M√°s que sexo de Ewa Rajter

M√°s que sexo de Ewa Rajter

A compartir, a compartir! Que me borran los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversi√≥n. Locura.Vuelve a so√Īar con la nueva novela de la autora nacional m√°s vendida...

DESCARGAR AQU√ć


M√°s que sexo de Ewa Rajter pdf

M√°s que sexo de Ewa Rajter pdf descargar gratis leer online

El genital libera y cautiva a partes textuales. Pero ¬Ņpuede una semblanza sin ligaduras ser la medicaci√≥n de la Felicidad?zuzanna, Marta y Anka son tres esposas j√≥venes, bellas e sagaces de la Varsovia contempor√°nea. Zuzanna trabaja en una dependencia de aliciente y no cree en el apego verdadero. Aprovecha su existencia de soltera teniendo abundantes amantes y disfruta del genital como si afuera una j√≠cara de un buen Capuchino.marta es una dentista que pasa su periodo libre aparte la caudal en multitud de flamantes sementales, entretanto que Anka, que trabaja como arque√≥loga, est√° harto transmitida a su fascinante quehacer y siquiera ni piensa en listas. Zuzanna y Marta siguen el arranque de las tres conferencias: cada uno de sus cantares termina posteriormente de tres encuentros. Esta estructura les impide involucrarse y que alguien les rompa el sentimentalismo. Sin embargo, todo cambiar√° cuando MichaŇā entra jam√°s de las tres amigas. De repente las conversaciones, los clubs, el pimple y el genital accidental dejan de ser importantes, y las cortesanas tendr√°n que atreverse a sentimentalismos Reales.‚Äúm√°s que sexo‚ÄĚ es una novel√≠stica casquivana, sarc√°stica y atrevida, ambientada en la caudal polaca.


¬ŅAlguna vez alguien te ha prometido que el mundo ser√° tan ideal como lo muestra la publicidad? Si as√≠ ha sido, seguro que no ha cumplido su palabra. El balance de √©xitos y fracasos amorosos siempre parece el mismo. Noche loca y ma√Īana mort√≠fera. El chico de tus sue√Īos resulta ser un muermo. Y el que no es un muermo es un c√≠nico embustero. Y as√≠ todos los fines de semana, para no perder la pr√°ctica y no creer, por casualidad, que podr√≠a ser de otra manera. La vida er√≥tica de esta ciudad goza de buena salud; en cambio, la sentimental no est√° en su mejor momento. Pero eso, tal vez, no lo necesite nadie. Cero compromisos, total comodidad y nada de euforia. Es la √ļnica forma de sobrevivir en este mundo que lo devora todo y luego todo lo escupe con asco. Por tanto, nada de histeria. Porque, al final, regresar√°s al mundo de los vivos.
Zuzanna es un producto perfecto de esta realidad. Excelente material para un romance de una semana. Sabe que el amor no existe, porque, si as√≠ fuera, no existir√≠an los clubes nocturnos y todo lo dem√°s, es decir, el sexo libre. Ni tampoco los bailes de apareamiento de una noche y la r√°pida satisfacci√≥n sexual. Ni el enga√Īo omnipresente y la lealtad c√≠nicamente declarada: Zuzanna trata el sexo como una buena comida, y punto.
No quiere comprometerse con nadie porque nadie le ha dicho nunca que podría funcionar. Por eso, tiene muchos amantes. Prefiere llevar el control de todo. Solo se enfada a veces, cuando alguien rompe la pauta, porque ella misma sigue una estricta norma: ser la primera en desaparecer del horizonte. Se trata de un juego que nunca se vuelve aburrido. Solo importa quién lleva las riendas. La recompensa no es el amor, sino la satisfacción. Sus amigas, Ania y Marta, opinan igual. Las ilusiones por los finales felices, si nos deshacemos rápido de ellas, dejan de doler y, con el tiempo, incluso pueden divertirnos. Como una curiosa anécdota que le ocurrió a otra persona. No a nosotras.
Amigas
Zuzanna se escrut√≥ el pie derecho. Pintarse las u√Īas era un arte, y, en lugar de esperar con paciencia a que se secara el esmalte, se abalanz√≥ sobre el tel√©fono que estaba sonando e hizo caer el jarr√≥n de flores de la c√≥moda. Esperaba un mensaje del chico que hab√≠a conocido en un club la noche anterior. Tres citas. Que no esperara m√°s. Hab√≠a que cumplir las reglas.
‚ÄĒ¬ŅD√≠game? ‚ÄĒdijo en su tono reservado a los futuros amantes.
‚ÄĒNena, ¬Ņqu√© te ha pasado? ¬ŅEst√°s resfriada? ‚ÄĒOy√≥ la voz de su madre que, como siempre, no fallaba al interpretar su estado.
‚ÄĒNo, mam√° ‚ÄĒdijo; suspir√≥ y se mir√≥ la mancha roja de esmalte en la u√Īa‚ÄĒ. Estoy leyendo un libro y estoy inmersa en otro mundo, ya sabes a qu√© me refiero.
Su madre lo sab√≠a de sobra, porque era lo √ļnico que hac√≠a, adem√°s de ver series rom√°nticas. Tiempo atr√°s, Zuzanna se hab√≠a prometido a s√≠ misma que nunca ser√≠a como ella. Era consciente de los peligros de seguir los pasos de su madre. Una vida basada en espejismos no era real. La vida se beb√≠a a grandes tragos y lo m√°s r√°pido posible porque, el d√≠a menos esperado, se iba. Un a√Īo antes, cuando hab√≠a visitado a su padre moribundo en el hospital, hab√≠a tenido la oportunidad de ver eso mismo: la vida escap√°ndose de repente. Hasta ese d√≠a, se despertaba por la noche imaginando su propia muerte. Y aunque hab√≠a enterrado muy hondo el miedo, segu√≠a visit√°ndola todo el tiempo. La vida no esperaba. As√≠ que no perd√≠a ni un momento y se daba a la fiesta a velocidades cada vez mayores.
‚ÄĒCuando te acabes el libro, me lo prestas, ¬Ņvale? ‚ÄĒdijo su madre‚ÄĒ. Por cierto, ¬Ņqu√© est√°s leyendo, Zuza? ‚ÄĒpregunt√≥ con repentino inter√©s.
‚ÄĒ¬°No voy a dec√≠rtelo! ¬°Te sorprender√°! Seguro que te gusta ‚ÄĒrespondi√≥ Zuzanna con impostada vitalidad‚ÄĒ. Mam√°, no puedo seguir hablando. ¬°Chao! ‚ÄĒColg√≥ el tel√©fono sin esperar respuesta.
La casa qued√≥ en silencio. Le dol√≠a la cabeza y, para m√°s inri, no lograba recordar la mitad de lo que hab√≠a sucedido la noche anterior. Hab√≠a estado en estrecho contacto con el suelo de un ba√Īo, eso seguro. Y hab√≠a tenido un ataque de risa hist√©rica al ver a un tipo que, durante medio a√Īo, le hab√≠a estado enviando mensajes desesperados y llenos de resentimiento hasta que entendi√≥ que √©l no era m√°s que uno de sus episodios de tres d√≠as. Le encantaba cuando los hombres la tomaban en serio. ¬ŅEra tan rara? La divisi√≥n por sexo en ese tema en particular ten√≠a tanto sentido como elegir un vestido rojo o uno verde. Al fin y al cabo, algo ten√≠as que ponerte, entonces, ¬Ņqu√© m√°s daba lo que eligieras? Las mujeres inteligentes se dedicaban a desmontar estereotipos. Zuzanna era inteligente.
Los domingos por la ma√Īana eran lo peor. Primero, surg√≠a una dolorosa conciencia de que se acercaba el lunes, y por las ma√Īanas no ten√≠a mucha claridad mental ‚ÄĒen cuanto se presentase en la agencia al d√≠a siguiente, con seguridad le dir√≠an de nuevo que hab√≠a que preparar un briefing para el viernes porque al creativo encargado se le habr√≠a olvidado que hab√≠an conseguido un nuevo contrato‚ÄĒ. En segundo lugar, ten√≠a resaca porque hab√≠a bebido demasiado la noche anterior. En cambio, Marta, aunque se hubiera quedado de juerga hasta el amanecer, seguro que estaba fresca como una lechuga y en ese momento no hab√≠a en ella ninguna huella visible de la noche loca.
Al despedirse la noche anterior, su amiga estaba ri√©ndose de los chistes de un conocido en com√ļn cuya √ļnica virtud era su buena forma f√≠sica. Se hab√≠a pasado toda la noche dedic√°ndoles chistes mal√≠simos. Despu√©s, Marta se hab√≠a ido caminando con pasos en√©rgicos hacia el metro, repiqueteando con sus tacones demasiado altos, como si fuera pleno d√≠a. Zuzanna ten√≠a la suerte de vivir muy cerca de su club favorito.
Hipotecarse para comprar un apartamento en un edificio al lado de un parque, en el mismo centro de Varsovia, hab√≠a sido una de las mejores decisiones que Zuzanna hab√≠a tomado en su vida. Dos terrazas, silencio, tranquilidad, vegetaci√≥n, muebles elegantes‚Ķ ‚ÄĒeterno motivo de sorpresa de sus colegas‚ÄĒ. Todo ello hab√≠a creado un espacio donde se hab√≠a encontrado a s√≠ misma. Hu√≠a de la esterilidad en el dise√Īo, pero por nada del mundo admitir√≠a que los interiores modernos y minimalistas le recordaban a un quir√≥fano en el que nunca querr√≠a verse. Cada cual ten√≠a sus fobias. Incluso Zuzanna que, por muy desinhibida que estuviera, no se libraba de ellas.
Por suerte, no se sent√≠a sola. Ten√≠a dos amigas. Ambas eran personas excepcionales. Admiraba a Marta porque hab√≠a decidido estudiar Odontolog√≠a y, desde hac√≠a varios meses, trabajaba en una de las cl√≠nicas m√°s modernas de la ciudad. Los pacientes hac√≠an cola para que les dise√Īaran una sonrisa perfecta, y la perversa dentista los ofrec√≠a como sacrificio al dios de la perfecci√≥n. Aterrizaban en el sill√≥n amarillo lim√≥n con respaldo color frambuesa silvestre, confiados en que sus vidas mejorar√≠an. Una sonrisa ideal era un elemento indispensable en el baile de apareamiento de la vida nocturna. La vanidad y la adicci√≥n al perfeccionismo de los ricos le reportaban a la dentista grandes ganancias.
Marta era r√≠gida. Por eso, en ocasiones, abandonaba a sus adeptos por unos d√≠as y se iba de viaje lo m√°s lejos posible para entregarse al buceo. Le encantaban las noches c√°lidas en compa√Ī√≠a de j√≥venes aut√≥ctonos con dentaduras impecables. La dentista tambi√©n hab√≠a desarrollado un m√©todo perfecto para conseguir pacientes y amigos de una sola vez.
‚ÄĒEspera, espera, ¬Ņqu√© te ocurre en la paleta? ‚ÄĒle susurr√≥ en la esquina del ba√Īo de la discoteca a una modelo que acababa de conocer.
‚ÄĒ¬°Ay, no me digas! ¬ŅQu√© tengo ah√≠? ‚ÄĒrespondi√≥ la chica, que se precipit√≥, presa del p√°nico, al espejo.
Luego, en el marco de la incipiente amistad, Marta accedi√≥ amablemente a recibir a la chica el lunes en su consulta. Los lunes y los martes trabajaba desde por la ma√Īana hasta por la noche. Inclin√°ndose con paciencia sobre sus pacientes, reparaba desperfectos menores. Era m√©dica y confesora. Sab√≠a qui√©n, con qui√©n, por cu√°nto y por qu√©. No cre√≠a en el amor; en realidad, solo los tontos cre√≠an en √©l. La amistad era otra cosa. Todav√≠a ten√≠a una oportunidad en un mundo donde el cinismo estaba m√°s valorado que la sinceridad. La sinceridad aburr√≠a y no excitaba a nadie.
En la vida de Zuzanna también estaba Ania, la arqueóloga más sexy de la ciudad, llevada por una pasión inexplicable por las tumbas, los esqueletos, las criptas y las cuevas que escondían restos no identificados.
Desde el instituto, Zuzanna, Marta y Ania eran inseparables. En ese entonces, se hab√≠an prometido una vida de amistad eterna y lealtad total. A los veintis√©is a√Īos hab√≠an logrado la independencia econ√≥mica, y sus incursiones en la ciudad, famosas entre sus conocidos, nunca terminaban de forma trivial. En esas ocasiones, sol√≠an acabar enroll√°ndose con alguien, les gustara m√°s o menos. Las chicas, en sus salidas nocturnas por la ciudad, proclamaban a bombo y platillo que eran la prueba viviente de la existencia en la naturaleza de la verdadera amistad entre mujeres. Sus amantes ocasionales y sus conocidos las llamaban las Tres Gracias, y ni siquiera se esforzaban por recordar sus nombres.
Ania se sal√≠a del patr√≥n porque no segu√≠a la regla de las tres citas. No se acostaba con extra√Īos. Ella era diferente, pero de eso no se trata aqu√≠. De todos modos, nadie juzgaba sus extra√Īas reglas, aunque muchos hab√≠an intentado derribarlas. Era muy atractiva y, a primera vista, no se diferenciaba de sus amigas. Solo despu√©s quedaba claro que no necesariamente terminar√≠a la noche en una cama ajena o en un ba√Īo echando un polvo r√°pido.
Zuzanna sonri√≥ al recordar el mon√≥logo del d√≠a anterior de la sexy arque√≥loga. Sentada en una barra resbaladiza y vestida con unos shorts muy cortos que no dejaban demasiado espacio a la imaginaci√≥n, pronunciaba un fervoroso discurso en defensa de las vestales. Alguno de los presentes las hab√≠a descrito como muchachas hipnotizadas, usadas despu√©s ‚Äč‚Äčpor tipos con vestidos que se hac√≠an pasar por sacerdotes.
Ania solía aventurarse en debates innecesarios y absurdos desde el punto de vista de sus amigas. Marta pensaba que era una depravada, sin más, al manifestar de forma tan abierta su amor por la historia. Como resultado, la arqueóloga había estado debatiendo con un tipo muy guapo y, en la opinión de sus amigas, había perdido la oportunidad de triunfar esa noche. Como Zuzanna solía decir, Ania era diferente a ellas en ese aspecto, y había perdido una buena oportunidad a cambio de nada. Cuando te relacionabas con momias, era difícil excitarse con los vivos.
Siempre dec√≠an que Ania no era capaz de disfrutar de la vida. Aunque hab√≠a que admitir que una vez hab√≠a tratado de confiar en un hombre y hab√≠a fracasado en el intento. Luego hab√≠a hecho un an√°lisis cient√≠fico del fen√≥meno del amor y hab√≠a concluido que tal creaci√≥n no pod√≠a darse en la naturaleza. En el peque√Īo cuerpo de Ania se escond√≠a el m√°s empedernido oponente de los ambientes sensibleros y las declaraciones sentimentales abiertas.
El desenga√Īo ante el amor hab√≠a sido a√ļn mayor cuando el chico del que hab√≠a estado enamorada le hab√≠a robado un revelador art√≠culo de su autor√≠a sobre la vida cotidiana de la reina Hatshepsut y lo hab√≠a publicado con su nombre. Un verdadero idiota y un ladr√≥n. Y luego, rodeado de gloria, hab√≠a huido a una universidad estadounidense para seguir robando all√≠. As√≠ que en ese momento no era muy probable que Ania se lanzase a los brazos de cada arque√≥logo barbudo o guaperas elegante de club nocturno que se interpusiera en su camino. Ninguno de esos tipos de t√≠os la excitaba.
Zuzanna sonrió al recordar una trifulca salvaje que se había desatado en el estreno de una película, cuando el director adjunto había intentado meter la mano por debajo del vestido de su modesta amiga. Había acabado en urgencias tras haber aterrizado en una mesa llena de vidrios.
Cada una de ellas era √ļnica a su manera. Tres amigas, tres retos, tres historias.
Las flores sobre la alfombra y el agua del jarr√≥n que empapaba la blanca superficie esponjosa le recordaron a Zuzanna que era hora de regresar al mundo de los vivos. Corri√≥ a la cocina a por algunas toallas de papel para limpiar la c√≥moda. Luego, arrugando rid√≠culamente la nariz, se pint√≥ con cuidado las dos √ļltimas u√Īas. Ten√≠a unos pies de ni√Īa, talla treinta y cinco, por lo que el color rojo les daba solemnidad y, a ella, m√°s seguridad.
Un camión de riego pasó por la ventana y se oyó el ladrido de un perro que se había ganado una ducha. Zuzanna tenía todo el día por delante y no estaba dispuesta a desperdiciarlo. Siempre podía suceder un milagro que llevara consigo cosas excepcionales. A fin de cuentas, el mundo, aunque parezca lo contrario, puede sorprenderte. Si así lo crees, todavía tienes la oportunidad de arrebatarle algo para ti; pero hazlo de manera que no se dé cuenta. Por suerte, no eres lo bastante importante para él y, por eso, a veces puede pasar.
Ania
Al parecer, la distracci√≥n era un rasgo de las personas inteligentes. Al parecer. Pensaban tanto que se olvidaban de todo. O un rasgo de tontos felices que no recordaban sus fracasos y se pasaban la vida comenzando desde cero. Ania no ten√≠a tiempo en ese momento de decidir a qu√© categor√≠a pertenec√≠a porque estaba furiosa consigo misma. Revolv√≠a de forma fren√©tica en su escritorio, en busca de una carta del profesor que la hab√≠a escogido a ella entre todas las personas que formaban un grupo de especialistas polacos interesados en trabajar en una excavaci√≥n extraordinaria. Era un antiguo lugar de enterramiento en el oeste de M√©xico, cerca de Colima. Conten√≠a los restos de veintiocho personas, desde el a√Īo 500 a. C. hasta el 500 d. C. El hallazgo hab√≠a sido realizado por arque√≥logos del Instituto Nacional de Antropolog√≠a e Historia de M√©xico. Ania era una joven y talentosa experta en momias antiguas, c√©lebre en todo el mundo por sus interesantes publicaciones.
Si bien en el amor no le iba muy bien, en la vida científica había logrado llegar lejos. Gracias a su trabajo más reciente, muy revolucionario, le llovían propuestas por todas partes y en ese momento se arriesgaba a dejar escapar una de ellas. Volviendo al motivo de la distracción, Ania se inclinaba por la primera interpretación, es decir, que era una persona inteligente, porque, desde luego, estaba muy lejos de ser una tonta feliz. Fracasaría si no encontraba esa carta. Cada vez más furiosa, empezó a tirar papeles cuando, de repente, sonó el teléfono.
‚ÄĒ¬°Ania! ¬°Me ha llamado, hemos quedado! ‚ÄĒdijo una emocionada y jadeante Zuzanna‚ÄĒ. ¬°Es un hecho! ‚ÄĒSe oy√≥ una risa.
El carrusel giraba de nuevo y Zuzanna entraba en √≥rbita. Ania sab√≠a lo que eso significaba. Una semana casi sin contacto, un pu√Īado de an√©cdotas, algunas observaciones certeras sobre la potencia del amante y otro polvo m√°s tachado de la lista.
Ania adoraba a sus amigas. Participaba en la mayoría de sus locuras, a menos que no tuviera tiempo para ello. Cuando fallaba varias veces seguidas y se pasaba varios fines de semana inclinada sobre el teclado de su portátil, organizaban una noche de chicas con palomitas y una película romántica lacrimógena, o bien, una erótica de alto voltaje. Necesitaba como el comer esas salidas y esas charlas. Había que mantener el equilibrio entre la realización intelectual y la ligereza y la imprudencia en la vida. Sin él, Ania no podría funcionar con normalidad.
Recordó la conversación que había tenido el día anterior en la barra con aquel chico ardiente y demasiado guapo. Primero, hablaron de las vestales y, luego, de la metafísica de los sentimientos.
‚ÄĒEl amor no existe ‚ÄĒargument√≥ √©l, pronunciando la palabra ¬ęamor¬Ľ como si tuviera algo asqueroso en la boca‚ÄĒ. ¬°Es un concepto abstracto, inventado por idiotas que piensan que cualquier cosa en este mundo puede durar para siempre!
‚ÄĒ¬ŅPor qu√© criticas tanto el amor? ‚ÄĒse sorprendi√≥ Ania‚ÄĒ. Todos tenemos nuestro propio cuento de hadas. Nos lo creamos o no. Eso, en realidad, no importa. Existen tantas definiciones como gente en el mundo.
‚ÄĒ¬°Por ejemplo, t√ļ! ‚ÄĒLa atac√≥ de pronto mientras se le acercaba‚ÄĒ. Tremenda mujer, y apareces aqu√≠ sola. ¬ŅPara qu√©? ¬ŅEst√°s buscando la felicidad? ¬ŅTe apetece un polvo r√°pido y sin compromiso? ¬ŅO tal vez todo lo contrario? ¬ŅEres una rom√°ntica desesperada deseando encontrar el marido perfecto? Cr√©eme, aqu√≠ no hay de esos.
‚ÄĒMe decepcionas. ‚ÄĒAnia cruz√≥ las piernas, lo que provoc√≥ que la mitad masculina de la barra se volviera hacia ella‚ÄĒ. Hablas de las personas como de objetos sexuales. Y te haces el c√≠nico. Sin embargo, te traiciona el ansia que refleja tu mirada, no ansia de sexo, de eso estoy segura; y tambi√©n la tristeza, cuyo origen no es la falta, sino el exceso de sentimientos. No tienes valor para admitir ante ti mismo que necesitas amor. Te dedicas a mirar a las chicas, con la esperanza de que alguna vea en ti algo m√°s que el dandi que eres y se enamore de un imb√©cil, es decir, de un rom√°ntico como t√ļ. Mira, no me apetece hablar contigo. ‚ÄĒSuspir√≥, sinti√©ndose cansada de pronto por la conversaci√≥n, que no iba a ninguna parte‚ÄĒ. Adem√°s, tu discurso es pat√©ticamente predecible y, a decir verdad, me aburre.
Di√°logos como ese se produc√≠an desde el principio de los tiempos. Y siempre eran igual de triviales. Ania no se hac√≠a ilusiones sobre la continuaci√≥n. El tipo capt√≥ a la primera el ¬ędrenaje¬Ľ inefable y se alej√≥ mostrando desd√©n. Un juego que tambi√©n se hab√≠a jugado desde el principio de los tiempos: qui√©n ofender√° a qui√©n primero. Se lo quit√≥ de encima y por fin pudo volver con sus amigas.
La noche hab√≠a sido maravillosa, y no la habr√≠a cambiado ni por una jornada completa excavando en M√©xico. Pero en ese momento nada de eso importaba. Ni el chico de la barra ni siquiera sus amigas, porque Ania estaba poni√©ndose cada vez m√°s nerviosa. Buscaba la carta de la invitaci√≥n, y eso era m√°s importante que una noche loca y una conversaci√≥n est√ļpida con el t√≠o supuestamente m√°s guapo de la ciudad.
‚ÄĒ¬°Aqu√≠ est√°! ‚ÄĒgrit√≥, sacando un sobre arrugado de debajo de la cama.
Odiaba el desorden omnipresente en su casa. Nunca pod√≠a encontrar nada. Hac√≠a poco, hab√≠a descubierto su camiseta favorita amarillo chill√≥n detr√°s del radiador. Llevaba un a√Īo sin verla.
En el trabajo, por el contrario, se mostraba ordenada hasta lo obsesivo, lo que aterrorizaba a los alumnos que asist√≠an a sus clases pr√°cticas. En el escritorio de la arque√≥loga hab√≠a l√°pices afilados ordenados en filas id√©nticas, un teclado sin una mota de polvo, un monitor y varios folios. Punto. En el departamento, Ania era perfeccionista y pedante. Inexorable en su predilecci√≥n por la limpieza, a los ojos de los futuros adeptos al arte de la arqueolog√≠a, que visitaban su oficina de vez en cuando, era un ejemplo de las consecuencias que pod√≠a tener en el ser humano la b√ļsqueda insistente de la perfecci√≥n. Era la estudiante de doctorado m√°s prometedora de la universidad, y lo sab√≠a. Los m√°s mordaces la calificaban de humanoide sexy con un ego inflado.
El piso heredado de su t√≠a med√≠a veinticinco metros cuadrados y cinco metros de alto. Estaba ubicado en la avenida Wojska Polskiego, en un edificio de tejas rojas muy caracter√≠sticas. Situado en el √°tico, junto al antiguo lavadero, era una prueba rotunda de la total desatenci√≥n de las necesidades b√°sicas de la vida por parte de su propietaria. Los s√≠mbolos de ese lugar eran una nevera siempre vac√≠a y miles de cosas perdidas que hab√≠an sucumbido en la batalla por el √ļnico orden posible.
Aunque, de un modo extra√Īo, la habitaci√≥n parec√≠a limpia, la cantidad de elementos acumulados en un espacio tan peque√Īo hac√≠a imposible mantener el orden, y Ania se perd√≠a por completo en su mundo.
La cama en el entrepiso era lo m√°s importante del apartamento, testigo mudo de las perversiones y haza√Īas amorosas de las amigas de Ania. Si la se√Īora arque√≥loga tuviera all√≠ instalada una c√°mara siempre encendida y quisiera convertirse en productora de pel√≠culas porno, habr√≠a hecho una fortuna con ellas. El apartamento de Ania era el lugar predilecto de Marta y Zuzanna para estar con sus amantes.
Con el tiempo, su despacho propio en el departamento de Arqueolog√≠a le result√≥ m√°s atractivo que un apartamento estrecho repleto de cosas innecesarias que, en su momento, se hab√≠a resistido a tirar. La mitad pertenec√≠an a su t√≠a. Objetos absurdos de la √©poca de la Rep√ļblica Popular de Polonia, como un cenicero de cristal de zafiro con forma de rana o una repugnante tetera marr√≥n. No se animaba a desahuciarlos. Por eso, se quedaba en la universidad desde por la ma√Īana hasta por la noche y regresaba al √°tico solo para dormir. A veces, durante el d√≠a, el apartamento se convert√≠a en una casa de citas.
Compartir un espacio privado es la prueba suprema de la amistad sincera. Es como prestarle tu cepillo de dientes a alguien, bajo el riesgo de que le coja cari√Īo y quiera usarlo una y otra vez para lavarse los dientes frente a tu espejo. Son muy pocas las personas a las que permitimos hacer eso. Ania y sus amigas hab√≠an elaborado las normas para usar el apartamento. Las chicas iban all√≠ con un solo prop√≥sito: practicar sexo. Y siempre advert√≠an a los amantes de que no pod√≠an volver a ese lugar.
De manera oficial, el piso le pertenecía a su hermano. Practicaba boxeo, por eso en la pared había colgados unos guantes que Zuzanna había comprado en el mercado de pulgas. Aunque viejos y desgastados, daban a entender con alarmante claridad que allí residía un hombre. De ese modo, los amantes nunca regresaban. Preferían no correr riesgos. Les importaba demasiado su aspecto físico, y entrenar con el hermano de su amante no les tentaba en absoluto.
Ania suspir√≥ y ech√≥ un vistazo a la cama. Luego, retir√≥ las s√°banas usadas y las ech√≥ a la lavadora. Menos mal que ten√≠a secadora, de lo contrario, el apartamento parecer√≠a el t√≠pico patio de una casa de vecinos italiana, donde la ropa interior y de cama cuelga en cuerdas entre las casas. Casi todas las ciudades de la soleada Italia parecen estar todo el tiempo celebrando el festival de los calzoncillos. Lo √ļnico que falta son funambulistas borrachos de vino deambulando a la luz de la luna entre s√°banas blancas.
Ania estaba ya un poco cansada de la lascivia de sus amigas, pero no decía nada, porque, exceptuando la necesidad de lavar la ropa de cama, que perdía su frescura después del intercambio amoroso, al regresar a casa no descubría muchas huellas de su presencia. Nada de colillas, vasos tirados, olor a sexo ni tangas o calzoncillos olvidados. La ventana abierta de par en par expulsaba con efectividad todos los recuerdos.
El ba√Īo estaba en perfecto orden. Abri√≥ el grifo y se qued√≥ observando, tranquila, c√≥mo se llenaba la ba√Īera poco a poco. Se imagin√≥ entrando en las termas romanas y, cuando por fin se sumergi√≥ en el calor, cerr√≥ los ojos y busc√≥ inspiraci√≥n en las pinturas que ten√≠a grabadas en la cabeza. Despu√©s de un rato, su respiraci√≥n se volvi√≥ uniforme y Ania se qued√≥ dormida como un beb√©. Las fugas del grifo evitaron que se ahogara; lo cierto era que estaba convencida de que dorm√≠a mejor en la ba√Īera.
Se despert√≥ dos horas despu√©s con una sensaci√≥n rara. Yac√≠a como en un caparaz√≥n esmaltado y sin una gota de agua. La piel de gallina que cubr√≠a su cuerpo presagiaba de manera inevitable un inminente catarro. Otra vez hab√≠a perdido la noci√≥n del tiempo y, en ese momento, mientras sal√≠a de la ba√Īera y se acurrucaba con prisas en un suave albornoz blanco, se maldijo a s√≠ misma por ser est√ļpida y no tener imaginaci√≥n. Luego, m√°s tranquila, envolvi√≥ con las manos la taza de t√© caliente y se qued√≥ mirando los tejados de las casas vecinas. En uno de ellos hab√≠a un deshollinador que, al sorprenderla mir√°ndolo fijamente, hizo un movimiento sosteniendo el cepillo cuyo significado era inequ√≠voco. Ella le dio la espalda, reprimiendo la risa.
Se solía decir que los deshollinadores traían buena suerte, pero un deshollinador con una baqueta era algo bien distinto. Parecía un duende en la versión adulta de Blancanieves. Desechó la imagen. Tampoco quiso imaginar lo que habría pasado si alguna de sus amigas hubiera estado allí y hubiera invitado a casa al deshollinador para que le trajera suerte.
Marta
Suspirando profundamente, se puso del otro lado. Sacó el pie de la sábana para apoyarlo en el familiar bastidor de la cama, pero solo encontró el vacío. Movió los dedos con impaciencia en busca de un apoyo y, entonces, en su cabeza se activaron las alarmas. No estaba en su casa. Con cautela, se fue separando de la fuente de calor que, como sospechaba, tenía relación directa con un individuo del sexo opuesto. En un acto de valentía, abrió un poco el párpado. Todavía no se sentía lista para un cara a cara. Oyó la respiración constante de él, pero no estaba segura de que estuviera fingiendo. Por si acaso, se quedó inmóvil.
Siempre hay dos opciones despu√©s de pasar una noche con un extra√Īo. O te despiertas y te escabulles recogiendo cosas por el camino y, si tienes suerte, la puerta se cierra de golpe, o intentas irte lo antes posible porque √©l se ha despertado primero, en cuyo caso, tienes que rechazar su invitaci√≥n a desayunar bajo el pretexto de una cita matutina con tu suegra en un centro comercial, lo que, con toda efectividad, templa los impulsos amorosos. La suegra funciona a la perfecci√≥n, pero ese argumento se utiliza cuando se trata de un chico para una noche, y no para tres embriagantes citas en el acogedor apartamento de una amiga.
Marta no sab√≠a c√≥mo hab√≠a llegado hasta aquel sitio. Aunque la noche anterior se hab√≠a despedido de Zuzanna sinti√©ndose completamente consciente, luego todo hab√≠a cambiado. Los colegas con los que hab√≠a salido la hab√≠an convencido para que los acompa√Īara a otro bar, pero, a decir verdad, no recordaba mucho del resto de la noche. No ten√≠a ni idea de c√≥mo hab√≠a entrado en el apartamento de otra persona, y el c√°lido muslo contra sus piernas era tan real como el dolor de cabeza que en ese momento estaba revent√°ndole el cr√°neo.
Tuvo que enfrentarse cara a cara con la realidad del domingo por la ma√Īana.
¬ęEsto no est√° bien¬Ľ, pens√≥, y abri√≥ los ojos de golpe.
El hombre no dorm√≠a. Observaba a Marta con una mirada azul y delicada. Le recordaba a alguien de una forma preocupante, pero su memoria no supo decirle a qui√©n. No solo estaba despierto, sino que, sin duda, segu√≠a interesado. La se√Īal de inter√©s toc√≥ sus caderas con impaciencia. El extra√Īo extendi√≥ despacio la mano hacia su pecho derecho y lo tom√≥ con un movimiento perezoso, de tal forma que Marta empez√≥ a sentir calor. De repente, lo record√≥ todo. El tipo sin nombre era bueno. Muy bueno.
¬ęTres citas¬Ľ, decidi√≥ para s√≠, y le sonri√≥ mientras se incorporaba en la cama.
En ese instante ten√≠a entre las manos sus dos pechos y jugaba con ellos con indiferencia, como si estuviera pensando en algo del todo diferente. De pronto, se detuvo y le meti√≥ un dedo, sin retirar la mirada de su boca entreabierta. Ella gimi√≥ y se abri√≥ de piernas. √Čl parec√≠a disfrutar con sus pupilas dilatadas y su respiraci√≥n acelerada, que no pod√≠a controlar. Entrelaz√≥ las piernas alrededor de las caderas del desconocido y comenz√≥ a subir y bajar con calma. Sus voluminosos ‚Äč‚Äčpechos bailaban, liberados porque el hombre hab√≠a colocado las manos en su cintura para controlar el ritmo, lo que llev√≥ a Marta de cabeza al orgasmo. De repente, el hombre fren√≥ y se qued√≥ inm√≥vil. Marta sent√≠a muy adentro un palpitar insoportable, √°vido de consuelo, pero, antes de que empezara a protestar, el desconocido la tumb√≥ debajo de √©l y empuj√≥ m√°s profundo para imponer su propio ritmo. En ese momento, de verdad, le faltaba el aire. La penetraba cada vez m√°s fuerte, sin dejar de mirarla a los ojos. Era terriblemente excitante y directo. Despu√©s de unos minutos, se sinti√≥ incapaz de contener la poderosa descarga del orgasmo. Grit√≥ y clav√≥ con fuerza los dedos en sus hombros. Levant√≥ con brusquedad la cabeza y la dej√≥ caer, con el cuello arqueado. El cabello largo y oscuro le tapaba la cara, pero una amplia sonrisa delataba su enorme placer.
‚ÄĒHa sido como un capuchino por la ma√Īana ‚ÄĒcoment√≥ con voz ronca, y se desliz√≥ debajo de √©l para sentarse en el borde del colch√≥n.
‚ÄĒHa sido mejor ‚ÄĒmurmur√≥ √©l, y se levant√≥ para envolverse la s√°bana a la altura de las caderas.
Cuando el tipo se acerc√≥ a la ventana, ella ech√≥ una mirada disimulada por la habitaci√≥n. Colch√≥n, guitarra, estufa y cazadora de cuero negro colgada de manera descuidada del brazo de una silla. ¬°No pod√≠a creerlo! Se hab√≠a acostado con un puto m√ļsico. Pero ¬°si se hab√≠a jurado a s√≠ misma, despu√©s del √ļltimo episodio, que nunca volver√≠a a cometer semejante error!
‚ÄĒNo voy a mentirte ‚ÄĒdijo el extra√Īo, todav√≠a de espaldas‚ÄĒ. Quiero que esto se repita.
‚ÄĒTe llamar√© ‚ÄĒrespondi√≥ con voz entrecortada, y, de un salto, sali√≥ del colch√≥n.
Las prendas mismas encontraron el camino hasta ella. Primero, las bragas, luego, la blusa; hasta los pantalones se dejaron poner con facilidad. Meti√≥ el sujetador en el bolso. Hizo una breve pausa y no se abroch√≥ la blusa a la altura de los pechos. En alg√ļn lugar habr√≠a puesto los pendientes. Daba igual, se comprar√≠a otros. No miraba a donde √©l estaba. Ese cap√≠tulo hab√≠a que cerrarlo cuanto antes. La √ļltima vez que se hab√≠a acostado con un m√ļsico, le hab√≠a costado much√≠simo librarse de √©l. Le hab√≠a dedicado su nuevo disco y, en un concierto, hab√≠a declarado al p√ļblico que, aunque era la zorra m√°s desenfrenada y pervertida que hab√≠a conocido en su vida, a√ļn esperaba que dejara de evitarlo y volviera a acostarse con √©l. Marta hab√≠a enloquecido de rabia. Luego, durante casi un mes, hab√≠a sido la persona m√°s de moda en su c√≠rculo social.
En ese momento, quería alejarse todo lo posible de los instrumentos y los gilipollas con talento, porque la sola mención del concierto volvía a darle dolor de cabeza.
El hombre se acercó, se inclinó y le rozó la mejilla con los labios.
‚ÄĒSupongo que no te gustan los m√ļsicos, pero, a diferencia de ese tipo, yo no estoy loco.
No se lo esperaba. Hab√≠a pasado medio a√Īo desde el memorable esc√°ndalo y no entend√≠a c√≥mo ese nuevo amante pod√≠a tener noticias de eso. √Čl sonri√≥ como si le leyera la mente.
‚ÄĒAyer me contaste toda tu vida.
‚ÄĒ¬ŅEn serio? ‚ÄĒpregunt√≥, prometi√©ndose no volver a beber tanto nunca m√°s.
‚ÄĒBueno, tal vez no todo, pero lo suficiente como para hacerme una idea del problema que tienes. No soy m√ļsico, soy psic√≥logo. Este es el piso de mi colega.
Los individuos que se dedicaban a tratar de comprender a otros y descomponer sus mentes en factores primos eran los capullos m√°s peligrosos y engre√≠dos del mundo. Igual que los m√ļsicos. La realidad hab√≠a resultado ser a√ļn peor. Marta cogi√≥ el bolso, dio un paso atr√°s y se tap√≥ con √©l como si fuera un escudo. El bolso era demasiado peque√Īo para ocultar sus pechos desnudos. C√≥mo le molestaban los elegantes bolsos de mano en los que solo cab√≠a un tel√©fono m√≥vil, unas cuantas tarjetas de visita y un fajo de billetes.
‚ÄĒOye, que no soy un loco. ¬ŅQuieres que hablemos?
‚ÄĒ¬ŅHablar? ¬ŅDe qu√©? ‚ÄĒPor primera vez en su vida, alguien la sorprend√≠a en ese sentido, porque, en el caso de los ligues de una noche, hab√≠a una regla de oro: cuantas menos palabras, mejor para ambas partes. Distinto era cuando ambas partes estaban borrachas. Entonces esas reglas no se aplicaban.
‚ÄĒHablar sobre de qu√© nos conocemos, porque los dos sentimos desde el principio que nos hemos visto antes y eso nos atormenta exactamente de la misma manera. ‚ÄĒEsboz√≥ una sonrisa encantadora.
Así que no estaba equivocada.
¬ęPero no nos hemos conocido en una vida anterior¬Ľ, pens√≥ de forma consciente.
Lo observ√≥ con calma, examinando con calma sus rasgos faciales y, de repente, descubri√≥ una peque√Īa cicatriz en forma de flecha en la comisura de la boca que la fulmin√≥ con un recuerdo. Era la misma cicatriz que la que ten√≠a MichaŇā, un chico del instituto de quien ella y Zuzanna hab√≠an estado locamente enamoradas. Despu√©s, cuando se hab√≠a mudado con su madre a Par√≠s, hab√≠an perdido el contacto. Hab√≠an pasado diez a√Īos, as√≠ que no era de extra√Īar que no lo reconociera. Record√≥ entonces aquella vez en la que se hab√≠a peleado frente al instituto con un alumno de un curso superior. Aunque hab√≠a salido victorioso, en medio del forcejeo se hab√≠a ca√≠do sobre la acera y se hab√≠a dado en la boca con unos vidrios rotos que estaban esparcidos por el suelo. De ah√≠ la cicatriz.
Reconoc√≠a los ojos, el perfil, la sonrisa torcida, si bien ahora ten√≠a mucho mejor aspecto. Parec√≠a el t√≠pico chico guapo de los sue√Īos de las adolescentes que todav√≠a ten√≠an la esperanza de encontrar a su pr√≠ncipe azul, es decir, al manjar m√°s delicioso de su vida.
‚ÄĒ¬ŅTe llamas‚Ķ? ‚ÄĒpregunt√≥ con cautela, para salir de dudas.
‚ÄĒMichaŇā ‚ÄĒmurmur√≥, frunciendo el ce√Īo en un gesto pensativo.
A veces, en la vida llega un momento en el que el mundo se pone patas arriba. Y no, no es cuando crees que acabas de encontrar a tu media naranja. El amor no existe, así que una cosa menos. Es cuando te das cuenta de que te has acostado con el tipo con el que te fumaste tus primeros porros y que hizo temblar tus piernas. Y eso no es bueno. Nunca es bueno, porque no sabes qué hay que hacer en una situación así.
‚ÄĒ¬°Anda, pues yo soy Marta! ‚ÄĒSalud√≥ con la mano con inseguridad‚ÄĒ. Primero D, ¬Ņno?
‚ÄĒ¬ŅMarta del Rejtan?
‚ÄĒTercera mesa junto a la ventana.
‚ÄĒNo, cuarta.
Se sentía como una idiota, como si se hubiera acostado con su hermano. Lo peor era que de nuevo tenía ganas de sexo.
‚ÄĒ¬ŅQu√© has hecho durante todos estos a√Īos? ‚ÄĒSe interes√≥ √©l.
Así que eso era lo que quería averiguar. Un polvo y volvemos a la amistad de instituto. Marta se sentía cada vez más frustrada. Por lo general, ella era quien escribía el guion y ponía las condiciones. Tres citas eran eso: tres citas. Tenía que pensar cómo comportarse en una situación tan inusual.
‚ÄĒAl parecer, ya te lo he contado todo sobre m√≠. ‚ÄĒEsboz√≥ una media sonrisa‚ÄĒ. Adem√°s, no estoy muy despierta. Tal vez podr√≠amos vernos en alg√ļn otro momento de la semana y entonces podr√≠as hablarme de ti.
‚ÄĒNo hay problema, como prefieras. ¬ŅIntercambiamos n√ļmeros de tel√©fono? ‚ÄĒpregunt√≥, observando a Marta con atenci√≥n.
As√≠ que sab√≠a que un momento antes ella no ten√≠a intenci√≥n de hacer eso. En el instituto, MichaŇā ten√≠a fama de chico que no pasaba nada por alto. Siempre hab√≠a sido astuto. Se acord√≥ de una discusi√≥n con el profesor de Historia‚Ķ Pero ¬°si ella no quer√≠a recordarla! ¬°Lo que quer√≠a era volver a acostarse con √©l y, maldita sea, ten√≠a derecho a hacerlo! El derecho que le otorgaba la ley de las tres citas. Presion√≥ el bolso con los dedos y lo abri√≥ de un solo movimiento. Sac√≥ una tarjeta de visita y, sin mirarlo a los ojos, se la entreg√≥ con tanta cautela como si estuviera a punto de desmoronarse.
‚ÄĒ¬ŅTe sientes culpable? ‚ÄĒdijo en voz baja‚ÄĒ. ¬ŅEst√°s enfadada contigo misma?
‚ÄĒ¬ŅAcaso tengo algo de lo que preocuparme? ‚ÄĒSe sorprendi√≥‚ÄĒ. Ha sido una magn√≠fica noche de sexo con un compa√Īero del instituto. Entonces eso no formaba parte del juego, pero ahora s√≠. ¬ŅNo quieres analizar la situaci√≥n, tal vez?
MichaŇā le abri√≥ la puerta y le hizo una reverencia sonri√©ndole, burl√≥n. Sin duda, estaba acobardada. Pens√≥ que ten√≠a un problema, porque acostarse con una compa√Īera de clase siempre tra√≠a complicaciones. Sab√≠a por experiencia que no se deb√≠a entablar una conversaci√≥n en situaciones como aquella. La dej√≥ en la escalera soleada.
Atacada por la luz brillante, se frot√≥ las sienes. El tenue dolor de cabeza volvi√≥, y esa vez con fuerza redoblada. Ten√≠a una regla que nunca se saltaba. No se acostaba con conocidos, mucho menos con amigos. Pero esa regla no contemplaba la inimaginable mala suerte en forma de amor del instituto. Adem√°s, la noche anterior estaba tan borracha que ni siquiera lo hab√≠a reconocido. Si hubiera ocurrido de otra manera, de ning√ļn modo habr√≠a practicado sexo con √©l.
‚ÄĒ¬°Joder! ‚ÄĒgrit√≥ en el ascensor, dando un golpe en la puerta.
Sinti√≥ un leve hormigueo en los dedos y eso le permiti√≥ ordenar sus pensamientos. Se calm√≥ y, al momento, sonri√≥ al imaginarse lo que dir√≠a Zuzanna cuando se enterara de con qui√©n hab√≠a estado y lo que hab√≠a hecho. ¬°Cu√°ntas horas hab√≠an pasado charlando, inventando diferentes escenarios! La primera opci√≥n era la amistad entre los tres. La segunda consist√≠a en lanzar una moneda al aire para ver cu√°l de las dos saldr√≠a con √©l. Y la tercera opci√≥n: ambas quedaban y perd√≠an la virginidad con √©l, lo que cimentaba su amistad. Los sue√Īos de instituto no ten√≠an nada que ver con la realidad.
De repente, sinti√≥ que no le apetec√≠a nada compartirlo. Pero sab√≠a que hab√≠a una regla no escrita en la amistad: si Zuzanna quer√≠a, tambi√©n se acostar√≠a con MichaŇā. La norma dejar√≠a de ser v√°lida si una de las dos empezaba a interesarse demasiado por el tipo. Pero ese escenario era puramente hipot√©tico, ya que lo hab√≠an descartado hac√≠a mucho tiempo. Entonces, se compart√≠a y punto. El sexo para Zuzanna y Marta era como su s√°ndwich favorito del Subway: adictivo, pero siempre pod√≠an cambiar el men√ļ y empezar de nuevo.
Desde el principio de los tiempos, las mujeres y los hombres han estado en constante b√ļsqueda de nuevos sabores. En una ciudad de posibilidades infinitas, hay m√°s probabilidades de descubrir una combinaci√≥n desconocida de lo que puede parecer. Marta era una entendida del tema y, hasta que no se convenc√≠a de que su elecci√≥n era exactamente igual a la anterior y que no se diferenciaba de ella en nada, sent√≠a ansiedad, y lo √ļnico que la calmaba era consumir el s√°ndwich hasta el final. Y asegurarse de que no era nada del otro mundo. Por eso, cuando sali√≥ del piso donde se hab√≠a quedado MichaŇā, decidi√≥ hacer todo lo posible para que se olvidaran de las circunstancias en las que se hab√≠an conocido y se centraran en el presente.
MichaŇā
Se acercó al espejo y se frotó la barbilla con gesto pensativo. Ser psicólogo tenía sus ventajas. Se había acostado con tantas chicas que, por mucho que lo intentara, no sería capaz de nombrarlas a todas. Algunas de ellas no tenían nombre porque no habían tenido tiempo de presentarse. Hubo momentos dentro y fuera de los bares en los que eso no importaba. Se las ligaba hablando de Bergson, de Nietzsche, del cine italiano y el francés, de la nueva ola británica, de Freud, de lo que fuera, porque para una mujer no había nada más excitante que sentir que su intelecto excitaba a un tío tanto como el sexo. Lo había descubierto hacía mucho tiempo.
Casi la mitad de las mujeres atractivas de la ciudad lo odiaban. Hab√≠a tenido que v√©rselas en situaciones en las que la chica no aceptaba que lo que hab√≠a ocurrido entre ellos era solo sexo. Cuando, m√°s tarde, se las encontraba por casualidad, se produc√≠an escenas embarazosas. El resto de la poblaci√≥n femenina, que carec√≠a del instinto de poseer a un hombre, lo adoraba como maestro del sexo sin compromiso. MichaŇā nunca se hab√≠a acostado dos veces con la misma chica. Sab√≠a lo peligroso que era.
La primera regla que seguía era no mentir. Por lo tanto, al principio, siempre dejaba claro que no iba buscando una relación. No creía en el amor, sino en el placer. Creía en la libertad y, como amante perfecto, nunca decepcionaba a la otra parte.
Marta hab√≠a resultado ser una bonita an√©cdota. Le tra√≠a recuerdos del instituto y sus primeros sue√Īos como quincea√Īero en pleno despertar er√≥tico. Ya entonces ten√≠a grandes pechos y un buen cuerpo, pero su amiga era la due√Īa de las mejores piernas del instituto. La cuota masculina de la clase se precipitaba con demasiada frecuencia al ba√Īo, durante el recreo largo, cuando Zuzanna se pon√≠a una minifalda que no le tapaba casi nada. Bastaba con que se agachara a recoger un cuaderno que hubiera dejado caer en el pasillo. Estaba seguro de que lo hac√≠a a prop√≥sito. Fue entonces cuando entendi√≥ el poder de un tanga. Las chicas eran inseparables. Se sentaban en el mismo pupitre, dec√≠an lo mismo al mismo tiempo y, cuando √©l contaba un chiste, se re√≠an a la vez. Juntas se hab√≠an vuelto imbatibles. Por eso, a veces fantaseaba con un tr√≠o, y ese recuerdo en ese momento lo hac√≠a sentir como un ni√Īo al que le hab√≠an regalado un juguete nuevo y no pod√≠a esperar para ponerlo en marcha.
Dej√≥ caer la s√°bana al suelo y se dirigi√≥ al ba√Īo. Sent√≠a un agradable cansancio y, cuando rememor√≥ la noche anterior, sonri√≥ como quien decid√≠a levantar las cartas y descubr√≠a que hab√≠a sacado p√≥quer de ases. MichaŇā se sent√≠a realizado. Aceptaba su sexualidad, le gustaba la apertura y el principio profesado del placer. Trabajaba como psicoterapeuta y eso le daba ventaja sobre otros hombres. Algunos se ve√≠an inmersos en situaciones complicadas al no prever el peligro de antemano. Hab√≠a conocido demasiadas historias que terminaban de forma dram√°tica, ya fuera en aburrimiento mortal y rutina, o en escenas en las que ambos bandos perd√≠an la dignidad y el respeto mutuos. Los padres de MichaŇā se hab√≠an divorciado cuando ten√≠a catorce a√Īos. Desde entonces, se conduc√≠a con extremada cautela.
Sali√≥ de la ducha y se puso una camiseta y unos vaqueros. Desayunaba todas las ma√Īanas en un bistr√≥ cercano. Ese d√≠a se merec√≠a un desayuno doble. Cuando mir√≥ la guitarra, record√≥ la mentira inocente con la que hab√≠a engatusado a su amiga del instituto. No era m√ļsico, pero a veces tocaba ese instrumento. Y √©l era el due√Īo del apartamento. No ten√≠a remordimientos por haber enga√Īado a Marta. Si eso la tranquilizaba, seguro que hab√≠a funcionado. De todos modos, no quedar√≠an en su casa. A su casa solo llevaba a las mujeres una sola vez, por una noche, y nunca romp√≠a esa regla.
Marta y Zuzanna
La ciudad despertaba como una mujer desgastada y de vida alegre que quer√≠a ocultar las imperfecciones de su belleza empolv√°ndose demasiado la cara. Los basureros recog√≠an, impasibles, folletos que animaban a disfrutar de los servicios de las agencias de acompa√Īantes. Las chicas de los anuncios en papel, captadas por el fot√≥grafo en poses provocativas, ten√≠an a la luz del d√≠a rostros tristes, como si el oficio que ejerc√≠an no les garantizara la alegr√≠a prometida para ambas partes. Toneladas de basura, botellas y latas de cerveza se amontonaban en los portones, de donde las recog√≠an conserjes so√Īolientos mientras, entre dientes, maldec√≠an y se quejaban de que, de nuevo, hubiera llegado el fin de semana, el dichoso tiempo de Sodoma y Gomorra.
El sexo dominaba la vida nocturna, pero nadie era tan iluso como para creer que todos los caminos llevaban a una cama. Como siempre, el centro de desintoxicación de la calle Kolska estaba hasta los topes, y en las comisarías, menores de edad drogados en busca de sensaciones fuertes esperaban a que aparecieran sus tutores.
El domingo por la ma√Īana era un anticipo del infierno. Si alguien quer√≠a sentir el aliento del diablo a sus espaldas, ten√≠a la oportunidad de experimentarlo al amanecer.
Una chica con un vestido rosa, apoyada contra la pared de una casa de vecinos, era la copia perfecta de otra que esa misma ma√Īana hab√≠a bautizado la acera con sus v√≥mitos. En ese momento, ella, la segunda, inclinada sobre un contenedor y temblando, le relataba al mundo todos sus malos recuerdos de la noche. En el bar Ulubiona, incontables vasos de vodka, servidos por una camarera pelirroja de mano firme, se vaciaban en los es√≥fagos de clientes que ya no pod√≠an ni ver.
La ciudad estaba viva, aunque apenas respiraba.
Marta abri√≥ la puerta, invadida por una repentina sensaci√≥n de cansancio. Vivir en el barrio Kabaty ten√≠a sus pros y sus contras: la paz y la tranquilidad, pero tambi√©n el aburrimiento, que con sigilo se filtraba por las paredes de los apartamentos nuevos y aislaba con gran efectividad a unos vecinos de otros. Ella misma hab√≠a elegido ese lugar. Deseaba vivir apartada de todo porque los domingos recargaba las pilas para la siguiente semana. En ese instante, su cabeza estaba en un completo caos. No era capaz de controlar la extra√Īa sensaci√≥n de que esa vez hab√≠a salido perdiendo, y, aunque se hab√≠a largado de un piso ajeno, donde hab√≠a dejado a MichaŇā, esa huida no le proporcionaba satisfacci√≥n. Estaba ansiosa por volver a verse con √©l. Ten√≠a que asegurarse de que el nuevo amante no era diferente de los dem√°s; entonces podr√≠a pasar a otra cosa. MichaŇā no respond√≠a a ning√ļn estereotipo y, adem√°s, no soportaba la incertidumbre; le gustaba saber.
Se sent√≥ en el sill√≥n y mir√≥ por la ventana. El rect√°ngulo vac√≠o del cielo no la ayud√≥ a ordenar sus pensamientos. Sin pensarlo, cogi√≥ el tel√©fono para compartir las √ļltimas noticias con Zuzanna.
‚ÄĒ¬ŅEst√°s durmiendo? ‚ÄĒLa pregunta era bastante est√ļpida, porque sab√≠a que, a diferencia de ella, su amiga hab√≠a dormido esa noche y ya se hab√≠a levantado.
‚ÄĒ¬ŅQu√© dices? ¬ŅA mediod√≠a? ‚ÄĒOy√≥ la voz sorprendida de Zuzanna‚ÄĒ. ¬ŅLlevas bebiendo desde por la ma√Īana o a√ļn no has terminado? ¬ŅA qu√© hora has vuelto?
‚ÄĒAcabo de hacerlo ‚ÄĒle inform√≥ en tono realista, y a√Īadi√≥‚ÄĒ: He conocido a un tipo incre√≠ble. ‚ÄĒLa mera menci√≥n a MichaŇā la excit√≥ de forma placentera.
‚ÄĒCu√©ntame ‚ÄĒse limit√≥ a decir Zuzanna, dispuesta a escucharla hasta la noche.
Marta contaba como nadie las escenas subidas de tono. En eso, no tenía rival.
‚ÄĒPero no te caigas de la silla ‚ÄĒle advirti√≥ su amiga.
‚ÄĒ¬ŅHas echado un polvo en un ascensor, pero no dentro, sino encima? ‚ÄĒpregunt√≥ Zuzanna, tratando de adivinar.
‚ÄĒ¬°No! ¬°Me he acostado con un chico del instituto! ‚ÄĒexclam√≥ Marta, alegre.
El silencio al otro lado de la línea la complacía por completo. Zuzanna se quedó sin palabras.
‚ÄĒ¬ŅNo ten√≠as a nadie de tu edad a mano? ‚ÄĒEstaba sinceramente sorprendida‚ÄĒ. Vale que te ligues a uno que acaba de empezar la universidad, pero un estudiante de instituto ya es mucha tela.
‚ÄĒYa no est√° en el instituto ‚ÄĒaclar√≥ Marta mientras se quitaba los tacones y buscaba una postura m√°s c√≥moda en el sill√≥n.
‚ÄĒEso suena mejor ‚ÄĒdijo su amiga, aliviada‚ÄĒ. Pero, igual, es demasiado joven.
‚ÄĒEstuvo con nosotras en el instituto, Zuza.
‚ÄĒNo me digas que has estado con‚Ķ
‚ÄĒS√≠, con √©l ‚ÄĒla interrumpi√≥ Marta, encantada de que solo hiciera falta una palabra para que Zuzanna lo entendiera todo.
‚ÄĒ¬ŅTe has encontrado con MichaŇā?
‚ÄĒ¬°Bingo! Y ahora es tan sexy que no puedo ni quedarme quieta.

Leave a Reply

comment-avatar

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.