TrilogĂ­a del caos de MĂłnica BenĂ­tez

TrilogĂ­a del caos de MĂłnica BenĂ­tez

A compartir, a compartir! Que me borran los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura.Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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TrilogĂ­a del caos de MĂłnica BenĂ­tez pdf

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Pack con los tres compendios de la trilogía del lío, adonde las talantes climátologicas adversas pondrán a certificación los olfatos de supervivencia de dos compañeras que no se conocen siquiera tienen nada en común, o eso piensan ellas.

Cuando principio el lĂ­o

Búscala cuando comienzo el desconcierto. Esa es la locución que su consejero le susurra a Nagore en su último denuedo. Sabe que se refiere a su hija, Adriana, sin embargo Nagore no comprende nada y solo tiene preguntas que inmediatamente no tienen respuesta. ¿por qué quiere que la busque? Y lo más importante, ¿a qué se refiere con el laberinto? Por su parte, Adriana recibe un sobre de su productor el vencimiento del sepelio con unas coordenadas y una expresión; ve allí cuando principio el desorden. Nada tiene sentido para ninguna de ambas incluso que unos eventos atmosféricos sin antecedentes empiezan a estrellar el desorden en todo el espacio. Las telefonemas caen, las vías se vuelven increíbles y las villas comienzan a inundarse. Entonces comprenden que deben verter. Nagore encontrará a Adriana, y las dos deberán esclarecer comunidades lo que esconden esas coordenadas en un recorrido inseguro, en el que caminarán bajo granizadas torrenciales y cualquieras dispuestas a todo para sobrevivir.

En centrocampista del vorágines

Después de oír la citación de socorro de dos niños demasiado pequeños para estar unicos, Nagore y Adriana salen de su abrigo para armonizar en su pesquisa. Deben circular una longitud abundante en un globo adonde inmediatamente reina el desorden y la ley del más fuerte. Nadie da nada sin mover poco a trastorno y inmediatamente se han baqueteado múltiples clanes que viven alimentándose del temor de los más enfermizos. Nagore y Adriana no tardarán en topar con uno de ellos y apercibirse de lo espinosa que ha sido su resolución de originarse. Ahora no solo luchan por descifrar a esos niños, igualmente lo hacen por su propia supervivencia. Niebla densa, hatos liderados por psicópatas y madamas dispuestas a causar cualquier cosa para suministrar aparte a su colección. ¿podrán sobrevivir en un globo adonde todo es impredecible?

El final del desorden

Ahora ahora no son dos personas las que deben conservarse al abrigo, son seis y una de ellas está destrozado físicamente. Nagore, Adriana y Tatiana elaboran un anteproyecto que les parece guapo si dedican el periodo apremiante a obtener lo que necesitan, no obstante, no todo sale como ellas planean, y eso, costado a la aparición de variados forasteros al pueblo para tomar las casas que asimismo quedan en queso, y el agravamiento inminente del momento, las obliga a soltar y comenzar la desocupación con anterioridad de hora. Sin un bosquejo concreto debido a los asuntos, deciden acoplar a morada de Loli en inspección de baluarte mientras tanto piensan una notificación logística, luego todo salta por los engreimientos cuando el corregidor descubre que Nagore sigue viva, por lo que deberán esquivarse de manera ansiosa en centrocampista de una tromba eléctrica sin antecedentes.


PARTE 1
CUANDO EMPIECE EL CAOS
1
30 de mayo de 2023, martes.
Nagore
—¿Qué te han dicho? —le pregunto a Abel en cuánto vuelve a nuestra oficina.
Mi mentor, profesor y amigo, ese al que desde hace años considero un padre, se masajea un brazo y se sienta en su silla con pesadez.
—Debo asistir a una reunión mañana en Madrid. Supongo que será algo rutinario, aunque saldré esta tarde sin falta —dice dejando su billete de vuelo sobre mi mesa.
—¿No te han comentado de qué se trata?
Él niega con la cabeza y yo sonrío.
—A lo mejor quieren convencerte para que no te jubiles —suelto entornando los ojos.
—Todavía faltan unos meses —sonríe—. ¿No serás tú la que no quiere que lo haga?
—Sabes que te echaré mucho de menos, pero mereces descansar y poder pasar más tiempo con tu hija por fin. Ambos lo merecéis.
—Supongo que no he de decirte que podrás consultarme siempre que quieras y que espero que vengas a vernos de forma frecuente —dice llevándose una mano al pecho.
—No lo dudes. ¿Te encuentras bien?
Ni siquiera le da tiempo a responderme cuando parece que siente una punzada de dolor en el pecho y se encoge sobre sí mismo dedicándome una mirada de auténtico pánico.
—¡Llama a enfermería! ¡Di que es un posible infarto! —le grito a mi ayudante mientras rodeo la mesa para acercarme a él.
Intento que apoye la espalda en la silla, pero otra punzada lo lanza hacia delante y como Abel es un hombre corpulento y no me veo capaz de sostenerlo, intento por todos los medios aguantar su peso mientras cae al suelo.
Cuando logro tumbarlo y colocar su cuerpo bocarriba veo con pánico que ha perdido el conocimiento. No me da tiempo a comprobar si respira porque el médico de la base militar en la que nos encontramos aparece con el enfermero y un carro de reanimación.
Siento que el corazón se me va a detener a mí también mientras los observo hacer su trabajo. Mi cuerpo tiembla de desesperación y pánico, esto no puede estar pasando, se iba a jubilar, por fin iba a volver a casa para estar cerca de su hija después de toda una vida dedicada a un trabajo que ni siquiera sé si servirá para algo.
—Ha vuelto en sí —escucho decir al médico.
Suelto todo el aire que llevo conteniendo en los pulmones todo este rato y me acerco a él, que permanece todavía en el suelo, alzando una mano hacia mí como si quisiera decirme algo. Me arrodillo y cojo su mano entre las mías mientras las lágrimas ruedan por mis mejillas con una abundancia sorprendente. Abel me habla, pero apenas le oigo, así que me inclino sobre él y acerco el oído a sus labios.
—Búscala cuando empiece el caos.
—¿Qué? —pregunto desconcertada.
—A mi niña, juntas lo lograréis…
—No entiendo nada, Abel —me quejo llorando—. ¿De qué hablas?
Me acerco más, como si así sus palabras cobrasen algún sentido para mí.
—Empezará muy pronto —balbucea—, prométeme que la buscarás —me pide apretando una de mis manos de forma débil.
—Te lo prometo, la buscaré cuando emp…
Mis palabras se cortan y la sangre se me congela cuando Ă©l me dedica una sonrisa que se convierte en la Ăşltima, porque sus ojos se cierran justo cuando exhala su Ăşltimo aliento.
2
1 de junio de 2023, jueves.
Adriana
Hace rato que no lloro, simplemente estoy sentada junto a Martín en el primer banco de la iglesia, observando incrédula el ataúd con el cuerpo de mi padre mientras el cura ofrece una misa que escucho como un murmullo.
—Necesito que acabe ya —le digo a Martín al oído.
—Lo sé, seguro que ya no queda nada, aguanta un poco —susurra agarrando mi mano entre las suyas.
Suspiro y acaricio su mano agradecida porque me haya acompañado, no sé qué haría sin él y creo que no se lo digo lo suficiente.
Vuelvo a mirar esa caja de pino que contiene el cuerpo sin vida de mi padre y siento una punzada en el pecho, una punzada que contiene tanta tristeza como rabia. Mis ojos se inundan de nuevo y aparto la mirada de la caja para por primera vez, echar un vistazo a mi alrededor.
Hay mucha más gente de la que hubiese imaginado y no conozco a la gran mayoría, lo que me enfada más todavía y a la vez me da envidia de que todos ellos hayan compartido tiempo con mi padre en algún momento.
Mis ojos se detienen de repente a mi izquierda, junto a una columna y como si quisiese pasar desapercibida, hay una mujer de treinta y tantos con la mirada clavada en el féretro. No se mueve, no parpadea y juraría que a veces ni respira, solo llora en silencio de un modo que me conmueve. Sus lágrimas resbalan por sus mejillas sonrojadas sin cesar, con una tristeza infinita que me hace preguntarme qué tipo de relación tenía esa mujer con mi padre para sentir su pérdida de esa manera.
—¿La conoces? —me pregunta Martín de pronto.
—No la había visto en mi vida.
—Parece muy afectada.
—Sí, lo parece —secundo sin dejar de mirarla mientras acepto el pañuelo que me ofrece Martín para secar mis ojos—. ¿Crees que tenía algún lío con él? ¿Qué era su pareja?
—¿Su pareja? —pregunta perplejo —pero si podría ser su hija también, esa mujer debe tener tu edad.
—¿Y qué? Será que no hay parejas así.
Martín no dice nada y yo me paso el resto de la misa alternando miradas entre el altar y ella. Es guapa, realmente atractiva. Y si mi padre tenía ojos en la cara no me extrañaría que hubiese caído rendido a sus encantos, no sé por qué a Martín le sorprende tanto.
La misa acaba y de pronto siento un vacío y un agobio que no me explico, me llevo la mano al pecho y ahogo un gemido rompiendo a llorar de nuevo. Martín me abraza y me consuela como solo él sabe hacer, sin palabras porque sabe que no las necesito, solo con sus enormes brazos rodeando mi cuerpo haciendo que me sienta un poco más segura al pensar que sin mi padre ya no me queda nadie.
Me recompongo como puedo y me pongo en pie, aguantando estoicamente que todos me den el pésame. Después de saludar a los pocos familiares que tengo y con los que apenas mantengo relación, me harto de escuchar palabras de consuelo de gente que no conozco y que me hace sentir cada vez peor.
—Estaba muy orgulloso de ti, te quería mucho, no hacía más que hablar de ti…
Esas son las frases que no dejo de escuchar y que me descolocan por completo. Es como si mi padre me hubiese excluido de su vida totalmente y tuviese otra en la que yo no formaba parte, pero toda esta gente sí y siento que la que ha estado muerta he sido yo. Tengo la impresión de que él hablaba de mí como alguien a quien ya no vería nunca más.
—No sé qué hago aquí, Martín —le digo sin poder contener las lágrimas otra vez—me siento fuera de lugar, todos parecen conocerse y aquí la única que sobra soy yo.
—Tu padre era profesor, Adri, es normal que conociese a tanta gente —trata de consolarme.
Salimos y Martín abre el enorme paraguas para protegernos de la lluvia a ambos. Parece que el agua ha decidido darnos una tregua para el funeral y simplemente llueve de forma leve. No como los últimos dos días en los que ha caído de forma incesante provocando numerosos destrozos. Lo más gracioso es que ningún parte meteorológico lo predijo, según los meteorólogos, esta semana de junio debíamos gozar de un cielo completamente despejado, y no solo no ha dejado de llover, sino que la compañía de una chaqueta fina o una sudadera no sobra en ningún momento.
—El tiempo está loco —se queja una señora abriendo su paraguas a nuestro lado.
Después de coger el coche los cinco minutos que se tarda en llegar al cementerio, me encuentro de nuevo con el rostro empapado en lágrimas, sintiendo que me rompo por dentro mientras el enterrador coloca la tapa del nicho donde descansará mi padre.
La gente poco a poco va desapareciendo de forma sigilosa, ya han cumplido con su cometido de hacer acto de presencia y mostrar sus respetos y pueden volver a sus respectivas vidas. Nosotros permanecemos en el mismo lugar, guarecidos bajo el paraguas escuchando como las múltiples gotas golpean sobre él cuando la mujer de la columna aparece frente a mí bajo un pequeño paraguas gris.
Por algún motivo mi corazón se detiene al enfocarla, sus ojos marrones brillan por las lágrimas y sus mejillas húmedas siguen manteniendo ese color rosado cuando esboza una pequeña y dulce sonrisa y me tiende la mano.
—Lamento mucho la pérdida de tu padre —dice tras aclararse la voz con un ligero carraspeo—. Me llamo Nagore y tuve la suerte de conocerle bastante bien. Era un buen hombre —asegura intentando que sus labios no tiemblen.
—Gracias —titubeo nerviosa.
Me gustaría preguntarle muchas cosas, pero por algún motivo estoy paralizada ante ella y soy incapaz de verbalizar nada más. Ella me dedica otra sonrisa y baja la mirada hacia nuestras manos, que siguen unidas en ese saludo inicial del que parece que no he querido deshacerme.
—Lo siento —me disculpo liberando su mano de mi agarre.
Nagore esboza una nueva sonrisa, y tras dedicarle un saludo de cabeza a MartĂ­n, desaparece como un fantasma mientras yo sigo paralizada mentalmente.
—¿Por qué no le has preguntado de qué lo conocía? —me pregunta Martín sin comprender.
—No lo sé.
—Buenos días —saluda otra mujer apareciendo frente a nosotros—, mi más sincero pésame por la muerte de su padre, señorita Montes.
—Gracias —respondo de forma mecánica mientras intento calcular su edad. ¿Cincuenta tal vez?
—Me llamo Amelia Salmedo, soy abogada y además del tema del testamento tengo algo para usted de parte de su padre. Pásese por mi despacho cuando le vaya bien —dice tendiéndome una tarjeta.
—¿Tiene algo para mí? —pregunto descolocada.
—Así es.
Esta vez sí que pienso con rapidez, estamos a jueves y es casi la hora de comer, pero si esta mujer es abogada seguro que abrirá su despacho esta tarde.
—¿Le importa si es esta tarde? Me gustaría solucionarlo todo cuanto antes.
—Por supuesto, tiene la dirección en la tarjeta, pásese después de comer y la atenderé antes de abrir el despacho —responde de forma amable.
—Muchas gracias.
La mujer también desaparece y yo me giro hacia Martín intentando buscar en su expresión una respuesta a todas las dudas que tengo ahora mismo.
—Te invito a comer —dice sonriente—, aquí ya no hacemos nada más.
Tiene razón, ahora un obrero está sellando el nicho subido a una escalera. Dentro de unos días colocarán una lápida de mármol con el nombre de mi padre y eso es todo lo que quedará de él.
—¿En qué piensas? —pregunta Martín al verme absorta cuando terminamos de comer.
—En toda esa gente, era como si todos ellos me conociesen a través de él, pero yo en cambio no sé nada de nadie. Me he sentido muy incómoda.
—Te entiendo, y sé que tu padre ha pasado demasiado tiempo fuera por su trabajo…
—¿Demasiado tiempo? —lo corto nerviosa—. por favor, Martín, lleva años alejado de mi vida. ¿Cuánto nos veíamos? ¿Una vez en navidades?
—Pero te llamaba —trata de justificarle enfadándome más.
—Me llamaba…—repito cabeceando—. ¿A una llamada al mes lo llamas tú relación de padre e hija?
—Sabes que te quería, Adri, ya has escuchado a toda esa gente. Te conocían a través de él porque seguro que se le llenaba la boca hablándoles de ti.
Resoplo y sonrĂ­o negando, a MartĂ­n le resulta imposible ver el lado negativo de las cosas y agradezco que sea asĂ­, creo que sin Ă©l ya me hubiese vuelto loca hace tiempo.
—Vamos, anda, don positivismo —le digo poniéndome en pie—, veamos que sorpresa me tiene preparada esa mujer.
Tal y como habíamos quedado, la abogada nos recibe cuando todavía está cerrado. Durante varios minutos me habla del testamento, de las dos propiedades que heredo y de una cantidad de dinero que hace que Martín y yo nos miremos preguntándonos si el sueldo de un profesor de universidad que se había retirado para dar conferencias por todo el país, da como para ahorrar tal cantidad.
—Su padre me dio orden de encargarme de todos los trámites, así que usted no debe preocuparse por nada.
—De acuerdo.
—Bien, pues en ese caso solo me queda entregarle esto —dice tendiéndome un sobre—. Su padre me pidió expresamente que se lo entregase en mano en caso de que él falleciese.
Es un sobre pequeño y fino que como mucho contendrá una sola hoja. No me imagino a mi padre escribiendo una carta de despedida, eso no iba con él, o tal vez sí, porque ya no estoy segura de sí le conocía del todo.
Guardo el sobre en el bolso y cierro la cremallera a conciencia como si temiese que se pudiera escapar lo último que me queda de él. Nos despedimos de la abogada, o más bien lo hace Martín, porque de nuevo me he quedado absorta en mis pensamientos y no reacciono hasta que salimos al pasillo del edificio en busca de las escaleras y de refilón veo pasar a Nagore, la mujer que lloraba desconsolada junto a la columna. Ninguna de las dos detenemos nuestro paso, de forma mecánica le hago un gesto con la cabeza a modo de saludo y ella me lo devuelve con la mano antes de detenerse frente a la puerta de la que acabamos de salir.
—¿Va a ver a la abogada de mi padre? —le pregunto a Martín cuando llegamos al portal.
—Eso parece —responde encogiéndose de hombros.
—¿Y no te parece extraño?
—¿Quieres volver para que le preguntemos?
—No, creo que no —contesto cuando salimos a la calle y un manto de agua amenaza con hundirnos el paraguas.
—Joder con la lluvia —se queja Martín mientras corremos hacia el coche.
Una vez dentro del vehículo y envueltos únicamente por el ruido casi ensordecedor del agua golpeando el techo y los cristales, saco el sobre del bolso y me quedo mirándolo.
—¿Seguro que quieres leerlo aquí? Quiero decir, a lo mejor prefieres hacerlo a solas en tu casa —comenta Martín.
—No, quiero hacerlo ahora.
Las manos me tiemblan cuando rasgo el sobre y saco el papel que contiene dispuesta a leerlo. Mi decepción es enorme cuando solo veo unas pocas líneas y unos números anotados en la parte inferior. Supongo que no podía esperar mucho más.
“Querida Adriana, solo me iré con un pesar a la tumba y será no haber podido pasar más tiempo contigo, espero de corazón que puedas perdonarme y que no olvides nunca que te quise más que a nada en el mundo a pesar de no haber podido demostrártelo como merecías.
Sé que no tengo derecho a pedirte nada y aun así lo voy a hacer. Prométeme que irás a las coordenadas cuando empiece el caos. Quizá ahora no lo comprendas, pero pronto lo harás”
—¿Qué coño? —gruño enfadada mientras arrugo el papel dispuesta a tirarlo por la ventana.
—¡Espera! No lo hagas, Adri —me detiene Martín—, ya sé que es algo confuso y que ahora estás un poco afectada, pero no te deshagas de la nota. Tu padre quería que fueses allí y eso tiene que ser por algo.
—No empecemos con tus teorías de la conspiración, por favor —resoplo mientras me seco las lágrimas. No estoy dispuesta a llorar más por hoy.
—No son teorías, solo te pido que lo guardes para cuando estés más tranquila.
—Está bien —acepto guardando de nuevo el sobre en el bolso con desgana—, pero no pienso ir.
—¿Por qué no? —pregunta alzando las cejas.
—¿Unas coordenadas? ¿En serio? ¿Tan difícil es poner una dirección?
—A eso me refiero, Adri, ¿no te mata la curiosidad? —pregunta emocionado.
—No tanto como a ti, eso está claro —resoplo poniendo los ojos en blanco—. ¿Podemos volver ya, por favor?
—Claro.
3
3 de junio de 2023, sábado.
Adriana
Cogerme un par de días por el funeral de mi padre no sé si ha sido buena idea. Ayer me pasé todo el día intentando elegir una foto de él para enmarcarla. Quería una en la que los dos apareciésemos juntos y sonrientes, pero me di cuenta de que actuales no tengo ninguna, todas son de cuando era pequeña y eso me entristeció todavía más.
Hoy, por el contrario, lo que tengo es mal humor, y eso que el día ha amanecido soleado por fin. No dejo de pensar en la dichosa nota, pero por mucho que miro mi bolso soy incapaz de sacarla de ahí, quizá porque me da miedo que me entre otro arrebato y acabe tirándola a la basura. Martín no está aquí para detenerme y evitar que luego acabe arrepintiéndome.
—Y hablando de Martín… —susurro en voz baja cuando mi móvil empieza a sonar y su nombre aparece en pantalla.
—No me lo digas, sigues en pijama —suelta burlón en cuanto descuelgo.
Me doy un vistazo de arriba abajo y me muerdo el labio.
—Ese silencio me da la razón —se ríe.
—Justo ahora iba a vestirme…
—Pues perfecto, porque en quince minutos estoy ahí. Te vienes a comer a casa, y antes de que te niegues te advierto que Blanca no acepta un no por respuesta y lleva unos días con un humor un tanto extraño.
Decido no protestar. Sé que mi amigo no desistirá en su empeño y lo cierto es que me apetece salir de aquí. Necesito despejarme.
Cuando llegamos a su casa y cruzamos la puerta, la mujer de Martín, Blanca, me recibe con un fuerte abrazo en el que reparte un millón de besos por mi mejilla mientras me dice cuanto lamenta lo de mi padre. De nuevo mis lágrimas ruedan sin control durante un tiempo en el que ella no se separa de mí y que Martín aprovecha para ir a por un rollo de papel higiénico al baño.
—Que burro eres —sonrío entre sollozos cuando me lo entrega.
—Ven, vamos a sentarnos —me invita Blanca.
Veo con sorpresa que la comida ya está servida y que Blanca ha hecho uno de mis platos favoritos, huevo frito con patatas y croquetas caseras que le salen de muerte.
—Siento no haber podido ir al entierro, Adriana. Me hubiese gustado mucho acompañarte en un momento tan duro, pero es que no me sentía nada bien —comenta mientras comenzamos a comer.
—No te preocupes, ¿ahora estás mejor?
—Sí, bueno, tengo ratos —sonríe descolocándome.
—¿Ratos? Martín me dijo que solo te habías sentido algo indispuesta. ¿Qué me estoy perdiendo? —pregunto tan preocupada que hasta dejo una de esas maravillosas croquetas clavada en el tenedor.
—Oh, no tienes que preocuparte. No es nada malo —se apresura a decir Martín.
—¿Entonces?
—Verás —comienza a decir Blanca—, quizá este no sea el mejor momento para contarte esto, pero eres la mejor amiga de Martín y yo te adoro, y la verdad es que ambos nos morimos de ganas de contártelo, pero pasó lo de tu padre y…
—Joder, Blanca. Me pones nerviosa, dilo de una vez, ¿voy a ser tía?
—¡Sí! —exclaman ambos al unísono.
Mi silla cae al suelo haciendo un ruido estrepitoso del salto de alegría que pego. Me abrazo primero a Blanca que es a la que tengo más cerca y en ese tiempo aparece Martín y nos abraza a ambas. Y sí, los tres lloramos.
—No sabéis cuánto me alegro, en serio.
Pasada la emoción inicial, el tema de conversación durante toda la comida gira en torno al futuro bebé del que ya han decidido que seré madrina junto al hermano de Blanca.
Hubiese estado encantada de que esa conversación se hubiese mantenido durante todo el día, pero al terminar de comer y sentarnos en el sofá, Martín saca un tema que ya no me gusta tanto.
—Blanca y yo hemos estado hablando sobre la carta que te entregó tu padre.
—No me la entregó él, fue la abogada —lo corto nerviosa.
—Sí, perdona, la abogada.
—Creemos que debes ir al sitio que te indica tu padre —interviene Blanca en tono conciliador.
—¿Para qué? Si tanto quería que fuese porque no me lo dijo estando vivo.
—Supongo que tendría sus motivos. ¿Es qué no tienes curiosidad? —pregunta Martín incrédulo.
—Un poco —reconozco relajando la tensión.
—Decidido entonces, Martín te acompañará mañana.
—No tan rápido, Blanca —se ríe él—, esas coordenadas podrían marcar un punto al otro lado del planeta. ¿Tienes la carta aquí?
Asiento y me levanto en busca de mi bolso. De repente mi curiosidad se ha doblado. Martín abre el portátil y las introduce con cuidado de no equivocarse y cuando le da a buscar, el resultado nos indica que el lugar está a tan solo una hora de aquí.
—¿Qué sitio es ese? —pregunta Blanca con curiosidad.
Yo empiezo a mosquearme, porque el navegador no ha indicado ningĂşn nombre de pueblo o ciudad, tan solo un punto en medio de una zona verdosa y cuando MartĂ­n empieza a ampliar, comprobamos que en ese lugar no hay nada.
—Perfecto —resoplo molesta—, nos envía en medio de ninguna parte, a lo mejor quiere que vaya allí a meditar.
—No sabes lo que hay, Adri —se ríe Martín—, quizá sea un sitio al que a él le gustaba ir y quiere compartirlo contigo.
—Oh, por favor —cabeceo negando.
—No discutáis que llevo una persona dentro y estoy muy sensible —se queja Blanca—, solo hay una hora en coche, Adriana. Podéis ir mañana, recemos para que el buen tiempo se mantenga.
—¿Y si no hay nada? —pregunto con rabia.
—Si no hay nada os habréis dado un paseo que te servirá para desconectar un poco de todo, y también te quitarás la espinita que sabes que tendrás clavada siempre si no vas.
¿Desde cuándo es tan sensata esta mujer?
—Está bien. Iremos mañana y si no hay nada no quiero volver a escuchar hablar sobre el tema.
—Perfecto, os prepararé un buen almuerzo y algo de beber —resuelve Blanca sonriente.
—Espera, ¿por qué no vienes? Podemos pasar la mañana allí los tres —le propongo.
—No, cariño. Solo de pensar en montarme en el coche me entran ganas de vomitar —dice acariciándose esa barriga a la que todavía no se le nota que lleva una vida dentro—, lo más inteligente que puedo hacer es quedarme donde haya un baño cerca y una cama en la que tumbarme.
4
4 de junio de 2023, domingo
Adriana
Todavía no me puedo creer que haya accedido a ir al lugar que me pidió mi padre en la nota. No es que no sienta curiosidad, incluso Blanca tiene razón y debo reconocer que si no voy no podré pasar página. Pero me da mucha rabia que no fuese más explícito. Ya que se molestó en dejar esa nota, podría haberme explicado en ella qué es lo que hay allí, o por qué era tan importante para él que fuese como para asegurarse en vida de que ese dichoso papel llegase a mí transcurrida su muerte.
Siento que incluso ahora, después de muerto, no me deja conocerle.
—Deja de darle vueltas a todo y disfruta del viaje —interviene Martín mirándome de soslayo antes de devolver la vista a la carretera.
Le dedico una mirada rápida y media sonrisa. Ahí está él, como siempre a mi lado en los mejores y los peores momentos.
—A veces creo que no te merezco como amigo —confieso de sopetón.
MartĂ­n vuelve a mirarme y alza las cejas divertido.
—Para ti soy mucho mejor amigo que amante, eso está claro, pero si quieres que echemos un polvo rápido—bromea ganándose un capón.
—¿Crees que alguna vez Blanca siente celos? —pregunto pensativa.
—¿Crees que hubiese propuesto que te acompañase si así fuera? Sabe que eres mi mejor amiga, y conoce la historia porque se la expliqué con detalle desde el principio, ya te lo dije.
—Oh, sí, olvidaba que le comentaste que estuvimos juntos casi cinco años —sonrío haciendo una mueca divertida.
—Y no olvides que te propuse matrimonio y todo —añade él guiñándome un ojo.
—¡Por Dios! Cuánto siento todo aquello, Martín —me disculpo abochornada al pensarlo.
—¿El qué? ¿Dejarme porque te diste cuenta de que te gustaban las mujeres? Sinceramente, prefiero que lo hicieses entonces que después de casados, imagina haber tenido que compartir mi enorme fortuna contigo en el divorcio.
—Eres idiota —digo riendo.
—Deja el pasado donde está, Adri. Los dos lo pasamos mal en aquel momento, pero lo superamos y ahora míranos, inseparables.
—Cierto.
Minutos después el GPS nos saca de la carretera general para desviarnos por una pista de tierra embarrada por las lluvias y repleta de curvas interminables.
—Menos mal que Blanca no ha venido —comenta Martín concentrado.
Seguimos por esa pista más de veinte minutos hasta que después de una de las curvas el navegador nos indica que debemos desviarnos a la derecha en un acceso apenas imperceptible a la vista.
De haber venido yo sola no estoy segura de que me hubiese metido, pero MartĂ­n lo ha hecho y ahora estamos aquĂ­, con el coche parado frente al acceso porque es demasiado estrecho para pasar con Ă©l. Perfecto.
—Joder, ¿y ahora qué?
—Dejamos el coche aquí y seguimos andando —comenta como si nada.
—¿Andando? Si ni siquiera sabemos dónde es —exclamo mosqueada.
—Según esto debemos recorrer cuatro kilómetros por aquí y habremos llegado —explica mi amigo.
—Cuatro kilómetros que pueden ser eternos, este camino no tiene muy buena pinta y es todo en subida, Martín. Estoy segura de que por aquí no pasan ni los forestales —comento un poco inquieta.
MartĂ­n me ignora. Coge la mochila con el almuerzo, cierra el coche y comienza a caminar. Joder.
Como yo ya predecía, el camino es cada vez más malo. El terreno es abrupto entre rocas, vegetación y surcos enormes que se han dibujado con las últimas lluvias. Por no hablar de que las ramas y otras plantas invaden el estrecho camino y me tengo que pelear con todo para poder pasar.
—Solo son hierbajos —comenta tranquilo mientras yo me quejo una y otra vez.
—No corras tanto, que yo no estoy muy en forma últimamente —le pido casi sin aliento.
Martín me dedica una mirada divertida y decido callarme para no darle más carnaza con la que meterse conmigo los próximos tres meses.
Casi una hora después y habiéndonos guiado por el navegador del móvil en todo momento, llegamos a lo más alto, donde la vegetación es más dispersa por fin.
—Vaya —comenta Martín parándose en seco.
Yo me quedo boquiabierta, pero no de emoción precisamente. Hemos conducido media hora y caminado otra por un camino perdido en medio de la montaña para encontrarnos con cuatro casas en ruinas.
—¿En serio? —pregunto molesta—. ¿De verdad hemos recorrido este camino de mierda para llegar hasta aquí?
Martín me ignora y da unos cuántos pasos. Yo resoplo, siguiéndolo a paso rápido hasta la pequeña agrupación de construcciones en ruinas.
—Es una pasada, mira que vistas, Adri.
En una ocasión normal le ladraría, pero debo reconocer que tiene razón. Estamos en lo alto de una montaña, y a pesar de que la ruinosa construcción se encuentra rodeada de árboles, entre ellos se puede ver algunas poblaciones de la provincia de Barcelona como diminutos mapas de papel. Hoy el cielo no está tan despejado como ayer, de hecho, el sol se ha escondido del todo y las nubes amenazan con volverse cada vez más grises y premiarnos con otra dosis de agua como en los últimos días. Y aun así las vistas son magníficas.
—Pues nada, gracias, papá —ironizo mirando al cielo tras unos minutos—, unas vistas maravillosas.
—No seas así —se ríe Martín—, parece una masía abandonada.
—¿Una masía abandonada? —pregunto haciendo una mueca.
—Sí. En Cataluña hay muchas de ellas construidas en lugares así de inaccesibles.
MartĂ­n se acerca a los edificios entusiasmado y decido seguirle para ver si me contagia un poco y se me quita el mal humor que me ha entrado al llegar.
Hay exactamente tres construcciones en ruinas en una pequeña explanada coronando la cima de esta montaña, dos a un lado y una al otro. Supongo que la más grande debía ser la vivienda y las otras graneros y cosas de ese estilo, aunque es imposible saberlo porque apenas quedan restos de las paredes de ladrillos que un día las sostuvieron.
—Está completamente abandonada —comenta observándolo todo a nuestro alrededor.
—Por no haber no hay ni pintadas, ni siquiera el vandalismo ha llegado aquí. Claro que está abandonada, Martín, ¿quién coño quiere venir a un sitio así? Alejado de todo, en medio de una montaña y solo para ver cuatro muros medio derrumbados.
—Te sorprendería saber a cuanta gente le gustan estas cosas, pero tienes razón, es un lugar dejado de la mano de Dios, demasiado inaccesible y con poco que ofrecer para que el viaje merezca la pena. Y, aun así, tu padre quería que vinieras —comenta pensativo.
—No empieces, Martín. Aquí no hay nada y te garantizo que no encontraremos un mensaje de mi padre escrito en una pared —aseguro poniendo los ojos en blanco.
—Estamos aquí, Adri, inspeccionemos un poco al menos.
—Claro —me rindo poniéndome las manos en la cintura. Al fin y al cabo, la inspección no puede durar mucho porque no hay mucho dónde buscar.
Martín se pasea por encima de los escombros como un niño pequeño mientras remueve y observa las ruinas con atención. Yo me limito a pasear por los alrededores, incluso me permito el lujo de alejarme un poco pensando que quizá las coordenadas no nos han traído al punto exacto y pueda haber algo por aquí que dé un poco de sentido a este absurdo viaje.
Lo único que encuentro es un pequeño y precioso riachuelo unos doscientos metros adentrado en el bosque. Cuando estoy de regreso veo otros restos a la izquierda de la supuesta masía, parece algún tipo de cementerio, una especie de panteón también en ruinas.
—Fíjate en esto, Martín —lo llamo sabiendo que le encantará verlo.
—Parecen los restos de un panteón familiar —comenta sorprendido.
—Es un poco raro, ¿no? Que tengan su propio cementerio particular.
—Mira este sitio, puede que fuese una única familia la que vivía aquí y por eso construyeron el panteón. ¿Tienes la nota de tu padre?
La saco del bolsillo y se la entrego a mi amigo con complejo de detective.
—¿Qué se supone que buscas? —le pregunto con curiosidad.
—No lo sé, Adri. Algo, algún detalle que nos indique qué debemos buscar. Estoy convencido de que tu padre no te ha enviado aquí para nada.
—Pues yo estoy convencida de que tú y él estáis igual de chalados —me burlo señalándolo con un dedo.
Ambos reĂ­mos a carcajadas y volvemos a la zona principal.
—Venga, vamos a degustar ese generoso almuerzo que nos ha preparado tu mujer y nos marchamos, ¿de acuerdo? Aquí no hay nada, Martín, no le des más vueltas. En todo caso, ya volveremos cuando empiece el caos —digo jocosa mientras el cabecea dándome por imposible.
—¿A qué crees que se refiere con el caos? —me pregunta intrigado.
—No tengo ni idea, nada de esto tiene sentido para mí. Ni la nota, ni este sitio, y mucho menos el caos.
—Quizá sea un aviso, tal vez él tuviese información sobre algo que nosotros no tenemos.
—Joder, Martín, no hagas que se me indigeste el almuerzo con tus teorías raras. Si mi padre tenía información vital creo que lo lógico es que me la hubiese dicho tal cual, no enviándome al culo del mundo para comerme un bocadillo vegetal exquisito con el paranoico de mi ex.
—Algún día el tiempo me dará la razón y tendrás que pedirme perdón por tu insolencia —me señala amenazante antes de que ambos comencemos a reír y por poco me atragante con el bocadillo.
5
5 de junio de 2023, lunes por la mañana
Adriana
—No deberías haber venido, puedes tomarte unos días más, sabes que podemos cubrirte —comenta Blanca mientras nos tomamos un café en nuestro pequeño negocio.
—Estoy mejor así, de verdad. Necesito volver a la normalidad o me volveré loca. Además, en tu estado no debes hacer esfuerzos —digo guiñándole un ojo y haciendo una suave caricia sobre su vientre.
—Siento que hicieseis el viaje para nada. Martín me explicó que solo encontrasteis una masía en ruinas, y encima fui yo la que te convenció para ir.
—No te preocupes. Creo que me vino bien salir, y debo reconocer que el lugar era precioso y tranquilo. Desde allí arriba teníamos unas vistas increíbles, era perfecto para comerse un bocadillo tan bueno.
Blanca sonríe y las dos guardamos silencio cuando el locutor de la radio que tenemos en el despacho interrumpe la música para dar un parte meteorológico. Hace un mes esto era impensable, pero desde hace dos semanas pasa a diario porque son incapaces de predecir nada que vaya más allá de las próximas horas.
—La lluvia no parece querer dejarnos y cada vez cobra más fuerza, además, se acercan rachas de viento que podrían alcanzar los noventa kilómetros por hora, por lo que se recomienda extremar las precauciones y salir solo si es imprescindible —anuncia el locutor dejándonos a ambas con la boca abierta.
—¿Acaban de recomendar que no salgamos de casa? —pregunta Blanca perpleja.
—Bueno, ya sabes cómo va. No tienen ni puta idea de lo que puede venir y por si acaso se cubren las espaldas. Nos advierten y si luego no pasa nada dirán que la tormenta cambió de rumbo —digo encogiéndome de hombros mientras aparece Martín resoplando a mi lado.
—Tú siempre tomándotelo todo a la ligera —se queja mientras se limpia las manos—, algo va a pasar, si leyeses los blogs que yo leo o vieses unos cuantos vídeos en los que hablan expertos de verdad, entenderías que se cuece algo gordo, algo que solo los de arriba saben y no nos van a decir. Y no hablo de politicuchos de tres al cuarto que solo nos marean con sus leyes y sus robos a cara descubiertas, hablo de los que de verdad mueven los hilos.
—¿Otra vez con eso, cariño? —le pregunta Blanca rodando los ojos mientras yo sonrío.
—Algún día me daréis la razón, listillas —asegura señalándonos con el dedo—, me vuelvo al taller, y tú no tardes que tenemos mucho lío.
—Sí, señor —me burlo cuadrándome.
Martín se marcha al pequeño taller de reparación de motos que tenemos en la parte trasera de la nave. Esas son nuestras funciones desde que él y yo empezamos a comprar motos averiadas para repararlas como un simple pasatiempo, que se fue convirtiendo en algo más cuando esas motos las vendíamos después por el triple o cuádruple de lo que nos habían costado.
Al final nos animamos y juntos montamos un taller oficial. Después él se enamoró de Blanca, que era una excelente comercial que venía a vendernos recambios de la casa en la que trabajaba, y al cabo de un año, en una noche de borrachera de los tres, decidimos que podíamos ampliar y montar también una tienda de venta de motos de la que se ocuparía ella. De esto último hace cuatro años y lo cierto es que no tenemos un imperio, pero los tres vivimos desahogados.
Blanca se rĂ­e observando a su marido y se pone en pie en cuanto escuchamos la campana de la puerta, lo que significa que un posible cliente ha entrado en nuestra tienda de motos.
—Me voy al taller, si necesitas cualquier cosa, grita —bromeo haciéndola reír.
Me paso las siguientes dos horas totalmente desconectada, escuchando mĂşsica en la radio mientras le cambio el sillĂ­n a una moto porque algĂşn capullo sin nada mejor que hacer ha decidido rajarlo.
—La gente está mal de la cabeza —reniego contemplando el nuevo sillín.
MartĂ­n va a decirme algo en ese momento, pero de nuevo el locutor interrumpe la mĂşsica, esta vez para dar una noticia.
“Última hora en Madrid, ante el riesgo de inundaciones por las próximas lluvias, el ayuntamiento recomienda a toda la comunidad que prepare mochilas de emergencia. Una por cada miembro de la familia que debería estar siempre en el mismo lugar para que la encuentren rápido en caso de necesitarla. La mochila debe incluir: agua, un mapa en papel de la ciudad y la región, una linterna con pilas de recambio sujetas a ella con cinta adhesiva, una radio FM/AM también con pilas de recambio adheridas y una bolsa impermeable con la documentación personal entre otras muchas cosas que pueden consultar entrando en la página web del ayuntamiento”
Tras eso el locutor vuelve a poner música y yo miro a Martín, que se encuentra petrificado sujetando una llave inglesa en una mano y un trapo en la otra. Iba a intentar mantenerme seria, pero después de lo que he escuchado y de ver la cara que se le ha quedado a mi socio, rompo a reír hasta que consigo contagiarlo.
—¿Esa noticia es en serio o era una broma? —cuestiono cuándo nos calmamos.
—Parecía ir en serio —dice todavía impresionado.
—Venga, Martín, ¿Madrid? ¿De verdad?
Ante la incredulidad de ambos, Martín coge su móvil y entra en la página web del Ayuntamiento de Madrid. Los dos nos quedamos con la boca abierta cuando encontramos la información que acabamos de escuchar por la radio y el largo listado de cosas que se deben incluir en la mochila de emergencia.
—Joder —suspira Martín—, tú y Blanca no me tomáis en serio, pero te digo que está pasando algo. ¿Un riesgo de inundación y le piden a la población que tenga planos de la región? No me jodas, Adriana, contemplan la posibilidad de que la gente tenga que huir de la ciudad a pie.
—Tiene que ser un error, quizá alguna broma de algún pirata informático cabreado —digo poniendo los ojos en blanco.
—¿Y lo dicen por la radio?
—Martín, por favor —resoplo torciendo el gesto—, me puedo creer que un aviso como ese lo den en poblaciones atravesadas por un río caudaloso, muy cercanas a una presa o algo de ese estilo. ¿Pero Madrid? ¿Qué se va a desbordar? ¿el Manzanares?
—No será la primera vez.
—Por supuesto que no, pero nunca lo ha hecho de un modo que la gente tenga que huir de la capital con una radio a pilas y un plano de papel.
—Ahí está la cuestión —dice eufórico señalándome con el dedo índice.
—¿Eh?
De repente un trueno lo ensordece todo como si quisiera darle más énfasis a la noticia. La lluvia empieza a caer con fuerza desmedida sobre el techo del taller ensordeciéndolo todo y poniéndome el vello de punta. Miro hacia la puerta del taller que da a la calle y veo con sorpresa como cae una cortina de agua.
—Tal vez no es ese el motivo —dice ignorando el manantial que cae del cielo—, por mucho que se desborde un río, o supongamos que fuese incluso la propia lluvia que colapsase el alcantarillado —teoriza—, nada de eso implicaría que la gente tuviera que ir por ahí con cosas rudimentarias que se están quedando obsoletas.
—Exacto, gracias por darme la razón —contesto tras un hondo suspiro que me sirve para tranquilizarme un poco.
—No te la estoy dando, Adri, ¿y si es otra cosa? Algo tan grave que no quieren decir para que no cunda el pánico entre la población.
—A ver, sorpréndeme —le pido resignada.
—La única explicación lógica a algo así es una caída de las telecomunicaciones y de las redes en general. Los móviles no funcionarían, y por tanto adiós al GPS, búscate la vida con un plano como se había hecho toda la vida.
—¿Te estás oyendo? —pregunto alucinada ante su aparente emoción por su teoría.
MartĂ­n me ignora y vuelve a coger su mĂłvil y trastea en Ă©l durante un par de minutos durante los cuales yo me limito a observarlo. Joder, apenas parpadea.
—¡Ja! —exclama asustándome—. Míralo, aquí lo tienes, en todos los foros ya están hablando de esto. Es información encubierta—dice mostrándome su móvil.
—Son foros de gente conspiranoica como tú.
Martín ignora mi comentario, supongo que acostumbrado a que Blanca le diga cosas parecidas, y empieza a dar vueltas por el taller. Está claro que hoy ya no va a centrarse en nada que no sea esa dichosa teoría.
—Tenemos que preparar una mochila de emergencia para cada uno —asegura muy serio a la vez que guarda su móvil en el bolsillo.
—No hablas en serio, ¿verdad? —pregunto perpleja.
—Por supuesto —suelta deteniéndose ante mí—, tú misma has dicho que todo esto es raro. Reconoce que mi teoría no es descabellada del todo, Adriana. Algo pasa, puede que yo no acierte ni por asomo, pero algo se cuece y es mejor que estemos preparados. Además, ya has visto el tiempo últimamente, es impredecible incluso para la gente que se dedica a ello.
Ese último comentario es el único que consigue hacerme reflexionar, porque en eso no puedo quitarle la razón, el tiempo se ha vuelto loco. Llevamos demasiados días con estas lluvias que no dan tregua y que no dejan de provocar destrozos, sobre todo cuando vienen acompañadas por unas fuertes ráfagas de aire que tampoco son comunes en esta época del año. ¿Qué daño puede hacerme tener una jodida mochila? Si con eso Martín se tranquiliza, bienvenida sea.
—Sé que tú y Blanca pensáis que soy un pirado, pero me suda las pelotas, esto es gordo y puede que una mochila de mierda nos salve la vida.
—Está bien —lo interrumpo dejándolo atónito.
—¿Está bien? —repite confuso.
—Sí, eso he dicho. El fin de semana que viene iremos y compraremos tres mochilas y todas esas cosas que nos salvarán del fin del mundo. ¿Contento?
—No.
—¿Cómo?
—Estamos a lunes, de aquí al fin de semana puede ser demasiado tarde.
—¡Jesús! ¿En serio?
—Muy en serio. Vamos ahora.
—¿Pretendes que cerremos el taller para ir a comprar unas mochilas que probablemente no usaremos en la vida?
—Eso mismo.
MartĂ­n se dirige a la persiana del taller y me pide que me acerque.
—Observa —dice señalando el cielo.
Enfoco hacia arriba y el corazón se me encoge, no solo diluvia, sino que el cielo tiene unos colores anaranjados que dan auténtico miedo.
—¿Te parece normal? Porque si para ti que el cielo sea del color del fuego mientras cae este puto diluvio es lógico, entonces nos quedamos de brazos cruzados.
Joder, qué cabrón, no sé qué decir.
—Tú decides —insiste presionándome.
—De acuerdo, pero serás tú el que le diga a Blanca que cerramos el taller para ir a comprar unas mochilas.
—Es la hora de comer, solo cerraremos por la tarde, y cerramos la tienda entera. No voy a dejar a Blanca aquí con este temporal. Nos vamos a comer a mi casa y después tú y yo nos vamos de compras.
IncreĂ­ble, pero sĂ­, eso es justo lo que hacemos. Y lo peor es que apenas le cuesta convencer a Blanca, porque ahora ha comenzado a tronar y parece que las paredes vayan a quebrarse.
6
5 de junio de 2023, lunes por la tarde
Adriana
Después de comer no perdemos el tiempo, y a pesar de la insistencia de Blanca en que no deberíamos salir con la que está cayendo, Martín y yo nos subimos en su coche; él por terco y yo por no dejarle solo.
Cuando abre la puerta del garaje tengo la sensación de que estamos al otro lado de una cascada, el agua cae como una cortina y la cantidad de rayos y truenos que la acompañan le dan un aire apocalíptico que me pone los pelos de punta.
Salimos y Martín pone los limpiaparabrisas al nivel máximo. Las calles tienen casi dos dedos de agua allá por donde pasamos y apenas vemos a un par de viandantes que corren para ponerse a cubierto.
—Nunca había visto un cielo así de colorido —suspiro inclinada hacia delante para mirar.
—Yo tampoco.
Salimos de Remas, la ciudad donde viven Martín y Blanca y también donde tenemos la tienda, yo vivo en un pueblo que está tocando a la ciudad, tan solo separado por el río Carren que pasa entre ambos núcleos urbanos.
El trayecto hasta la tienda, a pesar de ser corto a mí se me hace eterno. El agua no da tregua y Martín no puede conducir a más de treinta kilómetros por hora porque es imposible si quieres ver lo que tienes delante.
Llevamos casi dos horas en una de las tiendas de deporte más grandes de la ciudad, oyendo como la lluvia golpea con fuerza el techo, y la gente hace comentarios asustadizos sobre el temporal que estamos viviendo.
Yo me limito a empujar el carro con paciencia mientras MartĂ­n elige todo tipo de materiales para que segĂşn Ă©l; sobrevivamos a la intemperie unos cuantos dĂ­as.
—Eso no está en la lista —resoplo cuando empieza a mirar tiendas de campaña de peso ligero.
—¿Quieres dormir debajo de un puente? —pregunta antes de comenzar a leer las características.
No contesto. Diga lo que diga hará lo que le plazca, así que desde ese momento me limito a observar cómo mete de todo. Cogemos un segundo carro porque el que tenemos está hasta arriba, no hay que olvidarse de que todo lo estamos cogiendo por triplicado.
Él hace caso omiso a la lista del ayuntamiento y mira la suya propia a través de su móvil, donde deduzco que ha entrado en alguna de esas páginas de teorías de la conspiración que tanto le gustan y está haciendo caso a lo que entre todos han puesto allí.
Le veo coger un par de pantalones y chubasqueros impermeables para cada uno, también ropa de fibra sintética que se seca rápido. Coge mantas térmicas, utensilios de aluminio, dos pequeñas bombonas para cocinar, sobres de comida liofilizada, barritas energéticas y cuando pienso que ya estamos, nos vamos a la sección de caza y coge los cuchillos más grandes que encuentra.
—Joder, Martín. ¿En serio eso es necesario?
Se limita a asentir y después se detiene en otro pasillo frente a los walkie talkies.
—Esto es lo más importante de todo, yo me llevaré uno a casa y tú el otro —dice cogiendo los más caros, por supuesto, unos que tienen un alcance de diez kilómetros, al menos eso pone.
—¿Y para qué se supone que los queremos? —cuestiono comenzando a agobiarme.
—Para comunicarnos cuando los móviles dejen de funcionar —responde de un modo tan convincente y sereno que soy incapaz de rebatirle nada.
Cuando pasamos por la caja, la cuenta sube a casi dos mil euros. No me puedo creer que haya accedido a dejarme más de seiscientos euros en material de emergencia solo por no escucharle.
—Ahora faltan los planos y la radio con pilas —dice al coger el comprobante de compra.
—Por supuesto, vaya a ser que nos perdamos y no tengamos un puto plano de la comarca —ironizo cuando salimos.
Ahora la lluvia ha aflojado bastante, por contra, se ha levantado un aire de esos que hacen que solo te apetezca estar encerrada en casa, tumbada en el sofá con una manta y un bol de palomitas mientras ves alguna serie de las que están de moda.
Conseguimos los planos en una librería del centro y la radio con sus pilas de recambio en el centro comercial. Cuando Martín por fin me lleva a mi casa, cruzamos el puente principal que se eleva sobre el río y vemos que lo que en un día normal es un ancho río de aguas tranquilas y bastante transparentes, se ha convertido en un río de aguas marrones y embravecidas que bajan con furia más de un metro por encima de su nivel normal arrastrando todo lo que han encontrado a su paso.
—¡Joder! —exclama Martín impresionado.
Yo no lo estoy tanto porque no es la primera vez que pasa, ya he visto el nivel del río crecer otras veces cuando ha habido lluvias fuertes, pero no con la rapidez que lo ha hecho ahora, y lo peor es que, aunque ha aflojado, no deja de llover. Si el tiempo no mejora y si sigue creciendo, podría desbordarse, y eso sí que no lo he visto nunca en los diez años que llevo aquí.
—Pon a cargar el walkie y tenlo siempre encendido. Prepara la mochila con todo lo que hemos comprado y tus artículos de higiene personal. Llena la cantimplora de agua y tenlo todo listo por si tuvieses que usarla.
Carraspeo y me rasco el pelo, la verdad es que no me atrevo a contradecirle.
—No hemos comprado todo esto para nada —añade muy serio—, ojalá no tengamos que usarlo nunca, pero ya que nos hemos gastado el dinero…
—Que sí, Martín, que ahora mismo lo preparo todo —lo corto resoplando.
—Prométemelo.
Lo hago, me acerco a él, le doy un beso en la mejilla y le prometo que lo haré, porque sé que, aunque parece un paranoico se preocupa por mí, y también debo reconocer que en el fondo estoy algo preocupada yo también. No sé qué coño pasa, pero pasa algo que no nos cuentan.
7
7 de junio de 2023, miércoles, Madrid
Nagore
Me muevo por mi piso de Madrid como un animal enjaulado desde hace horas, tal vez días. No dejo de darle vueltas a las palabras que pronunció Abel antes de morir: “búscala cuando empiece el caos”. Al principio no le di mucha importancia, estaba en su último aliento y tal vez la cabeza no le funcionaba bien, pero después vino esa mujer a verme cuando estaba en el cementerio, la abogada, y cuando fui a su despacho me entregó un sobre que me tiene de los nervios desde entonces.
Lo vuelvo a abrir y saco el papel del interior, lo Ăşnico que hay escrito en Ă©l es la direcciĂłn de su hija Adriana, esa a la que se supone que debo buscar cuando empiece el caos, y una anotaciĂłn de Abel bajo ella.
“No la llames, la asustarías. Solo ve a verla cuando empiece el caos”
Me cago en el dichoso caos. Me he pasado horas encerrada en casa revisando todos los documentos que guardo de mis trabajos con Abel, buscando algo que él hubiese podido anotar sobre eso y que me dé alguna pista, pero no he encontrado nada. No hay ninguna referencia al maldito caos.
Me siento en el sofá con pesadez y observo mi mochila de supervivencia junto a la puerta, esa que el mismo ayuntamiento recomendó hacer. Cuando escuché la noticia por la radio me quedé perpleja, y más cuando dijeron que era por riesgo de inundaciones. Suerte que hice caso, porque el agua no deja de caer con fuerza y algunas zonas de la ciudad están anegadas.
Cojo el teléfono y llamo, a los pocos segundos descuelga mi hermano Iker.
—Lo voy a hacer—le anuncio nada más escucharle.
—¿De qué hablas?
—Voy a ir a Barcelona a ver a la hija de Abel.
—Joder, Nagore, ¿todavía sigues con eso?
—Sí, no puedo dejar de darle vueltas.
—¿Vas a hacerle caso a las palabras que pronunció un hombre moribundo? Siento sonar tan cruel, pero quizá se le fue la cabeza —reniega enfadado.
—¿Y qué me dices del sobre de la abogada?
—Que estaba loco, eso digo. Búscala cuando empiece el caos, ¿qué caos, Nagore? ¿Le costaba mucho ser un poco más explícito en esa nota?
—Creo que el caos ya ha comenzado, Iker, solo tienes que mirar por la ventana o poner las noticias. Medio mundo está siendo inundado por unas lluvias sin precedentes, por no hablar de las nevadas y el viento. Se están desbordando los ríos y los alcantarillados no dan abasto para digerir tanta agua. Y lo peor, no para, no para y nadie es capaz de decirnos cuándo lo hará.
—Es un caos, no te lo niego, pero no puedes saber si él se refería a esto. Si tanto te intriga hazte con el número de su hija y llámala.
—Abel no quería que la llamase, quería que la buscase.
—¿Te estás oyendo? ¿Qué vas a hacer? ¿Ir a Barcelona? Los aeropuertos funcionan a un treinta por ciento de su capacidad por culpa del temporal, y los trenes hace dos días que no salen.
—Iré en coche, y antes de que digas nada ya lo sé, es una locura, pero si no salgo ya puede que ya no consiga hacerlo, Iker. Te prometo que tendré cuidado y que conduciré despacio, pero necesito hacer esto o no podré dormir, he de saber por qué Abel quería que buscase a su hija.
—Está bien —acepta sabiendo que nada puede hacerme cambiar de opinión cuando he decidido algo—, llámame en cuanto llegues, por favor. Y ten cuidado cuando se lo cuentes a su hija si la encuentras, porque es posible que llame a la policía diciendo que una pirada se ha presentado en su casa difamando a su difunto padre.
—Gracias por tu apoyo —resoplo con fastidio.
—Es una posibilidad, reconócelo al menos —se ríe.
Sonrío junto a él, me alegra marcharme sabiendo que no está enfadado.
—Te llamo cuando llegue, te quiero —me despido.
—Yo también, ten mucho cuidado.
Cuelgo el teléfono y acabo de completar la mochila con mis artículos de aseo. Después me visto con ropa cómoda y meto el chubasquero y las botas en una bolsa de plástico. Aquí saldré desde el garaje, pero cuando llegue tendré que cambiarme si no quiero acabar empapada y llamar a su puerta hecha una sopa.
Salgo con el coche y enciendo las luces. No son ni las doce del mediodía, pero las nubes son tan grises que parece que esté a punto de hacerse de noche. Escucho el ruido de mis ruedas abriéndose paso entre los dos dedos de agua que hay sobre el asfalto y me detengo en el primer semáforo.
La gente no detiene su vida por la lluvia, pero los que en un día normal hubiesen ido a pie, ahora van en coche y moverse por Madrid es toda una odisea. Los pocos viandantes que se ven van a cubierto bajo enormes paraguas y llevan los pies enfundados en botas de agua como las que usaba de pequeña para ir al colegio en los días de lluvia, justo las que tengo en el asiento de al lado.
Tardo casi una hora en poder abandonar la periferia de Madrid y sé desde el primer momento que voy a tardar mucho más de lo que debería en llegar a Barcelona. Los coches de delante levantan auténticas cortinas de agua a su paso, lo que me hace mantener la máxima distancia posible mientras los limpiaparabrisas hacen su función a toda velocidad.
Tres horas más tarde paro en un área de servicio a repostar y estirar las piernas. Al bajarme del coche noto un intenso dolor en las lumbares y contengo el aliento mientras se me calma. Llevo días teniendo dolor y, supongo que estar varias horas sentada en el coche no está ayudando. Me tomo un analgésico y continúo mi camino con relativa tranquilidad. Durante más de cien kilómetros la lluvia es muy leve, tanto que incluso pienso que a lo mejor va a parar por fin, pero entonces llego a la provincia de Tarragona y el cielo se vuelve completamente negro de golpe.
El agua comienza a caer como si fuera una cascada y, por mucho que reduzco la velocidad no consigo ver nada con nitidez a menos de un metro por delante de mí. Todo son puntos de color rojo que se difuminan por la carretera y empiezo a sentir auténtico pánico. Nunca he escuchado unos truenos tan fuertes que parece que vayan a reventarme los cristales del coche.
Miro el cuentakilĂłmetros y no paso de treinta por hora, y a pesar de circular a una velocidad tan limitada, no veo nada, solo coches que se empiezan a parar en los laterales de la calzada a la espera de que esto afloje. Decido hacer lo mismo mientras me aferro con fuerza al volante y rezo para que no venga algĂşn despistado y se me lleve por delante.
No encuentro huecos, es como si todos se hubiesen puesto de acuerdo. Así que sigo avanzando con mucha cautela mientras me arrepiento de no haberle hecho caso a mi hermano. Definitivamente ir en busca de Adriana ha sido una mala idea, pero se trata de Abel, y yo confiaba ciegamente en él, sé que jamás me hubiese pedido esto de no tener un motivo de peso.
Por fin veo un hueco y respiro aliviada cuando logro detenerme. Paso casi hora y media entre truenos y relámpagos hasta que la fuerza de la lluvia se debilita y nos empezamos a poner en marcha otra vez.
8
7 de junio de 2023, miércoles
Adriana
Cuanto más tiempo pasa más me alegro de tener esa mochila preparada en el recibidor. Ayer el tiempo se estabilizó y trabajamos como cualquier día, comimos en el bar de la esquina y hasta pudimos tomarnos una cerveza en una terraza al terminar la jornada.
Hoy en cambio no hemos podido abrir la tienda, y mucho menos salir a la calle. Las lluvias han vuelto esta noche por sorpresa y lo han hecho a lo grande. A través de la ventana puedo ver la calle anegada de agua y el río a medio metro de desbordarse. Desde primera hora de esta mañana hay un coche de la policía local patrullando por las calles emitiendo un mensaje por el altavoz que básicamente viene a decir que no salgamos de nuestras casas salvo que sea imprescindible.
Por la radio dicen que los bomberos han tenido que hacer más de doscientas actuaciones en las últimas doce horas. Accidentes de tráfico, tejados hundidos o que han sido arrancados por el viento, árboles caídos, personas atrapadas. Un puto desastre. Los meteorólogos no se ponen de acuerdo y no son capaces de determinar hasta dónde puede llegar esto o el momento en el que parará, y lo peor, no es solo en Cataluña, este temporal está azotando a toda España por igual. En el norte de Europa es incluso peor, porque en lugar de agua es nieve cayendo con tanta intensidad y volumen que está empezando a sepultar pueblos enteros.
Esto empieza a acojonar, y mucho.
El teléfono me suena y lo cojo sin apartarme de la ventana. Esta mierda es como hipnotizante, no puedo apartar la vista de la calle y a la vez de un vídeo que alguien ha colgado en Twitter hace un rato. En él se ve el río de mi pueblo y es alarmante, no solo por el miedo a que se desborde, sino porque por él están bajando árboles enteros, bombonas de butano, bicicletas, y lo último y lo que más me ha impresionado, parte de un tejado.
—Hola, Blanca —la saludo al descolgar.
—Esto es un desastre, Adriana —dice nerviosa—, no parece que vaya a mejorar, Martín y yo creemos que deberías venirte a casa con nosotros, no queremos que estés sola ahí.
—Estoy bien, no os preocupéis, en algún momento esto tendrá que parar.
—¿Y si no lo hace? ¿Y si va a peor?
—No dejes que Martín te meta sus mierdas en la cabeza —bromeo tratando de que se relaje.
Consigo que sonría y la convenzo de que estoy bien, cuando se tranquiliza le pasa el teléfono a Martín.
—¿Tienes el walkie encendido?
—Sí, pesado, encendido y cargado.
Oigo un zumbido seco y la luz se va de repente.
—Joder.
—¿Qué pasa?
—Se ha ido la luz.
—¿En tu casa o en el pueblo?
Camino hacia el contador y veo que todos los interruptores están subidos.
—Parece que en el pueblo.
—Aquí por ahora se mantiene. Apaga el walkie, Adriana. No malgastes la batería.
—Te recuerdo que también funciona con pilas.
—Sí, pero sería malgastarlas también. Simplemente tenlo cerca de ti, y solo si se te gasta la batería del móvil lo enciendes, hablaremos por mensaje.
—Está bien.
—Adri.
—¿Qué?
—Ya sé qué crees que estoy loco, pero llena de agua todos los cuencos y botellas que tengas, no descartes la posibilidad de que también haya averías en el suministro.
Tras eso cuelga el muy gilipollas. De verdad que con Martín y sus paranoias todo parece mucho peor de lo que es. Le hago caso, apago el walkie, dejo el móvil sobre la mesa y busco la batería externa que gracias a él también tengo cargada.
Esta vez la que se agobia soy yo. Mientras estoy llenando todos los recipientes que encuentro de agua, la policía vuelve a pasar por mi calle repitiendo el mensaje, solo que ahora es más largo y me quedo quieta como una estatua para no hacer ruido y entender bien lo que dicen. Es lo mismo, solo que ahora añaden que, si la lluvia no cesa, hay riesgo de que el río se desborde en las próximas horas.
Menuda mierda. Decido que tengo que distraerme con algo porque estoy comenzando a ponerme realmente nerviosa. Así que me voy a la cocina alegrándome enormemente de no haber hecho que me instalasen la vitro como tenía pensado, porque la mía funciona con gas y gracias a eso voy a poder cocinar.
Durante dos largas horas preparo comida que pueda aguantar un par de días en un táper y que pueda comerme sin calentar en el microondas; tortillas de patatas, croquetas y cosas de ese estilo. Después preparo algunos sándwiches que envuelvo en papel de aluminio para que no se seque el pan y me preparo una ensalada para comer cuando el cristal de la cocina estalla en mil pedazos, algunos me alcanzan y el resto cae al suelo junto a la rama de un árbol.
Me doy tal susto que me caigo de culo y me clavo un par de cristales en una de las manos. Me quedo tal cual, observando con asombro el tronco que se ha colado en mi cocina mientras intento que mi respiraciĂłn y mis latidos vuelvan a un ritmo normal.
—Me cago en la puta —me quejo mirando como el agua entra por la ventana.
Me levanto todavía con las pulsaciones disparadas, cojo la rama con esfuerzo y cuidado de no hacerme más daño y la tiro por la ventana de nuevo para sacarla de mi cocina. Después cierro los portones exteriores y me maldigo por no haberlo hecho antes. Echo los cerrojos interiores que instalé hace un par de años cuando durante las vacaciones robaron en un par de casas del vecindario, y antes de bajar la persiana, voy al salón a coger una vela y la enciendo para tener luz en la cocina.
Una vez bajada esa persiana, enciendo otra vela más y empiezo a cerrar portones y persianas en todas las habitaciones salvo en el salón, donde dejo la persiana con las rendijas abiertas para poder ver entre los agujeros el exterior. Una vez hecho eso y sintiéndome algo más tranquila, me limpio la sangre de la mano para ver el alcance de los cortes, que por suerte son pequeños, y me la desinfecto para después ponerme un par de tiritas.
Todavía con el escozor de la mano y la respiración más relajada, vuelvo a la cocina y empiezo a limpiar el desastre, suerte que la comida la tenía en la esquina de la encimera y no se ha visto afectada.
Sigo sin luz, no deja de llover y las noticias de la radio son cada vez más alarmantes.
9
7 de junio de 2023, miércoles
Nagore
Son las ocho y media de la noche cuando el GPS me marca que estoy a cinco minutos de mi destino. Tomo la salida que me indica y desciendo por la carretera hasta llegar a una rotonda en la que hay más de un palmo de agua y la policía local está desviando a todos los coches. Sé que debo obedecer, pero el GPS no me ofrecerá una ruta alternativa y me perderé, así que le hago señas a uno de los agentes y me detengo un momento.
—Voy a Varaid —le explico intentando pronunciar bien el nombre.
—Esta carretera está cortada, tendrá que dar la vuelta y acceder desde la parte alta.
—No soy de aquí, ¿podría explicarme cómo llegar?
No sé de dónde saca la gente que los catalanes son unos estirados, el agente me explica de forma muy amable y explícita el recorrido que debo hacer.
—¿A qué calle va exactamente?
Se lo indico y Ă©l cabecea alzando las cejas.
—El río está a punto de desbordarse. Esa calle está en zona segura por ahora, pero si la cosa sigue a este ritmo deberían usted y su familia plantearse ir a casa de algún familiar que viva en un lugar más seguro.
—Gracias, agente, lo comentaremos en casa.
Tras eso me pongo en marcha, doy la vuelta a la rotonda y tomo la Ăşltima salida para volver a la carretera por la que he venido. Salgo en la siguiente y siguiendo las indicaciones del GPS, llego hasta una calle llena de casas adosadas y aparco frente al nĂşmero siete rezando porque la hija de Abel se encuentre en casa y no haya decidido marcharse.
Echo el asiento hacia atrás y cojo la bolsa con el chubasquero, me lo pongo y cuando intento calzarme las botas de agua otro pinchazo en las lumbares me corta de nuevo el aliento.
Suspiro y expiro varias veces, me pongo la capucha y salgo del coche. Me acerco a la puerta exterior y pulso el timbre un par de veces, después me agacho y acerco la oreja al interfono porque con el ruido de la lluvia dudo que escuche nada cuando me conteste.
Espero pacientemente lo que me parece un tiempo razonable y vuelvo a llamar. Nadie contesta, y si lo hace no lo oigo. Intento abrir la puerta por si hubiese pulsado, pero está cerrada y es entonces cuando me doy cuenta de que las farolas de la calle están todas apagadas. Miro el resto de las viviendas y en ninguna de ellas hay luz. Genial.
Me alejo un poco y estudio el muro, la mitad inferior de ladrillo y la mitad superior es una verja de hierro opaca. Puedo subir al muro y saltar por la parte superior, solo espero que nadie me vea y avise a la policĂ­a pensando que estoy entrando a robar.
Vuelvo a abrir el coche, cojo la mochila y me la cuelgo de los hombros quedándome sin aliento otra vez. Maldita espalda, me apoyo en el coche unos segundos hasta que se me pasa un poco y miro el muro, no solo tengo que preocuparme de no resbalar al encaramarme por él, también debo hacerlo con movimientos suaves o corro el riesgo de que me dé otro pinchazo en las lumbares cuando esté saltando y me acabe cayendo.
Todo va perfecto hasta que me encuentro al otro lado y doy un pequeño salto desde el muro hasta el suelo. Me quedo petrificada en el sitio sintiendo como si algo me estuviese estrujando las lumbares. Me enderezo como puedo y a pasos muy lentos llego por fin hasta la puerta. Esta vez golpeo con la mano abierta sobre la madera varias veces hasta que la palma de la mano me pica.
—¿Quién es? —se escucha al otro lado unos segundos después.
Oh, joder, menos mal que está en casa, si tengo que volver a saltar el muro creo que prefiero acampar en el jardín.
—¿Adriana Montes? —pregunto gritando.
—Sí. ¿Quién coño eres? —grita impaciente.
Vaya carácter, en eso desde luego no se parece a su padre.
—Me llamo Nagore Godoy, trabajaba con tu padre, nos conocimos en el cementerio, aunque posiblemente no me recuerdes —le explico con mucho detalle.
De pronto la puerta se abre algo más de un palmo y unos ojos de color avellana me miran de arriba abajo. Después me enfoca con expresión de desconcierto y abre la puerta haciéndose a un lado.
Doy un par de pasos hacia el interior y me detengo en la entrada cuando ella cierra la puerta. Todo está sumido en la oscuridad, la única luz es la llama de una vela que ella lleva consigo y dos más que se ven por lo que parece el salón.
—Lamento presentarme así y a estas horas, puedo irme a un hotel y volver mañana por la mañana, yo…
—¿Desde dónde vienes? —pregunta observando mi mochila.
—Desde Madrid, no pensé que llegaría tan tarde, pero ha sido horrible conducir con esta lluvia.
Adriana eleva las cejas y me observa sin decir nada. Debe pensar que estoy loca y no me extraña. Yo la observo a ella, vestida con un pantalón de pijama de Tom y Jerry a juego con una camiseta negra de manga corta. Su melena castaña recogida en una cola baja y varias pulseras de cuero y cuerdas adornando sus muñecas le dan un aire juvenil que me fascina y me seduce de repente. No es la mujer de luto que recuerdo, aquel día sus ojos enrojecidos y el flequillo pegado por la cara le daban un aire más serio y me pareció bastante mayor de lo que en realidad es. Pero hoy no.
—No puedes irte otra vez con este tiempo, además, creo que a mi padre no le gustaría que durmieses en un hotel habiendo una habitación libre —dice algo descolocada—, sígueme, te enseñaré donde está el baño, puedes darte una ducha, no hay agua caliente, pero tampoco creo que pases mucho frío.
—Gracias.
Adriana me da una toalla y deja una vela dentro del baño. Veinte minutos después estoy duchada y vestida con un pantalón de chándal y una camiseta. Jamás pensé que me vería en una situación así de rara, presentándome en casa de una desconocida por muy hija de mi mentor que sea, solo porque su padre me dijo que la buscase cuando comenzase el caos. Maldito caos.
Dejo el chubasquero y el pantalón impermeable secándose en la ducha y salgo. Adriana me acompaña a la que será mi habitación esta noche, dejo la mochila en el suelo y vuelvo a quedarme sin aire otra vez.
—¿Podrías darme un poco de agua, por favor?
—Claro.
Sale de la habitación y yo busco otro analgésico y aprovecho también para llamar a mi hermano y decirle que por fin estoy a salvo.
—Joder, me tenías muy preocupado, Nagore —resopla de mal humor.
—Lo siento, el viaje ha sido caótico, no sabes lo mal que lo he pasado. ¿Cómo están las cosas por ahí? —me preocupo, porque como estén como por aquí vamos mal.
—No pinta bien, precisamente ahora me pillas haciendo las maletas, pasaré a buscar a los abuelos y nos vamos a la casa de la sierra, papá y mamá ya están allí. Tendrías que haberte quedado, joder.

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