La cuenta atrás para el verano de La Vecina Rubia

La cuenta atrás para el verano de La Vecina Rubia

A compartir, a compartir! Que me borran los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura.Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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LA VIDA SON RECUERDOS Y LOS MÍOS TIENEN NOMBRES DE PERSONA

¿Sabrías decir cuántas personas han formado parte de tu vida y cuántas han sido capaces de cambiarla? Las últimas son las que realmente importan.

Lauri, la primera y más responsable amiga de la infancia y Nacho, mi primer amor de la adolescencia. La malhumorada y siempre sincera Lucía, la calmada Sara y el sarcástico Pol. También Álex, el que siempre vuelve, y la única mujer capaz de susurrar gritando, Laura. Y por supuesto, MI PADRE, en mayúsculas.

La cuenta atrás para el verano entrelaza en el tiempo la vida de una rubia, que soy yo, y la de las personas que han supuesto el aprendizaje más útil que atesoro, porque en el fondo, conocer a las personas más importantes de tu vida es conocerte a ti misma.

Nombres propios que me ayudaron a dar el salto desdela adolescencia a la madurez, despeinándome en el camino el pelazo, pero construyendo un cerebro debajo.

Esta novela está basada en ilusiones reales que me he inventado algunas veces. Reconocer cuáles es algo que estará dentro de cada una de nosotras.

Biografía del autor

La Vecina Rubia es probablemente el perfil anónimo más conocido de las redes sociales. Detrás se encuentra una escritora novel que acaba de completar su primer acercamiento al mundo de la literatura a través de su primera novela: La cuenta atrás para el verano. Aficionada a la lectura, devoradora de libros, siempre ha mantenido esa inquietud tan inherente al ser humano de contar historias creando un sello tan propio, cercano y emocional, que no dejará indiferente a nadie.

»LaVecinaRubia»

La cuenta atrás para el verano

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NACHO
CAPÍTULO 1
Me enamoré hasta las trancas
Las llaves, el amor y las noches más divertidas se encuentran cuando no las buscas.
Y sin tener la más mínima idea de lo que era el amor, me enamoré
hasta las trancas.
Yo tenía dieciséis veranos, que no primaveras. La gente tiene la
costumbre de contar las primaveras, pero yo siempre he sido más de
disfrutar del calor sofocante y de la playa. Cuando era muy pequeña,
mi padre solía preguntarme: «¿Cuántas primaveras tiene mi niña?» y
nunca he respondido tan segura de mí misma como lo hacía cuando
me lanzaba esa pregunta. Levantaba la mano, sacaba mis pequeños dedos y contestaba con la confianza que te da la niñez: «Cinco veranos y
medio, papá».
Una costumbre que poco a poco he ido trasladando a mi vida en
una cuenta atrás y que se repite como un mantra. El tiempo pasa más
rápido cuando se acerca el verano.
Siempre me gustó utilizar la expresión «enamorarse hasta las trancas». Cuando era pequeña, teníamos una casita en la sierra donde pasábamos todos los veranos y alguna que otra primavera. Era una de esas
casas antiguas, muy fresca, de techos realmente altos y con una buhardilla revestida en madera. Para alguien que mide lo mismo desde que
tenía dieciséis años, la altura a la que estaban esos techos ha cambiado
poco con el paso del tiempo. Es una de las cosas que nos pasan a las que
crecemos todo del tirón y luego paramos en seco, que todo se mantiene siempre a la misma altura. En mi caso a metro sesenta.
En el piso superior de la casa había unos palos gruesos que colgaban
de las vigas del techo. Mi padre me explicó que se llamaban «trancas»
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y era considerado uno de los sitios más elevados de la casa. Por eso estar
enamorada hasta las trancas es estarlo hasta el límite, hasta lo más alto. Lo
que viene siendo lo más parecido a amar sobre unos tacones de catorce
centímetros.
Mis dieciséis veranos coincidieron con el que era mi tercer año en el
instituto. Volvía con la ilusión de que por fin habría taquillas en los pasillos. Aunque en el fondo sabía que era un deseo mío más que una realidad
plausible, cada septiembre no perdía la esperanza de que aparecieran por
sorpresa. Siempre me llamaron la atención esas películas americanas llenas
de tópicos, que traían de serie al capitán buenorro del equipo de baloncesto con las animadoras a juego, y esas taquillas metálicas oxidadas donde todos se detenían a besarse antes de entrar en clase. En mi instituto
preferíamos pasar a la acción directamente y, lejos de animar yo al capitán
buenorro del equipo de baloncesto, prefería que él me animara a mí
cuando jugaba con el equipo de vóley. Durante esos años, cada fin de
semana competimos contra otros institutos de la zona y no tengo pruebas,
pero tampoco dudas, de que fue una de las épocas donde más deporte he
practicado en mi vida.
No os voy a engañar, por mi altura nunca fui una gran bloqueadora;
de hecho, nuestro entrenador siempre me dijo que tenía la extraña habilidad de saltar para abajo, como si un duende pequeñito me agarrara de
los pies justo cuando iba a levantar el vuelo y apenas consiguiera despegar
unos milímetros del suelo.
—Y cuando le toque a la rubia bloquear, ¿qué hacemos? —preguntaba
siempre una compañera cuando me tocaba estar delante de la red por las
rotaciones.
—Rezar —decía el entrenador.
En mi defensa diré que recepcionaba de maravilla e imagino que por eso
era titular. Supongo que es una bonita metáfora de lo que hay que hacer
en la vida: recepcionar de la mejor manera posible y mantener el balón
en el aire para que siga en juego. Eso siempre se me ha dado bastante
bien.
El primer día de aquel curso llegaba con las pilas cargadas del verano,
llena de energía, deseando revisar las listas para ver con quién me había
tocado en clase. Respiré aliviada al ver que había coincidido con la que
era mi mejor amiga de aquellos años, Lauri, que curiosamente compartía
nombre con la que hoy es mi mejor amiga: Laura.
A lo largo de mi vida me han acompañado otras muchas Lauras con
distintos nombres, pero es realmente curioso, casi mágico, cómo se ha
repetido ese nombre con el paso del tiempo. Las he llamado de diferentes
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formas: Lauri, Lau, Laura, Laux, simplemente «tía», pero todas y cada una
de ellas respondían al grito alegre y acompasado de un «amiiiigaaaaaaa»
cuando hacía tiempo que no nos veíamos. Muchas de ellas siguen formando parte de mi vida y espero que lo hagan para siempre. Por eso
cuando digo «mi amiga Laura» siempre significará «mejor amiga».
Lauri se apellidaba como yo, por lo que en nuestro caso poco tenían
que alinearse los astros para que siempre nos tocara estar juntas en la misma clase, aunque ir a consultar las listas ese primer día era una especie de
ritual que nos ponía igual de nerviosas que cuando íbamos de excursión.
Como era nuestro tercer año, y ya teníamos una reputación, nos colábamos delante de los novatos con ese aire de suficiencia que te da tener
dieciséis y diecisiete años en vez de quince.
Lauri era capricornio y siempre empezaba el instituto con un año más
porque los cumplía en enero, mientras que yo, por el contrario, los cumplía en octubre, por lo que siempre he sido de las pequeñas de la clase, y
no solo por mi estatura. Puede parecer que no, pero esto es un dato importante, porque solo las libra, las escorpio y una parte de las capricornio
somos las que empezamos en el instituto siendo un año más pequeñas que
el resto, y eso a veces condiciona. En cualquier caso, yo miraba la lista
sintiéndome mayor, pese a tener la misma edad que muchas de las chicas
de cursos inferiores al mío. A esas edades, sentirse mayor es casi o más
importante que serlo.
—¿A ti te parece normal lo que se creen ahora los pipiolos estos de
primero? —dijo Lauri indignada—. Vamos, yo no recuerdo estar así de
tonta.
—Ja, ja, ja. Hablas como si fueras una vieja y hace dos años éramos
nosotras las pequeñas —respondí.
—¿Tú crees…? No sé, esta juventud cada vez está peor.
Lauri y yo estábamos muertas de risa mientras un chico alto, con un casco en el codo, miraba su lista, justo a la derecha de la mía. Si me hubiesen
preguntado si creía en el amor a primera vista, hubiese dicho rotundamente que no. Yo solo tenía dieciséis años, pero supongo que empecé a
experimentarlo de golpe en ese instante, en una edad donde todo va tan
deprisa que incluso enamorarse hay que hacerlo rápido, porque si no, se
le van las vitaminas.
Además de ser alto, tenía el pelo largo y los ojos muy muy claros, y
miraba la lista, curiosamente, al contrario de cómo lo hacían los demás:
empezaba de abajo arriba buscando su apellido y yo, obviamente, le miraba a los ojos para ver a qué altura se detenían y así intentar conocer su
nombre sin llegar a preguntárselo. Y entonces los astros se alinearon, y
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su cabeza se detuvo a la misma altura a la que yo había dejado de crecer
con dieciséis años. Ni un centímetro más arriba ni uno más abajo. Fue la
primera vez, pero no la última, en la que me sentí orgullosa de medir
metro sesenta.
Lauri me hablaba mientras yo contestaba «Sí, sí, tía» de manera automática, sin escucharla, como quien va a una entrevista de trabajo en inglés sin entender nada y responde aleatoriamente «Yes, yes, OK». En
aquel momento, mi mejor amiga podría haber estado proponiéndome
matrimonio, que hubiera aceptado sin darme cuenta. Tampoco hubiera
pasado nada, Lauri se ha convertido en una mujer tan encantadora que
cualquier persona compartiría su vida con ella. Sin embargo, no era Lauri el foco de mi interés en ese instante y, cuando el chico se retiró, sutilmente me acerqué para descubrir cuál era su nombre. Nacho Vázquez
Pérez, claro. Cuando tu primer apellido empieza por uve te compensa
mirar las listas desde abajo y yo, midiendo metro sesenta, estaba justo a la
altura de su apellido.
Tras comprobar que no estábamos en la misma clase, me giré para
verle de nuevo. Nacho caminaba solo, mirando al suelo y su melodía
sonaba triste. Siempre me ha gustado pensar que todos tenemos una melodía que nos define y que los demás pueden escucharla desde fuera cuando nos movemos. Él no se esforzaba por saludar a nadie; no era la pose
del típico «malote». Se notaba que tenía prisa. Esa urgencia que transmitía
fue algo que me llamó la atención de él desde el principio: no estaba en
los sitios más de cinco minutos. Era algo que resultaba muy curioso, hasta que descubrí el verdadero motivo que se escondía detrás de ese piano
melancólico que era Nacho.
—Bueno, ¿qué? ¿Me la metes tú o se lo pido a tu nuevo novio?
De repente desperté de mi ensoñación con aquella frase que me soltó mi
amiga Lauri.
—¿Qué dices, tía? ¿¿Que te meta el qué??
—¡La carpeta en la mochila, jolín, que llevo media hora pidiéndotelo! —dijo Lauri de espaldas, señalando su mochila y la carpeta que tenía
pinta de llevar un rato en la mano.
—¡Estás fatal!
—Tú sí que estás fatal, que has estado cinco minutos haciendo como
que me escuchabas mientras mirabas a ese.
—¿Has visto lo alto que es? —le dije sorprendida.
—Sí, tendrías que subirte a una escalera —respondió.
—Pero ¿qué dices? Si no le conozco de nada.
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—De momento ya has mirado su nombre en las listas, así que algo de
él sí que conoces… y me da que ya se te ha metido entre ceja y ceja —dijo
Lauri sonriendo, sabiendo que aunque lo negara, ella tenía razón.
Aquella mañana me recorrió el cuerpo una sensación maravillosa que no
había sentido antes, como cuando descubres una canción nueva y experimentas una emoción única al escucharla por primera vez. Esa primera
sensación es la original, la verdadera, y cuando vuelves a escucharla, aunque te seguirá gustando, nunca será de la misma forma ni con la misma
intensidad. Serán otras sensaciones diferentes, igualmente válidas, pero
nunca tan inocentes como la primera.
Debería existir una especie de borrado selectivo de emociones con el
que pudieras decidir qué sentimientos quieres experimentar de nuevo
para siempre. Volver a recrearte en la primera vez que viste el mar o un
atardecer, la primera vez que probaste una croqueta o releer un libro
como si no supieras nada de él.
A veces siento envidia de la gente que va a disfrutar por primera vez
de las cosas que a mí me emocionaron en su momento. Envidia de todos
aquellos que conocerán a Nacho por primera vez de la misma manera en
que yo lo hice aquel día a los dieciséis años.
Después de nuestro primer encuentro que él desconocía, por supuesto, las clases empezaron y yo me propuse, como bien adelantó
Lauri, llamar su atención. La vida en los pasillos del instituto no es fácil
si no eres la más popular y encima eres un poco más inocente de lo
normal. No hace falta que siga recordando mi estatura y que mi aspecto era bastante aniñado.
Tras algún que otro intento fallido de cruzarme con él durante los descansos e intentar llamar su atención dejándome caer en su campo de visión
al salir de clase, no olvidaré el momento en el que Nacho supo de mi
existencia. Yo llevaba una camiseta blanca y una chica que era bastante
hiriente me tocó la espalda por detrás y dijo delante todo el mundo: «¿Veis
como no lleva sujetador?».
Yo me giré y contesté rápidamente: «No llevo porque no tengo nada
que sujetar, como le pasa a tu cabeza con tu cerebro». Lauri soltó una
sonora carcajada y le siguieron todos los demás, incluido ÉL. Siempre he
sido rápida de aliento, de respuesta fácil, que en algunos casos me ha servido para salir de más de una situación incómoda de manera victoriosa y
en otras… no tanto.
No sé si el comienzo ideal para una relación adolescente es que él
sepa que no tienes muchas tetas, pero imagino que se equilibra con ese
poquito de ingenio que siempre he tenido para contestar a cualquiera.
Por supuesto, esto lo cuento ahora con una sonrisa, pero esa tarde, después
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de lloriquear un poco, fui a comprarme un sujetador que por lo menos
sujetase mi autoestima.
En aquellas primeras semanas de adaptación todos buscamos nuestro
espacio dentro del instituto. Estaba el grupo de los que fuman fuera, aunque haya menos dos grados y se congelen de frío, los que tienen derecho
reservado para jugar al mus en la cafetería, los que juegan al baloncesto y
sudan a mitad de la mañana y las que se sientan a observar a todos los
demás mientras hacen sus cosas. Ese era nuestro grupo.
A media mañana nos acercábamos a la cafetería a comprar algo. Lo
más sano que comí en esa época fue una bolsa de Jumpers, un zumo de
pera y un bocadillo de tortilla. Nos lo llevábamos a la zona del aparcamiento de los profesores y allí Lauri y yo aprovechábamos para ponernos
al día del cotilleo generalizado. Era un sitio privilegiado para ver a todos
los grupos, incluido el de Nacho, que, como de costumbre, no estaba con
ellos. Eran las diez de la mañana y solía llegar a clase sobre las once, con lo
que habitualmente perdía las tres primeras horas.
Era curioso porque nunca tuve la sensación de que ningún profesor
se lo reprochase; es más, había una cierta aceptación y comprensión con
esta situación que tiempo después llegué a descubrir.
—¿Te has dado cuenta de que no viene nunca a primera hora? —le
dije a Lauri.
—¿Quién?
—¿Cómo que quién? —le reproché mientras hacía un gesto de evidencia.
—Ah, Nacho… ¿Todavía sigues con eso?
—¿Cómo que todavía! Pero si llevamos un mes de clase, ni que llevara tres años obsesionada con él.
—Ja, ja, ja. Un poco raro sí que es. Si quieres le pregunto a Andrés.
No me cae muy bien, pero por ti soy capaz de hablar con la jefa de estudios, si hace falta.
Lauri ya conocía a Andrés, uno de los cuatro amigos que formaba parte
del grupo de Nacho. No se llevaban especialmente bien, pero al menos
era un punto de unión al que poder agarrarse. Era un chico bastante nervioso en contraposición con Nacho, por eso imagino que se complementaban como amigos. Empezaba a crecerle la barba y tenía un bigotillo que
le quedaba realmente gracioso. Hicimos muchas bromas sobre ese bigote
aquel curso y seguramente a estas alturas de la vida estará ya más poblado
que Madrid. Siempre llevaba una pelota de baloncesto y se hacía el chulito
con ella delante de todo el grupo, por lo que pude observar que, además de
cierta destreza, tenía unas manos bastante pequeñas en comparación con la
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pelota. Si hay algo que ha marcado mi vida siempre, ha sido mi obsesión
por las manos grandes, por eso me fijé en las de Andrés, como lo hago con
las de todo el mundo.
Yo fantaseaba con la idea de que Lauri acabase siendo su novia y yo
la de Nacho. Los cuatro iríamos a merendar algo juntos, porque el concepto «cena romántica» no lo habíamos trabajado todavía a esa edad. Nos
imaginaba en el parque de atracciones, haciendo cola para montar en la
montaña rusa y no precisamente en la emocional que ha sido mi vida,
sino en la de verdad.
Con dieciséis años, cuando te dicen «montaña rusa» piensas en el parque de atracciones. A partir de los treinta, el significado de «montaña rusa»
pasa a ser el de tu estado de ánimo, te levantas por las mañanas cuesta arriba,
sientes cada emoción nueva como un looping inesperado, y acabas el día
frenando en seco y con el pelo por toda la cara: la montaña rusa emocional.
En mis sueños, Andrés y Nacho nos regalaban algodón rosa mientras
caminábamos sonrientes por uno de esos parques de atracciones junto a la
playa en Santa Mónica. Ahora soy consciente de la parte irreal que hay en
las películas americanas de instituto. Culpo a Grease de mis altas expectativas en cuanto a los amores de instituto y a Hollywood de mi necesidad
nunca satisfecha de tener esas taquillas en los pasillos, ir al baile de primavera con el quarterback buenorro y ser la directora del periódico de los cotilleos
estudiantiles donde escribiría todos los artículos con una perfecta ortografía.
Recuerdo el día exacto en que mi fijación con las taquillas llegó a su
exponente más alto. Tendría unos veintiún años y estaba tonteando con
un chico que me gustaba, tumbados en el césped. Hacíamos lo típico que
hacen las parejas que se gustan en las pelis: mirábamos las nubes y adivinábamos qué forma tenían.
—Mira, esa tiene forma de corazón —me dijo.
—Mira, esa tiene forma de pene —le repliqué.
—Pero rubia, no seas bruta —me dijo escandalizado.
La verdad es que se escandalizaba con poco.
—Si te tocase la lotería, ¿qué es lo primero que harías…? —le pregunté de repente cambiando de tema.
—Comprarte un instituto lleno de taquillas.
No os voy a engañar, en un primer momento sonreí por la ilusión que
me hizo escucharle decir eso y me gustó que lo primero que se le viniera
a la cabeza no fuera pensar en sí mismo. Finalmente, él solo fue el hombre de mi vida del mes de septiembre de aquel año y, en el fondo, era un
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poquito imbécil porque le costaba asumir que además de la palabra «pene»
dijera alguna que otra burrada graciosa delante de sus amigos. Pero tengo
que agradecerle que me ofreciera vivir ese instante para darme cuenta de
que las cosas nunca son para siempre y que las taquillas, en ese momento,
quedaron sepultadas en el recuerdo junto con los pantalones de campana. Esto es algo muy importante que he ido aprendiendo en mi vida,
porque lejos de no olvidar el pasado para evitar cometer los mismos
errores, no debe haber nada que te encadene más de la cuenta y que te
impida avanzar.
Durante aquellas primeras semanas en el instituto mi mente solo pensaba en cómo avanzar con Nacho y para ello Lauri iba a tener un papel
determinante porque, muy a su pesar, era la única que tenía un nexo con
él a través de Andrés y la academia a la que los dos iban por las tardes.
Cerca del instituto había una de refuerzo de algunas asignaturas y
muchos alumnos iban allí después de clase. Ir a la academia no era sinónimo de ser peor estudiante ni una especie de «castigo». Era simplemente
como un segundo instituto al que ir por las tardes. Ahora me doy cuenta
de que muchos padres simplemente necesitaban conciliar su vida laboral
con los horarios de sus hijos y por eso nos mandaban a esas y otras actividades; también en parte para buscar nuestros talentos «ocultos». En el
colegio, antes del instituto, y fruto de esa conciliación, estuve apuntada a
judo y a guitarra en años distintos, y aunque solo llegué a ser cinturón
rosa y a tocar el «El romance anónimo» con un solo dedo, recordaré
siempre esas clases extraescolares con cariño y agradecimiento, ya que
desde el principio me dejaron claro que ni la música ni el deporte de
contacto iban a ser lo mío.
Como yo no iba a la academia (no porque no necesitase un apoyo
extra en alguna asignatura, ya que era malísima en Matemáticas, sino porque mi padre era químico y de matemáticas sabía un rato), cada tarde,
cuando Lauri salía de allí, hablaba con ella para saber si había sacado algo
de información.
—¿Has averiguado algo?
—Sí, que Andrés es más tonto de lo que parece —respondía Lauri.
—¿Y de Nacho?
—Pues le he preguntado por él de manera indirecta, pero es que no
termina de pillarlo, y tampoco quiero que parezca que estoy interesada
en él.
—¿Y qué le has dicho?
—Pues que últimamente no veía mucho a su amigo.
—¿Y qué te ha dicho, tía?
—Pues que me pusiera las gafas.
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No pude evitar reírme en ese momento. Nunca he visto unas batallas dialécticas tan reñidas (y eso que yo tenía la lengua larga) como las que mantenían ellos dos. Tengo que aclarar que nunca fueron la típica pareja de
película que se llevan mal, pero que en el fondo se quieren y acaban saliendo juntos. No. Se llevaban mal de verdad y punto, pero nos dejaron momentos públicos inolvidables a todos. Recuerdo un día que Lauri encendió
la mecha de lo que fue una guerra sin fin. Ambos coincidieron saliendo por
la puerta de la clase y Lauri aprovechó para decirle:
—Oye, Andrés, ¿quieres salir conmigo? —lo dijo tan alto que toda la
clase se dio la vuelta para mirarle, quedando totalmente descolocado.
—¿Yo, contigo…? ¡Ni loco! —dijo él con una respuesta a la altura de
las circunstancias.
A lo que Lauri, que debía de llevar semanas preparando la contestación
para ese momento, dijo:
—Pues sal tú primero.
Y le cedió el espacio suficiente para que pasara por la puerta delante de
ella, ante la cara de no entender absolutamente nada de todos los allí presentes, incluidos Nacho y yo, que nos reímos ante el desconcierto de
Andrés, quien se despidió con un sonoro «Que te den» mientras cruzaba
la puerta por delante de Lauri.
No quiero ni imaginarme cómo serían las tardes en la academia después de aquello. Tuve la buena-mala suerte de no estar allí para vivirlo en
primera persona junto a mi amiga, y es que mi padre ejerció de profesor
particular la mayor parte de las veces y ese fue un tiempo impagable del
que me alegro de no haber prescindido.
En aquella época, mi padre trabajaba para una empresa japonesa con
sede en Madrid y Barcelona, y su trabajo consistía básicamente en viajar,
por lo que realmente cada hora que pasábamos juntos en casa era un regalo que no podía desperdiciar. Por las tardes, si tenía alguna duda de
cualquier asignatura, podía repasarla con él porque sabía de todo.
Además, en casa no teníamos una, sino tres enciclopedias distintas que
nos ayudaban a resolver cualquier duda que mis hermanos y yo pudiéramos tener. Las enciclopedias eran el internet de aquella época: cuando te
mandaban hacer un trabajo no existía Google, así que tenías que ir a localizar el tomo de la enciclopedia, colocado en orden alfabético, y encontrar el tema en cuestión para hacer el trabajo.
Cómo han cambiado las cosas. Con la capacidad que desarrollé en esa
época para resumirlo todo y ahora no soy capaz de enviar un audio de
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WhatsApp de menos de dos minutos cuando me ha pasado algo interesante.
Mientras Lauri batallaba cada martes y jueves por la tarde con Andrés,
mi academia de estudio fue mi habitación. Era bastante grande comparada con otras de la casa y tenía una mesa gigante en la que podía estudiar
tranquilamente en silencio. Siempre he pensado que hay dos tipos de
personas: las que son capaces de estudiar en la biblioteca y las que solo
somos capaces de estudiar en silencio y soledad. Sé que me perdí muchos
capítulos de mi vida estudiantil al no ir a socializar a la biblioteca, pero yo
era más de socializar en los bares los fines de semana. Para mí eran una
distracción continua de personas entrando y saliendo, y yo no tenía capacidad de concentrarme en ellas, por eso solo iba a coger libros y a devolverlos, pero nunca fui capaz de pasar allí tardes enteras de estudio. Quizá
siempre he soñado con tener una biblioteca en el ala oeste de mi mansión
porque no he pasado mucho tiempo en ellas estudiando, sino solo yendo a
por libros. Quizá también por eso ahora aprecio la gran belleza de los libros
ordenados.
Supongo que en el orden me parezco a mi madre, que guardaba las
fotos de cada uno de sus hijos en distintos álbumes, colocando pegatinas
con la fecha y el lugar donde se hicieron, organizados por colores. Yo
ahora, siguiendo sus pasos, coloco los bolis por colores, las fotos en el
móvil por carpetas y los amigos de mi vida por años. Es curioso cómo
desarrollamos nuestra personalidad según lo que vemos en casa y lo mucho que tardas en darte cuenta de todo lo que te pareces a tus padres,
siendo además ellos el espejo en el que miras a los demás.
Las tardes que Lauri y Andrés coincidían en la academia yo estaba
deseando que ella volviera a casa para que me llamase y me contase si
había avances en la búsqueda de información porque, hasta ese momento,
solo sabíamos que llegaba tarde al instituto todas las mañanas, que tenía
moto, y que se relacionaba poco con la gente en general.
—¿Estás sentada? —dijo Lauri a través del teléfono.
—No…
—Pues siéntate, que vienen curvas.
—¿Por?
—Por si te caes de culo con lo que te tengo que decir.
—Lauri, por favor, ¡dime qué pasa!
—Pues no te lo vas a creer, rubia. Me ha dicho Andrés que le ha dicho Nacho que quién es la chica del sujetador.
Entré en shock. Me encantaba cómo nos entendíamos con frases del tipo:
«Me ha dicho Javi que, a Marcos, el amigo de Toni, le gusta María, y los
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han visto fuera del insti…». Ya quisiera el periodismo de investigación actual
relacionar a más personas de una manera tan directa y clara en menos palabras.
—¿Eso te ha dicho? —pregunté conteniendo la emoción.
—Tal cual. He apuntado las palabras en una libreta para que luego no
hubiese dudas.
«“La chica del sujetador”. Bueno, bien pensado, podría ser peor, podría haber sido “la chica sin tetas”», pensé.
Independientemente de la forma, el contenido de aquella frase de mi
amiga Lauri fue un chute de energía porque, en plena adolescencia, quién
no se ha ilusionado por una persona, y quién no se ha acostado escuchando una canción que le recuerda lo que siente por ella. Pues en ese punto
de mi vida estaba yo, en un bucle continuo de canciones y dramas con un
chico al que ni siquiera conocía.
Este pequeño acercamiento marcó lo que sería el primer paso en mi
relación con Nacho ya que después de esa pregunta, hecha a través de
Andrés y Lauri, llegó mi respuesta y así progresivamente.
Recuerdo aquellos años de instituto con la certeza de que aprendí
más sobre la amistad que en todos los campamentos de verano a los que
había ido hasta aquel momento. Con el tiempo te das cuenta de que a las
personas que quieres las recuerdas no solo con una sonrisa, sino con nombres y apellidos, y sabiéndote de memoria su teléfono. Porque con el
tiempo tienes otro tipo de amistades, igual de fuertes, pero su teléfono
solo está grabado en tu móvil y no en tu memoria.
En aquella época era capaz de marcar el número de la casa de Lauri
sin mirar. Todas las noches hablábamos durante al menos media hora y
mi padre incluso llegó a negociar conmigo treinta minutos más de conversación a cambio de mejores notas, de deberes hechos o de tareas cumplidas, porque sabía que la recompensa merecía muchísimo la pena. Mi
padre era un negociador nato, tanto conmigo como con los gatos: todos
sabíamos que, si hacíamos lo correcto, obtendríamos una recompensa; en
forma de galletita en el caso de los gatos, que por aquel entonces teníamos
dos en casa, y en mi caso en forma de ropa, minutos extra de conversación o zapatos nuevos. Con mi madre, por el contrario, siempre tuvo sus
debilidades y ni siquiera hacían falta «negociaciones» entre ellos porque
era puro amor lo que respiraban mutuamente.
Y así pasábamos la tarde, entre conversaciones que me llevaban a la
cena, y de ahí a leer en la cama antes de dormirme con los nervios de ir
al instituto al día siguiente, y con la ilusión de descubrir si mi horóscopo
de la Super Pop iba a tener razón con Nacho o no.

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