¡Por los tacones de María! de Meghan Reed

¡Por los tacones de María! de Meghan Reed

A compartir, a compartir! Que me borran los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura.Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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¡Por los tacones de María! de Meghan Reed pdf

¡Por los tacones de María!: El amor y la lujuria serán puestos a prueba de Meghan Reed pdf descargar gratis leer online

María está casada con Víctor, el profesor de investigación más sexi (al menos para ella) de todo Barcelona. A la vista de todos, su matrimonio no podría ser más perfecto.
O eso parece.
Lo cierto que es la relación ya no es como antes y los secretos amenazan con llevarlos a la deriva. Sin embargo, cuando parece que todo ya está dicho y hecho, la idea de hacer un viaje de parejas surge como la solución perfecta a todos sus problemas.
¿Qué puede hacer una pareja para volver a encender la llama de la pasión en una relación que ya está agonizando?
Pero la pregunta más importante es…, ¿las parejas pueden sobrevivir sin secretos?
Vamos, guapa, ponte tus mejores tacones, acomódate bien las bragas mientras te sirves una copa de tu vino favorito y pones en silencio el móvil, porque Víctor y María están a punto de abrir la jodida caja de pandora. Una caja que cambiará para siempre sus vidas.
Y la tuya también.

»MeghanReed»

¡Por los tacones de María! de Meghan Reed

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AdiĂłs no significa siempre el final,
a veces significa un nuevo comienzo.
No hay curitas suficientes para un corazĂłn roto.
 
No necesito abrir los ojos para certificar que Víctor, mi marido, se ha marchado de la cama. Y… no sé qué es peor: si él marchándose en completo silencio (probablemente aprendió algunas técnicas ninjas por internet para no hacer ni el menor ruido) o, el que me sienta tan aliviada de que así lo hiciese.
Exhalo un suspiro: es probable que ahora estemos en la etapa en la que somos patéticos y simplemente nadie lo quiere admitir.
Si agudizo lo suficiente el oído puedo escucharlo en la planta baja preparándose una taza de café: a Víctor le gusta bien cargado, con leche y sin azúcar. Para empezar…, ¿quién diablos le dijo que el café se prepara así? Lo siento, pero a mí me gusta que el café sepa a jodido café, ¿vale? Pero eso es simplemente otra de las cosas en las que somos tan malditamente diferentes y, que hasta ahora (no por falta de pistas), recién me percato.
Vamos, son estas ocasiones en las que mantengo la esperanza de que no soy a la Ăşnica esposa que le ocurre algo como eso; darse cuenta que su pareja y ella no son compatible y preguntarse cĂłmo carajos pensĂł lo contrario.
Hemos sido tan distintos (tanto como lo puede ser un zapato de tacón alto y una bota de pescador) que me sorprende que alguna vez pensé (ingenuamente) que éramos «almas gemelas». Sí, lo sé, en ocasiones, podemos pensar algunas idioteces.
Idioteces para cegarte y creer que vives un jodido cuento de hadas.
No voy a negar y decir que no he pensado que quizás estaba bien piripi aquel día cuando nos conocimos. Quien sabe. Hay muchas cosas que ahora no las tengo del todo claras; motivo por el cual aumenta mi enojo. Mi consternación. Y sí, ese constante arrepentimiento que se hace más grande y evidente con cada jodido día que pasa.
Y, vamos, no es que a VĂ­ctor le importe.
La cafetera emite su distintivo chirrido cuando empieza a trabajar y me imagino a mi marido recargado contra el mesón de granito negro (se lo pedí como un estúpido capricho por haberse olvidado de nuestro quinto aniversario) vistiendo ese caro traje de tres piezas hecho a medida que cuesta más de setecientos euros y que no debió comprar porque el presupuesto de esta casa es limitado. Pero, maldita sea, si no lo hacen ver tan atrevidamente sexi.  Víctor luce como la clase de tío que podría bajarte las malditas estrellas. Y, sí, de hecho, puede hacerlo. O, mejor dicho, podía; la verdad es que últimamente el sexo con él es…, como esa curita que colocas cuando te has herido. Esa curita a la que recurres para cubrir esa pequeña herida y no quieres que se infecte. Necesaria sí, más, sin embargo, muy deficiente. Tanto que ni siquiera se adhiere bien sobre la piel, por lo que queda bailando, a la espera de que, con cualquier leve movimiento, sea arrancada por completo.
Vale, confieso que hoy amanecí nostálgica y algo gilipollas. Pero bueno, si estás casada, imagino que también has tenido algunos de estos «hilarantes» días.
Contengo la respiración y cuento hasta diez, es como un ritual que a veces funciona y otras no, y abro muy lentamente los ojos: no me sorprende ver que afuera todavía está oscuro. El cielo perezoso de Barcelona luce tan gris y sombrío, como si no tuviese ganas de avisarnos que hacía horas empezó un nuevo día. Un nuevo día cargado de sentimientos amargos e ilusiones frustradas y palabras no dichas. Sobrepoblado de esas emociones que un día fueron placenteras pero que ahora solo te dejan el corazón desbordado de decepción y zozobra.
Venga, que nadie quiere sentirse tan decepcionado un lunes por la mañana; suficiente tenemos con el hecho de que el lunes de por sí dura una semana entera.
Al menos asĂ­ se siente para los que tenemos que ir a currar por menos de mil euros al mes.
Mientras admiro el cielo gris reflexiono que no debe ser más allá de las cinco de la mañana. Lo penoso es que ya me siento cansada. Y, para mi desgracia, hacía mucho que el café no me ayuda a soportar la rutina.
Sonrío con cinismo cuando la inquietante nostalgia me vuelve a golpear y recuerdo que hasta hacía poco esta era la hora favorita que tenía Víctor de despertarme con largos besos perezosos y caricias robadas que luego de un agitado sexo (donde me decía las cosas más guarras que había escuchado en la vida mientras me agarraba del cabello y se corría dentro de mí) culminaba con nosotros dos compartiendo la ducha porque llegábamos tarde al trabajo. No te voy a mentir, a veces extraño esos tiempos. Como la masoquista que soy extraño aquel tiempo en que nos mirábamos y sonreíamos como tontos. Cuando no podía ser más feliz. Y, bueno, es una lástima que ahora esos mismos recuerdos pesen tanto. Al punto, de que sería mejor que nunca hubieran existidos, que todo fuera producto de mi sobrevalorada imaginación. Tal vez, si fuese así, el dolor sería más soportable. Porque déjame ser franca y decirte que son esos días en que la agonía es tan profunda que me hago una pelota en la tina del baño y quiero desaparecer. Porque al menos, si esos recuerdos hubieran sido fabricados por mi introvertido subconsciente podría cambiar las cosas. A mi antojo. Podría seguir fingiendo que nuestra triste relación tiene salvación.
En fin, cumplir treinta se siente como una maldita condena cuando te has equivocado en la mayorĂ­a de tus decisiones. Como elegir mal al tĂ­o con que te casaste.
Si existiera un «premio a la estúpida del año», seguro que me lo llevo todos los años.
Los minutos se arrastran mientras no hago otra cosa más que yacer boca arriba en la cama y fingir que duermo. Fingir que estoy inconsciente mientras mi marido deambula en la planta baja preparando ese «café» que sabe a todo menos a café. Quien sabe. Tal vez Víctor, al igual que yo, está tratando de precisar en qué momento nuestro (feliz) matrimonio se fue al diablo mientras mira de manera distraída las escaleras. Aquellas escaleras que lo llevarían hasta mí. Hasta la mujer que ahora ya no le interesa mediar palabras con él. Quizás, él también está tratando con todas sus fuerzas de descifrar el momento en el que pasamos de adorarnos tanto, que nuestras manos no podían mantenerse quietas y hacer el amor en cada superficie de esta enorme casa (que nos costó un ojo de la cara), a ignorarnos el tiempo suficiente para darles largas a esta (incómoda) relación.
O…, quizá, todo está en mi jodida cabeza y puede que Víctor solo esté esperando pacientemente a tomarse su tan deseado café para largarse a su trabajo donde aparenta que tiene un matrimonio perfecto. La esposa perfecta. La jodida vida que siempre soñó. Nada más alejado de la realidad.
Vamos, que Dios es testigo que hacía mucho no sé lo que ronda en la cabeza de mi querido marido.
Luego de ocho años de matrimonio (y muchas decepciones) he llegado a la penosa conclusión de que mi padre tiene razón: «El amor no es para siempre. Porque las personas cambian contantemente como para que tenga la oportunidad de volverse eterno. Sea como sea, lo cierto es que Víctor y yo, estamos jugando un tiempo extra que ninguno de los dos pidió.
Y, presiento…, que estamos llegamos a la recta final. Si es que ya no lo estamos.
Ya en la oficina me siento frente a la pantalla del computador y la miro fijamente. No puedo sacarme de la cabeza la larga mirada que me dirigió Víctor antes de subir a su Audi negro (de segunda, por supuesto) y marcharse. Lo gracioso es que en ese momento no me importó que descubriese que, en lugar de estar en la cama (fingiendo dormir), me encontraba agazapada, atrás de la cortina de la ventana de nuestra habitación, viéndolo partir. Añorando patéticamente aquellos labios que ya ni siquiera sé a qué saben: hacía años que no nos damos un beso de «Buenos días» en condiciones y, mucho menos, uno de «Hasta luego». Me supongo que ninguno de los dos quiere tentar a la suerte.
Al menos no, todavĂ­a.
—¿Cuándo se lo vas a decir?
Miro de reojo a Milton Diaz, mi jefe. Mi guapísimo jefe que hoy viste un ridículo traje gris con rayas diplomáticas de color morado. Sí, es sexi y tiene mucha pasta. No obstante, como ves, carece de conocimientos de la moda. Pero eso qué importa, si está tan bueno que mis amigas me suplican, me ruegan, para que se lo presente. Y, por «amigas», me refiero a Luisa (que ya tiene marido) y a Martina (que no solo tiene marido, sino también tres hijos). Sinceramente, no sé qué pretenden pidiéndome semejante barbaridad. Como sea, he podido darles largas al asunto y tres años después siguen sin conocerse.
Gracias a Dios.
—Los papeles del señor Morales están listos —finjo que no he escuchado su pregunta.
—El señor Morales puede esperar. —Milton ladea la cabeza—. Tu embarazo, por otro lado…
Le miro porque después de todo él es quién autoriza mis vacaciones y cabrearlo está lejos de ser parte de mis planes. Sobre todo, porque Milton es el único ser viviente de la tierra que sabe la «feliz» noticia que no me atrevo a compartir ni con mi madre. Y, venga, que mi madre es tan maja que dan ganas de comérsela a besos.
Y sí, estoy siendo sarcástica. Porque mi madre es lo opuesto a ser «maja». Ella es más como un… ogro. Sí. Por decirlo de manera amable y considerada.
Venga. Soy su única hija después de todo
—¿Cuándo piensas decirle a Víctor que estás embarazada?
Suspiro. Ya estamos con lo mismo. Momentos así me arrepiento de haberle dicho lo del embarazo. Culpo directamente a las hormonas: cuando lo descubrí me puse tan susceptible que sentí que tenía que compartirlo con alguien. Y, considerando que Luisa y Martina manejan muchos más dramas en sus vidas que por ello casi no nos vemos, pues, Milton fue la mejor segundo opción. Porque Milton es majo. De verdad. Sin exagerar. Es el mejor jefe del mundo. Lástima que sea el mejor amigo de mi esposo.
SĂ­, como ves, no se puede tener todo en esta vida.
—No antes de que finalice el mes, ¿contento?
Milton me da una mirada de reprobaciĂłn.
—No me gusta lo que estás haciendo —objeta sin pizca de humor.
Y mira que eso en Milton es muy extraño; es tan buena gente, que, difícilmente, te hace una mala critica. Aunque te la merezca.
—A mí tampoco me gustan esos feos trajes que te empeñas en poner todos los días, pero…, no me ves quejándome por ello, ¿o sí?
Sonríe como solo Milton puede hacerlo: ufano y sin malicia. Como si no hubiera mal en este mundo. Como si el hecho de que use esos horribles trajes no es un atentado directo contra la moda. Y contra los pobres ojos de sus empleados. Sí. Es una lástima que su mejor amigo sea un completo imbécil.
A veces (y me refiero a esas raras ocasiones donde me puede más la estupidez) me gustaría tener ese optimismo que parece gobernar a Milton; porque hacía años que los ánimos para seguir engañándome a mí misma habían salido corriendo de mi cuerpo. La realidad es que las cosas con Víctor están cada vez peor. Por no decir insufribles.
—Por favor…, al menos y dime que sospecha —suplica poniendo ojos de cachorro—. Mi mejor amigo no puede ser tan obtuso, ¿verdad? —cuestiona con la esperanza brillando en sus ojos.
—Lo siento, pero ese amigo tuyo no se entera de nada —enmascaro la decepción con soberbia.
Ya sabes, para dar la impresión de que no me importa, cuando, de hecho, es todo lo contrario. Si que me importa. Demasiado. Y eso es lo que me llena de rabia. De impotencia. De esa amargura que a veces me roba el sueño y me dan ganas de gritar y mandar todo al demonio. Pero…, seamos realistas, sigo enamorada de mi marido. Tanto que finjo que no me doy cuenta que, sin importar lo que haga, él evita estar en la misma habitación que yo.
Menudo gilipollas.
Por otro lado, tampoco es como si al dejarle ver a Milton mis verdaderos colores suponga alguna diferencia. Al final del día, las relaciones se arreglan porque los involucrados ponen de su parte, y no porque los amigos «con buenas intenciones y cargados de sabios consejos» intervienen. El amor es jodido. Tan jodido que por eso es tan hermoso cuando lo encuentras en la persona correcta.
Y yo alguna vez pensé que Víctor era mi persona correcta.
—Típico de Víctor.
—Típico, nada. —Me permito ser sincera para variar—. Su esposa tiene cuatro meses de embarazo y ni siquiera lo nota. Aun cuando duerme a su lado cada noche. Y…, vamos, no es como si no tuviese vientre. En este punto ya debe de haberme rozado la panza un par de veces y escuchado los pedos que me salen como si tuviera una jodida orquesta en los intestinos.
No quería hablar de los pedos, pero no me ha quedado de otra. También me levanto la blusa solo para hacer mi punto: mi abultado vientre es la prueba de que hacía tiempo mi esposo dejó de mirarme. De interesarse en mí. De percatarse cada sutil cambio que sufro. Así como también de preguntarse si soy feliz. Siento el patético aguijón de la decepción, pero sonrío tratando de aparentar que «estoy bien». Dios sabe que debo mantenerme cuerda si pretendo llegar a fin de mes para soltarle la bomba a Víctor. Aun no sé cómo lo haré, pero cinco meses de embarazo no son precisamente fáciles de ocultar de esos «amigos» cotillas que parecen rodearlo. Esos amigos que, aunque simplemente estés gorda (con un vientre pronunciado gracias a la dieta rica en grasa que has decidido seguir) lo confunden con un embarazo.
—Lo de tirarme un pedo te lo debo, porque una vez que empiezo…, no te voy a mentir, difícilmente me reprimo —aclaro—. Y no quiero despertar rumores.
Milton luce aliviado y muy agradecido; probablemente Silvia, su «perfecta» esposa, jamás sufrió de molestos gases durante sus embarazos. Yo que sé. Quizá simplemente le aterra la idea de escuchar y oler los pedos de la mujer de su mejor amigo. Quien sabe. Después de todo, es un hecho que un pedo cambia las relaciones entre amigos. Ahora imagínate la jodida «orquesta» que me manejo yo…
—Tampoco quiero ganarme apodos. —Hago una mueca—. Los gilipollas que has contratado son amantes a poner apodos extraños como el no hacer su trabajo. ¡Ah!, y no olvidemos que también adoran tocarme los ovarios. Eso también.
Milton empieza a reĂ­r. Pero la risa dura poco y vuelve a su cara de pĂłker.
—Hablaré con Víctor esta noche.
Esos ojos grises, que son inquietantemente atractivos, brillan de emociĂłn.
Como ves, no soy la Ăşnica a la que le gusta tocarle los cojones a mi marido.
Pero no. Por más atractivo que suene, decido rechazar su ayuda. Decirle al idiota ese que será padre es mi obligación, no la de mi jefe.
Por muy amigo que sea.
—Ni se te ocurra. —Le lanzo una mirada de advertencia.
—Vamos, ¡es solo un pequeño empujón! —Lo dice como si no fuera la gran cosa.
—Estoy cansada de esos «pequeños empujones» —confieso mosqueada mientras con la mano hago las comillas en el aire.
Milton asiente; no es tonto. Si todavía no hemos cruzado la línea del «no retorno» es gracias a él y sus indirectas. Que de indirectas nada, que te lo digo yo. Milton maneja con astucia el arte de soltar comentarios exquisitamente planeados para mostrarle a mi marido cosas que ha ignorado a propósito.
Pero ya estoy cansada de eso.
O, simplemente, ya no me importa lo suficiente como para intentarlo y apostar por ello. Hay va otro aguijón de decepción: éste lo saboreo palpándome el pecho porque no me queda de otra. Sí, puede ser que el amar a Víctor me haya vuelto masoquista. Y también tonta.
Demasiado para mi gusto.
—Tienes mala cara —observa Milton.
—Qué va, si es la misma con la que nací.
Se rĂ­e porque me estoy pasando de listilla y eso a Ă©l le encanta.
Milton revisa su reloj y yo hago lo mismo con el mío. No me sorprende ver que la mañana se nos ha ido hablando idioteces.
—Ten un buen día, María.
—Lo mismo para ti. —Cuando está por salir del salón, voceo, mirándolo pícaramente—. Por cierto, escóndete de la señora Carpio…, ¡he escuchado que anda tras de tus sexis huesos!
La última parte la grito un poco más alto, con la intención de que todas las almas presentes lo sepan. Mis compañeros levantan sus rostros y lanzan sonrisas picaras mientras miran a nuestro jefe. Milton hace una mueca: la señora Carpio es una de nuestras mejores clientes (desde hacía cuatro años trabajo en una agencia de seguros de vida y el mejor amigo de mi marido es el dueño) y está enamoradísima de Milton. Qué digo enamorada, lo siguiente.
—Ni me lo recuerdes. —Una sonrisa ladina juega en sus labios—. Si vuelve a preguntar por mí…, puedes decirle que me fui a vivir a Marte.
Empiezo a reĂ­r por lo descabellada que es nuestra conversaciĂłn.
—Con lo obsesionada que está contigo, mínimo y me pide la dirección.
Riendo entre dientes, mi jefe desaparece de nuestra vista; seguro se va a echar la mona a su oficina de descanso mientras finge que trabaja.
Madre mĂ­a, como me gustarĂ­a ser Milton.
El dĂ­a pasa sin sobresalto ni sorpresas. Antes de que mi cerebro lo registre ya son las siete y todo el personal de la oficina se ha marchado: siento un poco de envidia de las ganas enorme que tienen de ver a sus familias.
Misma emoción que únicamente disfruté los tres primeros años de matrimonio.
Como no, la irritaciĂłn me golpea de lleno el rostro cuando recuerdo que a mĂ­ me espera una enorme casa a oscuras llena de recuerdos que se rehĂşsan a morir. No es novedad que VĂ­ctor tenga su Ăşltima clase a las nueve.
SĂ­, no soy la Ăşnica con un plan en marcha para evitar a estar a solas con su pareja.
Apago el computador, agarro la chaqueta, mi bolso y me marcho sin mirar atrás: mañana tengo una reunión importante y seguir perdiendo el tiempo aquí, cuando podría estar comiéndome la cabeza en mi solitaria casa, sería contraproducente.
Ser agente de seguros de vidas no es el trabajo soñado, pero paga las cuentas. Y, desde que no sé qué clase futuro me depara (todavía me rehúso a hablar de la posibilidad de un doloroso divorcio) tener un trabajo que mantenga un techo sobre mi cabeza y el estómago lleno, no suena tan mala idea. Para nada. Soy extremadamente consciente de que voy a necesitar dinero extra para comprar pañales. Montones y montones de pañales. Y la lista continúa. Porque tener un bebé es jodidamente costoso. Al menos y eso he leído en esos blogs de maternidad que no hacen otra cosa que llenarte de falsas expectativas.
Digo, los crĂ­os son maravillosos, pero nadie de allĂ­ escribe de la pasta que cuesta criarlos.
El trayecto hasta nuestra residencia a las afuera de Barcelona, donde construimos nuestra casa, está lleno de pensamientos sobre cómo darle a mi marido la «grata» noticia. Porque no es como si este embarazo fuese planificado. Ya quisiera yo que fuese el caso. Pero la verdad es que no pudo suceder en el peor de los momentos. Ambos estamos en nuestros treinta y ya se nos han acabado las ganas de continuar con un matrimonio que hacía años mermó su fuerza. Específicamente, cuando descubrí que Víctor no tenía intenciones de formar una familia.
Bueno…, conmigo no, al menos.
Me bebí aquel amargo trago de sopetón cuando estábamos cerca de cumplir nuestro tercer aniversario. Sucede que estábamos cenando con Milton y su adorable familia cuando, lo que debió ser una pregunta, inocente y sin malicia, se convirtió en el epítome de nuestro declive como pareja…
Antes de empezar con el nefasto recuerdo tienes que comprender que Víctor no es de las personas que se guarda su opinión. Para nada. Él es todo lo contrario. Su sinceridad, en ocasiones, puede resultar hasta insultante.
Pero, como te iba narrando, estábamos cenando, cuando la pregunta más inocentona del mundo surgió.
—Y… ¿para cuándo los retoños? —preguntó mi tocaya, María, la madre de Milton, a la que el vino le había robado la vergüenza y le había coloreado de rojo las mejillas.
Mi tocaya me guiñó un ojo y sonrío de manera coqueta; supuse que en su animado estado de embriagues se le hacía supergracioso y muy fácil soltar toda clase de preguntas incómodas.
Hay que ver el valor, y los ovarios, que te da el vino…
—¡Qué va! ¡Yo no estoy interesado en tener hijos! —Víctor respondió sin titubear sonriendo de esa manera que lo hacía ver tan chulo.
Aunque, claro, en ese momento, aquella sonrisa perforó mi corazón. Porque…, ¿qué era lo que le causaba tanta gracia? ¿Acaso no es normal y lógico desear tener críos? Digo, sobre todo, cuando supuestamente estás casado con el «amor de tu vida. O, ¿estoy errada?
La mesa se sumiĂł en un agudo e insano silencio; no era la Ăşnica que esperaba que a su frĂ­a declaraciĂłn le siguiese la carcajada correspondiente y el comentario coqueto:
—«¡Tranquilizaos, pueblo, que solo os estoy tomando el pelo!» Seguido por el: «¡Por supuesto que quiero tener hijos. Con mi bellísima mujer. O…, ¿acaso no la estáis viendo? ¡Está guapísima y tiene unas tetas de infarto!»
Lo que obtuve fue todo lo contrario.
—¿Por qué me miráis así?
Aunque, la pregunta fue hecha a todos los presente, el idiota de Víctor se limitó a mirarme únicamente a mí. Como si yo debiese respaldar sus palabras. Como si debiera defenderlo de los apabullantes ojos que parecían juzgarlo en silencio. Pues bien merecido se lo tenía. Que agradezca que no me quité el tacón y se lo puse de sombrero.
Ganas no me faltaban.
Y sí, puede que en ese momento Milton y su familia fuese los únicos que supieran que, durante aquella cena, iba a compartir con Víctor la maravillosa noticia de mi embarazo. Sin embargo, nada le daba el derecho de decir aquellas cosas tan a la ligera. Sobre todo, sin preocuparse si hería o no, mis sentimientos. En ese entonces tenía dos meses de embarazo y, aquella mañana, apenas y me había enterado de ello. Un embarazo que, aunque lo había anhelado en secreto, jamás me atreví a sugerirlo abiertamente. Lo cierto es que cuando sostuve el resultado de mis exámenes de sangre, dentro de mí, se empezó a librar una complicada guerra de sentimientos. No obstante, y pese que no sabía cuál sería la reacción de Víctor, prevaleció la emoción de tener un hijo con el hombre del que estaba muy enamorada. Porque sí, en ese entonces todavía era abierta en profesar, sin vergüenza, mi amor por él. Ahora… otra cosa mariposa.
Milton carraspeĂł, sin poder creerse que el tĂ­o que se hacĂ­a llamar su mejor amigo fuese tan gilipollas. Y no era el Ăşnico. Todos los presentes lo observaron anonadados. Sin poder creer que las cosas se habĂ­an puesto tan mal en cuestiĂłn de minutos.
—Víctor, por favor… —Milton se piñizco la nariz—, serías tan amable de acompañarme a la cocina. Necesitamos hablar unos minutos.
Mi jefe no esperó a que Víctor le contestara. Sin mirar a nadie, se levantó de su silla y se encaminó a la casa: pobre de Milton que ha tenido que lidiar con ese gilipollas por años. Tengo entendido que ellos han sido mejores amigos desde el colegio.
Víctor, como no tenía otra opción, se levantó y lo siguió. Pero mi querido marido, como el gran gilipollas que es, continúo mirándome con curiosidad y una pizca de confusión. Nunca supe de lo que hablaron en la cocina, pero debió ser malo, porque Milton, con el rostro pálido, fue el único que regresó a la mesa. Para conmoción de todos los presentes.
Me sentí un poco mejor al darme cuenta que no era la única a la que le costaba creer que el «perfecto» Víctor, quien profesaba amarme más que a su vida, se hubiese marchado así sin más. Sin despedirse. Y, lo peor, sin preguntarme si quería marcharme con él. Pero la cena siguió. Y siguió hasta el amanecer. Todos querían darme ánimos. Y no los culpo. Algunos hasta me recitaron frases motivacionales. Ya sabes, aquellas putas frases que solo te recuerdan lo solo y desdichado que estás.
Lo juro, no estoy de coña.
La primera en hacerlo fue Catalina, la hermana menor de Milton. Catalina, ya seducida por el licor, se acercĂł con vino en mano y recitĂł servicialmente:
—El amor sólo descansa cuando muere. Un amor vivo, es un amor en conflicto.
No tuve tiempo de preguntarle si con aquella frase pretendía levantarme el ánimo o, de que vaya derechita a la casa y me ahogue en la tina del baño, porque Catalina me dio la espalda y vomitó en los tulipanes que tanto presumía su madre. Pese a mi situación, no pude evitar sentir mucho pesar por el jardinero que no solo vería aquel desastre a la mañana siguiente, sino que tendría que limpiarlo.
Vamos, nada como empezar el día limpiando el vómito de alguien más para darte otro motivo para odiar tu trabajo.
La segunda persona en recitarme otras de esas bárbaras frases «tan conmovedoras» fue Carlos, el marido de Catalina, que a todas luces se veía desdichado y con ganas de pedir el divorcio mientras admiraba a su hermosa mujer vomitar hasta el apellido sobre los tulipanes de su querida suegra.
—No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar.
Aquello me sonaba algo que escribiría Albert Camus, pero, al igual como sucedió con Catalina, no tuve la oportunidad de indagar sobre el autor ni sobre el por qué tenía que recitármelo, ya que Carlos me sonrió apenado antes de sujetar por la cintura a su mujer y llevársela hacia el interior de la casa. Vamos, no es que no me sintiera agradecida con ellos (no me imagino lo que les costó memorizarse esas gilipolleces sobre el amor) pero no importa lo mucho que trataron, yo solo me sentía… como la mierda.
Y lástima que estaba embarazada porque me hubiese encantado poder olvidar aquella noche con vino o cerveza.
Cuando fue hora de despedirme (gracias al cielo), recibí otra ronda de felicitaciones por los amables padres de Milton. Pero la gota que derramó el vaso fue cuando recibí un consejo (que obviamente no solicité) de Silvia, la esposa de mi jefe. Una tía guapísima y sumamente retorcida. Digo que es retorcida porque cuando Milton mira hacia otro lado siempre la atrapo echándole miraditas a Víctor. Miraditas que decían: «Ven, moreno, agárrame del pelo y métemela entera ¡Y sin condón!».
—Querida, lo que mal comienza…, pues mal acaba. —Sonrío con descaro—. Dicen que el amor no le pertenece a nadie. Por lo que yo de ti, mejor me voy buscando una nueva casa. Y a otro que quiera ser padre.
Tan mal como me caía la mujer de Milton, en esa ocasión tenía que reconocer que tenía la boca llena de razón. Fue en ese momento que decidí que era hora de hacer una pausa, para analizar la declaración de mi marido y descubrir lo que yo quería en la vida. Lo que era mucho considerando que ya no tenía el lujo de pensar solo en mí. No. También tenía que pensar en el niño, o niña, que sin pedirlo y, mucho menos desearlo, venía a una familia que no encontraba su centro. Aquel norte que en algún punto habíamos perdido.
Y era tal la perdida que ya no sabíamos cómo querernos sin hacernos daño.
Como sea, esa noche no fui a dormir a mi casa; no estaba dispuesta a dormir al lado de un tĂ­o que tenĂ­a la cabeza metida en su trasero. Punto.
Dios sabe que podrĂ­a intentar ahogarlo con mi almohada.
Sin avisar, y mucho menos dar explicaciones, fui a pasar lo que quedaba de la madrugaba a la casa de mi madre. Tan mal habré estado que ni siquiera Georgina, con lo intensa que suele ponerse con temas que involucran directamente a su «adorado» Víctor, abrió la puerta y me dejó entrar a la enorme y hermosa casa donde crecí.
A la mañana siguiente no me sorprendió encontrar a Víctor en el pórtico de la casa de mi madre: mi marido se veía como si no hubiese pegado un ojo en toda la noche. Lo que nos hacía dos. Sin embargo, he de admitir que, mientras yo parecía una momia viviente que olía a agua de rosas, Víctor, con ese cabello desalineado y la barba de un día y con los ojos adormilados, se veía extremadamente sexi.
Maldita sea. Víctor siempre será el profesor más sexi que he visto en mi vida.
—Perdóname… —suplicó escuetamente mientras me atraía a sus brazos. De mala gana me dejé atraer a su enorme pecho—. Perdóname por ser un estúpido. Joder. Perdóname… por lo que sea que hice mal. Sabes que te amo más que a nadie en este mundo.
En un colapso de emociones, y hormonas descontroladas, aspiré su reconfortante colonia y mentalmente me dije que estaríamos «bien». Él me había venido a buscar, eso debía significar algo, ¿verdad?
O eso pensé en ese momento.
Mientras me dejaba abrazar por Víctor, me reprendí mentalmente por siquiera considerar las palabras de Silvia. No podía olvidar el hecho de que ella estaba celosa de mí. Hecho que me causaba un gran desconcierto, porque…, sinceramente no entendía por qué. Vamos, a mi parecer (y el de algunas compañeras de la oficina) Milton era mucho más atractivo que Víctor: venga, mientras que el cabello de Víctor es de un profundo castaño con matices rubios, siempre lo mantiene corto. Dándole ese look atrevido de soldado sexi. Sus ojos azules, que parecen brillar con la luna, tienen el poder de hipnotizarte. Pero… hasta ahí llega lo sexi y «encantador» de mi marido, pues él no sonríe, aunque lo estuviesen amenazando con un rifle.
SĂ­, asĂ­ de idiota es.
Milton, por otro lado, su cabello, que es tan rubio que parece que resplandece con el sol, siempre lo mantiene muy bien peinado sacando lo mejor de sus ondas naturales, lo que le da ese aire de empresario sexi y follador innato. Y esos ojos verdes, que son como esmeraldas, guardan misterios. Misterios que prometen volarte la cabeza.
No lo digo yo, lo dicen mis amigas que se ponen extremadamente cachondas cuando ven su foto. Y sí. Es una foto que descargaron de la página de la empresa. No hace falta que lo digas, ellas están conscientes que son unas acosadoras.
Unas acosadoras muy cachondas.
Tanto Víctor como Milton miden un metro ochenta y cinco de altura. No me malinterpretes, Víctor es un bombón asesino, pero, Milton… Vamos, él siempre estará un par de pasos más arriba porque tiene un aura de peligro que lo sigue a todo lado que compagina a la perfección con ese gran carisma que se maneja. Ah, y tiene mucha pasta. Pasta que le falta a Víctor.
En fin, es por ello que jamás comprenderé porqué Silvia está tan obsesionada con mi marido: un tío que no la miró ni aquella vez que casi se ahoga (intencionalmente) en la piscina.
Sí, así de retorcida está esa tía.
Pero como sea, volviendo a mi historia, por ese entonces todavía pensaba (estúpidamente) que todos los matrimonios tenían tropiezos. Y, que esos tropiezos, los hacía más fuertes.
Pero ya no.
Ahora sé que solo fui una jodida ilusa. Una ilusa a la que le gusta el sexo de reconciliación.
—Yo también siento que te hayas visto atrapado en la situación —dije besando su pecho.
—Soy un gilipollas.
Víctor depositó un suave y tembloroso beso en mi cabeza y me pregunté por qué se estremecía tanto mientras me abrazaba. No obstante, decidí que, luego de la noche de mierda que ambos tuvimos, ya habíamos tenido suficiente drama por un día: pese a que su cuerpo temblaba tanto, que parecía que en cualquier momento se iba a derrumbar, este era Víctor, el tío del cual me enamoré a primera vista.
Y con quien iba a tener un hijo en menos de siete meses.
—¿Cómo te sientes?
—¿Normal? —Con mucha suavidad, me alejó de su cuerpo y escudriñó mi rostro. Yo no me quedé de brazos cruzados he hice lo mismo: Víctor tenía bolsas bajo los ojos y se veía un poco demacrado. Supuse que el embarazo era un tema del que nos faltaba mucho conocimiento y eso, quizá, le causaba una gran presión a nivel emoción. Y sí, podía comprender los nervios (yo misma los estaba experimentando) sin embargo, me costaba asimilar por qué mi marido se preocupaba tanto. Vamos, él era un gran investigador. Y, conociéndolo como era, seguro que no tardaría en leer muchos libros relacionados sobre la magia del embarazo y sus cuidados. Es más, no me sorprendería si me confesara que pasó toda la noche leyendo sobre el embarazo y sus cambios.
—Sí. No sabría cómo describírtelo. Solo me siento normal. Es la verdad.
—Entiendo.
Nos miramos a los ojos como tratando de decidir qué hacer después de la pequeña reconciliación. Venga, por muy felices que estuviésemos por la reconciliación, lo cierto es que ambos teníamos responsabilidades: Víctor tenía que ir a dictar sus clases a la universidad y yo tenía que finalizar unos informes para la siguiente junta trimestral que sería en dos días. No obstante, pese a que éramos conscientes de todo ello, fueron más nuestras ganas de tocarnos y besarnos. Sí. Ganó el deseo de volvernos uno. El deseo de seguir adelante con nuestra reconciliación. Porque… ¿qué es una reconciliación sin sexo? Pues eso.
Decidimos no ir a trabajar y, en su lugar, nos marchamos a nuestra casa: querĂ­amos hacer el amor como dos locos.
Ya una vez en nuestra cama y completamente desnudos, VĂ­ctor sedujo a mi cuerpo con descripciones vĂ­vidas de lo que me harĂ­a. Sin pena y sin tapujo rastrillĂł sus dientes en mi sensible piel mientras se impulsaba una y otra vez en mi interior. Mi marido tenĂ­a ganas de comerme viva y yo tenĂ­a ganas de borrar de mi cabeza sus frĂ­as e insensibles palabras. No estaba lista para admitir que una brecha se estaba creando en mi interior. Una brecha incapaz de ignorar.
Apreté las manos en su cuello y le susurré lo mucho que lo amaba mientras mis caderas se agitaban al vaivén de las suyas. Víctor besó y chupó mis pechos y yo acaricié con mis labios aquella porción de piel entre su cuello y su oreja que me volvía loca y que a él también. Luego me puso a gatas y se introdujo con fuerza dentro de mí. Me sentí tan llena y los gemidos se desbordaron de mis labios cuando su polla empezó a martillar incesantemente en mi interior. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que Víctor me folló como un loco. Y esta era una de esas veces. Cada estocada me recordaba al sexo que alguna vez tuvimos. Ese sexo abrumador que disfrutamos mucho antes de casarnos. Mucho antes de que nuestras conversaciones de volvieran simplonas y sin genuino interés.
Mucho antes de volvernos en esas dos personas que no soportan respirar el mismo aire.
Víctor gimió mi nombre varias veces lo que catapultó mi clímax, que segundos después, desembocó como un río desbordado su propio placer.
Ese día hicimos el amor tres veces más; porque así de intensas eran nuestras reconciliaciones.
Ya una vez saciados, y sintiéndonos en la cima de nuestro mundo, nos acurrucamos: hacía tiempo que no experimentábamos ese nivel de compenetración. Luego de unos minutos, donde las emociones podían palparse con los dedos, nos dimos el que sería el beso de «buenas noches» de ese día y nos quedamos dormidos. Recuerdo que, mientras yacía entre los brazos de mi marido, escuchando como su respiración se volvía ligeramente más pesada, pensé que no podía sentirme más feliz. Pero fui ingenua al pensar aquello, porque como dijo Silvia: «lo que mal empieza, mal acaba». Y, nosotros…, tristemente nos convertimos en la prueba de ello.
Habría pasado un mes de aquel mágico día de «reconciliación» cuando lo insospechado sucedió.
Me encontraba en la oficina, escondida en la sala de descanso saciando un impertinente antojo de chocolate, cuando un agudo e intermitente dolor se disparó con violencia desde el centro de mi vientre hacia la columna y las caderas. Nada se pudo hacer: sufrí un inminente aborto involuntario. Allí. En medio de la sala de descanso. Rodeada de mis compañeros que poco pudieron hacer para ayudarme a salvar la pequeña vida que había decidido abandonar mi cuerpo. Que había decidido dejar esta tierra.
Para siempre.
Pero el perder a nuestro hijo no fue lo peor. No. Lo peor vino después. Cuando vislumbre un profundo alivio en el rostro de Víctor cuando le notificaron de lo que, hasta el día de hoy (dos años después), siempre será la más grande e insufrible de las tragedias. Porque sí, fue una tragedia. Como aquel tsunami que azota a una pobre ciudad costera que no está preparada para afrontar el futuro incierto que les depara una vez que el agua, que destruyó sus hogares, regrese al mar. Convirtiéndose así en aquel suceso horrible que siempre quedará grabado en sus memorias.
Una memoria que los atormentará para toda la vida.
De igual manera, así recordaré el intenso alivio que veló el rostro de mi marido cuando le dijeron que en mi vientre ya no crecía vida alguna. Aquel día me tragué las espesas lágrimas que pujaban por salir y miré hacia otro lado: en ocasiones, fingir ignorancia es lo único que te salva de cometer una locura.
Es justo decir que aquello fue el principio de nuestro fin. Un fin que, ochocientos días después, ha tomado el peor de los cursos.
No sé qué se me pasa por la cabeza cuando decido que esa noche es igual de buena a cualquier otra para darle la noticia sobre el embarazo a mi marido. Su última clase termina a las diez. Lo que me da el tiempo suficiente para beberme un chocolate caliente para tranquilizar los nervios y darme algunas palabras de aliento mientras lo espero.
Dios sabe que estoy deseando que esta vez podamos sostener una conversaciĂłn en condiciones.
Pero, sobre todo, que la feliz noticia se bien recibida.
Las calamidades, a veces, se ven como oportunidades
 
Es fácil encontrar su coche. Vamos, no muchos de los que asisten a las clases nocturnas conducen un Audi gris.
Al menos no uno de segunda.
Como no hay plazas libres cerca de su coche no tengo otra opción que estacionarme en la fila de atrás; me siento servida porque, aunque la hilera de coches parece interminable, aún tengo visibilidad de su coche. Ahora solo resta esperar. Algo que se me da muy bien.
En algún punto entre lamentarme por no haber comprado algo para comer y el quejarme por haber olvidado mi Kindle en la oficina, me quedo dormida. Dos horas después (y sintiendo mi culo siendo acuchillado por filosas dagas) me despierto bruscamente por el ruido de algunas alarmas siendo desactivadas sin cuidado. Con la visión un poco borrosa, vislumbro la hora en el salpicadero: son las diez de la noche. Joder. He dormido como un maldito tronco.
Algunos jĂłvenes lucen desanimados mientras hacen su camino hacia sus respectivos coches: no soy la Ăşnica que odia los lunes.
Media hora después y con solo cinco coches en el estacionamiento decido que es mejor si voy a buscar a Víctor. No sería la primera vez que se queda hasta tarde atendiendo algún joven entusiasta que no tenía nada mejor que hacer un lunes por la noche que irrumpir en la oficina de su profesor de investigación y bombardearlo con preguntas idiotas. Aunque, también, podría estar enganchado con alguna investigación y se ha olvidado que tiene esposa esperándolo en aquella casa enorme que nos costó un dineral.
Eso tampoco serĂ­a una primera vez.
Aunque, debo reconocer, que esta sĂ­ es la primera vez que yo, de manera voluntaria, lo vengo a buscar a la universidad. Al menos desde que nos casamos. Es mejor no hablar de las cosas que hacĂ­a cuando era una de sus estudiantes. Esas cosas bochornosas que le podrĂ­an las orejas rojas a mis padres.
Camino rápidamente hacia el interior del laboratorio donde dicta las clases. Me apresuro porque está helando y, desde que estoy embarazada, el frío es mi peor enemigo.
Los tacos de cinco centímetros repiquetean contra la cerámica blanca mientras recorro el camino hacia la vieja oficina de Víctor. Una oficina que tiene tantos recuerdos que me abrazan de golpe. Me sacudo la nostalgia y, disfrutando de una profunda inhalación y exhalación de aire fresco, me detengo frente a la puerta cuya placa gris lleva su nombre. Estoy por golpearla suavemente cuando la duda estruja mis rodillas y la incertidumbre hace una llave a mi estómago: venga, que ya no estoy segura de darle la noticia. Dios, ¿qué hago si lo toma a mal? ¿Podré marcharme como si nada? ¿Podré seguir mirándolo a los ojos sin vomitar toda la decepción que siento?
De todas formas, de nada sirven esas quisquillosas preguntas porque me quedo sin tiempo para replantear mis opciones pues mis manos han toman ya la decisión por mí y abren la puerta. Bueno, al menos y lo intentan, pero la puerta no cede. Es evidente que está cerrada. Siendo la cabezota que soy, toco con fuerza, pero nadie responde. ¿Será que Víctor está en la biblioteca?, me pregunto mientras retrocedo y miro hacia el iluminado pasillo que lleva hasta la biblioteca privada del departamento de investigación. Una biblioteca que también tiene recuerdos. Recuerdos que alimentaron esa estúpida idea de que estaba por vivir el romance más apasionante de la historia.
Suspiro, mientras saco el mĂłvil del bolso: es mejor si dejo de perder el tiempo y lo llamo al mĂłvil.
Me alejo de la puerta, ya con el teléfono puesto en la oreja esperando oír el primer tono. Empiezo a caminar hacia la salida, sin embargo, no llego lejos porque el sonido que me conozco demasiado bien (porque pertenece al móvil de Víctor) me detiene en seco y miro hacia atrás, a la puerta que he tocado como una loca. La melodía sigue y sigue. No hay error. Miro con incredulidad la puerta cuya placa gris con letras doradas me recuerdan las veces que viene aquí a escondidas cuando era estudiante. Una estudiante lo suficientemente estúpida que terminó casada con el sexi profesor de investigación que era la fantasía andante de profesoras y estudiantes.
La pegajosa melodía sigue y sigue; no hay duda, Víctor…o, al menos su teléfono, está allí dentro.
Cuando la melodía se detiene y a mí me sale aquel escueto mensaje de «deja tu mensaje después del tono» corto la llamada e intento una vez más. No obstante, está vez sale… apagado.
Joder.
La desconfianza enmarañada con la resignación me impulsa a tocar la puerta otra vez; bueno, si es que el aporrear descaradamente una puerta podría considerarse como «tocarla». En alguna parte leí sobre esta escena. Mejor dicho, los libros que leo están plagados de estas situaciones. Situaciones que te recuerdan por qué hay que llamar antes de llegar a un lugar. Que hacen hincapié en porque nunca es una buena idea sorprender a tu marido en su trabajo. Y la lista sigue y sigue. Por otra parte, pese a que me he leído infinidad de libros, lo cierto es que no estoy preparada para la escena que se desarrolla frente a mis ojos cuando la puerta se abre de golpe. Una puerta en la que tantas veces me apoyé mientras las caderas de Víctor golpeaban vigorosamente contra las mías y sus labios mordisqueaban mi cuello arrancando de mi garganta gemidos de placer. Pero, tal parece, ahora esos recuerdos también pertenecen a otra persona.
¡Joder! Maldigo el momento en el que pensé que esta noche sería buena para darle la feliz noticia.
Nadie quiere un amor a medias.
 
No he salido de la casa en más de dos meses. Ahora mi vientre luce como un balón de fútbol, mi vejiga se ha vuelto más sensible que el programa de Oprah Winfrey, y, aunque quiera, debo reconocer que tengo muchos problemas para dormir. Sí. Me siento tan miserable.
Y me odio por ello.
Venga. Se supone que debería ser como esas mujeres que están emocionadas porque se convertirán en madres. No obstante, me siento una impostora. No debería disfrutar de este milagro mientras mi cabeza está enfocada en tonterías. Tonterías como en las cincuenta maneras que se me ocurren de cómo castrar a mi aún marido.
—Tienes que confiar en él. —Milton susurra una maldición y el auricular cruje con lo que solo puedo suponer es su camisa—. Dice que no hizo nada.
—¿Y tú le crees? —Ahogo una maldición—. Olvídalo, por supuesto que lo haces. De no ser así, no me estuvieras llamando para que reconsidere darle una oportunidad para que se explique.
—Necesitan hablar de lo que sucedió esa noche. —Ríe pese a que no hay nada gracioso en su proposición—. Tomarse un café. Vamos, conversar del clima. No sé, talvez…  ¿tener sexo? El sexo siempre mejora las cosas.
Omito preguntar de dónde carajo saca esa estúpida teoría de que el «sexo lo mejora todo».
—No necesito hacerlo.
—¿Estás segura de eso? —presiona, con voz amistosa.
Avergonzada miro mi vientre: sinceramente, hacía semanas que ya no sé cómo sostener una conversación con mi marido. No desde aquella noche. No desde que me di cuenta de que mi matrimonio está más allá de lo insalvable.
—Sí. Lo estoy. Porque, contrario a lo que piensas, no necesito escucharlo. No necesito hablar con él del clima mientras nos tomamos un café. Como tampoco tener sexo alocado y sin sentido. —Exhalo—. Lo único que necesito ahora es… concentrarme en darle un nombre decente a mi hijo que combine con mi apellido de soltera. No vaya a ser que por culpa del gilipollas de tu mejor amigo mi hijo termine con un nombre deplorable y lo acosen en el instituto.
—Seguro que le pones uno de mil amores y con el apellido de mi mejor amigo.
Aunque me rio, el sonido se escucha hueco, desgastado, pero, sobre todo, amargo.
—Tengo que ir al baño —miento descaradamente—. Nadie me dijo que la vejiga de las embarazadas se convierte en una bomba de tiempo. Que si lo hubiese sabido me mando a instalar un retrete gigante en la sala. Y uno grande, eh. Porque con lo gigante que está mi trasero no vaya a ser que no quepa dentro y una nalga me quede en el aire. ¿Te imaginas lo vergonzoso que sería llamarte en horas de oficina para que vengas a ayudarme a liberar mi trasero? ¿Te imaginas lo que pensaran los paramédicos mientras me auxilian? Vamos, que nos culparía de que viralicen mi foto en las redes sociales. No es broma, pero ya puedo ver a mi trasero como un meme.
Milton ríe a mis expensas porque sabe que lo de ir al baño es una mentira descarada como también lo de instalarme un retrete gigante en la sala. Pero…, como el buen amigo que es lo deja pasar y se despide no sin antes prometerme que me visitará pronto. Pese a que hemos colgado me quedo sentada en el sillón con vista a la piscina. El sol hace su lenta desaparición, pero no me muevo ni un centímetro: llámalo masoquismo, pero me gusta recordar aquella nefasta noche cuando toda mi vida cambio. Ya sabes, solo para satisfacer mis propias necesidades egoísta. Porque necesito de aquel dolor que se despierta en mi pecho para recordar que estoy viva. Para recordar que todo lo que una vez tuve ya es parte del pasado.
Un pasado que aun estoy reacia a dejarlo ir por completo.
Por suerte el apetito sigue intacto por lo que mi bebé está bien. Y eso es lo único que me interesa. Víctor, por otro lado… Miro hacia el horizonte ya teñido de oscuridad. Las primeras estrellas aparecen en el firmamento y pienso en lo mucho que me gustaría poder conversar con mi marido. Tener la entereza suficiente para escuchar su explicación, o, lo que sea que tenga que decirme… pero no puedo. Esa es la verdad. No puedo porque cuando cierro los ojos recuerdo vívidamente cómo lucía él cuando abrió la puerta. Esa maldita camisa blanca que debía estar abotonada se encontraba completamente abierta dejando al descubierto su fornido pecho. Un pecho que tenía arañazos. Arañazos que evidentemente yo no se los había hecho. Pero no se necesitaba ser Albert Einstein para determinar que aquellas marcas le pertenecían a la sexi rubia tras de él.
Una rubia que luchaba por ponerse la blusa.
Era una escena digna de la peor de las novelas. Porque mientras que los labios de VĂ­ctor (que tenĂ­a meses que no degustaba) estaban hinchados y aquellos orbes azules que tanto amaba lucĂ­an enloquecidos.
Dilatados.
Desesperados.
Sí, dolió reconocer que jamás había visto ese azul brillar tan intensamente como esa noche. Pero no me permití pensar mucho sobre eso y, en su lugar, pensé: «Qué horrible cliché», y me alejé de él.
Sin mirar atrás.
Sin pensar en otra cosa que no sea poner distancia entre los dos. Incluso seguĂ­ de largo cuando empezĂł a perseguirme; ya sabes cĂłmo se ponen los gilipollas cuando son sorprendidos cometiendo una infidelidad.
Las pocas personas, que aún quedaban a esa hora en la universidad (haciendo solo Dios sabrá qué cosa) presenciaron el horrible momento. Tal vez, algunos de esos estudiantes, no podían creer que el sexi profesor, que también era el director del departamento de investigación, le estuviera rogando a su mujer que le diese la oportunidad de explicarse. Poco entendían de la situación, pero a rasgos se notaba que la situación no era nada agradable y ellos trataron en lo posible de no hacer contacto visual conmigo.
Por lo que les estoy agradecida.
Como era de esperarse, a Víctor no le importó que lo estuviesen mirando y siguió rogándome que me detuviera.
Detenerme, ¿para qué?, ¿acaso no había leído lo suficiente como para saber cómo terminaban este tipo de situaciones? Francamente toda la situación fue tan penosa que, mientras evitaba su toque, empecé a reírme de lo ridículo que era todo el asunto.
Subí al coche y cerré los ojos; mi mente era un feroz torbellino de ganas de asesinato y de sentir lástima de mí misma mientras mi marido aporreaba la ventana y exigía que le dé la oportunidad de explicarse.
Y es que siempre existe una explicaciĂłn.
Siempre la hay; hasta yo sé eso.
Sin embargo, el que existiera, no precisamente significaba que el dolor que estaba experimentando en ese momento fuese a mermar. Que las ganas de cruzarle la cara de una bofetada no hormigueaban en mi cuerpo. Me sentĂ­a tan miserable, pero sentirme asĂ­ era lo de menos.
Las manos me temblaban tanto que me dije que serĂ­a sensato si me marchaba en un taxi. Y eso hice: mi prioridad ahora era cuidar y velar por la vida que crecĂ­a dentro de mĂ­.
El resto bien podĂ­a arder en el infierno.
Luego de esa noche no volvĂ­ a ver a VĂ­ctor. No es que Ă©l se hubiera dado por vencido.
No. Hay que reconocer que mi marido puede ser tan terco como una mula.
A la mañana siguiente Víctor vino a la casa, pero yo llamé a la policía. Y, como era de esperarse, se armó el jaleo.
Un jaleo bochornoso y lleno de momentos que prefiero ni recordar.
Solo puedo decirte que en la actualidad tengo una orden de alejamiento con su nombre escrito en letras mayĂşsculas. Pero eso no lo detuvo.
Por supuesto que no, estamos hablando de Víctor después de todo.
En estos meses me ha llamado más veces que en todos nuestros años juntos. Es curioso como la psique de las personas cambia cuando están al borde de perderlo todo. Vamos, y yo que pensaba que le daría igual si le pedía el divorcio mientras veíamos una película.
Una prueba más de que jamás conocí a mi marido.
Estoy por levantarme de la silla cuando el timbre de la casa suena. Frunzo el ceño, extrañada, porque no espero visitas.
Considerando mi mala leche, sinceramente dudo que alguien quiera venir a visitarme por voluntad propia.
Mientras me levanto pienso en la posibilidad de que talvez sea Milton que, siendo como es, decidiĂł adelantar la visita. Venga. No serĂ­a la primera vez que lo hace.
Aunque espero que si sea la Ăşltima.
Lista para darle el sermón de su vida, abro la puerta, pero el hombre que encuentro frente a mí no reconozco. Es alto, hombros anchos y tiene unos vistosos ojos verdes. Es muy mono, aunque por esas greñas que parecen sacada de una película de los años sesenta no lo hace mi tipo.
—¿María?  —dice mi nombre con una familiaridad que me pone nerviosa. No le conozco de nada, eso es un hecho.
—¿Y usted es…?
—Soy Mau, ¿me recuerdas?
—¿Mau?
Sonríe y algo en mi pecho se sacude, ¿por qué su sonrisa se me hace familiar?
—Sí, Mauricio. ¡Tu sexi primo! —se jacta—. ¡Venga, dame un abrazo, tirana!
Lo que no te hace daño, te hace masoquista.
 
María es como aquella novela romántica que te engancha desde la primera página porque no tienes idea de cómo va a acabar todo. De cómo se van a desarrollar las cosas. De cómo tu vida va a jodidamente a cambiar cuando le des vuelta a la siguiente página. Con esto quiero decirte…, que María en sí, es una novela magistral. De esas que, aunque te la has leído mil veces quieres leértela mil veces más porque, aunque ya sabes cómo termina, las emociones que sentiste aquella primera vez siguen tan vivas y palpitando que parece irreal.
Como un puto sueño.
Sé muy bien que el amor no siempre es fácil; lo supe de primera mano gracias a las relaciones de mierda que tuve antes de María. Y, precisamente fue gracias a ella que comprendí que el amor también puede ser majestuoso.
Claro, que eso no le quita las cosas malas que todavĂ­a tiene.
No obstante, si hay una verdad irrefutable esa es… que estoy enamorado de mi mujer. Sí, lo estoy. Aunque ella se empeñe en creer lo contrario. Venga. No es que la culpe, después de todo, las cosas entre los dos se han echado a perder y todo porque tenemos secretos. Secretos que están amenazando con robarnos todo lo que una vez soñamos. Todo por lo que una vez luchamos. ¿Lo peor? es que no sé qué hacer para revertir la situación.
Si es que acaso aĂşn hay algo que pueda a hacer para cambiar la situaciĂłn.
Todos esos crudos pensamientos los tengo mientras me encuentro con Milton en el bar. Reconozco que aquĂ­ es donde Ăşltimamente paso todo mi tiempo libre. Ahogando mis penas con cerveza y vieja mĂşsica de los setenta. No es que me sienta orgulloso de ello (sinceramente no planeo volverme un borracho a corto plazo) pero, desde que mi mujer no quiere verme ni en pintura, estar aquĂ­ es la segunda mejor cosa que puedo hacer. No es que escuchar mĂşsica de los años setenta (que me recuerdan en gran parte a MarĂ­a) fuese parte de mi plan (pues me hacĂ­an sentir aĂşn más como la mierda) tengo que soportarlo. Porque estar en el piso que rentĂ©, completamente a solas con mis pensamientos o, ideando estrategias que quiero hacer pero que, por temor de joderla más, no me atrevo a hacerlas, voy a terminar por volverme loco….

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