Un giro del destino (Mala estrella n¬ļ 3) de Kattie Black

Un giro del destino (Mala estrella n¬ļ 3) de Kattie Black

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***SOLO HOY ¬ŅUn √ļltimo baile, milady? de Megan Maxwell¬†

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversi√≥n. Locura.Vuelve a so√Īar con la nueva novela de la autora nacional m√°s vendida...

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Un giro del destino de Kattie Black pdf

Un giro del destino: Amor, intriga y mafia (Mala estrella n¬ļ 3) de Kattie Black pdf descargar gratis leer online

Paula Guerrero es una mujer de acci√≥n: ha dedicado su vida a su trabajo como inspectora de polic√≠a en Nueva York, pero eso nunca le ha impedido mantener una relaci√≥n saludable con su familia y amigos, tener citas y hacer vida normal. Al menos as√≠ hab√≠a sido hasta la aparici√≥n del Dan√©s, el misterioso delincuente que parece jugar con ella, a√Īo tras a√Īo, dejando pistas que solo Paula cree ver… ¬ŅO es su obsesi√≥n jug√°ndole una mala pasada?

Tras un malentendido con cierto malet√≠n, Paula Guerrero y Lily aceptan la colaboraci√≥n del Dan√©s para desmantelar la c√ļpula del hampa que gobierna en las sombras de la gran ciudad, pero los verdaderos planes de √©l siguen siendo un misterio. Uno al que Paula no puede resistirse… Por mucho que quiera.

Tras las aventuras de Lily y Summer, Paula Guerrero se dispone a desentra√Īar el mayor secreto de todos: el enigma del Dan√©s. ¬ŅPodr√° haber un final feliz para la cazadora y su presa?

¬ĽKattie

Un giro del destino: Amor, intriga y mafia (Mala estrella n¬ļ 3)

¬Ľleer¬Ľ

Introducción
Nueva York, septiembre de 2019
Las fotograf√≠as fijadas en la pizarra formaban un extra√Īo tapiz, una tela de ara√Īa que se√Īalaba con sus hilos rojos a la silueta del centro. Aquella era la inc√≥gnita que llevaba a√Īos volviendo loca a Paula Guerrero, quien en ese momento observaba las im√°genes con los ojos brillantes de una cr√≠a ilusionada.
Esa sensaci√≥n inquieta en el pecho, como si se hubiera tragado un peque√Īo animal que diera saltos en su interior, le resultaba maravillosa. Le recordaba a su infancia, al momento en que, tras pasar horas intent√°ndolo, atrapaba un renacuajo en el lago del parque de su barrio. Al fin, despu√©s de tantos a√Īos tras su presa, ten√≠a un indicio que pod√≠a llevarle hasta ella. Estaba m√°s cerca que nunca de despejar la inc√≥gnita del Dan√©s y ponerle un rostro a la imagen central de aquel tapiz. A la clave del caso alrededor del que hab√≠a girado su vida todo ese tiempo.
‚ÄĒHola, Paula. ‚ÄĒLa voz de James la sac√≥ de sus cavilaciones bruscamente‚ÄĒ. ¬ŅHay algo nuevo?
Dejó de mordisquear el bolígrafo y se dio la vuelta, saludando a su amigo con una ancha sonrisa que no pudo disimular su excitación. James se apoyó contra la puerta, cruzando las piernas y mirándola con las cejas levantadas. A su amigo siempre le sorprendía el entusiasmo que mostraba en todo lo relacionado con el Danés.
James y ella hab√≠an sido compa√Īeros muchos a√Īos, pero tras la muerte del padre de √©l, tambi√©n polic√≠a en la misma comisar√≠a y al que hab√≠a idolatrado, James se hab√≠a replanteado toda su vida, dejando el cuerpo para perseguir su sue√Īo de abrir un restaurante. Paula a√ļn se estaba acostumbrado a aquella situaci√≥n. Le echaba tremendamente de menos, eran muy buenos amigos, adem√°s de compa√Īeros, y hab√≠an formado un equipo excepcional. Era poco dada a los dramas y sol√≠a superar las cosas con facilidad, pero James le pon√≠a dif√≠cil la adaptaci√≥n al negarse a soltar del todo el caso del Dan√©s, en el que hab√≠an trabajado juntos. Ese delincuente era una n√©mesis para ambos, y para James, no haber podido cerrar el caso antes de marcharse, era como una espina clavada que no se pod√≠a sacar.
‚ÄĒNo, pero creo que estamos muy cerca ‚ÄĒle respondi√≥ ella agarrando la parka para pon√©rsela‚ÄĒ. Vienes a comer, ¬Ņno? Porque te recuerdo que ya no eres polic√≠a ‚ÄĒbrome√≥.
James resopló, negando con la cabeza. Los dos sabían que eso no era tan sencillo y que no iba a darse por vencido. Con la risa titilando en sus ojos grises, James abrió la puerta y le dio paso.
‚ÄĒS√≠, vamos a comer algo y a hablar de nuestro amigo Greg Marino.
La conversación en la hamburguesería giró en torno a aquel hombre. Greg Marino había amenazado a la novia de James, que casualmente se había visto envuelta en un caso cuyas pistas apuntaban al Danés. Alguien olvidó un maletín en la cafetería donde Lily trabajaba. Con buenas intenciones y muy poca inteligencia, la muchacha se había llevado el maletín a su casa, descubriendo que estaba lleno de dinero. Cuando, asustada, trató de devolverlo a su lugar, alguien la asaltó con una pistola y la amenazó para recuperar el maletín. James llegó a tiempo de evitar una desgracia y el asaltante dejó caer su arma en la refriega. Así lograron la pista más fiable que habían conseguido hasta el momento y que apuntaba directamente al Danés: las huellas en la Glock correspondían a las encontradas en el escenario de uno de sus crímenes. Acabaron descubriendo que su poseedor era un tal Greg Marino y pudieron ponerle nombre a una de las imágenes en la pizarra.
Aquel d√≠a, entre cervezas y patatas fritas no lograron sacar nada en claro, as√≠ que al terminar de comer, James decidi√≥ acompa√Īar a Paula a la comisar√≠a.
‚ÄĒT√ļ lo de cambiar de vida lo interpretas de una forma que me alucina, James ‚ÄĒbrome√≥ ella mientras caminaban hacia el edificio.
‚ÄĒBueno, ya sabes que los cambios radicales no son lo m√≠o. Hay que dejar las cosas poco a poco.
‚ÄĒEn el fondo echas de menos todo esto, ¬Ņno?
‚ÄĒAlgunas cosas, s√≠. Pero que me disparen, por ejemplo, es algo que no a√Īoro en absoluto.
Paula rio y le pas√≥ el brazo por la cintura. Sab√≠a que James no deber√≠a estar all√≠, que si no cortaba de una vez con sus viejas costumbres nunca dejar√≠a atr√°s la vida de polic√≠a. Pero tambi√©n sab√≠a que discutir con su excompa√Īero era una p√©rdida de tiempo y energ√≠as y que aquel caso era tan importante para √©l como para ella misma, as√≠ que, una vez en el despacho, envi√≥ a James a por dos caf√©s y se sentaron a seguir d√°ndole vueltas al asunto. Al fin y al cabo, trabajar con √©l siempre hab√≠a sido m√°s f√°cil. Le ayudaba a pensar.
‚ÄĒ¬ŅPor qu√© el Dan√©s har√≠a una cosa as√≠? Entregar un malet√≠n‚Ķ ‚ÄĒdijo Paula pensativa, mirando las carpetas, fotograf√≠as e informes que hab√≠a desperdigados sobre la mesa.
‚ÄĒEs una de sus extorsiones, eso est√° m√°s que claro ‚ÄĒrespondi√≥ James, alarg√°ndole un vaso marr√≥n y humeante. El caf√© de la comisar√≠a era especialmente bueno. Los agentes se hab√≠an tomado muy en serio sus reivindicaciones respecto a la vieja m√°quina hasta que consiguieron cambiarla por varias cafeteras de c√°psulas. Desde aquel logro, la vida de Paula era mucho m√°s feliz.
‚ÄĒNormalmente es el Dan√©s quien recibe el dinero, no quien lo entrega. Eso es lo que me resulta m√°s extra√Īo ‚ÄĒapunt√≥ ella‚ÄĒ. No tiene sentido, est√° totalmente fuera de su modus operandi.
‚ÄĒPuede que forme parte de alg√ļn plan ‚ÄĒsugiri√≥ su excompa√Īero‚ÄĒ. Alguna clase de artima√Īa…
‚ÄĒNo, no lo veo ‚ÄĒinterrumpi√≥ ella negando con la cabeza‚ÄĒ. La √ļnica explicaci√≥n a ese desespero por recuperar el malet√≠n es que esta vez sea el Dan√©s quien est√© siendo extorsionado. ‚ÄĒEntrecerr√≥ los ojos, mordisqueando uno de sus bol√≠grafos con expresi√≥n reflexiva‚ÄĒ. Nunca ha sido tan descuidado, perseguir a una chica en pleno d√≠a para robarle el malet√≠n no es el estilo de esta gente. Est√°n nerviosos porque no se ha completado la entrega de ese dinero y eso va a tener consecuencias.
Cuando James le quit√≥ el bol√≠grafo de la boca no protest√≥, concentrada como estaba en encontrar una posible respuesta a aquel misterio. Si en algo era una experta Paula, era en el Dan√©s. Tantos a√Īos sigui√©ndole la pista hab√≠an derivado en una obsesi√≥n, pero no por lo esquivo que era o por su peligrosidad, sino por el enigma que representaba. Por eso no entend√≠a lo que hab√≠a ocurrido. El Dan√©s era un hombre pulcro y elegante, con una forma de ejecutar las cosas casi art√≠stica. Paula se hab√≠a dado cuenta de ello mucho tiempo atr√°s. Las escenas de sus cr√≠menes estaban dispuestas de una manera concreta y peculiar, como si hubiera hecho una composici√≥n con ellas, colocadas con un prop√≥sito est√©tico y juguet√≥n: flores frescas en un jarr√≥n, dejar los platos reci√©n fregados, hacer un nudo particular en el pomo de la puerta‚Ķ Paula no sab√≠a si es que su obsesi√≥n la estaba influyendo, pero hab√≠a pensado en muchas ocasiones que el Dan√©s trataba de comunicarse con ella de alguna manera con aquellos detalles. Lo cual la hac√≠a sentir confusa. Por una parte le resultaba emocionante y le despertaba cierta admiraci√≥n, pero por otra: ¬Ņera para √©l un juego todo aquel asunto? Ese hombre robaba, extorsionaba y controlaba a otros para sus prop√≥sitos, como un psic√≥pata. Solo ten√≠an su apodo mientras √©l permanec√≠a en las sombras, a salvo, distante, observ√°ndoles. Pero ahora ten√≠an algo m√°s: A Greg Marino. El primer v√≠nculo que llegaba directamente a √©l.
El elegante y medido estilo del Danés no se reflejaba en el caso del maletín. Algo había hecho que perdiera el control, o que lo perdiera su esbirro. Y debía ser muy grave para hacerles cometer un error como ese.
‚ÄĒCreo que has dado con la clave, Paula ‚ÄĒdijo James, alzando las cejas‚ÄĒ. Si tiramos de ese hilo‚Ķ
Paula vio el ce√Īo fruncido de Donovan cuando apareci√≥ por la puerta sin que James se percatara. La expresi√≥n grave del jefe, un hombre negro de casi sesenta a√Īos, canoso y de aspecto gru√Ī√≥n, presagiaba una bronca y Paula ya conoc√≠a las razones.
‚ÄĒ¬°James! ‚ÄĒtron√≥ la voz grave de Donovan‚ÄĒ. Sabes que no puedes hacer esto, maldita sea. El caso ya no te incumbe. Ya no eres polic√≠a, eres un civil. Debes mantenerte alejado de nuestras investigaciones.
Todos los presentes eran conscientes de que lo que hac√≠a James era ilegal. Paula, adem√°s, se hab√≠a dado cuenta de c√≥mo hab√≠a estado esquivando a su antiguo jefe con relativo √©xito hasta ese momento. Y tambi√©n sab√≠a que ser√≠a in√ļtil buscar excusas o tratar de explicar la presencia de James all√≠, pero lo intent√≥ de todas formas.
‚ÄĒSolo estaba haci√©ndole algunas preguntas, Donovan. James es un testigo del caso.
Una de las canosas cejas de Donovan se arqueó. No había colado en absoluto, como Paula esperaba.
‚ÄĒNo me veng√°is con cuentos. S√© que llevas aqu√≠ todo el d√≠a y por esta vez lo voy a pasar por alto. No te voy a amonestar ‚ÄĒa√Īadi√≥ el jefe se√Īalando a Paula con un dedo acusador‚ÄĒ, pero la pr√≥xima vez no ser√© tan permisivo.
‚ÄĒLo comprendo, jefe ‚ÄĒrespondi√≥ James levantando las manos en se√Īal de paz‚ÄĒ. No habr√° una segunda vez, te lo aseguro. Dejar√© de meter mis narices en esto y de preguntarle a Paula por la investigaci√≥n. Pero sabes que es importante para m√≠…
‚ÄĒS√© lo que pasa, pero no es excusa. Dejaste el cuerpo, no puedes estar aqu√≠ cada dos por tres interrogando a Paula sobre los casos, James, joder‚Ķ piensa en la situaci√≥n en la que nos pones. No es profesional.
James se puso en pie. La mirada que Donovan le dirigió fue tan dura que ni sus gafas consiguieron suavizarla. Paula sospechaba que aquella bronca tenía más que ver con que James hubiera dejado el cuerpo que con haberse saltado las normas. Perder a Patrick, el padre de James, y después perderle a él había sido un palo demasiado duro para la comisaría, los dos habían sido buenos agentes y Donovan les apreciaba. Todos les apreciaban, pero tenían que aceptar sus decisiones.
‚ÄĒNo volver√° a pasar. Lo siento, Donovan ‚ÄĒse disculp√≥ James agarrando su chaqueta para salir‚ÄĒ. Ya nos veremos.
Paula le gui√Ī√≥ un ojo antes de que saliera casi huyendo. Le vio a trav√©s de los cristales de la oficina y se asegur√≥ de que se hab√≠a marchado bien lejos antes de volver la atenci√≥n a Donovan. El jefe la miraba con la misma dureza que a James.
‚ÄĒTranquilo, a partir de ahora ser√© yo quien haga las preguntas y solo las que estrictamente se le hacen a un testigo ‚ÄĒle dijo para calmarle. Donovan asinti√≥ con firmeza, pero la se√Īal√≥ acusadoramente con el dedo.
‚ÄĒM√°s te vale, Paula.
Cuando el jefe sali√≥ de la oficina, ella se puso en pie r√°pidamente y sali√≥ tras James. En la calle el ambiente era bullicioso y corr√≠a un viento helado que la hizo arrebujarse en su chaqueta. Con alivio, comprob√≥ que a√ļn estaba en la calle. Levant√≥ un brazo y grit√≥ su nombre. Los ojos grises de su excompa√Īero se volvieron hacia ella.
‚ÄĒ¬°James, ve con cuidado! ‚ÄĒdijo alzando la voz, pero √©l entrecerr√≥ los ojos como si no la hubiera escuchado. Estaban a unos veinte metros, as√≠ que Paula levant√≥ el m√≥vil y lo se√Īal√≥, haci√©ndole entender que pod√≠a contactarla a trav√©s de √©l para mayor seguridad.
En ese momento, un coche se detuvo en la acera junto a ella.
‚ÄĒSe√Īorita Guerrero. ‚ÄĒUna voz grave se hizo o√≠r sobre el ruido del tr√°fico y el viento. A Paula se le detuvo el coraz√≥n.
Volvi√≥ la mirada y vio al hombre sentado en el asiento de atr√°s, observ√°ndola, con los ojos profundos y oscuros clavados en ella. Era atractivo, de rasgos angulosos y se√Īoriales. No sab√≠a c√≥mo, ya que nunca hab√≠a visto su rostro, pero le reconoci√≥. Ante ella estaba el hombre al que hab√≠a perseguido durante a√Īos. El delincuente con el que hab√≠a iniciado un extra√Īo juego del gato y el rat√≥n.
¬ęEl Dan√©s¬Ľ, pens√≥, asombrada. Su coraz√≥n comenz√≥ a latir a toda velocidad.
‚ÄĒCreo que me est√° buscando. Es momento de que tengamos una conversaci√≥n ‚ÄĒcontinu√≥ el hombre con un peculiar acento europeo. Paula no necesit√≥ m√°s para confirmar su sospecha‚ÄĒ. Ahora o nunca.
El tiempo parec√≠a haberse detenido. James segu√≠a mir√°ndola, extra√Īado. Ella le devolvi√≥ la mirada, intensa, con una advertencia impl√≠cita en los ojos: ¬ęEsto es serio, James¬Ľ, parec√≠a decirle. Antes de que su excompa√Īero pudiera reaccionar, Paula abri√≥ la puerta trasera del lujoso coche y se sent√≥ en el asiento junto a √©l, cerrando con fuerza, el coraz√≥n galopando como loco dentro de su pecho. James solo pudo ver c√≥mo el coche se alejaba entre el fluido tr√°fico con los sem√°foros en verde.
. . .
Dentro del coche, Paula conten√≠a el aliento. El hombre sentado junto a ella ten√≠a el pelo platino pulcramente recortado y vest√≠a con un traje gris perla. Deb√≠a rondar los cincuenta a√Īos a tenor de las arrugas de expresi√≥n alrededor de sus ojos, que volv√≠an su mirada m√°s profunda y oscura. Ladeaba ligeramente el rostro y la miraba directamente con una sonrisa en los ojos que no se reflejaba en su boca fina y varonil. Inclin√≥ la cabeza en un gesto elegante al saludarla. Sus rasgos ten√≠an un toque ex√≥tico que lo hac√≠an indudablemente atractivo y un halo de misterio parec√≠a envolverle. Durante el instante de silencio en que compartieron una mirada a trav√©s del espejo, Paula se pregunt√≥ si realmente era √©l o hab√≠a enviado a uno de sus esbirros. ¬ęNo, tiene que ser √©l. No viste como un esbirro ni habla como un esbirro. Esa es la mirada de alguien que controla la situaci√≥n¬Ľ, se dijo. Aun as√≠, tendr√≠a que comprobarlo. Estaba impresionada, pero hizo un esfuerzo por superar el shock y habl√≥.
‚ÄĒ¬ŅQu√© hab√≠a en el jarr√≥n el siete de junio de dos mil diecisiete? ‚ÄĒpregunt√≥ con voz segura, manteni√©ndole la mirada.
El hombre levantó una ceja.
‚ÄĒTendr√° que ser m√°s espec√≠fica, se√Īorita Guerrero.
‚ÄĒTobias Menken. ¬ŅQu√© hab√≠a en el jarr√≥n de su sal√≥n cuando encontramos la escena del crimen? ‚ÄĒinsisti√≥ Paula.
‚ÄĒDoce margaritas y un tulip√°n blanco ‚ÄĒrespondi√≥ el hombre.
¬ę¬°Es √©l!¬Ľ. El descubrimiento despert√≥ en ella una excitaci√≥n burbujeante que le subi√≥ en forma de escalofr√≠o hasta el cuero cabelludo. Al fin le ten√≠a ante ella. Al fin conoc√≠a su rostro. Las margaritas, el tulip√°n‚Ķ nadie m√°s pod√≠a saber aquel detalle. Eran peque√Īos mensajes que, seg√ļn cre√≠a, el Dan√©s les dejaba y que no hab√≠a podido descifrar del todo.
‚ÄĒ¬ŅPor qu√© el tulip√°n? ‚ÄĒinquiri√≥ Paula.
‚ÄĒEs la √ļnica flor que dej√© all√≠. Las margaritas ya estaban ‚ÄĒrespondi√≥ el Dan√©s volviendo la mirada al tr√°fico con calma, como si solo estuvieran conversando del clima‚ÄĒ. Simboliza el perd√≥n.
‚ÄĒSi le hab√≠as perdonado lo que fuera que tuvieras que perdonarle, ¬Ņpor qu√© Tobias Menken estaba muerto cuando llegamos?
‚ÄĒQue yo le perdonara no significaba que hubiera pagado su deuda.
Paula parpadeó sorprendida ante la respuesta. No era la primera vez que Paula sentía desprecio y admiración hacia el hombre al que acababa de poner un rostro. Aunque pareciera imposible, esas dos emociones convivían en ella desde que empezó a perseguir al Danés. El hombre que tenía ante sí poseía una peculiar escala de valores y un sentido de la justicia que eran el motor de todas sus acciones, y, por aborrecibles que fueran, Paula intuía que el Danés estaba convencido de que hacía un bien a la sociedad.
‚ÄĒ¬ŅHay alguna pregunta m√°s que quiera hacerme para asegurarse de mi identidad? ‚ÄĒinquiri√≥ el Dan√©s.
A pesar de todo lo que se agitaba en su interior, Paula se mantuvo fría y controlada.
‚ÄĒNo. ¬ŅDe qu√© quieres hablar conmigo? ‚ÄĒNo le devolvi√≥ la deferencia de tratarle de usted. Llevaba tantos a√Īos estudi√°ndole que casi ten√≠a la sensaci√≥n de estar ante un viejo amigo.
‚ÄĒHemos sufrido un peque√Īo contratiempo con un malet√≠n, como sabr√° ‚ÄĒexplic√≥ el hombre‚ÄĒ. Ese problema me obliga a utilizarla para un intercambio.
‚ÄĒ¬ŅMe est√°s secuestrando? ‚ÄĒpregunt√≥ Paula incr√©dula.
‚ÄĒEso depende de usted ‚ÄĒrespondi√≥ volviendo a fijar sus oscuros ojos en ella. Paula no estaba segura de si eran negros o marrones, ya era de noche y la √ļnica luz con que contaban era la que se filtraba desde las calles‚ÄĒ. Si accede a venir por propia voluntad no estar√≠amos hablando de un secuestro. Pero si opone resistencia, en ese caso la respuesta es s√≠.
‚ÄĒEsos juegos no funcionan conmigo. La elecci√≥n que me ofreces es falsa. Por supuesto que me opongo a esto, y te exijo que me dejes bajar ‚ÄĒreplic√≥ Paula endureciendo su voz.
‚ÄĒLamentablemente no puedo acceder a esa petici√≥n ‚ÄĒel Dan√©s habl√≥ sin variar su tono calmado.
‚ÄĒ¬ŅY qu√© har√°s si intento irme?
‚ÄĒPreferir√≠a no tener que mostr√°rselo.
La curiosidad que sent√≠a Paula era tan fuerte que estuvo a punto de acceder, pero el impulso de la provocaci√≥n fue m√°s fuerte que eso. ¬ŅQui√©n se cre√≠a que era? Su madre no la hab√≠a educado para dejarse secuestrar, ni mucho menos, y su padre tampoco. Llevaba a√Īos en la polic√≠a de Nueva York, uno de los cuerpos m√°s exigentes y duros de Estados Unidos, incluso del mundo. ¬ęQu√© demonios¬Ľ. Impulsada por su rebeld√≠a natural, Paula se lade√≥ para abrir la puerta del coche en marcha con rapidez. El Dan√©s se movi√≥ casi al mismo tiempo, estirando un brazo hacia ella. Paula sinti√≥ un pellizco en su cuello, en el punto donde se un√≠a con el hombro, y un brusco calambre, seguido de un repentino mareo hizo que su mano resbalara de la manilla. Perdi√≥ el equilibrio, cayendo torpemente en el respaldo sin fuerzas.
‚ÄĒ¬ŅQu√©‚Ķ? ¬ŅQu√© me has hecho‚Ķ?
‚ÄĒEs una llave del KGB. Corta parte del riego sangu√≠neo al cerebro ‚ÄĒexplic√≥ el Dan√©s volviendo a su posici√≥n‚ÄĒ. No me gusta tener que usar ese truco, mucho menos con usted‚Ķ as√≠ que le ruego que no vuelva a intentarlo.
‚ÄĒSabes que lo har√© ‚ÄĒreplic√≥ Paula intentando moverse sin √©xito. Le hormigueaban los brazos y le pesaba todo el cuerpo.
‚ÄĒLeah, por favor ‚ÄĒdijo simplemente el Dan√©s, extendiendo la mano hacia adelante.
En el asiento del copiloto hab√≠a sentada una mujer que le tendi√≥ unas bridas como si las hubiera tenido preparadas en la mano. Paula apenas pudo resistirse, intent√≥ soltarse cuando el Dan√©s le tom√≥ las manos con una gentileza impropia de la situaci√≥n, pero no ten√≠a fuerzas para apartarlas. Sinti√≥ la calidez de sus dedos mientras le pasaba suavemente el lazo alrededor de las mu√Īecas. Lade√≥ apenas la cabeza para echarle una mirada hostil, pero incluso ese leve movimiento hizo que el mundo diera vueltas a su alrededor.
‚ÄĒ¬ŅVoy a tener que amordazarla tambi√©n? ‚ÄĒpregunt√≥ el Dan√©s con absoluta tranquilidad.
‚ÄĒ¬°M√°s te vale! ‚ÄĒespet√≥ Paula.
‚ÄĒ¬ŅVa a ponerlo todo tan dif√≠cil?
‚ÄĒ¬°S√≠! ‚ÄĒla agente se sacudi√≥ al replicar, pero volvi√≥ a quedar sin fuerzas en el asiento.
‚ÄĒLeah.
La mujer que iba de copiloto se volvi√≥ de nuevo y le entreg√≥ una capucha y una mordaza. Con la misma delicadeza, el Dan√©s se las coloc√≥ a Paula, orden√°ndole la larga trenza sobre el pecho y asegur√°ndose de que la mordaza no le hac√≠a da√Īo antes de cubrirle la cabeza con la tela negra.
Incapacitada, amordazada, ciega y atada, Paula debería haber sentido pánico. Su corazón debería estar estremeciéndose de miedo, pero no sintió la amenaza ni el peligro que la situación debería haberle provocado.
¬ęMi instinto debe estar de vacaciones¬Ľ, pens√≥ la agente Guerrero sin m√°s remedio que dejarse llevar hacia su destino.
Cazador y presa
Calcul√≥ que deb√≠an haber pasado una hora en el coche, pero no pod√≠a estar segura. El mareo tard√≥ en calmarse, pero para cuando el veh√≠culo se detuvo, Paula ya hab√≠a recuperado el tono. Aun as√≠, no se resisti√≥ cuando abrieron la puerta y tiraron con suavidad de ella para que bajara. Sinti√≥ gravilla bajo sus pies. El aire era fr√≠o y ol√≠a a tierra mojada y vegetaci√≥n: ya no estaban en la ciudad y por el silencio reinante no se encontraban cerca de ning√ļn n√ļcleo urbano. Alguien la ayud√≥ a subir unas escaleras, luego escuch√≥ una pesada puerta abrirse y cerrarse a sus espaldas cuando accedieron a un ambiente c√°lido y m√°s seco que el exterior. Las mismas manos que la hab√≠an ayudado a subir le retiraron la capucha y la mordaza: era la mujer rubia a la que el Dan√©s hab√≠a llamado Leah. Era p√°lida y de rasgos afilados. A su lado permanec√≠a un hombre tan alto como ella y con los mismos ojos azul claro: era el conductor. Paula se dio cuenta de que eran hermanos. A pesar de la barba poblada del hombre, sus rasgos, su nariz y sus ojos eran exactamente iguales, como si fueran la versi√≥n masculina y femenina de la misma persona. ¬ęGemelos, tal vez¬Ľ, pens√≥ Paula. Su mente no dejaba de registrar todo cuanto ve√≠a, atenta a cualquier detalle. El entrenamiento de la academia y su experiencia en la polic√≠a no hab√≠an sido en balde, y hasta su cuerpo sab√≠a que era lo que deb√≠a hacer si quer√≠a escapar de all√≠.
La mujer le cort√≥ las bridas de las mu√Īecas.
‚ÄĒEllos son Thorstein y Leah, se encargaran de su seguridad aqu√≠ ‚ÄĒdijo el Dan√©s. Paula reprimi√≥ una risa sarc√°stica. ¬ęQuerr√°s decir que son mis carceleros¬Ľ, pens√≥, pero en esa ocasi√≥n no dijo nada.
‚ÄĒDebo pedirle su tel√©fono m√≥vil ‚ÄĒle indic√≥ el tal Thorstein cuando qued√≥ libre, extendiendo la mano. Paula lo sac√≥ del bolsillo de su parka y se lo entreg√≥ sin rechistar, mirando despu√©s alrededor.
Se encontraban en el recibidor de una casa de estilo colonial. Las paredes estaban decoradas con cuadros y tapices de distintas épocas y candelabros que parecían los originales de la casa. El lujo les rodeaba, pero no era especialmente ostentoso, todo parecía en armonía y el blanco predominaba en la decoración. No pudo evitar pensar en el buen gusto que lo impregnaba todo. Buen gusto de verdad, comedido, sin exabruptos.
‚ÄĒAcomp√°√Īeme, se√Īorita Guerrero, si es tan amable. ‚ÄĒEl Dan√©s se encontraba junto a ella y se√Īal√≥ la escalinata de m√°rmol que llevaba al piso superior con un gesto cort√©s.
Sin m√°s opciones y sintiendo una creciente curiosidad, Paula subi√≥ acompa√Īada de su captor. Los hermanos rubios se quedaron en lo alto de la escalera cuando la condujo por un pasillo hasta una habitaci√≥n amplia y bien iluminada. El suelo era de madera y estaba cubierto de mullidas alfombras. La cama era ancha, de madera oscura y con dosel. Todos los muebles parec√≠an estar all√≠ desde que la casa fuera construida, pero estaban en perfecto estado de conservaci√≥n. El ambiente era c√°lido, hab√≠a calefacci√≥n y ten√≠a todo lo que cualquiera podr√≠a necesitar para un descanso √≥ptimo, incluyendo el ba√Īo que pod√≠a ver a trav√©s de la puerta abierta en un lateral, un televisor ultraplano en la pared y un equipo de m√ļsica en uno de los estantes. Ten√≠a de todo, s√≠‚Ķ salvo tel√©fono, ordenador o cualquier se√Īal de tecnolog√≠a que pudiera ponerla en contacto con el mundo exterior.
‚ÄĒEl armario tiene toda la ropa que pueda necesitar en el tiempo que est√© con nosotros. Tambi√©n tiene un peque√Īo mueble bar bajo el televisor con refrescos, agua y comida, pero puede pedir lo que necesite si no lo encuentra en esta habitaci√≥n ‚ÄĒle explic√≥ el Dan√©s con su tono suave y cort√©s.
Paula le miró de reojo con suspicacia, luego se acercó al armario y lo abrió, viendo al instante que la ropa en él no solo era de su talla, sino también de su estilo: sus marcas preferidas, tejanos, camisetas, chaquetas de cuero y vaqueras, botas y zapatillas de deporte. Se volvió para mirar al Danés tratando de disimular la mezcla de emociones encontradas que le provocaba aquello.
‚ÄĒS√© lo que est√°s haciendo y no voy a jugar a tu juego ‚ÄĒle advirti√≥‚ÄĒ. Esto no es una invitaci√≥n. No eres mi anfitri√≥n, eres mi secuestrador, eso no cambia por muy c√≥moda que est√© o lo educado que seas conmigo. Me has secuestrado. Y no lo voy a olvidar.
Un centelleo cruz√≥ los ojos del Dan√©s, un rel√°mpago de humor, o tal vez de excitaci√≥n. Paula no pudo descifrarlo, pero lo vio, igual que sinti√≥ la extra√Īa tensi√≥n vibrando entre los dos, a trav√©s del aire fresco de la estancia.
‚ÄĒEs usted libre de actuar como quiera, se√Īorita Guerrero, pero que no vaya a olvidarlo no significa que deba pasar el tiempo que estemos juntos como si fuera una prisionera. A menos que disfrute viviendo en la mayor miseria e incomodidad ‚ÄĒrespondi√≥ el Dan√©s sin mudar su expresi√≥n calmada a pesar de aquella nueva llama que brillaba en sus ojos.
‚ÄĒA lo mejor es como quiero pasar ese tiempo, ¬°como ser√≠a normal pasarlo! ‚ÄĒreplic√≥ Paula.
‚ÄĒBueno, por suerte esa decisi√≥n es m√≠a, se√Īorita. ‚ÄĒEl Dan√©s volvi√≥ junto a la puerta. La abri√≥, pero se detuvo antes de salir para decirle una √ļltima cosa‚ÄĒ. La cena estar√° servida a las seis.
Cuando el Dan√©s se march√≥, Paula se qued√≥ mirando la puerta cerrada. No hab√≠a escuchado que echara la llave, pero sab√≠a que eso no significaba nada: no podr√≠a salir de la mansi√≥n, estaba segura. La mezcla de sentimientos que bailoteaba en su pecho se fue licuando poco a poco hasta que uno predomin√≥ sobre todos los dem√°s: la indignaci√≥n. Aquel hombre la hab√≠a secuestrado, ¬Ņqu√© se hab√≠a cre√≠do?
‚ÄĒCretino engre√≠do‚Ķ ‚ÄĒmurmur√≥, enfadada tambi√©n consigo misma.
Ech√≥ un vistazo a trav√©s de la ventana. Afuera, m√°s all√° del jard√≠n bien cuidado, se extend√≠a un bosque frondoso y oscuro. Estaba en medio de la nada, encerrada en el castillo de la Bestia. La analog√≠a le vino a la cabeza y no pudo evitar soltar una risa sarc√°stica. S√≠, era un s√≠mil muy acertado. Lo que acababa de ocurrir le recordaba a la escena en la que Bestia invitaba a cenar a Bella y esta se negaba, provocando la ira del monstruo. ¬ŅDeber√≠a negarse ella tambi√©n?
¬ęTengo que actuar con inteligencia¬Ľ, se dijo, observando el paisaje unos instantes mientras pensaba. ¬ęPuedo aprovechar esta situaci√≥n para investigar, averiguar m√°s cosas sobre el Dan√©s‚Ķ e incluso escaparme si consigo que baje la guardia¬Ľ. No deseaba matar a ese hombre, ni siquiera en defensa propia, aunque no dudar√≠a si era su vida la que estaba en juego. No quer√≠a ver al Dan√©s muerto, ella era una agente de la justicia, no una asesina. Lo √ļnico que quer√≠a era que pagara por sus cr√≠menes. Era eso, s√≠.
Resuelta, se apart√≥ de la ventana y volvi√≥ al armario para escoger la ropa con la que bajar√≠a a cenar. Entre las c√≥modas prendas hab√≠a otras m√°s elegantes que tambi√©n eran de su agrado. Resultaba un tanto inquietante que el Dan√©s la conociera tanto como para haber escogido un armario entero que realmente encajaba con sus gustos. Junto a la ropa tambi√©n hab√≠a un joyero lleno de joyas hermosas y discretas. Paula escogi√≥ un vestido verde que dejaba la espalda al aire, ce√Īido, con una ca√≠da impresionante. Era mucho m√°s seductor que la mayor√≠a de cosas que sol√≠a ponerse pero trat√≥ de convencerse de que todo formaba parte de su plan.
‚ÄĒEst√° bien, voy a jugar a tu juego‚Ķ ‚ÄĒdijo en voz baja, sacando el joyero y el vestido del armario y dej√°ndolos sobre la cama.
Se meti√≥ en el ba√Īo y se desnud√≥ para ducharse. Al terminar, se dio cuenta de que tambi√©n el ba√Īo conten√≠a todo lo que pod√≠a necesitar, y a su gusto: en un neceser junto a la pila hab√≠a un surtido de maquillaje de las marcas que ella usaba. Paula siempre lo hab√≠a sospechado, pero aquella era la confirmaci√≥n de que el Dan√©s la hab√≠a estado vigilando tan estrechamente como ella a √©l, aunque claramente con mejores resultados. Eso la irrit√≥. Si ella consiguiera secuestrar al Dan√©s no podr√≠a decir siquiera qu√© loci√≥n de afeitado utilizaba. Suspir√≥. El juego al que hab√≠an estado jugando era real, y se encontraban en un momento determinante de la partida, as√≠ que pensaba jugar en condiciones. Se maquill√≥, usando una sombra oscura que ensalzaba el color verde de sus ojos y destacaba sobre su piel caramelo. Se recogi√≥ la larga melena negra en un mo√Īo sobre la nuca y dej√≥ dos mechones ondulados sueltos. Estaba terminando de ponerse los zapatos cuando llamaron a la puerta.
‚ÄĒSe√Īorita Guerrero, la cena est√° lista ‚ÄĒdijo Leah tras la puerta.
Cuando Paula abrió, la mujer estaba esperándola.
‚ÄĒHola, perra… ‚ÄĒsalud√≥‚ÄĒ guardiana ‚ÄĒa√Īadi√≥ de inmediato con una enorme sonrisa que contradec√≠a la intenci√≥n ofensiva de sus palabras. Leah la mir√≥ de arriba a abajo con desd√©n.
‚ÄĒPor aqu√≠ ‚ÄĒdijo la rubia sin m√°s. Luego la acompa√Ī√≥ al piso inferior. Atravesaron el amplio recibidor y cruzaron un amplio arco que comunicaba con el sal√≥n, donde el Dan√©s esperaba sentado en uno de los extremos de la larga mesa de comedor. Ante el asiento a su derecha esperaba el plato vac√≠o dispuesto para Paula.
¬ęImpresionante¬Ľ, pens√≥ ella a su pesar. Leah se qued√≥ junto a la puerta y ella avanz√≥ un par de pasos, sin saber muy bien qu√© hacer. El rostro anguloso del Dan√©s se ve√≠a iluminado por las velas que ard√≠an en dos candelabros de plata. Iba elegantemente vestido con el traje gris perla que ella ya hab√≠a visto en el coche, camisa blanca y una corbata de un gris m√°s oscuro. Al verla llegar se puso en pie y retir√≥ la silla gentilmente para que pudiera sentarse. El Dan√©s era todo cortes√≠a y buenas maneras, pero sus ojos eran los de un lobo. La histori de Caperucita se le pas√≥ de pronto por la cabeza y la apart√≥ de su mente a toda prisa. ¬ę¬ŅQu√© demonios me pasa hoy con los cuentos de hadas?¬Ľ, se pregunt√≥. ¬ęQue, por lo que parece, acabas de entrar en uno¬Ľ, se respondi√≥ a s√≠ misma. La mirada intensa del Dan√©s la observaba de cerca, pero a pesar del an√°lisis al que la someti√≥, Paula no se sinti√≥ inc√≥moda. Todo lo contrario. La admiraci√≥n que vio destellar en los ojos de su captor y el perfume a madera y jab√≥n que cosquille√≥ en sus fosas nasales al encontrarse tan cerca, hicieron que una emoci√≥n absurda se agitara en su pecho.
¬ęNo, de eso nada. No voy a sentirme halagada ni emocionada porque me mire de esa forma. No debo sentirme de ninguna manera¬Ľ, se reprendi√≥ mientras tomaba asiento.
Sobre la mesa había dispuestos un montón de platos dignos de un restaurante de lujo y cuyos nombres a Paula se le escapaban por completo. Ella disfrutaba yendo a comer hamburguesas y devorando perritos calientes mientras miraba un partido, no era fan de la cocina sofisticada, pero la comida en esos platos tenía un aspecto delicioso, así que dejó que la sirvieran sin quejarse. El olor le abrió el apetito a pesar de todo.
‚ÄĒEspero que le guste ‚ÄĒdijo el Dan√©s, y Paula no supo si se refer√≠a a la comida o a su secuestro.
Incómoda, se sirvió algo que parecía una crema de calabaza y, para evitar mirarle a él, contempló la decoración del salón. Su mirada se detuvo en los cuadros colgados en las paredes. Los reconocía, los había visto todos en fotos de archivo.
‚ÄĒSon las obras que has robado ‚ÄĒcasi exclam√≥, volviendo la mirada a √©l. El Dan√©s la observaba con sus profundos ojos casta√Īos, con esa extra√Īa mirada de depredador acechante. Esboz√≥ una sutil sonrisa al asentir‚ÄĒ. Nunca he entendido tu fijaci√≥n con ese tipo de robos. El tema de los chantajes y los asesinatos me encaja con tu organizaci√≥n criminal, pero el robo de arte me parece un detalle exc√©ntrico. Casi jactancioso.
‚ÄĒMe gusta el arte ‚ÄĒrespondi√≥ el Dan√©s con sencillez‚ÄĒ. Y esas operaciones, adem√°s, cumplieron una importante funci√≥n: llamaron la atenci√≥n de la polic√≠a sobre las personas adecuadas.
‚ÄĒ¬ŅQu√© quieres decir con eso? ‚ÄĒinquiri√≥ Paula.
‚ÄĒLo sabe perfectamente ‚ÄĒreplic√≥ √©l alzando la copa para dar un peque√Īo trago de vino‚ÄĒ. ¬ŅNo ha podido detener a gente muy poderosa gracias a que la desaparici√≥n de los cuadros pon√≠an en el punto de mira localizaciones sospechosas? No era casualidad que en esos lugares encontrarais documentos y pruebas incriminatorias que situaban a cierta gente en todo tipo de tramas criminales.
Paula chasqueó la lengua, dejando la cuchara dentro de la crema anaranjada y sabrosa que estaba comiendo. Le miró con dureza.
‚ÄĒNo te hagas el interesante conmigo. Si pretend√≠as ayudar a la polic√≠a podr√≠as haberlo hecho directamente, sin usar los robos como excusa. No finjas que era esa tu intenci√≥n.
La sonrisa del Danés se volvió más evidente y algo parecido a la diversión destelló en sus ojos.
‚ÄĒSi hubiera hecho eso no tendr√≠a estos cuadros tan hermosos decorando mi sal√≥n.
‚ÄĒAl menos lo admites.
‚ÄĒClaro. Nunca he negado lo que soy.
Paula apartó la mirada de él. Dio un par de cucharadas más antes de seguir hablando, en parte por la curiosidad que sentía y también para no tener que comer en silencio.

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