THEROS de LMR

THEROS de LMR

A compartir, a compartir! Que me borran los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura.Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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quijotesca – falsedad

vívica profesa las órdenes de su luengo y corre de peripecia york a alaska para consumar un programa sobre el glaciar margerie colocado en la soberana refugio de los glaciares. en conjetura no poseería sobra de qué angustiarse, pero todo recambia cuando domina el mencione de uno de los colaboradores. «en alguna parte, hay algún rasgueando la diario de mi vida y se lo está atravesando excesivo a mi precio, es evidente». el innumerable posada en el que se hospedará le figurará reducido en el intervalo en que se dé total de que… theros makeland también se acuartela más lejos.

«soy una accidentada valor extremo», libré en el familia en todo lo que mató la cenáculo y intervine ausentarme.
«¿eres sobrado encantadora y el descubro del ordenador te distrae?», se escarneció dásya impetuosa y acucioso en publicar en el chat.
sley y bloom le acosaron el pugno, pero yo no disfrutaba mofar ahora.
«me han establecido un nuevo proyecto», lancé. me impulsé a hacer una ahogo penetrante. «y voy a educar con theros».


Prólogo
Viernes 13 de junio, 23:57 de la noche. Universidad de Columbia, Nueva York. Vívica, 22 años.
—¿Se puede saber dónde estabais? —Uní las cejas acercándome a las tres que brillaban desde la distancia.
Al menos, a mis ojos.
—Estabas hablando con Zehx y nos ha parecido que sobrábamos —dijo Bloom con una amplia sonrisa y un movimiento de cejas insinuante.
—Yo he ido a buscar a Timothée, pero también he tenido esa impresión —admitió Sley con una fuerza tirando de una de las comisuras de sus labios.
—¿Y dónde está Timothée? —preguntó Dásya a Sley.
—Se ha encontrado a unos colegas y me lo han robado de forma cruel y rastrera —dijo estrechando la mirada—, si no me lo han devuelto en quince minutos en perfecto estado… los encontraré.
Dásya y yo soltamos una carcajada.
—Que se anden con ojo —dijo Bloom.
—Ya lo creo —dijo Sley alzando la barbilla.
—Bueno, si quiero que os vayáis ya os haré una señal —concluí uniendo las cejas otra vez—. Pero si no la hago…
No terminé la frase porque Dásya me rodeó la cintura con uno de sus brazos y me movió de un lado a otro como si quisiera deshacerse de mi sentimiento de abandono a sacudidas.
—Perdona, ¿esta distancia te viene bien? —preguntó divertida.
Solté una carcajada.
—Sí, ¡para! —Me reí más cuando estuvimos cerca de caernos al tropezar con las escaleras más cercanas.
—¡¿Theros?! —exclamó Bloom de repente.
Sley a su lado, dio un bote del susto. Bloom alzó la mano y se puso de puntillas sobre sus tacones rojos. Dásya y yo nos giramos por curiosidad. Nop. Imposible. Aquí no hay quien vea a más de un palmo de distancia. Había demasiada gente a nuestro alrededor. El campus es gigante, sí, pero todo el mundo sabe que a las fiestas universitarias no va solo gente de la propia universidad, sino también de otras.
—Me has dejado sorda —gritó Sley.
—¿A quién llamas? —pregunté uniendo las cejas.
—¡Theros! —repitió Bloom de nuevo moviendo la mano con efusividad.
—¿Eso es un nombre? —preguntó Dásya con sincera curiosidad.
Sley soltó una carcajada sonora y pegadiza. Bloom se puso en medio de nosotras y acabó del lado de Dásya hablando con alguien a quien ni siquiera veía.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó confundida y alegre al mismo tiempo.
—He venido para comprobar si mi universidad supera a la tuya en todo, incluidas las fiestas. —Una voz grave y desconocida llegó hasta mí, aumentando mi curiosidad.
—Sigue soñando, Makeland —dijo Bloom al tiempo que veía como pegaba a alguien.
Supongo que al Makeland ese. Dásya me miró uniendo las cejas, pero había diversión en sus ojos. Uy. Me moví para verle, pero no lo conseguí. A quien sí vi fue a dos de los chicos que estaban parados también, supuse que iban con él. Lo que dijo Bloom dejó de ser audible en el momento en que la música empezó a tronar con canciones tecno. Bloom apareció en mi campo de visión y con una amplia sonrisa me cogió del brazo y tiró casi como si quisiera arrancármelo
—Ella también estudia geología —dijo Bloom a voz en grito, así de repente—. Se llama Vívica.
De inmediato entendí las caras de Sley y Dásya. Gu-au. Rostro anguloso, unos labios que alguien había tenido que diseñar con amor y cautela y un porte de lo más elegante. Me di cuenta de que él también se había quedado en silencio cuando dejó de estarlo.
—Hola, soy Theros, encantado. —Me ofreció la mano y reaccioné.
—Lo mismo digo. —La estreché.
Un buen agarre, sí. De los que Dásya aprobaría.
—¿De qué universidad sois? —pregunté intentando mirarlos a los tres para ser educada.
Pero me está costando despegar los ojos de ti. ¿De qué color es ese iris? Parece fuego dorado. Imposible, serán las luces.
—De la mejor —dijo Theros—, Stanford.
Resoplé y empujé mis verdaderas emociones: total admiración y ganas de saber.
—¿La mejor? —repetí en tono burlón cuadrando los hombros. Miré a mis tres chicas y luego a él de vuelta—. Esa la estáis pisando ahora.
—En tus sueños —dijo uno de los chicos a su espalda con una sonrisa de suficiencia.
—Sentimos aguaros la fiesta —intervino Sley poniendo un brazo sobre mi hombro—, pero nosotros llegamos en 1754. ¿Vosotros en cambio? Finales de siglo XIX. —Negó con la cabeza a modo de alucinación—. Llegasteis incluso después que Princeton.
—Y aun así hemos tenido tiempo de sobra de pasaros por delante en todos los rankings —Theros ladeó la cabeza.
Intenté no sonreír. Eso es verdad. Stanford se encontraba en el top cinco del ranking de la Ivy League y Columbia en el top veinte. Pero íbamos a defenderla como si se tratara de nuestra familia.
—Nueva York vs California no es comparable —dijo Dásya.
—Ni de lejos —dijo Bloom.
—Tienes razón, no lo es —dijo el otro de los chicos a la espalda de Theros—. Arnold Schwarzenegger no ha sido gobernador de vuestro estado. Del nuestro en cambio…
—Ahí tienes razón —dijo Sley.
La miré con ojos de traición.
—Bueno —empezó la futura bioquímica—, es que es Terminator.
Nos reímos. Timothée llegó poco después y nos apartamos un poco de la multitud para seguir hablando. Por los caminos que tomamos para esquivar a la gente, Theros acabó a mi lado.
—¿También estás en el último año? —preguntó.
—Sí, por suerte —respondí.
Hubiera preguntado «¿y tú?», pero había dicho «también», así que me quedé callada un par de segundos. Palabras, Vívica, úsalas.
—Después de lo mucho que la habéis defendido, uno pensaría que querríais quedaros aquí para siempre.
Hice uso de todos mis esfuerzos para no sonreír.
—En parte —admití—, pero tengo muchas ganas de ver de primera mano todo lo que he estudiado durante estos años.
—Me pasa lo mismo con el máster.
—¿Máster? —pregunté.
—Soy dos mayor que tú.
—¿En serio? —Claro, el «también» era por Bloom, no por él.
Sonrió un poco y no fue desagradable a la vista. Ahora tengo muchas más preguntas. Ahora creo que debería largarme. Qué alto es.
—Así que te entiendo muy bien —dijo al asentir—. Yo tampoco puedo esperar a estar cara a cara con un Indlandsis.
Se lee clara pasión en sus ojos. Peligro.
—¿De qué conoces a Bloom? —pregunté en vez de irme.
—También me crie en el Bronx.
—¿Di-disculpa? —Detuve mis pasos.
Él se dio la vuelta sin dejar de mirarme a la cara, como si pretendiera andar de espaldas. Cuando empezó a alejarse, tuve que echar a andar.
—Nuestras madres se conocían porque mi madre trabajaba en el mercado —explicó tirando por tierra toda la imagen que me había creado de chico rico que va a Stanford—. Bloom vino a mi casa algunas veces a traernos verduras de parte de su madre y yo fui otras a la suya a llevarles fruta.
—¿Sabes que esto es lo último que me hubiera imaginado al verte? —admití.
—¿Por qué?
—Venga ya, ¿Stanford?
—¿Qué? Vosotras venís del mismo sitio y estáis en Columbia.
—Vaya, vaya. ¿Acabas de reconocer que Columbia es una pasada?
—Claro que lo es, Vívica.
Me obligué a mostrarme indiferente ante el cosquilleo que sentí al oír mi nombre en sus labios. Porque yo no me pongo roja por nadie, que sino…
—Pero no tanto como Stanford —añadió haciendo una mueca antes de dejarme atrás para salir de entre la multitud y llegar a lo alto de unas escaleras.
No lo vio, pero sonreí de verdad. Le seguí hasta arriba donde podríamos hablar más tranquilos. No tenía ni idea de dónde estaban los demás ni en qué momento les habíamos perdido. Pero a diferencia de antes, ahora no me importa tanto.
—Entonces eres geóloga —dijo como para sí mismo.
—Así es.
—¿Qué rama?
—Geología ambiental —respondí—. ¿Y tú?
—Glaciología.
Mi boca se abrió en un «ah», silencioso. Se quedaría sin poder estudiar volcanes, pero se volvería un verdadero experto en glaciares. Ser un experto en cualquier cosa me parecía más que una idea atrayente. Pero yo podría estudiar ambos y no me veía capaz de renunciar a ninguno.
—No es una mala elección. De hecho, diría que es la segunda mejor opción —dije en tono burlón.
Se rio. Qué. Agradable. Es. Ese. Sonido. Desde las escaleras más apartadas en las que acabamos, se veía a la multitud bailando y se oía la música, pero se podía hablar a un tono por debajo del de «gritar a pleno pulmón». Bebí de la pequeña botella de agua que Sley me había obligado a coger hacía un rato y me bebí al menos un tercio. Una casi-bioquímica sabia, eso es lo que es.
—¿Puedo? —preguntó cuando la dejé en el suelo.
Me sorprendió, pero fingí como que no.
—No lo sé, ¿tienes algo contagioso?
Sonrió y casi tuve que apartar la mirada. Por encima de mi orgullo inerte y putrefacto me vas a contagiar esa sonrisa que tienes. Soy dura y tú probablemente un idiota con una buena máscara. No voy a caer en ninguna trampa.
—Sí, si te hablo de mi obsesión por erupción del tipo pliniana no podrás volver a estudiar otra cosa.
Toma ya.
—¿Qué acabas de decir?
—¿Qué pasa? —Encogió un hombro—. Que nos especialicemos en glaciares no quiere decir que sea sobre lo único que sepamos.
Una caja de sorpresas dentro de otra caja de sorpresas. Le hice un gesto con la cabeza para que bebiera. Lo hizo y aunque no la acercó mucho a sus labios, sí los rozaron un poco. Luego la dejó donde estaba.
—¿Vívica es tu único nombre?
—No solo el de los viernes. Los jueves me llaman Eustaquia y no quieras saber lo que me llaman los lunes.
Esta vez pareció contener una sonrisa. Algo distinto brilló en sus ojos. Una especie de irritación divertida.
—Me refería a si tienes algún apodo.
—No, cualquier diminutivo de mi nombre parecería una enfermedad o un virus informático.
—¿Un virus informático?
—Vívic suena a algo que ha infestado tu disco duro. Y parece tan malo como tener Vív —aseguré alzando las cejas—. ¿Tú tienes?
—No. Aunque mucha gente me llama por mi apellido. —Su voz sonaba de lo más masculina y atractiva.
No voy a fijarme en nada más.
—¿Por qué no les gusta tu nombre? —Es extraño lo cómoda que me siento tomándole el pelo.
Estrechó la mirada y sacudió la cabeza. Esta vez la que me reí fui yo. Él me miró como Bloom miraría un comenta surcando el cielo.
—Así que puedes reírte. —Alzó las cejas y abrió la boca en un «oh» mudo.
Incluso esa mueca le quedaba bien.
—¿Qué dices? —dije aun sonriendo—. Me rio muy a menudo.
—Asombroso —siguió ignorando lo que aseguraba. De repente dijo—. Me caes bien, Vívica.
Y lo dice así sin más. Como si diera igual.
—Tú a mí también, Theros. Eres una especie en extinción. —Porque si de verdad no eres idiota, y eres así de simpático…
—¿Disculpa?
—Hay algo que comparten nueve de cada diez geólogos que conozco.
—¿Y eso es?
—Una pasión excesiva y preocupante por las piedras. No, de verdad —dije seria cuando se lo tomó a broma—, te sorprendería la de gente que me encuentro por los alrededores del campus mirando al suelo. ¿Glaciares? Lo pillo. ¿Volcanes? Alucinantes, lo entiendo. ¿Pero piedras? Pfff, por favor, dejad de abochornaos.
Hubo un silencio. No fue uno incómodo, más bien agradable. ¿Existe eso? Ver para creer. No supe descifrar la expresión de su rostro. Y es raro porque se me da tan bien calar a la gente que muchos aseguran que es un desperdicio que me dedique a la geología y no a la investigación policial. Pero lo que sí sabía era que no me hacía sentir mal.
—¿Y cuál es tu plan al acabar el máster? —pregunté porque por algún motivo tenía curiosidad.
—Irme a vivir a Canadá.
Sería ridículo pensar que eso me entristeció de alguna manera. Y, aun así, eso fue exactamente lo que sucedió.
—¿Para siempre? —pregunté disimulando como una experta mis verdaderas emociones.
Él asintió doblando una de sus rodillas, echándose hacia atrás en una postura relajada.
—Sé que Islandia es la tierra de los glaciares, pero Canadá no se queda atrás —dijo con cierto brillo en los ojos.
Es verdad. El glaciar Athabasca es más que una buena razón de peso. Pero por algún motivo Canadá había perdido todo mi amor acumulado durante mis años de universidad. Así, de repente.
—Ya, pero también hace frío como para congelarte las pestañas —intenté.
—No me preocupa.
—¿Y qué hay de los alces? —pregunté.
—¿Qué hay de ellos?
Sí, Vívica, ¿qué pasa con ellos?
—Dicen que son peligrosos.
—Entonces tendré que estudiar glaciares con otros animales —respondió Theros.
Si haces un comentario ridículo te mereces que se rían de ti. Ok.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó.
—Me gustaría viajar, pero mi hogar siempre estará aquí.
—¿En Columbia?
Me tomé la libertad de darle un golpe en el brazo.
—Lo entiendo —dijo después de soltar una melodiosa y masculina carcajada que se me antojo demasiado corta.
Qué agradable es.
—¿Y no te resultará difícil dejar aquí a tu familia?
—Sí —admitió—, mucho. Pero aun así siento que debo hacerlo. Que quiero hacerlo.
Este rebosa determinación. Un arma tan poderosa y atractiva como la confianza en uno mismo.
—Bueno, así podré decir que conozco a alguien en Canadá.
—¿Hablas de algún alce?
Me vi tentada a pegarle de nuevo, pero no lo hice. Has cruzado mis límites Makeland. Esta vez hice algo distinto. Le miré. Pero no de cualquier forma, sino de esa que siempre conseguía que el chico con el que hablaba se acercara a besarme. Con él no funcionó.
—¿Tengo algo en la cara? —preguntó con un tono masculino aún más grave que el que había estado utilizando el resto de la conversación.
Asentí y mis ojos siguieron sobre los suyos. Tentados a bajar hasta sus labios. Pero no podía perderme detalle de su reacción, así que no lo hice. Me incliné hacia él. Esto es lo que tiene que fallar. No habrá química. La que siento se evaporará cuando reduzca la distancia a cero. Estoy segura. Theros se quedó muy quieto al principio, pero en seguida su cabeza se ladeó acercando sus labios a los míos. Entonces sí los miré. Sentí la garganta seca en el preciso instante en que ninguno de los dos se movió. La tensión electrificó el ambiente y mi cuerpo. Me mordí el labio deseando que lo hiciera él y… funcionó. No me hicieron falta más que un par de segundos para saber dos cosas. La primera, besaba muy bien. La segunda, la química no solo no desapareció sino que se multiplicó por un millón generándome calambrazos por todo el cuerpo. Es decir, tengo serios problemas. Una de sus manos llegó hasta mi mejilla para atraerme hacia él. No opuse resistencia. De hecho, me incliné un poco hacia su cuerpo de tal forma que ambos se tocaran. Sus labios se movieron contra los míos de un modo delicioso. ¿Cómo huele tan bien? Es una mezcla que no soy capaz de identificar, pero que no me importaría pasarme el rato intentándolo. No me pasó por alto el detalle de que parecía no atreverse a tocarme en exceso. Me gustó y me pareció tierno, porque estaba claro que lo hacía por respeto. No estoy acostumbrada a esto. Para nada. Hubiera sonreído si no fuera porque profundizamos el beso y perdí la capacidad de hacer algo que no fuera devolverle lo que me daba. Soltar las riendas del caballo de mis emociones. Su mano seguía cálida en mi mejilla y me transmitía una especie de… sentimiento protector. Todo lo que hacía me gustaba.
Lo malo era, que sabía que no volvería a repetirse.
CAPÍTULO 1
Bajé las escaleras de la entrada y crucé las puertas giratorias de cristal de la entrada de NY Geo-Investigation. Lunes por la mañana. Durante la mayor parte de mi vida no me gustaban, pero eso acabó en el momento en que empecé a trabajar. En la actualidad, mi parte favorita de la semana ocurría de lunes a viernes. ¿Qué dice eso de mí? Bueno, mejor ni pensarlo. Saqué mi identificación y la pasé por el escáner para que los tornos giraran y me dejaran pasar. Como era temprano, solo había una chica esperando a que uno de los cinco ascensores abriera sus puertas.
—Buenos días —dijo con una tímida sonrisa.
—Buenos días —sonreí también.
Debía tener unos cuatro años menos que yo o así, y por lo nerviosa que estaba… solo podía significar una cosa. Cuando las puertas del último ascensor se abrieron, ambas caminamos hasta él. Estaba vacío.
—¿Primer día? —No pude evitar preguntar.
Ella pulsó el tres y yo el trece.
—Sí —asintió unas cinco veces.
Está echa un flan. Qué ternura.
—¿Quién es tu jefe?
—Ethan Henoren —dijo al tiempo que las puertas del ascensor se cerraban.
Esta vez fui yo la que asentí. Becaria. En la carcasa de su móvil reconocí el glaciar Lambert, de la Antártida. Y juraría que la figura que hacían sus diminutos pendientes plateados era la silueta de un volcán. Contuve una sonrisa y pensé durante un instante. Pulsé el botón de la segunda planta antes de que fuera tarde.
—¿Qué haces? —Dudó.
—RRHH nunca sale de su planta y nos comprará algo de tiempo —le expliqué.
—¿Tiempo? ¿Para qué? —Casi parecía asustada.
—No le gusta que las reuniones se alarguen más de lo mínimo imprescindible, así que si puedes hacer algo para acortarlas le caerás bien. No le importa que preguntes tus dudas… una vez. Esto no es la universidad y tienes que trabajar en serio. Su tiempo, al igual que el tuyo, es muy valioso. Si tienes sugerencias en cuanto a cómo llevar el equipo, guárdatelas. —Las puertas se cerraron—. Pero si las tienes sobre cómo estudiar los conos volcánicos monogénicos díselo, siempre reconoce los méritos de los trabajadores a su cargo. Si te ganas su respeto podrás acudir a él cuando te asciendan. Si es que tienes lo que hay que tener y haces las cosas bien. Pero dado que estás aquí, supongo que en ambas serás un «sí». —Moví la cabeza hacia la salida cuando las puertas se abrieron al llegar a la planta tres.
—¿Por qué me ayudas?
Porque me veo a mí en tus nervios y alguien hizo esto por mí hace mucho.
—Porque quiero que hagas un buen trabajo —respondí con seriedad—. Tus avances serán los de todos, solo espero que no sean mediocres.
Me mira como si fuera qué se yo, mi jefa. Y no alguien que se ha pasado siete minutos escogiendo qué tacones combinaban mejor con el vestido blanco de tuvo que llevaba hoy. Cualquier cosa pega con el blanco, so pánfila.
—¿Cómo te llamas? —preguntó y tuve que pulsar el botón para que las puertas no se cerraran.
—Vívica. ¿Y tú?
—Elisabeth.
—Encantada, Elisabeth. Ahora creo que deberías… —moví la cabeza hacia el pasillo—, llegar pronto siempre es un plus. No lo desperdicies.
Volvió a darme las gracias. Se despidió unas tres o cuatro veces y yo conseguí ocultar mi sonrisa con tal de parecer profesional hasta que se marchó. Puede que me riera un poco cuando se cerraron las puertas, pero se me pasó para cuando se abrieron al llegar a la trece.
—¿Y esa cara? —preguntó una rubia que nada tenía que ver con mi preciosa y querida Sley.
Trisha. Joven, guapa, cree que todo el mundo es su competencia y tiene el mismo sentido del compañerismo que un calcetín solitario perdido en la lavadora. Es lista, y bastante buena en su trabajo, pero preferiría golpearme el dedo meñique del pie contra la mesita de noche cada mañana, antes de trabajar con ella un minuto de mi jornada. Por desgracia, eso no es algo que pueda decidir yo.
—Bonita, ¿verdad? —Pasé por su lado deseosa de que no me siguiera—. Y además es edición limitada, esto no te lo vas a poder comprar.
—¿Ha pasado algo? —preguntó uniendo las cejas y tuve que girarme.
Es de las que se cree que sonreír es un acontecimiento tan habitual como que Neptuno deje de orbitar alrededor del sol. ¿Bloom? ¡Sal de mi cabeza!
—Solo que estoy segura de que hoy va a ser un muy buen día.
—Si sabes algo que yo no, tienes la obligación de decírmelo —dijo en tono de amenaza.
Otro rasgo característico de Trisha era que solo se arrimaba a la gente cuando creía que podía sacar algo de ella. Hacía la pelota a los jefes hasta que la ascendían o trasladaban de departamento, luego, si se los encontraba no les daba ni los buenos días. La ignoro la mayor parte del tiempo.
—Es cierto que ha pasado algo —empecé.
—Lo sabía, para que luego digas que sí eres buena compañera.
Si es que es más fácil enfadarte que conseguir que llueva en Londres. Te van a salir arrugas bien rápido.
—¿Quieres saberlo?
—Vívica, no juegues con mi paciencia. —Amenazó y una de sus perfiladas y delgadas cejas rubias tembló.
—Bien, te lo diré. Sley y su equipo de investigación han encontrado la cura para la enfermedad que llevaban meses estudiando. Bloom está dejando a todos tan impresionados que cualquier día no tendrá vida para todos los proyectos para los que la solicitan. Ah, y este viernes estrenan la película de Dásya, deberías ir a verla. ¿No tengo unas amigas impresionantes?
Trisha puso los ojos en blanco y se fue de allí dejándome con la sensación de que, en realidad, necesitaba tanto suspiro para impulsar sus pasos. Su combustible personal. Me reí y caminé hasta mi mesa.
—Buenos días, Loida —dije dejando mi precioso bolso de Yves Saint Laurent blanco con rayas brillantes… que en mi cabeza eran purpurina.
La pulsera azul sí lo era, llevaba en mi muñeca desde que cierta chica nos la regaló. Así es como teneros aquí conmigo todo el rato. Uy, eso ha sido un poco cursi.
—Buenos días, Vívica —contestó con voz calmada antes de dar un sorbito a su té y poner cara de zen y relajación.
Melena larga de rizos grises, cruzó la línea de los cincuenta hará unos años, pero su color de piel rezumaba vitalidad en todas direcciones. En mi opinión, hizo un trato con el diablo y este a cambio le quitó el estrés de su vida para los restos. Lleva una amazonita colgada al cuello, un montón de aventurina decorando su muñeca y por supuesto, unos pendientes de piedra ágata. Siem-pre. Loida era fan del incienso y, —agárrate al asiento María—, del Heavy Metal. Sí, de entre todas las personas que conocía, la que más disfrutaba del silencio y la meditación, la que poseía una paz mental asombrosa, se despertaba cada mañana con Iron Maiden. No soy yo quién para juzgar. Aunque sí admito que si me despiertan con The Trooper igual me da un infarto.
—¿Alguna novedad?
—Octavia ha convocado una reunión para las ocho —respondió Loida.
Su voz era tranquila y melodiosa. En realidad, me gusta. Es como una de esas fuentes de agua que te relaja. Porque no habla en susurros. Si lo hiciera me sacaría de quicio. Qué fina es la línea entre el bien y el mal.
—¿En serio? ¿Para qué?
—No lo especifica en el email. —Movió la cabeza con delicadeza.
—Pero teníamos una ya estipulada para las diez —dije.
—Así es. Debe ser algo que no puede esperar.
—Qué curiosidad —admití desviando la mirada hacia la pantalla de mi ordenador.
CAPÍTULO 2
—¿Para qué es la reunión de las ocho? —pregunté entrando en el despacho de Octavia cinco minutos después de que llegara.
—Buenos días, Vívica —dijo la mujer con impactante vestido de color negro y plateado.
Contuve una sonrisa.
—Muy buenos días, Octavia —dije a modo de disculpa. Lo de no ir al grano se me da un poco mal—. ¿Has tenido un buen fin de semana?
—Sabes que no me gustan los fines de semana.
—Sí, en la definición de adicta al trabajo del diccionario saldría tu foto.
Octavia llevaba unos tacones imposibles, plateados como parte de su vestido, y casi no pude apartar la mirada de ellos.
—Tu inteligencia emocional es una de las cosas que más me gustan de ti —dijo apoyando las manos en la mesa tras dejar el bolso.
Octavia era de esas mujeres que parecen más un queso que un ser humano: mejoraban con el tiempo. Era guapa, independiente y… solitaria. Una parte de mí, —una gran parte—, la admiraba hasta la médula por todos sus logros académicos. Pero otra parte de mí estaba aterrada de recorrer su mismo camino, en lo que al ámbito personal se refiere.
—Gracias —dije sin saber a dónde quería ir a parar.
—Pero no me gustaría que te convirtieras en mí el día de mañana.
—Ofensivo —señalé—. ¿No quieres que me vista tan bien y sea una geóloga impresionante?
—Sabes que no es eso a lo que me refiero.
Desvié la mirada hacia la mesa. Sabía que no era eso a lo que se refería.
—Vívica, ¿sabes lo que es el amor?
—Eh, que solo es lunes por la mañana. —Me quejé.
—¿Lo sabes?
—No —admití—. Pero tú has estado en el mundo más que yo. ¿Lo sabes?
—No —afirmó
Una conversación demasiado intensa para la hora que es.
—¿Crees que existe? —preguntó.
—Esa es una pregunta complicada —admití.
¿Creo que existe? Sí, lo he visto en mis padres. ¿Creo que voy a tenerlo? Rotundamente no. Había visto el amor en muchas personas, pero nunca lo había experimentado. ¿Otras cosas? Claro. Pero la mayoría de los que me miraban veían solo lo que había por fuera. Y empezaba a estar harta de esa sensación. Así que desde hacía un tiempo, ni siquiera me acercaba a los que me sonreían.
—No lo es —dijo dándome en la barbilla—, la vida en realidad, es muy sencilla. Durante mucho tiempo creí que la carrera profesional y la vida personal eran incompatibles. Pero este año me he dado cuenta de lo equivocada que estaba —afirmó sin dar más detalles—. Lo que quiero de ti a partir de ahora, es que te relajes más. Que salgas a tu hora al menos un día a la semana. Que trabajes en tu vida personal tanto como lo haces en la profesional.
—¿Por qué?
—Porque creo que, como tu superior, es mi deber encargarme de que hagas las cosas bien.
—Trabajo más que bien. Soy una máquina. Una crack. Una maldita pasada.
—Lo sé, pero de nuevo, sabes que no es eso a lo que me refería. Tienes veintinueve. Este es el último capítulo de tus veinte. ¿Sabes lo especial que es eso? Deberías preocuparte menos por esto —señaló lo que nos rodeaba—, y más por esto —se llevó un índice al pecho.
—¿Es tu forma de decir que no te gusta mi vestido?
—Estás tan guapa que podrían robarte para participar en la próxima semana de la moda en Paris, pero ese no es el punto.
—¿Y cuál es, Octavia?
—Cumplir cincuenta y tres y no haber tenido una relación lo bastante larga o interesante como para haberte casado… no lo recomiendo. —Alzó las manos—. Es decir, a mí me apasiona mi vida, me encanta. Pero no me importaría tener a alguien a quien dar los buenos días y las buenas noches. Y sobre todo, no es lo que quiero para ti.
—¿Y si es lo que yo quiero para mí?
—Entonces te dejaría tranquila y tal vez nos comprara una pulsera de falsas madre e hija. —Se sentó en su silla—. Pero es evidente que no es el caso.
—¿Por qué lo crees?
—Porque te brillan los ojos cada vez que tienes una cita y pareces triste cada uno de los días siguientes. Porque hace algún tiempo que ya ni lo intentas. Así que voy a obligarte a que sigas buscando. Tienes que ser valiente y creer en el amor. Y si sale mal, tienes que seguir intentándolo.
—¿Hasta cuándo? —pregunté.
—Siempre una vez más.
—Estoy segura de que eso no lo ponía en mi contrato.
—Entonces tendré que reescribirlo. —Alzó el índice para que no le rebatiera—. Ahora sal de mi despacho tengo que organizar algo antes de la reunión y solo tengo diez minutos.
—Como guste, jefa —y me fui haciendo una reverencia.
Volví a los cubículos y mis ojos cayeron sobre el recién llegado. Éramos cuatro los súbditos de Octavia. Bromas aparte, éramos Loida, Trisha, una servidora y…
—¿Te ha dicho para qué es la reunión? —preguntó Evans.
—No ha soltado prenda —hice una mueca.
—Vaya, ¿qué ha pasado con tus alucinantes dotes de convicción, novata? —Se pasó una mano por la corta, pero existente barba.
—Pareces contento —dije yendo a mi mesa, ignorando ese mote que se empeñaba en llamarme solo porque era tres —ridículos—, años mayor que yo.
«Novata en la vida», no en la geología. Él se acercó al tiempo que abría el mail de la empresa.
—Lo estoy —dijo con voz masculina apoyándose en mi escritorio—. Ayer salí de fiesta y aún me dura la alegría.
—¿Quieres decir que sigues borracho? —pregunté aunque no lo parecía.
—No osaría venir al trabajo borracho —aseguró—. Pero digamos que tengo ganas de bailar.
Uno de los pocos hombres que conozco que baila cuando sale de fiesta y no se fija en otros hombres al hacerlo. Porque tú te montas tus estereotipos en la cabeza, y vienen tíos como Evans y te los desmontan. Pues bien que hacen.
—¿Cuánto has dormido? —pregunté.
—Dos horas, pero estoy lechuga como un fresco.
—Estoy segura de que la frase no era así.
—Ojalá fuera jueves otra vez.
—Dirás viernes.
—He dicho lo que he dicho.
Me reí y él caminó hacia su mesa. Evans y yo salimos una vez. Nos besamos, no hubo química y decidimos dejarlo estar. De eso hacía ya muchos meses.
—¿Habéis leído la noticia del Sáhara? —preguntó Loida recolocando su nenúfar de cristal rosa junto a su bote de bolígrafos.
—No —dijo Evans.
—¿Qué dice? —le pregunté.
—¿Os acordáis de la estructura de Richat u ojo del Sáhara? —preguntó la mujer de rizos grises—. ¿Que se creía que era el resultado del impacto de un meteorito?
—¿Se creía? —repitió Evans.
—Resulta que se trata de una cúpula resultante de pliegues geológicos con un diámetro de unos cincuenta kilómetros —soltó Loida.
Mi boca se abrió, pero no salieron las palabras.
—La hostia —dijo Evans.
Uno de los motivos por los cuales la estructura de Richat tenía nuestro interés era porque en el centro había rocas del Proterozoico. Era que abarca desde hace dos mil quinientos millones de años, hasta quinientos millones de años. Ayer mismo, vamos.
—¿Preparados? —preguntó Octavia pasando de largo y adentrándose en el pasillo a mano derecha que, desde mi sitio, parecía infinito.
Nos levantamos y seguimos hablando.
—¿Quién lo ha descubierto? —preguntó Evans.
—La NASA —dijo Loida soltando el móvil.
—Vaya pregunta —le dije a Evans—, ya sabes que solo se puede apreciar la forma del ojo desde el espacio.
—Podía haber sido cualquier multimillonario apasionado con la geología y el espacio —argumento Evans fingiendo ofensa.
—En cualquier caso, es increíble —dijo Loida con paz en el tono.
—¿Nunca habéis querido tener más de una profesión? —Dudé.
—¿Ahora mismo? Sí —dijo Evans.
—¿A dónde vais? —preguntó Trisha a nuestra espalda en tono no-amable.
—A la reunión —contestó Evans.
—No es hasta las diez. ¿Es que nadie se entera de nada en este equipo? —Se sentó malhumorada.
—Tienes razón —le dije—, espéranos aquí.
Evans me lanzó una mirada y sonrisa cómplice.
—Octavia ha convocado otra a las ocho —le explicó Loida inmune a… bueno, a Trisha en general.
—Ah —dijo Trisha.
Otra de sus muchas cualidades es que nunca reconoce cuando se equivoca. Es tan agradable trabajar con ella como con un gorila enfurecido. Miento, el gorila sería mejor.
CAPÍTULO 3
Llegamos a la sala. En el ipad de la entrada pude ver que solo tendríamos una hora antes de que un equipo de sismología la necesitara para su reunión semanal. Bien, porque yo tampoco soy muy fan de las reuniones. Tras la charla informal que duró los tres minutos que tardaba en encenderse el ordenador y el proyector, fuimos al quid de la cuestión.
—Tengo dos buenas noticias, ¿cuál queréis oír primero? —preguntó Octavia.
—La mala —dijo Evans.
—Ha dicho dos buenas, Jaemy —dije y al instante me sentí rara por no llamarle por su apellido.
—¿Y tú la has creído, Vívica? —Evans me miró confuso un instante.
—Va en serio —aseguró Octavia—. Adelante, elegid.
—La que te haga más feliz a ti —dijo Loida—. Tú eres la jefa, tu bienestar será el nuestro.
Contuve la risa porque lo dijo muy seria. Octavia y Evans también lo hicieron. Sí, la de Loida es una mentalidad muy distinta a la mayoría.
—Nuestro equipo ha sido seleccionado para realizar la investigación de la evolución del glaciar Margerie —soltó Octavia.
Silencio.
—Tienes un humor muy extraño —dijo Trisha por primera vez diciendo algo que no era para hacerle la pelota.
—Cruel, diría —dijo Evans alzando una ceja.
—Sé que suelo gastaros bromas, pero no convocaría una reunión falsa para eso —dijo Octavia uniendo las manos tras avanzar de diapositiva—. Tenemos una semana para realizar el análisis y dos más para realizar el estudio. Mañana volaremos a Alaska y allí recogeremos todos los datos pertinentes.
Margerie estaba situado en la frontera entre Alaska y Canadá. Era un glaciar espectacular. Uno totalmente fuera de nuestro alcance.
—¿Nos llevará Peter Pan hasta allí? —Dudé.
Octavia sonrió y tembló el suelo bajo mis pies.
—Al que vuelva a poner en duda que lo que digo es cierto lo despido.
Otra vez silencio.
—¿Por qué nosotros? —Dudé con humilde y sincera curiosidad.
—¿Y por qué ahora? —preguntó Evans.
—Tal vez no tendríais tantas preguntas si le dejarais terminar su explicación —dijo Trisha.
—Cierto —dijo Octavia alzando una de sus cejas con un gesto de autoridad suprema—. Como todos sabemos, las corrientes marinas cálidas están socavando los glaciares en todo el mundo. Nuestro cometido será estudiar el cambio de Margerie en las últimas décadas. Si nos han escogido a nosotros han sido por los excepcionales estudios sobre Lambert y Crowfoot de Canadá, y Langjökull y Dranngajökull de Islandia.
Recibimos algunos elogios de los de arriba por dichos análisis, sí.
—Lo ha pronunciado bien —murmuró Evans inclinándose hacia mí.
—Ya, acaba de ganarse mis respetos… —murmuré también.
—¿Y cuál es la otra buena noticia? —preguntó Loida curiosa, pero de un modo apaciguado.
Como si fuera capaz de asimilar las palabras de nuestra jefa.
—Me has quitado las palabras de la boca —dijo Trisha.
Ojalá pasara eso siempre.
—La segunda buena noticia es que la empresa para la que vamos a trabajar es Earth Glacier. —Octavia sonrió cuando escuchó el silencio absoluto que llegó cuando dejamos de respirar de forma conjunta—, y para un estudio de investigación como el que tenemos entre manos, nos asistirá uno de sus mejores equipos especializados en Glaciología. Y ahí no acaba la cosa.
—Ay —dijo Loida llevándose la mano al corazón.
Hasta el zen se ha ido a tomar viento, la hostia.
—Serán el mismo equipo de glaciólogos que ganaron el Premio de Interpretación del Hielo el año pasado por su estudio sobre el glaciar Athabasca los que nos ayuden. —Esta vez la sonrisa de Octavia podría haber iluminado todo Nueva York.
—¿El equipo de Earth Glacier que ayudó a tener una mayor comprensión de qué parte de las capas de hielo de un glaciar son más vulnerables? —pregunté alzando las cejas.
—¿El que lidera Stefano Lomeretti? —preguntó Evans subiéndose al carro de la incredulidad.
A sus sesenta y un años, el experto en glaciología era una eminencia entre cualquier geólogo que se preciara. Aunque tu especialidad fueran las cuevas y no supieras nada del mundo exterior, a Stefano lo conocías.
—El mismo —dijo Octavia y acto seguido tres rostros aparecieron en la diapositiva que se proyectaba en la gran pantalla.
Mi estómago se contrajo con fuerza al ver su cara y tuve que ahogar un suspiro para no resultar evidente.
—No —dije.
Negación. Ese es siempre el primer paso.
—¿Qué dices, Vívica? —preguntó Octavia, que con el jaleo de celebración del resto de la mesa no me había entendido.
—Trabajar con Stefano será un sueño hecho realidad —dije y le sirvió como respuesta.
Pero no era en eso en lo que estaba pensando. Siguieron las celebraciones y mis ojos quedaron fijos en la parte de abajo a la izquierda de la pantalla. Es él. Por si la imagen no fuera lo bastante clara, debajo ponía su inconfundible nombre. La sangre se me volvió fría. Espesa. Dispuesta a convertirse en hielo. Esos ojos dorados en los que por algún motivo había pensado durante mucho tiempo, esos que estaba segura de haber olvidado ya, estaban ahí en la pantalla junto a otros dos que ahora no eran más que una imagen borrosa.
«Soy una desgraciada nivel extremo», escribí en el grupo en cuanto acabó la reunión y pude ausentarme para ir al lavabo.
«¿Eres demasiado guapa y el reflejo del ordenador te distrae?», se burló Dásya rauda y veloz en aparecer en el chat.
«¿Han vuelto a ascenderte y no sabes dónde invitarnos a helado?», siguió Bloom.
«¿Estás furiosa porque desde finales del año pasado, que hicimos una breve visita al paraíso de Capri, nuestros absorbentes trabajos no nos han dado cancha?», preguntó Sley.
Sí, pero no.
«Mañana me voy a Alaska», escribí.
«De verdad, los viajes en tu empresa son con tan poca antelación que no entiendo cómo tienen tiempo de comprar los billetes de avión», escribió Dásya.
«¿Y cuál es el problema?», dudó Bloom.
«Sí, te gusta más ser Dora la Exploradora que los Louboutin», dijo Sley. «Y, ojo, nos sentimos orgullosas de ti por ello».
«¿Es porque vas a perderte la lluvia de estrellas de pasado mañana?», preguntó la astrónoma. «Sí es así, no te preocupes, yo puedo grabártela».
«Es porque voy a trabajar con Theros».
«¿QUÉ?», exclamó Dásya en un audio que, sin querer, reproduje a un volumen demasiado alto.
Suerte que estoy sola en el baño.
«¿Estás de broma?», preguntó Sley.
«¿Cómo es eso posible?», quiso saber Bloom con un tono muy agudo.
Alucinaron durante unos cuatro minutos. Les expliqué lo del gran éxito laboral de su equipo y la oportunidad que suponía para el mío. Alucinaron un poco más.
«No siento nada por él», aclaré, «más faltaría, han pasado años. Pero no me apetece verle».
«A mí sí me apetece», dijo Sley junto a montón de emoticonos con corazones en los ojos.
«Yo creo que a ella también», dijo Bloom como si no estuviera, «pero tiene miedo».
«Imposible, a Vívica no le da miedo nada», aseguró Dásya.
«Exacto», dije citando el mensaje de Dásya. «Es solo que no quiero verle. Va a ser incómodo».
«Es verdad lo que dicen del destino, ¿eh?», dijo Sley. «Que lo que tiene que estar en tu camino llega de una forma u otra».
«No estamos predestinados a nada», dije.
No tendría que habérselo contado hasta acabar el proyecto. Maldigo mi debilidad de no poder ocultarles nada.
«Os pasasteis tanto tiempo hablando que se os hizo de día», recordó Bloom.
Maldije para mis adentros.
«No fue tanto», aseguré.
«Sí, lo fue», dijo Sley. «Timothée y yo nos dormimos en el suelo con tal de no abandonarte. Y Dásya y Bloom se quedaron bailando en el escenario hasta que les pidieron que se bajaran porque iban a desmontarlo».
Las mencionadas se rieron y como Dásya lo hizo en un audio, pude oír su risa rápida y graciosa. Puede que lo que decían fuera cierto. Pero no pensaba admitirlo porque eso daría pie a un mundo en el que no estaba dispuesta a entrar.
«Vale, la verdad es esta», empezó Bloom. «Después de aquella noche en la que por primera vez un chico te generó el interés suficiente como para hablar de él durante horas, dicho chico te pidió una segunda cita».
«Bloom, no hace falta que saques la memoria histórica», escribí.
Tal vez incluso así puedas entrever mi tono de súplica.
«Es cierto, Theros pidió verte la tarde del día siguiente», señaló Dásya.
«Pero tú le dijiste que no porque iba a irse a Canadá con previsión de no volver a Nueva York», siguió Bloom. «Pero la realidad es que nunca, jamás, habías conectado con un chico de forma tan personal conociéndoos tan poco como te pasó con Theros. Por no hablar de la química».
«Esa que todas pudimos ver», señaló Sley.
«Casi tocar», dijo Dásya.
«Pero Canadá seguía en el plano y no pensabas enamorarte por primera vez de alguien que, con toda seguridad, iba a marcharse», concluyó Bloom. «Después de eso estuviste meses sin tener una cita».
«Raro en ti, que te cuesta tan poco conseguirlas como a JLo hacer un superéxito», dijo Dásya.
«¿Habéis acabado?», pregunté deseando que así fuera.
«No», soltó Sley. «¿Qué vas a ponerte cuando le veas?».
«Es Alaska, algo muy grueso y abrigado», respondí.
«Da igual lo que se ponga, a esta hasta un anorak le estiliza la figura», dijo Dásya.
«La ropa que llevaré será de lo más horrorosa. Además, ¿os dais cuenta de que puede tener novia? ¿De que puede estar casado? ¿Y de que yo no quiero nada con nadie?».
«Con el éxito que dices que tiene, no habrá tenido tiempo», dijo Sley.
«Opino lo mismo», dijo Dásya.
«¿Podemos quejarnos de lo horrible que es esto? ¿Por favor?», supliqué.
«¿Alguien puede recordarme por qué quería quedarse en Canadá para siempre?», preguntó Sley.
«Porque allí es donde inventó el ANLA-005», explicó Dásya. «Una tecnología que desveló cuan equivocadas estaban algunas hipótesis y que había una cantidad importante de glaciares de marea que se derretían cien veces más rápido de lo previsto. No tengo muy claro las razones porque no soy geóloga, pero se ve que la parte que está en contacto con el océano, se derriten con más rapidez».
Eso fue lo que me contó a mí y lo que les conté yo a ellas aquella noche. No puedo creer que te acuerdes.
«Pero juraría que había algo más. Algo sobre el trabajo que quería realizar», dijo Bloom pensativa, a pesar de que yo estaba bastante segura de que solo me habló de ANLA-005.
Dicha tecnología era tan alucinante porque en cierta medida, frenaba dicho derretimiento. ¿Cómo? Colándose en su interior y estableciendo un mapa de diminutas conexiones que proporcionan un aislamiento que estabiliza las temperaturas más frías del hielo. Es la versión avanzada de la idea de tapar con geotextiles los glaciares para protegerlos del sol durante los meses calurosos. Científicos de todo el mundo viajan a Canadá para poder trabajar en Earth Glacier, la empresa que creó dicha tecnología y que tenía la patente en su posesión. Theros lo había conseguido, su sueño.
Una voz al fondo de mi cabeza susurró algo distinto a lo que gritaban el noventa por ciento de mis neuronas. Consiguió lo que quería. Ahora trabaja para Earth Glacier. Bien por él. Sacudí la cabeza en un intento de deshacerme de esa línea de pensamiento porque no era asunto mío. Ni tampoco algo en lo que malgastar mi tiempo.
«Además, viviendo en Canadá podría olvidarse del invierno infinito de Groenlandia o las temperaturas extremas de Islandia», concluyó Dásya, demostrando que tenía mucho más que una buena memoria.
La habilidad de memorizar líneas a la velocidad de una actriz experimentada ya le venía de serie, está claro.
«Vívica, sabemos que quieres amor de verdad. La clase de amor que mereces», dijo Bloom esta vez en un audio, con ese tono tan dulce al que nada ni nadie se podría resistir. «Y sabemos que jamás pronunciarás esas palabras a menos que tu vida o la nuestra dependa de ello. Pero lo mires por donde lo mires, esto es una buena noticia».
«Una de las grandes», dijo Dásya.
«¿Por qué?», pregunté, pues yo no le veía nada positivo a todo este asunto.
Absolutamente nada.
«Porque todas sabemos que te arrepentiste», dijo Bloom y sus palabras sonaron con eco en mi cabeza. «Porque eres una de las personas más valientes que conozco y el día que le dijiste que no a Theros, cediste al miedo. Te gustaba tanto que estabas aterrada del daño que podría hacerte cuando se fuera. Pero en la vida, nadie tiene seguridad de nada. Salir con alguien que no va a marcharse a otro país, no significa que otras circunstancias no vayan a apartarlo de ti, que no vaya a irse a rodar una película durante meses a otro país, por ejemplo, o que vaya a ser fácil. Pero al amor nadie debería darle la espalda, por muy efímero que parezca. Y tú lo hiciste. Pero, a diferencia de la mayoría de mortales de este planeta, tienes otra oportunidad. Por eso tienes suerte. Por eso es una buena noticia».
«¿Y si sale con alguien?», preguntó Sley, pues mis dedos se habían quedado inmóviles sobre el teclado sin saber qué hacer.
«Entonces sabrá que hizo lo correcto», contestó Dásya.
CAPÍTULO 4
Fui al gimnasio. Siempre iba al mismo, que no estaba en pleno Manhattan, sino en Queens, cerca de mi apartamento. Por norma general no me gustaba ir. ¿La razón? El ambiente. Bastantes chicas guapísimas con actitud altanera muy similar a la de los chicos con cuerpazos increíbles que se pasaban medio entreno mirándose en el espejo y que se creían que solo por hablarles ya estabas ligando con ellos. Eh, que yo sonrío a los perros que veo por la calle, no te flipes.
Me gustaba arreglarme, estar en forma y dedicarme tiempo porque era una manera de alimentar mi amor propio. Decirme a mí misma que importo, vamos. Pero tener un tipazo de infarto solo es la guinda del pastel y aquí todo el mundo se cree que es el pastel entero. O esa impresión me dan a mí. Así que no me gusta. Sley me había dicho que saliera a correr con ellos, pero igual que Timothée tenía unos horarios imposibles e iban solo cuando podían. Yo necesitaba una mínima estabilidad, ya que mi trabajo no me la daba.
Me puse los auriculares y como ya venía cambiada no tuve que hacer nada más que coger mi botella de agua e ir hasta la sala de máquinas. Intenté no fijarme en nadie. Todo el mundo con la misma cara seria. Una máscara que ocultaba una de dos: soberbia o timidez. Altanería o inseguridad. Aunque tampoco hay que generalizar, que yo también vengo aquí y no soy ninguna de las dos cosas. Traté de imaginarme que estaba de vacaciones en un lugar lejano al tiempo que accionaba la elíptica. Tras el calentamiento empecé con cuádriceps. Después aductor, abductor y al acabar las series fui a hacer glúteo con una máquina que era básicamente un rodillo que empujabas hacia atrás con la pierna como si no hubiera un mañana. A pesar de que llevaba la música tan fuerte que podría haberme dejado sorda, me di cuenta de que las chicas que había en la máquina de femoral me miraban con una ceja alzada. La misma competitividad de Trisha, ok. Aunque no sabía a cuento de qué venía. Tendréis que tener un motivo, digo yo. Entonces los vi. Un grupo de chicos a mi derecha que compartía la máquina de pecho, —y la misma clase de camiseta de tirante fino—, tenían la vista fija en mi dirección. ¿Alguien ha dicho «incómodo»? Vamos, Vívica, piensa en volcanes. Piensa en el magma.
—Perdona, —una mujer de unos cuarenta y algo apareció en mi campo de visión—, ¿te queda mucho?
—Solo una más. Pero si quieres te puedes poner conmigo —dije al terminar la serie intentando sonreír mientras recuperaba el oxígeno.
—No, da igual, espero. —Me dio la espalda y se quedó parada cerca.
Esto también es incómodo. Porque no sé si es que no quieres hacer ejercicio conmigo o es que te da reparo o tal vez vergüenza. Una no piensa en que cuando vas al gimnasio no solo entrenas los músculos de tu cuerpo, sino también el de dar el beneficio de la duda a quien sea y el de ignorar todo lo que pueda hacer que otro día no quieras venir.
Una hora y media después salía de allí con el pelo mojado. Lo bueno de ir a un sitio cuyo ambiente no acaba de gustarte, es el momento en el que sales de él. Sonreí, sintiéndome cansada y satisfecha.
Cuando llegué a mi apartamento puse música porque no era una fan entusiasta del silencio y preparé la maleta para mañana. Porque, al parecer, me voy a Alaska. Encendí las luces que había bajo el cuadro del Krakatoa en erupción y el Carstensz —volcán y glaciar de Indonesia—, que bailaban sobre la imagen y de alguna forma también me hacían sentir acompañada. Era bastante minimalista en cuanto a la decoración, pero esa pared me encantaba. Cuando mi mente volvió al lugar que había dejado en pausa durante el entreno, subí el volumen.
CAPÍTULO 5
La conexión de aquel día no fue nada. Solo un par de besos de dos universitarios, nada más. No significó nada y no vamos a hablar del tema. ¿Por qué íbamos a hacerlo? Han pasado años. Qué incómodo va a ser, ¿por qué tengo que verle ahora? No estoy acostumbrada a sentirme así. Soy más segura de mí misma que Harvey Specter en una sala de juicio y sin embargo estoy hecha un flan. No me reconozco. Y no puedo empezar a verbalizar la rabia que me da eso.
—¿Estás bien? —preguntó Octavia sentada en el asiento de al lado—. Tienes el ceño demasiado fruncido como para no estar trabajando.
Mierda. Me conoce demasiado.
—No es nada —dije y ante su expectante mirada añadí—. Me preocupa que el resto de mis compañeros me considere una pelota por estar sentada al lado de la jefa.
Volví a mirar al frente e intenté pensar en el ruido que hacían los motores del avión.
“Buena noticia”. Y un cuerno. Esta es de las malísimas. Lo que me apetece a mí ver como Theros no se acuerda de mi cara, como no se acuerda de que ya nos conocemos y cómo de felizmente casado está… Pfff. Que me caiga un alce en la cabeza al aterrizar, por favor.
—Mientes —dijo Octavia.
Cuando giré la cabeza en su dirección vi que estaba estrechando la mirada.
—No osaría —aseguré.
—Todos saben ya que eres mi favorita.
—Shhh, esas cosas no se dicen —dije mirando en todas direcciones.
Los sillones del avión en los que estábamos eran grandes y estaban colocados por parejas, así que el de Octavia estaba pegado al mío, pero había cierta distancia hasta los otros.
—¿Es porque estás nerviosa?
—Estoy bien.
—¿Es porque te intimida Stefano?
—No más de lo que me intimidas tú —respondí.
Su mueca me dejó claro que el peloteo no iba a sacarme de esta.
—¿Acaso has tenido alguna cita que desconozca?
—No.
—Bien. Porque los tres glaciólogos con los que vamos a trabajar están disponibles.
Mi corazón dio un vuelco. Gasté todos mis esfuerzos en disimularlo.
—¿Cómo sabes eso? —Mi voz sonó un poco débil, rara.
—Una tiene sus contactos —sonrió y encogió un hombro.
—Nunca mezcles el trabajo con la diversión —dije tratando de sonar convincente—. Además, Stefano podría ser mi padre y Grace es una chica.
—Eso solo nos deja un candidato posible.
—¿No has oído la primera parte de mi frase?
—Vale, está bien —pareció contener una sonrisa—, es cierto que podría traer problemas y de la clase que nadie debería buscarse. Pero si conocemos a alguien más en Alaska, quiero que estés abierta al amor.
—¿Cuándo vas a dejar esta tortura a un lado? —pregunté dejando caer los hombros.
—Cuando te vea felizmente enamorada o te asciendan y te cambien de departamento.
Me reí por dentro.
—¿Sabes? Acabo de encontrar un aliciente extra para dar lo mejor de mí.
—Me echarías de menos. —Puso una mano en mi hombro.
—De momento, te echaría —bromeé apartando su mano.
Se rio. Estuvimos en silencio lo poco que quedaba del viaje. Casi diez horas de avión. Por desgracia, el ruido molesto estaba dentro de mi cabeza.
Me había costado mucho olvidarme de él. En aquel entonces tuve que pedirle a Bloom que no volviera a mencionarle en mi presencia porque si seguía enumerando las razones por las que Theros era un gran tipo, acabaría enamo… no. ¿Qué digo? Ni siquiera lo conocía de verdad. Una noche. Nos vimos una noche y hablamos, —y nos besamos—, durante una noche. Nada más. Cerré los ojos. Dormir, la solución perfecta para cuando tu cerebro no se calla. Aquí mando yo. Y te vas a callar por mis narices.
CAPÍTULO 6
Aterrizamos en el aeropuerto de Gustavus, Alaska el martes sobre las diez y veinte de la noche. Dos taxis de Earth Glacier nos estaban esperando en la puerta para llevarnos al hotel. No nos topamos con casi nadie en la carretera. Nada que ver con Nueva York. Oh, la gran manzana, ya te estoy echando de menos. Espera. ¿Qué…?
—¿Eso es el hotel? —preguntó Evans mientras el resto estaba boquiabierto.
Octavia fue la única que pudo contestar. Sí, lo era, y por lo visto tenía spa. Arrastramos las maletas al interior en cuanto salimos del taxi. Más impulsados por la curiosidad que por el frio. O por las dos. Era enorme. Aunque sencillo y blanco por fuera, por dentro reinaban los detalles. Por ejemplo, en el techo de lo que era la amplia recepción, había un millar de luces led lilas que permitían ver las nevadas montañas que había pintadas. Había un millar de diminutos árboles que parecían de lo más reales. El mobiliario era blanco como el suelo y se fundía con la madera oscura, casi negra, de las paredes. El contraste era bonito. Había cuadros de glaciares en los pasillos y vídeos de peligrosas tormentas nocturnas en enormes pantallas en la recepción. Después de que nos dieran nuestras llaves, fuimos hasta un ascensor. En este caben hasta dieciséis personas.
—¿Alguien ha traído su osopolarpedia? —preguntó Evans.
—Sí, yo —respondió Loida.
—¿Para qué necesitas una enciclopedia de osos polares? —le preguntó Octavia con interés divertido.
—Curiosidad —dijo Loida flojito.
—¿Y por qué la tenéis? —preguntó Trisha con una mueca de asco sacándome las palabras de la boca.
Odiaba cuando pasaba eso. La miré. Su anorak tampoco era horroroso. A veces soñaba con que un día se despertara y fuera tan desagradable a la vista como lo era por dentro. Tendré que seguir esperando un poco más.
—¿No quieres saber qué clase de animal va a amenazar tu vida? —le preguntó Evans a Trisha.
—No va a atacarnos nada —intervino Octavia antes de probar la llave en la puerta de su habitación. En orden nos habían colocado: Evans, Trisha, yo, Loida y Octavia.
—No tendrías que haber traído peso innecesario —dijo Trisha, sin incluir a Loida.
Hacia Octavia y Loida solía ser más indiferente que repelente. A menos que necesitara algo, entonces era todo sonrisas.
—Ojalá nos hubiéramos traído el calor neoyorkino —dije subiéndome un poco más la cremallera de mi anorak rojo y negro hasta arriba.
Puedo renunciar a los tacones y a los vestidos, pero ir abrigada no tiene por qué ser sinónimo de ir horrorosa.
—Solo hacen seis grados, no exageres —dijo Trisha que hasta hacía un segundo, le salía vapor de la boca al hablar.
—¿Te has comprado un pintalabios morado? —uní las cejas.
—No tengo los labios morados —dijo un poco más pálida.
Asentí como si no la hubiera oído.
—Qué color más bonito.
—Para —pidió empezando su nuevo capítulo de Trisha-enfados, la serie de televisión.
—Dicen que después bajará a tres grados —dijo Loida mirando su teléfono.
—Como me encanta mi casa —dije cruzándome de brazos en busca de calor.

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