablaba… Además, había en él una mezcla de dureza y vulnerabilidad que despertaba su curiosidad.

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