RĂ­os de luz de Carmen CastellĂł

RĂ­os de luz de Carmen CastellĂł

A compartir, a compartir! Que me borran los posts!!

***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 7. Atrévete a retarme De Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con la séptima entrega de la famosa saga «Las guerreras Maxwell».

Sin duda te llegará al corazón.Descubre, con esta nueva entrega, cómo los retos acaban dando paso a nuevas oportunidades...

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Desperté en un hospital de Brasil sin recuerdos, sin pasado, ni identidad. No tenía nada, excepto a aquel chico que no conocía. Ni él a mí.

Nunca pensé que estando perdida, encontraría lo más importante en la vida: una familia.

Viaja a Brasil de la mano de una historia de segundas oportunidades, repleta de la magia de Río de Janeiro, el romance más intenso, crecimiento personal, y amistades verdaderas.

Dos rĂ­os que colisionan cuando menos esperaban, arrojando la luz que tanto necesitaban en la vida del otro.

»CarmenCastelló»

RĂ­os de luz

»leer»

Hay una grieta en todo, asĂ­ es como entra la luz.
Leonard Cohen
PRIMERA PARTE
Despertar. Playa. Aventuras.
CAPĂŤTULO 1: El despertar
RĂ­o de Janeiro, Brasil.
Una luz cegadora me deslumbrĂł al abrir los ojos.
Un murmullo de voces me ensordecĂ­a.
Todo era nebuloso, no podĂ­a ver con claridad.
—Ela acordou1.
—Está ciente2?
—Não sei. Pode ouvir-me3?
Los murmullos pasaron de ser débiles sonidos de voz a frases nítidas en un idioma que no conocía. Intenté enfocar mi visión, y pude distinguir lo que parecían figuras humanas moviéndose a mi alrededor.
—Me entende, senhora4?
Pestañeé un par de veces hasta alcanzar a ver con nitidez el rostro de una mujer morena, de pelo rubio y rizado que vestía de blanco impoluto. Moví la cabeza hacia ambos lados, procurando conseguir una visión más amplia de mi entorno y entonces me di cuenta de que estaba tumbada en una camilla, dentro de una habitación de color azul cielo y rodeada de médicos y enfermeros.
—Senhorita, você me escuta5?
—Está bem6? —preguntó la chica de rizos, pero no se dirigía a mí.
—¿Dónde estoy? —Logré pronunciar con voz rasgada. Tenía la boca seca.
—Você pode falar meu idioma7?
—¿Dónde estoy? —repetí. Era lo único que podía decir, me sentía mareada y abrumada con tanta gente al pendiente de mí. Confusa, recorrí la estancia con la esperanza de encontrar algo o alguien que me pudiera explicar lo que estaba sucediendo. Fue entonces cuando la enfermera del pelo rubio y rizado habló en un idioma que sí logré comprender a pesar de su acento marcado.
—Estás en un hospital —dijo, esforzándose por conjugar las palabras mientras me ofrecía un vaso con agua.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
BebĂ­ como si hiciera dĂ­as que mis labios no tocaran el agua y, al coger el vaso, pude ver que tenĂ­a una vĂ­a intravenosa en la mano izquierda.
—Te encontraron inconsciente en una playa.
—¿Cómo? —pregunté, tocándome la cabeza, dolorida. A pesar de que ya entendía el idioma, era como si todo lo que aquella chica me contaba no tuviera sentido alguno. Como si no me estuviera pasando a mí—. No recuerdo nada.
Otra vez los médicos comenzaron a hablar entre ellos mientras yo intentaba aclarar las ideas en mi mente. Intenté recordar qué había ocurrido, por qué estaba allí, dónde era allí exactamente, pero no obtuve ninguna respuesta. Me sentí perdida.
—¿No recuerdas nada? —preguntó la enfermera que hablaba mi idioma.
—No…
De pronto, una serie de imágenes borrosas me vinieron a la cabeza: la cara de un chico de facciones marcadas, labios carnosos y unos ojos de color esmeralda. Podría decir que era un ángel, no estaba segura. La luz distorsionaba el único recuerdo que poseía, creando un halo mágico y borroso alrededor de aquel chico que no lograba identificar.
—Recuerdo a un chico… creo.
—Sí, o gato.
—¿Qué? ¿Un gato? —pregunté muy confundida.
—O gato… El chico guapo. Está aquí todos los días.
—¿Días?
Era como si mi cabeza estuviera a punto de explotar. SentĂ­a un constante latido en la sien que no me dejaba estar presente. No entendĂ­a nada y empezaba a agobiarme. Unos molestos pitidos comenzaron a oĂ­rse cada vez a mayor velocidad a medida que me iba encontrando peor.
—Tranquila —dijo preocupada la enfermera, mirando la máquina que indicaba mis pulsaciones. Entonces me ofreció una pastilla y rellenó el vaso de agua—. Es un calmante. —Dejó caer el pequeño medicamento en la palma de mi mano e hizo un gesto para que lo tomara.
Dudé si hacerlo. Ya estaba lo bastante confundida como para que un calmante me hiciera perder la noción del tiempo, pero la cabeza me dolía horrores, así que no tuve otra opción. Mientras el medicamento hacía efecto, miré a mi alrededor, intentando aplacar los pensamientos de pánico e incertidumbre que me reconcomían la mente. Vi que unas cortinas de color blanco separaban mi espacio del de otros pacientes. Al parecer, había varias camillas más en la misma habitación y el personal sanitario no daba abasto; salían y entraban de la estancia una y otra vez.
Poco a poco, entretenida viendo la escena e intentando descifrar el idioma que todos hablaban sin dificultad excepto yo, me quedé dormida. No tenía fuerzas, estaba agotada y no encontraba respuestas.
Al despertar, mis ojos tardaron en acostumbrarse a la luz intensa de la habitación. Parpadeé varias veces, incómoda, hasta que mis dedos rozaron una piel cálida. Mi mano derecha descansaba junto a la de un chico que dormía en una incómoda silla al lado de mi cama, con la cabeza ladeada.
Observé con curiosidad cómo el sueño de Morfeo acunaba a aquel hombre de facciones marcadas. Era como una escultura de mármol con vida en su interior, como si le hubiesen esculpido a la perfección. Su tacto era suave y cálido. Sus labios, carnosos y de un color rosado. Tenía la nariz recta de estilo griego y un cabello castaño claro con reflejos dorados. Su apariencia física era impactante, pero lo que más me impresionó fue la luz esmeralda de sus ojos cuando los abrió y me miró con la misma perplejidad con la que yo lo miraba a él.
Irguió la espalda y acercó su rostro al mío, dejándome admirar de cerca unos ojos grandes y verdes salpicados por motitas doradas, como pinceladas de luz. Entonces, las imágenes borrosas de mi mente se hicieron más reales que nunca. Era él, no un sueño. No un ángel. Era él, el chico del único recuerdo que albergaba desde que desperté aturdida en el hospital. Un halo de luz enmarcaba su figura como en mi borroso recuerdo, pero, esta vez, era debido a las lámparas del techo. Me fijé en las arrugas casi imperceptibles que adornaban sus ojos, en sus pestañas y en las pequeñas imperfecciones de su piel que a simple vista era imposible percibir.
—Hola…, ¿cómo estás? —preguntó todavía medio dormido, examinándome con la mirada.
Aún confusa y prendada de su imagen, separé los labios con lentitud.
—Bien… ¿Eres médico?
—No, me llamo Bastian. Fui quien te encontró en la playa, ¿cómo te llamas?
Me quedé callada durante varios segundos meditando la respuesta. El hecho de que me encontrara inconsciente por motivos que desconocía, me angustiaba, pero las palabras que salieron de mi boca me asustaron más.
—No… no lo sé.
Ese fue el momento en que me di cuenta de que estaba completamente perdida.
No sabía qué me había ocurrido, ni por qué estaba allí, ni siquiera sabía mi nombre. Mi única certeza era él. Ese chico que no conocía pero que formaba parte del único recuerdo que poseía.
Sus ojos me confirmaron la gravedad de la situaciĂłn, eran muy expresivos y me miraban preocupados.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté, señalando con un gesto vago la habitación. Necesitaba saber algo, lo que fuera.
—Hoy hace cuatro días.
Cuatro días. Cuatro días inconsciente en una habitación de hospital y no recordaba nada de mi vida anterior. Sus cálidas manos rodearon las mías al ver el gesto de terror en mi cara. El contacto provocó que me fijara en aquellos ojos que desprendían calma y seguridad. Sin previo aviso, irrumpió un médico en la habitación que se puso a hablar con Bastian en su idioma. No pude comprender una sola palabra, pero sabía que hablaban sobre mí y me temía lo peor. Por suerte tenía unas manos cálidas a las que aferrarme como un bote salvavidas. Cuando el médico anunció algo dirigiéndose a mí, Bastian hizo de traductor. Iban a hacerme unas pruebas para comprobar mi estado físico y neuronal.
—Te estaré esperando —afirmó Bastian, dedicándome una sonrisa que calentó un poquito mi corazón, ahuyentando por unos segundos todos mis temores.
A pesar de ser unos desconocidos, su sonrisa me calmĂł.
Después de realizarme varias pruebas, no tardaron en llegar los resultados. Mientras el médico hablaba con Bastian, que no se separó de mí en ningún momento, yo observaba sus expresiones a ver si me daban una ligera idea de lo que estaban tratando. No parecía esperanzador.
Las pruebas, a pesar de no ser complejas, me resultaron difíciles. Las físicas no, pero las preguntas sobre mí fueron imposibles de contestar. Temí que eso indicara un problema más grave, ya que no conseguía recordar nada más.
En cuestión de segundos, Bastian pareció pasar de la preocupación al enfado. Discutía con el médico, que señalaba mi camilla como si yo no estuviera ahí tumbada, mirándolos. Se acercó hasta mí haciendo caso omiso de lo que Bastian le decía y me quitó la vía intravenosa del brazo y los electrodos para desconectarme de la monitorización. Antes de salir de la habitación, me dirigió unas cuantas palabras que no comprendí.
—¿Qué ha dicho? —pregunté al chico de los ojos verdes.
—No tienes lesiones graves —explicó, sentándose en la silla junto a mi cama—. Y tampoco lesiones cerebrales. Te van a dar el alta ya.
—¿Ya?
—Sí. Lo sé, deberían atenderte mejor. Su única razón es que no tienen suficientes camas, ni personal, claro. Se basan en esas estúpidas pruebas para decir que estás bien y darte el alta.
ParecĂ­a enfadado, pero no podĂ­a escucharlo. Solo podĂ­a pensar en una cosa.
—¿Por qué no recuerdo mi nombre? —Me incorporé y sentí un ligero mareo.
—Bueno… —titubeó, acercándose más a mi cama, dedicándome una intensa mirada que no sabía si me tranquilizaba o me alteraba más de lo que ya estaba—. Tienes amnesia, por eso no recuerdas nada. Es muy posible que sea debido al fuerte traumatismo en la cabeza —explicó, señalando la cicatriz que había aparecido en mi frente, sobre la ceja izquierda.
Con rapidez, me llevé la mano a donde señalaba.
—Tranquila, no pasa nada, estás bien. —Apretó con cuidado mis manos, queriéndome llenar de valor—. Me ha dicho que es normal no recuperar la memoria después de un accidente hasta pasado un tiempo. Antes de que despertaras ya lo valoraban. Dicen que en personas jóvenes la recuperación de los recuerdos sucede de manera progresiva. Puede ser rápido o tardar algún tiempo… No todos los casos son iguales. Estoy seguro de que volverás a recordar pronto.
Fruncí el ceño, intentando procesar toda esa nueva información, pero la cabeza me empezó a doler cada vez más.
—¿Alguien ha preguntado por mí? —pregunté con un destello de esperanza en la voz.
—No… —contestó, apagado—. No traías documentación. Hemos estado pendientes de si denunciaban la desaparición de una chica como tú, pero nada.
Su tono de voz era pesado, como si aquello le doliera más que a mí. Como si le importara una chica que conocía desde hacía solo cuatro días, pero que ella no se conocía a sí misma. Intenté obviar el hecho de que no tenía nada ni a nadie, pero, entonces, ¿dónde iba a ir?
—Si me dan el alta pero no recuerdo nada… Si no sé ni mi nombre y nadie ha preguntado por mí…, ¿dónde voy a ir?
—Puedes venir conmigo.
Su tono de voz sonó firme y su mirada me transmitió la seguridad que en mi interior escaseaba. Y fue entonces, en esos momentos llenos de confusión, que deslumbré una cosa clara, y era que a su lado estaba a salvo. Aquel chico de ojos verdes me ofrecía todo aquello que más necesitaba. Protección. Un conocido. Un amigo. Un hogar.

1 Ella se despertĂł.
2 ¿Está consciente?
3 No lo sé. ¿Puede escucharme?
4 ¿Me entiende, señora?
5 Señorita, ¿me escucha?
6 ¿Está bien?
7 ÂżUsted puede hablar mi idioma?
CAPĂŤTULO 2: Gracias
Me entregaron la única pertenencia que tenía el día que ingresé en el hospital: un collar con un dije de corona y otro con la letra A. Me vestí con la ropa que llevaba ese día: un biquini rojo, un pantalón corto vaquero y una camiseta blanca básica que me habían prestado. Ya no tenía nada más.
Miré la imagen que reflejaba el espejo de mí y me centré en el collar que adornaba mi cuello. Era plateado y bonito, pero no recordaba su historia. Aun así, sentía que era especial, lo único que me unía a mi vida pasada. La única parte de mí que seguía intacta.
Antes de salir me recogí la melena rubia y larga en una coleta y me calcé unas zapatillas blancas que también me habían prestado. Fuera del servicio me esperaba un chico alto, atlético y de sonrisa ancha, de esas que te alegran el corazón solo de verlas y dan ganas de enmarcarlas. No la enseñaba mucho para mi gusto, pero cuando lo hacía, lo hacía de verdad. Y así me recibió.
Lo observé mientras me acercaba a él, que estaba esperándome en el umbral de la puerta. Iba vestido con un pantalón claro y una camiseta verde de manga corta que hacía juego con sus iris.
—¿Ya estás lista? —preguntó.
—Sí. —Sonreí solo porque me contagiaba su sonrisa.
—Entonces vámonos.
Juntos recorrimos el pasillo del hospital hasta llegar a la recepciĂłn, donde la enfermera de rizos rubios me reconociĂł y me dedicĂł una sonrisa encantadora.
—Me alegra que estés bien —dijo, tensándose cuando mi compañero la miró a los ojos y le dedicó una bonita sonrisa.
—Gracias. —Sonreí con amabilidad. No podía imaginarse lo agradecida que estaba por sus palabras—. ¿Cómo te llamas?
—Marissa.
—Gracias, Marissa. Ya nos vamos.
Ella se sonrojó cuando Bastian se despidió regalándole otra espectacular sonrisa.
—Ha sido muy amable conmigo —comenté mientras nos dirigíamos a la salida.
—Sí, conmigo también lo ha sido.
—Refiriéndose a ti, te llamó gato, ¿por qué? —pregunté, curiosa, provocando su risa mientras me sujetaba la puerta para salir a la calle.
—Gato es una forma coloquial de referirse a… digamos que a los hombres atractivos.
Asentí, sonrojándome sin saber por qué. No era yo la que lo había llamado así, aunque no se podía negar que Bastian era un hombre muy atractivo.
—Pero, la verdad es que mis amigos también me llaman así, es mi apodo. Aunque no por lo que piensas. Me llaman gato porque dicen que tengo los ojos verdes de un gato.
SonreĂ­. Fuera quien fuese el que le puso ese apodo, yo estaba de acuerdo con los dos significados. Los ojos de Bastian recordaban con facilidad a los de un felino.
Salí del hospital y cerré los ojos al notar la brisa acariciando mi cara. Por fin era libre de esas cuatro paredes y respiraba algo de aire fresco. Saboreaba la libertad, disfrutaba del momento, del aire golpeando en mi rostro y del sol calentándome la piel hasta que un sentimiento de soledad me azotó el cuerpo como si se tratara de un huracán de realidad. No tenía recuerdos, no conocía a nadie, estaba sola en un mundo desconocido.
Abrí los ojos de golpe, como cuando te despiertas de una pesadilla y solo ves oscuridad, pero yo vi a Bastian a mi lado. Su sola presencia me calmó un poco, aunque el pánico no se fue del todo.
—¿Estás bien? —preguntó, posando una de sus manos en mi espalda.
Su contacto fue como un bálsamo. Con él al lado no me sentía tan sola. Por extraño que pareciera, era el único desconocido que podía considerar amigo.
—Sí. —Sonreí un poco forzada.
Me ofreció la mano y yo la cogí, encantada. Al instante un calor me invadió el alma ante su contacto, haciéndome sentir muchísimo mejor. Me apretaba la mano con la fuerza suficiente como para darme la seguridad de que no permitiría que me pasara nada malo ni estaría sola.
Eso desprendía él: calor, fuego, protección… Era como mi ángel de la guarda.
Su sonrisa radiante me acogía como si nos conociéramos de toda la vida, me ofrecía seguridad.
—¿Quieres dar un paseo? —preguntó como si leyera mis pensamientos.
—Sí —respondí, mirando las preciosas calles de mi alrededor.
El sol iluminaba el día, proporcionando mucha intensidad a las coloridas calles de Río de Janeiro. Al fondo se podían ver unas majestuosas montañas llenas de vegetación que la luz solar dotaba de mil tonalidades de verdes diferentes, proyectando un maravilloso paisaje ante mis ojos.
Nos alejamos del hospital donde había estado ingresada durante cuatro días, el único lugar del que tenía recuerdos. Cogidos de la mano, recorrimos algunas calles en silencio. Estaba absolutamente impresionada por el paisaje que me rodeaba, la ciudad era preciosa. No sabía si la conocía de antes, pero su belleza me impactaba y me sentía como una niña descubriendo el mundo por primera vez.
La expresión de mi cara cambió al divisar el mar. Habíamos ascendido bastante y desde nuestro lugar se podía ver una playa. Tal vez estábamos cerca de donde Bastian me encontró inconsciente. Él se dio cuenta de mi cambio de expresión y me pidió que nos sentáramos en un banco cercano.
—¿Puedes contármelo otra vez? —pregunté, dirigiendo la mirada al mar.
Ya me había relatado los sucesos de aquel día mientras esperábamos las pruebas en el hospital. Pero necesitaba escucharlo otra vez, porque parecía una historia de ficción en vez de algo que me había ocurrido a mí.
Con tan solo una mirada supo de lo que hablaba y comenzĂł a contarme la historia que hacĂ­a unas horas tratĂł de explicarme.
—Era de madrugada, salí a correr por la orilla de la playa como hago cada día. Me di cuenta de que había algo meciéndose en la orilla y corrí más rápido. Cuando llegué a ese punto, te vi a ti. —Hizo una pausa para visualizar el momento y continuó—. Estabas inconsciente, tirada en la orilla. Parecía… parecía que estabas muerta. —Mis ojos se desviaron a la pequeña franja de arena que se podía distinguir desde donde estábamos, y me aclaré la garganta al igual que él—. Te saqué de la orilla e intenté reanimarte, pero no daba resultado. Me asusté.
Sus últimas dos palabras se clavaron en mi piel. Miré aquellos ojos verdes que resplandecían como dos piedras preciosas, y nos mantuvimos la mirada durante un rato hasta que continuó:
—Pero, al final te despertaste. Habías tragado mucha agua y te costaba mantener los ojos abiertos. Yo te hablaba para que aguantaras despierta y llamé a la ambulancia. —Pensé que era muy probable que esas fueran las imágenes borrosas que recordé al despertar—. Cuando llegó, te habías vuelto a quedar inconsciente. En el hospital me dijeron que tenías un fuerte golpe en la cabeza y que habías estado mucho rato sin oxígeno. Pensaban que no saldrías de esa.
En un impulso me toqué la cicatriz de la frente que confirmaba que todo eso me había ocurrido a mí, por muy increíble que pareciera.
—Pero lo hiciste. Saliste de esa —dijo, agarrándome la mano que segundos antes tenía en mi frente. Lo hizo con tal suavidad que el corazón se me encogió.
—Continúa —pedí sin apartar mi mano de la suya.
—No llevabas identificación, en realidad no llevabas nada, así que pensamos que alguien te estaría buscando. Hablé con la policía por si alguien había puesto una denuncia, pero ninguna coincidía con tu perfil. Esperamos que alguien llamara al hospital, pero no ocurrió. —Aquella parte de la historia me resultaba la más dolorosa. Me hacía sentir muy sola—. El resto ya lo sabes —concluyó.
—No lo sé todo. ¿Por qué te quedaste conmigo? ¿Por qué si no me conoces? No es tu responsabilidad.
—Porque fui yo quien te encontró, necesitaba saber que estarías bien, que te atenderían bien. Y siento que no fuese así del todo, deberías seguir en el hospital y hacerte más pruebas, pero no podía pagar uno privado.
—Pero estoy bien, has hecho más que suficiente por mí y, aun así, te ofreces a seguir ayudándome. Me ofreces tu casa sin ni siquiera conocerme. Soy una completa desconocida, incluso para mí misma. ¿Por qué?
—Porque necesitas ayuda.
AsĂ­ de simple. Tres palabras. Una vida.
Nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos un buen rato. Su bondad me dejó sin palabras mientras su intensa mirada me atrapaba. Los ojos se me llenaron de lágrimas al darme cuenta del tesoro de persona que tenía a mi lado, aunque en ese momento no era del todo consciente de la suerte que había tenido al toparme con alguien como él.
Tan solo pude pronunciar una palabra que contenĂ­a todos los sentimientos dentro de mĂ­.
—Gracias.
Sus brazos fuertes y cálidos me rodearon, ofreciéndome resguardo y protección. A pesar de todo era una chica con suerte.
—No me las des.
Nos quedamos abrazados hasta que mi corazĂłn se tranquilizĂł y pudimos retomar el camino cogidos de la mano, como algo natural.
Era increĂ­ble cĂłmo dos personas que no se conocen puedan entrelazar tan bien.
CAPĂŤTULO 3: Favelas
A medida que nos adentrábamos en las numerosas calles de Río, las aceras se estrechaban y la pobreza se hacía más evidente. Llegamos a un barrio que poco tenía que ver con lo que había visto durante el recorrido, pero que también tenía su encanto.
Las extraordinarias vistas que mostraban el hermoso paisaje de Brasil lleno de vegetación, mar y rocas contrastaban con el barrio en el que irrumpíamos. Donde las casas estaban apiñadas unas encima de las otras, las calles estaban llenas de gente, y cables peligrosamente entrelazados y expuestos a la población. A simple vista, aquel distrito señalaba una profunda y triste pobreza.
En otras circunstancias no se me habría ocurrido pasar por aquellas calles sola, y menos sin conocer nada, pero Bastian me agarraba la mano de una forma tan segura que no dudé en seguir sus pasos.
—Siento no poder llevarte a un lugar mejor —dijo, atenuando el paso al ver cómo observaba el mundo que nos rodeaba.
—Es mejor que estar sola. —Me sinceré apretando un poco su mano.
Antes de continuar me dedicĂł una sonrisa tan radiante como el sol que nos iluminaba.
—Esta es la favela de Vidigal. Los barrios como este son asentamientos irregulares, pobres, como verás. Hay aglomeraciones de viviendas y carencia de servicios básicos, pero es lo que tenemos. La mayoría de las personas relacionan las favelas con miseria, violencia y narcotráfico, y tienen razón, pero no del todo. Hay muchas que son pacíficas donde vive gente trabajadora que lucha por algo mejor. Además, no en todos los lugares del mundo se puede vivir con la puerta abierta, aquí sí porque nos respetamos entre nosotros, aunque otros nos tomen por delincuentes.
AsentĂ­ a su explicaciĂłn, una persona como Ă©l no podrĂ­a vivir en un barrio tan malo.
—Y las vistas son impresionantes —añadí.
—Eso es lo mejor de todo. —Me sonrió, cómplice—. Ah, se me ha olvidado decirte que no vivo solo. De hecho, cuatro amigos viven conmigo, pero ya les he contado todo y no les importa que te quedes. No están mucho tiempo por casa.
Aunque me sorprendió ese dato, no podía quejarme. Él me estaba ayudando en un momento en que no tenía nada más en el mundo y no podía reprocharle nada. Estaba pasando todo tan rápido que dónde quedarme y con quién pasaba a ser lo de menos.
—Son buenas personas, te lo prometo. No te vamos a secuestrar, ¿eh?
Otra vez me contagió su brillante sonrisa y cualquier mal pensamiento que se me podría haber pasado por la cabeza respecto al barrio o al hecho de que iba a vivir con cinco hombres que no conocía se me borró de la mente al instante. No sabía por qué, pero él me inspiraba confianza y bondad.
Poco después llegamos frente a una casa que por su arquitectura parecía igual que todas las demás, pero destacaba por su fachada color turquesa y la puerta amarilla. Había más casas pintadas de vivos colores, pero esa me pareció la más encantadora, y no me sorprendió cuando Bastian abrió la puerta y me invitó a pasar.
Nada más entrar casi que divisé la casa al completo. Era pequeña y desde la entrada me podía hacer una idea general de ella. Me encontraba ante un pequeño salón que a la vez hacía de comedor, donde destacaban el color de la pared turquesa como la fachada y un sofá destartalado color marrón oscuro, que soportaba a dos chicos que jugaban emocionados a la consola.
Al escuchar el ruido de la puerta, levantaron la vista de la pantalla hasta encontrarse con mis ojos. Supuse que eran dos de los compañeros de piso de Bastian, pero no me atreví a presentarme porque me sentía como una invasora, además, tampoco tenía mucho que decir.
—¿No tendríais que estar trabajando? —preguntó Bastian a mi espalda.
—Más tarde, pero sí que iba a comprar —respondió uno de ellos, levantándose. Su piel oscura destacaba más, si cabía, unos ojos rasgados color miel.
Me pregunté si todos los brasileños tenían los ojos bonitos, e intenté comprobarlo mirando al que seguía sentado en el sofá con la consola entre las manos. Sus ojos, fijos en mí, eran grandes y de un color pardo que confirmaban mi teoría.
—Tú debes ser la sirenita, ¿no? —dijo, sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué?
—Paulo, no seas gilipollas —le recriminó Bastian.
—Yo soy Thiago. —El chico moreno de ojos miel, se presentó interrumpiendo la discusión de sus amigos—. ¿Y tú? —preguntó tras darme dos besos.
—Em… Bueno… Yo…
Estaba cortada, me sentĂ­a fuera de lugar y no tenĂ­a ninguna respuesta.
—No recuerda su nombre —explicó Bastian por mí.
—Ah, vale… Bueno, encantado, sire… —interrumpió la última palabra ante la atenta mirada de Bastian—. Bueno, me voy, hasta luego.
Salió de la casa dejándonos a solas a los tres. Notaba la constante mirada del chico del sofá sobre mí, así que no dudé en sostenérsela. Parecía molesto por mi presencia y era como si quisiera desafiarme.
—Él —comenzó a decir Bastian, interrumpiendo el silencio—, es Paulo.
—Sí. Encantado, sirenita. Lo siento, pero aquí no tenemos piscina ni bañera, así que creo que será mejor que vuelvas al mar.
—Paulo…
—No pasa nada —interrumpí a Bastian para que no tratara de defenderme—. De momento creo que puedo arreglármelas con un par de piernas, gracias —le respondí a Paulo sin titubear. Noté la ancha sonrisa de Bastian a mi lado y eso me dio fuerzas para seguir sosteniéndole la mirada a su amigo, aunque este las paseara con anterioridad por mis piernas.
—Genial, sirenita —respondió, serio, recalcando la última palabra. Pero de repente su expresión cambió y mostró una sonrisa sensual y divertida antes de apoyar los pies en una mesita que tenía enfrente y volver a jugar al videojuego sin importarle nuestra presencia.
—Ven, te enseñaré la casa.
Bastian me guio por su pequeño hogar, mostrándome cada estancia.
La mayoría de las paredes estaban desconchadas y solo una, la del salón, era del mismo color que la fachada: turquesa muy intenso. Las demás eran de un verde lima excepto la cocina, que destacaba por el color amarillo predominante en cada mueble y utensilio. Me sorprendió que estuviera tan bien equipada y el hambre me invadió al imaginar las delicias que se podrían preparar en aquel pequeño espacio.
A la izquierda del salón había cuatro puertas: una daba al baño, pequeño y esencial. Y las otras tres a unos dormitorios. No había nada más, la casa era pequeña y carecía de cualquier lujo, pero era mi nuevo hogar y no podía ni quería pedir nada más.
—Eso es todo —dijo Bastian. Parecía algo avergonzado y no quería que se sintiera mal por su modesto hogar cuando su ayuda era todo lo que necesitaba.
—Como verás, sirenita, el mar es mucho más grande —pronunció la voz de Paulo a mis espaldas.
—Puede ser —respondí sin dejar de mirar a Bastian a los ojos. Él me transmitía toda la paz de la que yo carecía—. Pero es mucho más de lo que podría pedir.
Vi la sonrisa formarse en sus ojos. Pero nuestra conexión se vio interrumpida cuando Paulo dejó caer una cazuela al suelo, provocando un estruendoso ruido que nos sobresaltó. No sé en qué momento se movió del sofá, pero no fue nada delicado.
—¿Qué? —Alzó las cejas cuando nos giramos hacia él—. Voy a hacer la comida.
—Procura no destrozarlo todo a tu paso o no podrás hacerla —comentó Bastian mientras su amigo recogía la cazuela del suelo—. ¿Quieres descansar un rato? —preguntó, dirigiéndose a mí.
AsentĂ­. TenĂ­a hambre, pero la cabeza me empezaba a doler gracias al ruido estrepitoso que Paulo habĂ­a provocado. Necesitaba dejar la mente en blanco unos minutos.
Bastian me acompañó a su habitación. Era pequeña, como el resto de la casa, pero tenía una cama reconfortante.
—Puedes descansar aquí, te avisaré para comer.
—Gracias —respondí, sentada sobre su cama, y le dediqué la mejor sonrisa que pude.
Antes de que saliera de la habitaciĂłn, retuve en mi retina aquellos ojos verdes esmeralda que me daban tanta paz y tranquilidad.
Me eché en la cama con un largo suspiro entre mis labios. Por fin tenía unos minutos para pensar y reflexionar. Quería recordar, por lo menos saber cuál era mi nombre, pero no lo conseguía y eso me frustraba. Tanto mi futuro como mi pasado eran inciertos y aquello me hacía sentir que tenía un nudo en la boca del estómago que me apretaba y me ahogaba. Un nudo que Bastian lograba desatar poco a poco con su presencia tranquilizadora.
Era curioso sentir la conexión entre dos extraños, esa intensidad de atracción que solo pueden despertar dos almas que acaban de coincidir en el lugar y espacio indicados.
Tenía la extraña certeza de que Bastian, aun sin conocerlo, se convertiría en una de las personas más importantes de mi vida y esa sensación me abrumaba incluso más que la de no tener ningún recuerdo.
CAPĂŤTULO 4: Ariel
El olor a comida me despertĂł incluso antes de que Bastian pudiera hacerlo como habĂ­a prometido. Me sonaron las tripas ante tan exquisita imagen y olor: encima de la mesa habĂ­a un gran plato humeante de carne con patatas que estaba deseando devorar.
—Parece que alguien tiene hambre —canturreó Paulo al oír el rugido de mis tripas.
—Bastante —admití.
—Entonces, vamos a comer. —Bastian posó su mano en la parte baja de mi espalda. Ese simple contacto provocó en mí una pequeña corriente eléctrica que intenté disimular.
—¿Y tus compañeros no vienen?
—Solo están Thiago y Paulo, los demás no vendrán hasta más tarde.
Me ofreció un asiento que no dudé en tomar y empezamos a comer. Como imaginé, el menú estaba tan delicioso que no dejé ni una gota en el plato.
—Estaba muy bueno. Cocinas muy bien, Paulo —comenté.
—¿Paulo? —Rio Thiago—. Paulo es el peor cocinero que ha existido nunca, no puede haber hecho esto.
—Pensé que habías cocinado tú, como te vi antes en la cocina.
—Bueno, Thiago tiene algo de razón. Sí cociné, pero el plato que hice está en la basura. Esto lo ha cocinado el chef de la casa. —Sus ojos señalaban a Bastian—. Por supuesto.
El tono en que pronunciĂł chef me hizo mirar a Bastian con curiosidad.
—¿Eres cocinero? —pregunté.
—Sí. Trabajo de cocinero en un bar restaurante.
—Pero merece trabajar en un restaurante con estrellas Michelín.
—Gracias, Thiago —respondió Bastian en tono humilde, como si aquel halago fuera demasiado—. Pero estoy bien donde estoy.
El silencio que se creó a nuestro alrededor por motivos que desconocía me puso nerviosa y, sin ser consciente, jugué con mi collar entre los dedos, pero la risa de Paulo me desconcertó.
—¿De qué te ríes? —pregunté, me empezaba a molestar. No por el hecho de que se riera, sino porque lo hiciera mientras me miraba.
—Perdona, no te enfades, sirenita. Acabo de fijarme que en tu collar hay una A. ¿Es que eres Ariel en carne y hueso? —Se acercó a mí, abriendo mucho los ojos y sujetó entre sus dedos los dos dijes de mi collar—. ¿La princesa del mar? —preguntó riéndose más al ver la corona.
—Puede, dímelo tú que al parecer sabes mucho de dibujos animados de princesas.
Los chicos se rieron por mi comentario, al contrario que Ă©l, que se detuvo de un momento a otro.
—Cultura general, princesita Ariel. ¿De las películas sí te acuerdas?
—Si me las recuerdas todo el rato, sí.
—Ah, qué curioso.
—Bueno, Paulo, déjala en paz —interrumpió Bastian, empezando a recoger los platos.
Al momento me levanté y ayudé con lo demás.
—Está bien, no me meteré más con la sirenita Ariel.
Puse una mano sobre la de Bastian antes de que dijera nada.
—No me importa que me llame así, al menos es un nombre.
Su mirada se paseó de nuestras manos, que estaban unidas, a mis ojos, haciéndome sentir que no solo yo sentía algo especial cuando nos rozábamos. Era una conexión mutua.
—Está bien.
La forma en que sus labios se movieron pronunciando aquellas dos palabras me resultĂł tan sensual como desconcertante.
—Me tengo que ir a trabajar —anunció Thiago, metiendo el brazo entre nosotros dos para coger una manzana—. A esta hora es cuando más turistas hay en la playa. ¡Adiós! —gritó antes de salir por la puerta con prisas.
—¿En qué trabaja? —Bastian y yo salimos de casa. Tenían un pequeño espacio con un par de sillas donde nos sentamos a admirar las maravillosas vistas.
—Es músico. Toca en la calle y los turistas le suelen pagar bien.
En el poco tiempo que había estado con ellos, había notado grandes diferencias de personalidad. Thiago era un chico alegre y extrovertido, todo lo contrario a Paulo. Él era más bien serio y callado, aunque tenía cambios de humor que me desconcertaban. Durante la comida fue Thiago quien llevó la conversación y me hizo sentir como una más.
—¿Has recordado algo? —preguntó Bastian con la vista fija en el horizonte. La luz del atardecer aclaraba sus ojos, haciéndolos ver más verdes de lo normal.
—No. Pero no creo que sea de aquí, no me suena nada de todo esto. Las favelas, ni el idioma, ni… nada.
—Tal vez estabas aquí de vacaciones, en un hotel. Pareces americana.
—No lo sé. —Estaba desanimada por no encontrar ninguna respuesta. Por mucho que me esforzara, las únicas imágenes que podía recordar eran las de Bastian tratando de mantenerme despierta cuando me encontró en la playa. Ahora las tenía algo más nítidas después de que me contara cómo sucedió todo.
—Mañana podemos ir a la comisaría cuando salga de trabajar. Tal vez alguien haya denunciado tu desaparición —dijo, colocando una mano en el reposabrazos de mi silla sin tocarme.
Miré aquellos ojos que me resultaban tan familiares a pesar de no conocerlos y asentí. Su intención era darme esperanzas, pero si no habían denunciado ya mi desaparición, empezaba a dudar de que algún día lo hicieran. Tal vez no tenía a nadie y estaba sola en el mundo.
Sin ganas de hablar, le cogí la mano, sintiendo su piel caliente en contacto con la mía, y volví a admirar el espectacular paisaje que nos rodeaba. Respiré hondo y llené mis pulmones de aire, viviendo el momento presente. Estaba perdida, pero no había lugar mejor para encontrarse que el que Bastian me proporcionaba junto a él. Aquel chico que me ayudó sin conocerme por el simple hecho de que lo necesitaba. A su lado me sentía bien. Sabía que me estaba observando, pero no me atreví a enfrentarme de nuevo a aquellos ojos de gato.
El ruido de una moto me sacó de mis pensamientos. Giré la cara y noté que la distancia que nos separaba a Bastian y a mí había disminuido desde que empezamos a conversar.
A sus espaldas vi a dos chicos bajarse de la moto en la que acababan de llegar.
—Gato. —Lo saludaron con un choque de manos que detuvieron al darse cuenta de mi presencia.
—Tú debes de ser la chica de la playa —dijo el hombre más alto. Iba vestido con un traje claro y aquella elegancia lo hacía parecer el más mayor.
—Sí. —Me levanté para presentarme—. Me podéis llamar Ariel.
Intercambié una mirada con Bastian y por su sonrisa ladeada supe que le había hecho gracia, pero no más que al chico rubio que acompañaba al que me acababa de presentar.
—Qué gracioso. Yo soy Cristopher Gardner. Pero me puedes llamar Cris —se presentó dándome dos besos—. Por cierto, ¿me cederías los derechos para escribir un guion de tu historia?
—Venga, vete para dentro ya. —Lo empujó su compañero hacia la casa—. Perdona a mi amigo, es un poco friki y se cree director de cine. Yo soy João, encantado. —Estrechó mi mano.
SonreĂ­ algo confusa pero divertida por aquellos dos chicos tan diferentes.
—Encantada.
Al fin conocĂ­ a los cinco chicos con los que iba a convivir. Y me caĂ­an bien todos, incluso Paulo, que era el que menos contento estaba por mi presencia. Intentaba molestarme siempre que tenĂ­a oportunidad.
—Sereia, ¿has ido a bañarte? —preguntó Paulo al vernos entrar.
—No seas idiota —le recriminó João, dándole un codazo en las costillas que pareció doloroso.
—Hermanito, yo también me alegro de verte —respondió con una mueca.
—¿Has hecho algo hoy? —preguntó João con indiferencia
—Pasarme dos mundos del Mario Bros.
Antes de que pudiera defenderse, JoĂŁo le dio una colleja a Paulo que este le devolviĂł, y se enzarzaron en una pelea que solo Bastian pudo detener.
—Ya está bien. Parecéis niños de cinco años.
Ninguno de los dos dijo nada más, pero pude ver cómo Paulo dejaba unos billetes en la americana que João había colgado en una silla antes de marcharse a su habitación.
—Perdónalos, son como el perro y el gato —dijo Cristopher a mi lado—. ¿Qué te parece lo del guion? ¿De verdad no recuerdas nada?
Lo miré con una sonrisa en los labios. Aquel chico delgado y de piel blanca casi como la leche, rubio y de ojos azules tenía un brillo especial en la mirada. Uno que solo los verdaderos soñadores tienen.
—No, no recuerdo nada. Me lo pensaré.
Cenamos todos juntos, entre risas y alguna que otra discusión tonta. A veces cambiaban de idioma sin darse cuenta y yo los escuchaba con atención por si entendía algo, aunque no lo lograba. Cuando se daban cuenta del cambio de idioma, se disculpaban conmigo. No me importaba en absoluto, me gustaba oírlos hablar como una familia. Todos se portaron bien conmigo, excepto Paulo, que no le gustaba tanto la idea de tener a una desconocida en su casa. Aun así, me sentía una más entre ellos y estaba más que agradecida a Bastian por la oportunidad que me había brindado.
—Buenas noches.
—Boa noite —se despidió Thiago, dejándonos solos a Bastian, Cris y a mí en el salón.
No sé de dónde, Cris sacó un colchón que plantó en mitad de la estancia tras retirar la mesa a un lado, y supuse que era para mí.
—Ven, te dejaré algo mío para dormir.
Bastian me ofreció la mano y nos dirigimos a su habitación, apenas iluminada por el reflejo de la luna. Sacó del pequeño armario de madera blanca una camiseta oscura y un pantalón, pero al mirarme dejó la última prenda en el armario.
—Esto te servirá de vestido. No creo que te valga ningún pantalón, pero puedes probar.
—Está bien así, gracias.
Sin decirle nada, salió de la habitación para darme intimidad. Cuando me cambié, abrí la puerta.
—¿Dónde vas? —preguntó.
—Al colchón ese.
Me mirĂł sorprendido, como si fuera una tonterĂ­a lo que acababa de decir.
—No, tú duermes aquí. Cris, en el colchón y yo, en el sofá.
—¿Qué? No. Es tu habitación, yo dormiré en el sofá.
—De ninguna manera —negó, cortándome el paso para que no saliera de la habitación—. Déjame ser buen anfitrión. Además, así le hago compañía a Cris, aunque me va a torturar con sus extraordinarias ideas para películas.
—Te he oído. —Se escuchó la voz de Cris a lo lejos.
Ambos reímos. Su risa resultó melodía para mis oídos. Estábamos tan cerca que notaba su respiración caliente chocar contra mi piel. Levanté la cabeza para mirarlo a los ojos, pero me quedé sin palabras por un momento.
—Está bien —pronuncié al fin—. Gracias.
—No es nada.

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